Professors (50 sin leer)
| Vida contemplativa | Vida activa |
| Pressuposa una particular pedagogia del mirar. Aprendre a mirar és educar l’ull per a una profunda i contemplativa atenció, per a una mirada llarga i reposada (Nietzsche, L’ocàs dels déus). Aprendre a mirar és l’ensenyament preliminar per a l’espiritualitat. La vilesa i la infàmia consisteixen en la “incapacitat d’oposar resistència a un impuls”, d’oposar-li un NO. Contemplar no és un Obrir-se passiu, que digui SI a tot el que passa i tot el que ve. Més aviat, és una resistència als impulsos molestos que s’imposen. La vida contemplativa és l’acció que diu NO. En aquest sentit és més activa que la vida activa. La contemplació és una acció que és sobirana. La contemplació és la negativitat de la interrupció. El propi de la negativitat és l’aturar-se, la interrupció. La vacil·lació no és una acció positiva, però vacil·lar és indispensable per a que l’acció no decaigui al nivell del treball. | L’absolutització de la vida activa és responsable de la pèrdua de la capacitat contemplativa. Reaccionar immediatament i a cada impuls és en si mateix una malaltia, un declivi, un símptoma d’esgotament. La pura activitat només perllonga el que ja existeix. La hiperactivitat és, paradoxalment, una forma en extrem passiva d’activitat que no permet cap acció lliure. La hiperactivitat de la societat de rendiment es transforma en hiperpassivitat, un estat en el qual un es deixa arrossegar sense posar resistència. És una il·lusió pensar que quant més actiu és un, més lliure és. Avui en dia vivim en un món molt pobre en interrupcions. L’acceleració suprimeix qualsevol entretemps. La màquina no és capaç d’aturar-se. Malgrat la seva enorme capacitat de càlcul, l’ordinador és estúpid en tant que li manca la capacitat de vacil·lació. |
Inauguramos hoy nueva categoría. Empujado en cierta forma por lo que uno ve en la red: ya cansan las citas carentes de referencias, las ideas apuntadas incorrectamente y las maledicencias. No sólo porque twtter y facebook han enterrado más de una vez a quienes estaban vivitos y coleando, sino también porque abundan las cartas de celebridades a sus hijos que despiertan sarpullidos a quien conozca mínimamente al autor de que se trate. Así que ya está uno harto de esta ceremonia de la confusión que es la red: si no puedes con tu enemigo, únete a él. Aparecerán de vez en cuando citas u otros textos con una intención totalmente caricaturesca. Bufonadas filosóficas y falsedades a raudales. Y todavía habrá algún espíritu incauto que incluirá estas tonterías en su muro de Facebook o en su cuenta de twitter, creyendo en la autenticidad de las mismas. El colmo sería que algún incauto copie los textos para algún trabajo académico de secundaria o bachillerato. Como dicen por ahí: que cada palo aguante su vela, y sobre todo que quien copia por Internet aprenda a hacerlo correctamente. Así que nada: falsedades filosóficas. Allá va la primera:
Todo lo real es virtual. Todo lo virtual es real (G.W.F. Hegel, Fenomenología del aspito)


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| Raffaele Simone |

Las imágenes que hay en el cerebro son de tres tipos. En primer lugar, las imágenes perceptuales, que son las transmitidas por los sentidos. obsérvese que en ellas se incluyen las letras y las palabras que aparecen escritas en este libro, hay cuevas literarias. En segundo lugar, las imágenes rememoradas, que son aquellas que cualquier persona puede evocar y que proceden de experiencias pasadas. Piensen Vdes. en alguno de los apartados que han leído o en cualquier otro recuerdo que les venga a la cabeza. En tercer lugar, las «imágenes de algo que todavía no ha ocurrido y que, en realidad, puede que nunca ocurra». Según Damasio, la capacidad de prever acontecimientos y de imaginar el futuro no la tienen todas las mentes; es específica de los cerebros, y en particular de los cerebros humanos. si ello es así, podemos discernir hasta tres clases de imágenes en el cerebro: las que percibimos actualmente, las del pasado y las de futuros posibles imaginados. nuestra caverna cerebral tiene tres dimensiones, tantas como el tiempo. Por tanto, nuestro cerebro incluye una pluralidad de mundos, unos más reales que otros, pues no todos se nos presentan con la misma intensidad, y algunos de ellos los concebimos como f icciones, lo cual no implica que no tengan relevancia para nosotros: nuestros deseos es un ejemplo claro, así como nuestros proyectos para el futuro inmediato.



Hoy echa a andar la rueda educativa. Ese círculo enorme de tiempo, apenas nueve meses, en los que hay que alumbrar nuevos seres. Puestos a hablar de alumbramientos: no deja de ser el curso escolar algo relativamente parejo al embarazo. Especialmente en lo que toca al resultado: al final hay un nuevo ser en el mundo. Nadie se da cuenta de que está naciendo permanentemente en esas aburridas e interminables horas del aula. Abrirse a un mundo que no es, obviamente, el biológico, sino el cultural. Ir tocando diversas teclas para terminar encontrándose con uno mismo. Saber hablar y leer, razonar con números, hipótesis y formas. Acercarse a ese mundo que nos rodea, tan impregnado de preguntas como de faltas respuestas. Encontrar que hay tiempo también para la creatividad, para expresar las propias capacidades: dejar bien claro lo que cada cual lleva dentro, sea a través de la pintura, la música o la poesía. Todo esto, y mucho más es lo que nos va ocurriendo a través de toda nuestra educación. La educación es un parto por goteo: de un modo absolutamente imperceptible todos los involucrados en el proceso nacemos al mundo de la cultura.
Este ímpetu de novedad, la desafiante e imparable tendencia al desarrollo personal convive con el ciclo incesante. Educar es un eterno retorno de lo mismo: recibir el horario con desconfianza que troca en alivio o indignación según barrios. Conocer a los profesores que nos tocan en suerte. Abrir cuadernos e ir cumpliendo con los ejercicios. Exámenes y más exámenes. Las miradas que se cruzan en el patio, buscando no se sabe muy bien el qué: el mirar con el ojo semicerrado al enemigo acérrimo que arrastramos de la primaria o el vivir pendiente de que sus ojos, los de él o los de ella reparen en los propios en algún momento que ilumine las seis horas diarias de clase. Mitos y ritos de la educación: desde el primer amor adolescente, a las firmas en carpetas, las jugarretas entre compañeros y las entregas de notas. Sesiones de tutorías, clases magistrales en sentido literal y clases magistrales en sentido metafórico. Todo siempre cambiando para que todo siga siendo igual, para que se siga enseñando hoy como se hizo ayer y como se hará mañana. Algo inevitable, por cierto, pues las nuevas tecnologías no dejan de ser otra manera de vestir a la mona, que sigue siendo mona por mucho que vista seda.
Nacer y repetir. Busquemos un tercer enfoque. en algún cajón polvoriento duerme el sueño de los justos la idea hegeliana de dialéctica. Y quizás no haya nada más dialéctico que la enseñanza. Profesores y alumnos, padres e hijos. Esfuerzo frente a vagancia. El ímpetu por el perfeccionamiento personal frente al abandono. La enseñanza está plagada de oposiciones, de contradicciones que se van poniendo en juego cada día, en cada clase. Tesis y antítesis que se estiran a lo largo del tiempo, y que van reflejándose en pequeñas síntesis que vuelven a desatar el proceso. No son esas síntesis solo las notas finales, que no dejen de ser un mero papel, sino ese ser nuevo que vamos siendo, que ya no podrá volver a ser quien fue, pero que tampoco permanecerá mucho tiempo en el estado actual. Así es el “ir pasando” de la enseñanza. Profesores jóvenes, impetuosos y capaces de motivar a los profesores. Ánimos que se asientan y que en algunos casos evolucionan al desengaño, la quemazón por un trabajo que no realiza o la mirada serena de quien no gusta de juzgar con generalidades. Transformaciones que se experimentan de una forma igualmente palpable en los alumnos: los bulliciosos primeros dejan paso a cuartos asentados y bachilleratos en los que, las más de las veces, se sabe a qué se está. Sea a estudiar e irse buscando un hueco en la sociedad, o a vivir la experiencia del bachillerato, con los viajes de estudios y demás actividades que lo acompañan. Así que, en definitiva, hoy va girando este 2014-2015, en el que será buena cosa “ponerse a parir” y esperar a ver cómo van llegando esos resultados, esas formas de ser nuevas y mejores, dentro de unos meses. En resumen: al lío.


El consumo es una estructura abierta y dinámica: desembaraza al individuo de los lazos de dependencia social y acelera los movimientos de asimilación y de rechazo, produce individuos flotantes y cinéticos, universaliza los modos de vida a la vez que permite un máximo de singuilarización de los hombres. Modernismo del consumo recogido por el proceso de personalización, paralelo en esto a la vanguardia artística o al psicoanálisis y oponiéndose al modernismo que prevalece en otras esferas. Eso es el modernismo, un momento histórico complejo que se ordena alrededor de dos lógicas antinómicas, una rígida, uniforme, coercitiva, otra flexible, opcional, seductora. Lógica disciplinaria y jerárquica por una parte: el orden de la producción funciona según una estructura burocrática estricta apoyada en los principios de la organización científica del trabajo (los Principies of scientific management de Taylor datan de 1911); la esfera de lo político tiene un ideal de centralización y de unificación nacional, la Revolución y la lucha de clases son sus piezas maestras; los valores consagran el ahorro, el trabajo, el esfuerzo; la educación es autoritaria y normalizadora; el propio individuo es voluntario, «intro-determinado». Pero a partir de finales del siglo XIX y de la era del consumo se han establecido sistemas regidos por otro proceso, flexible, plural, personalizado. En este sentido puede decirse que la fase moderna de nuestras sociedades se ha caracterizado por la coexistencia de dos lógicas adversas con la evidente preeminencia hasta los años cincuenta y sesenta del orden disciplinario y autoritario. En contrapartida se denomina sociedad posmoderna a la inversión de esa organización dominante, en el momento en que las sociedades occidentales tienden cada vez más a rechazar las estructuras uniformes y a generalizar los sistemas personalizados a base de solicitaciones, opciones, comunicación, información, descentralización, participación. La edad posmoderna, en ese sentido, no es en absoluto la edad paroxística libidinal y pulsional del modernismo; más bien sería al revés, el tiempo posmoderno es la fase cool y desencantada del modernismo, la tendencia a la humanización a medida de la sociedad, el desarrollo de las estructuras fluidas moduladas en función del individuo y de sus deseos, la neutralización de los conflictos de clase, la disipación del imaginario revolucionario, la apatía creciente, la desubstanciación narcisista, la reinvestidura cool del pasado. El posmodernismo es el proceso y el momento histórico en que se opera ese cambio de tendencia en provecho del proceso de personalización, el cual no cesa de conquistar nuevas esferas: la educación, la enseñanza, el tiempo libre, el deporte, la moda, las relaciones humanas y sexuales, la información, los horarios, el trabajo, siendo este sector, con mucho, el más refractario al proceso en curso. Es un cambio de tendencia paralelo lo que ha llevado a D. Bell a hablar de una sociedad posindustrial, es decir de una sociedad fundada no sobre la producción en serie de mercancías industriales y sobre la clase obrera sino sobre la primacía del saber teórico en el desarrollo técnico y económico, en el sector de los servicios (información, salud, enseñanza, investigación, actividades culturales, tiempo libre, etc.), sobre la clase especializada de los «profesionales y técnicos». Sociedad posindustrial, sociedad posmoderna: esos dos esquemas no se solapan, aunque muestren movimientos de transformación histórica concomitantes; el primero insiste en la nueva estructura socioprofesional y en la nueva cara de la economía cuyo corazón es el saber; el segundo, tal como nosotros lo empleamos, no se limita, como para D. Bell, al campo cultural sino que insiste, al contrario, sobre los efectos y la extensión de un nuevo modo de socialización, el proceso de personalización que atraviesa poco o mucho todos los sectores de nuestras sociedades (pàgs. 112-13).
| Animal laborans (Hanna Arendt) | Subjecte de rendiment (Han) |
| En La condició humana, Hanna Arendt tracta de rehabilitar la vida activa contra la primacia tradicional de la vida contemplativa. La societat moderna aniquila tota possibilitat d’acció, degradant l’ésser humà a animal laborans, a simples animals treballadors. Totes les formes de la vita activa, tant la fabricació com l’acció, es redueixen a l’àmbit del treball. La modernitat que va començar amb una inaudita i heroica activació de totes les capacitats humanes, acaba en una passivitat mortal. Si totes les activitats humanes es contemplessin des d’un punt prou distant de l’univers, ja no apareixerien com a activitats sinó com a processos biològics. | La societat del treball s’ha individualitzat i convertit en la societat de rendiment i activitat. El subjecte de la societat de rendiment no renuncia de cap manera a la seva individualitat ni al seu ego per consumar-se treballant en el procés vital anònim de l’espècie. El subjecte de rendiment està dotat de tant ego que està er explotar, i és qualsevol cosa menys passiu. És en aquest sentit estricte, tot menys animalitzat. És hiperactiu i hiperneuròtic. |




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| El Roto |
¿El mundo está en nuestras manos o nosotros estamos en manos del mundo? He planteado esta pregunta a un grupo de alumnos y la respuesta mayoritaria ha sido que estamos en manos del mundo. Al desarrollar la respuesta me dicen que nacemos en una sociedad concreta y aprendemos a considerar bueno o malo, correcto o incorrecto, lo que ella considera como tal. Les pido ejemplos. Si nacemos en una sociedad en la que es normal usar armas, nos parecerá normal usarlas. Si nacemos en una sociedad en la que está vigente la esclavitud, nos parecerá normal la esclavitud. Si nacemos en una sociedad con desigualdad de derechos entre hombres y mujeres, nos parecerá normal su desigualdad. Una alumna añade: si no conocemos nada distinto de nuestro mundo, nos parecerá normal.

Los temas serán:
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Respecto a la distinción entre cuerpo, mente y cerebro, Damasio mantiene unas tesis que no todos los neurocientíficos comparten. Inspirándose en William James, afirma que «el organismo constituido por la asociación cerebro-cuerpo interactúa con el ambiente como un todo, al no ser la interacción solo del cuerpo o solo del cerebro» (Damasio, A. (2009): El error de Descartes, Barcelona, Crítica). Es posible imaginar al cuerpo como una caverna donde está alojado el cerebro, pero el cerebro no es una parte del cuerpo vivo, sino que ambos funcionan como un todo simbiótico. De hecho, el cerebro surgió a lo largo de la evolución para tener un control sobre el cuerpo, más que sobre el medio ambiente exterior. Siguiendo a Dennett, Damasio criticó la idea cartesiana del alma en la glándula pineal, a la que Dennett había llamado «teatro cartesiano» de manera un tanto despectiva. Damasio afirma que en el cerebro humano no existe ningún área específica capaz de procesar simultáneamente las diversas representaciones e imágenes que proceden de las diversas capacidades sensoriales. Dichas señales convergen en algunas regiones del cerebro, por ejemplo las cortezas entorrinales y perirrinales. Sin embargo, si algunas de esas regiones se lesionan, la integración de los fenómenos mentales se sigue produciendo, aunque aparezcan discapacidades y disfunciones. Por tanto, el cerebro no funciona como un homúnculo que tuviésemos dentro de nuestra mente: «el yo, que dota a nuestra experiencia de subjetividad, no es un conocedor central ni un inspector de todo lo que ocurre en nuestra mente». Algunos cerebros han generado un yo y una conciencia, es el caso de los cerebros humanos, pero eso no implica que la conciencia sea el centro del cuerpo, ni tampoco el cerebro. Nadie es consciente de todo lo que sucede en la mente, ni mucho menos de cuanto ocurre en el cuerpo, puesto que hay infinidad de procesos mentales y fisiológicos (por ejemplo los flujos electroquímicos entre neuronas) de los que el cerebro no es consciente. Por la misma razón, conocemos una mínima parte de lo que pudiera ocurrir en el entorno exterior. Los estímulos externos han sido filtrados previamente por los sentidos, los cuales perciben ante todo aquello que resulta relevante para los intereses del cuerpo humano. Según Damasio, el cerebro es un órgano completamente integrado en el cuerpo e inseparable de él. Antes de hacerse una imagen del entorno exterior, el cerebro se hace una imagen del cuerpo propio. Solo a través de esa propiocepción accedemos a tener una idea del mundo exterior. Desde una perspectiva evolutiva, los cerebros surgieron para coordinar el organismo que los posee y para controlarlo en la medida de lo posible: «en nuestros inicios, primero hubo representaciones del cuerpo propiamente dicho y solo posteriormente hubo representaciones relacionadas con el mundo exterior». Dicho de otra manera: «cuando aparecieron cerebros capaces de pensar, empezaron pensando en el cuerpo».
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| La tempesta by Giorgione |
D. Bell (Les Contraidictions culturelles du capitalisme, traducido por M. Matignon, PUF, 1979) pone el acento en lo esencial al reconocer que el hedonismo y el consumo —que es su vector— son el epicentro del modernismo y del posmodernismo. Para caracterizar la sociedad y el individuo moderno, el punto de referencia más crucial es el consumo: «La verdadera revolución de la sociedad moderna se produjo en el curso de los años veinte cuando la producción de masa y un fuerte consumo empezaron a transformar la vida de la clase media» (p. 84). ¿Cuál revolución? Para D. Bellésta se identifica con el hedonismo, con una revolución de los valores que pone estructuralmente en crisis la unidad de la sociedad burguesa. Podemos preguntarnos sin embargo si la obra histórica del consumo no está de algún modo minimalizada por una problemática que la asimila a una revolución ideológica, y a unos contenidos culturales en ruptura. La revolución del consumo que no llegará a su plenitud hasta pasada la Segunda Guerra Mundial tiene, a nuestro modo de ver, un alcance mayor: reside esencialmente en la realización definitiva del objetivo secular de las sociedades modernas, es decir, el control total de la sociedad y, por otra parte, la liberación cada vez mayor de la esfera privada en manos del autoservicio generalizado, de la velocidad de la moda, de la flexibilidad de los principios, roles y estatutos. Al absorber al individuo en la carrera por el nivel de vida, al legitimar la búsqueda de la realización personal, al acosarlo de imágenes, de informaciones, de cultura, la sociedad del bienestar ha generado una atomización o una desocialización radical, mucho mayor que la que se puso en marcha con la escolarización en el siglo XIX. La era del consumo no sólo descalificó la ética protestante sino que liquidó el valor y existencia de las costumbres y tradiciones, produjo una cultura nacional y de hecho internacional en base a la solicitación de necesidades e informaciones, arrancó al individuo de su tierra natal y más aún de la estabilidad de la vida cotidiana, del estatismo inmemorial de las relaciones con los objetos, los otros, el cuerpo y uno mismo. Es la revolución de lo cotidiano lo que ahora toma cuerpo, después de las revoluciones económicas y políticas de los siglos XVIII y XIX, después de la revolución artística a principios de siglo. El hombre moderno está abierto a las novedades, apto para cambiar sin resistencia de modo de vida, se ha vuelto cinético: «El consumo de masa significaba que se aceptaba, en el importante ámbito del modo de vida, la idea del cambio social y de la transformación personal» (p. 76). Con el universo de los objetos, de la publicidad, de los mass media, la vida cotidiana y el individuo ya no tienen un peso propio, han sido incorporados al proceso de la moda y de la obsolescencia acelerada: la realización definitiva del individuo coincide con su desubstancialización, con la emergencia de invidiuos aislados y vacilantes, vacíos y reciclables ante la continua variación de los modelos. Cae así el último reducto que escapaba a la penetración burocrática, a la gestión científica y técnica de los comportamientos, al control de los poderes modernos que en todas partes aniquilan las formas tradicionales de sociabilidad y se dedican a producir-organizar lo que debe ser la vida de los grupos e individuos, hasta en sus deseos e intimidades. Control flexible, no mecánico o totalitario; el consumo es un proceso que funciona por la seducción, los individuos adoptan sin dudarlo los objetos, las modas, las fórmulas de ocio elaboradas por las organizaciones especializadas pero a su aire, aceptando eso pero no eso otro, combinando libremente los elementos programados. La administración generalizada de lo cotidiano no debe hacer olvidar su correlato, la constitución de una esfera privada cada vez más personalizada e independiente; la era del consumo se inscribe en el vasto dispositivo moderno de la emancipación del individuo por una parte, y de la regulación total y microscópica de social por otra. La lógica acelerada de los objetos y mensajes lleva a su punto culminante la autodeterminación de los hombres en su vida privada mientras que, simultáneamente, la sociedad pierde su entidad específica anterior, cada vez más objeto de una programación burocrática generalizada: a medida que lo cotidiano es elaborado minuciosamente por los conceptualizadores e ingenieros, el abanico de elecciones de los individuos aumenta, ese es el efecto paradójico de la edad del consumo.