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Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Sí, confieso que soy adicto al «acontecimiento
histórico», a la noticia bomba, a los grandes titulares, a los especiales
informativos… Conecto cada mañana el móvil con el deseo culpable de toparme con
el evento del siglo, el suceso del año, el avatar político que marque una nueva
era, el gran cambio, el principio del fin, el apocalipsis, el renacimiento… Y
hoy tengo el «mono». Será que tras el secuestro de un presidente, la amenaza de
invasión de Groenlandia o las revueltas en Irán (o en Minnesota), las trifulcas
políticas locales me saben a poco, y quiero más, cada día más, como un
drogadicto al que le faltara una dosis cada vez más alta para lograr el mismo
efecto…
Tal vez sea que del mucho consumir películas llenas de intrigas rocambolescas, vidas trepidantes y amenazas al límite, ya no estemos dispuestos a ver un informativo que no esté a la altura de nuestras expectativas mediáticas. Casi diría que hoy, por menos de un genocidio o un bombardeo cercano no nos desenganchamos de la serie de series, videojuegos, «realities» o canales «filoconspiratorios» en los que vivimos noche y día (y lo del genocidio lo digo con dudas, pues mucho me temo que el de Gaza dejó hace mucho de ser un «acontecimiento», para convertirse en un hecho común, deprimente, invisible… demasiado real para ser atractivo).
Si el mundo premoderno estaba habitado por seres con vocación de permanencia (algunos hasta divinos), y el mundo moderno por fenómenos o procesos (a veces heroicos), la posmodernidad es la era del acontecimiento, de la rutinaria irrupción mediática del suceso excepcional, ese que desde nuestro nihilismo desesperado soñamos como un giro definitivo de guion. No tenemos ni idea de lo que queremos, ni de si tiene sentido nada que no sea exprimir el vacío efímero del presente, pero deseamos que el espectáculo continue, que sigan «pasando cosas», por ver si llega aquella que rompa el monótono «scroll» de los días, las series, las legislaturas y las ligas de fútbol…
Es obvio que ochenta años de paz y un estado de bienestar aceptable no bastan para llenarle a nadie la vida. No es solo miedo, egoísmo e indignación lo que arroja a tanta gente en brazos de este otro «acontecimiento» histórico que es el populismo neofascista de Trump, Putin, Milei o Vox; se trata también de un aburrimiento cósmico, del deseo de que ocurra algo, de una apuesta por esa otredad oscuramente mesiánica (y resuelta constantemente en nada) con que la posmodernidad ha trocado toda posibilidad de sentido. Como dijo Kant, lo último que la gente quiere es pensar por sí misma; preferimos vivir en el acontecimiento, embobarnos como niños en el circo de la actualidad, quejarnos a gritos cuando no nos gusta e invocar, si nos aburrimos, al más imprevisible, peligroso y patán de los payasos.
Me llega un mensaje de un respetado grupo pedagógico que me pregunta por las competencias del futuro. Le respondo que sobre algunas de estas competencias, el futuro guarda sus secretos y se reserva la última palabra; sobre otras sabemos, a ciencia cierta, que no serán muy diferentes de las del pasado. Como quien me interroga padece novolatría no entiende lo que quiero decir. Le cuento mi visita a una empresa de tecnología punta en Valencia (visito muchas escuelas y cada vez más empresas). Allí descubrí que hay competencias esenciales que la escuela simplemente ignora porque son poco sofisticadas. Por ejemplo: la de dejar cada cosa en su sitio. Si los trabajadores no se toman en serio esto, están poniendo el futuro de la empresa en riesgo. Dejar las cosas en su sitio es algo que afecta a la misma lengua: hay que poner cada palabra en su sitio para evitar ambigüedades. Un cirujano no puede pedir "pásame el cacharro", ni un ingeniero debe hablar de "la cosa esa". Otras competencias esenciales que forman los cimientos de todas las demás: La puntualidad, el orden, la limpieza, la capacidad no para trabajar en equipo, sino para dirigir equipos; el compromiso con el bien común (en la empresa de Valencia eso significa, entre otras cosas, que un papel en el suelo es una afrenta colectiva, como lo sería una colilla en el suelo de un quirófano; la ambición y la capacitación para competir internacionalmente, etc. Pero, por encima de todo, esta: la fidelidad a la palabra dada. La empresa que cumple sus compromisos y sus plazos, tiene futuro.
Ese adolescente de 16 años, Julio, que fue uno de los primeros en llegar en Adamuz al lugar del accidente ferroviario, me tiene conmovida el alma. Cuenta, como la cosa más normal del mundo que al ver a una mujer descalza le prestó su calzado. No es un detalle menor. O, quizás mejor, es un gigantesco detalle menor. Mientras en las cátedras de ética sesudos filósofos de todas las universidades del mundo se preguntan qué es el Bien, un adolescente no tiene duda alguna en identificar lo bueno y en actuar en consecuencia. "No tuve miedo de no seguir hacia adelante, porque lo asimilas y continúas haciendo lo que crees que tienes que hacer", le dijo a Chapu Apaolaza. ¡Qué frase! «Continúas haciendo lo que crees que tienes que hacer».Y ante estas palabras, amigos, uno se siente pobre, engolado y fuera de juego y entiende plenamente el sentido de aquellas palabras de Jesús: «Dichosos los humildes».
La masa me ha dado media hora de tiempo y vengo aquí a contarlo. Estoy haciendo rosquillas de cuaresma y he dejado la masa a descansar durante 30 minutos antes de comenzar a freírlas. Llevo desde noviembre intentando recuperar, con más terquedad que éxito, sabores de mi infancia, manía que, mi familia me soporta compasivamente. Pero yo sigo en mis trece, intentándolo. No sé por qué me ha entrado esta dulce pasión. Hasta ahora me limito a ejercicios culinarios de resurrección de pastas, tartas y dulces y para nada de esto tengo recetas, solo dispongo de la rememoración de un sabor casi perdido que espero reconocer al encontrarlo. A esta faena dedico en mis ratos libres.
Día invernal, lluvioso, desangelado, que invita a comidas calientes de cuchara y a pasar las horas junto a una chimenea inmerso en el misticismo casero del chisporroteo de la leña. Pero hoy, además, es domingo, y, como cada domingo, me llegan puntuales los versos que me envía un capuchino, poeta letraherido y buena gente, Víctor Herrero de Miguel, que me arrancan a mí chispas de alegría íntima. A falta de sol, buenos son los versos.


Ayer los geniales inconscientes de The Nomba montaron un grandioso encuentro de 7 horas en Madrid que reunió a más de 6.000 jóvenes en el Palacio de Vistalegre. The Nomba: The no MBA, son hermanos gemelos de mis muy queridos muchachos de It's Time to Think, con cuyos "thinkglaos" intento colaborar siempre que me llaman. Están impulsando una autentica revolución contracultural que está ayudando a dar forma a corriente de fondo que vienen creciendo entre los jóvenes.
La «razón victimológica», cada vez más asentada en nuestras sociedades, pretende dar la mayor visibilidad posible a las propias heridas para utilizarlas como artimaña de control de quien se acerque a compadecerme. Quiere hacer de algo que tengo pero hubiera deseado no tener (mi dolor) el escaparate de mi identidad y así poder eludir toda responsabilidad sobre la propia vida. De esta manera, el pasado se convierte en presente continuo y mi padecimiento es la prueba de que los demás me deben mi bienestar. Es el mundo el que tiene obligaciones conmigo. No tengo, pues, iguales, sino personas que me deben abrazos. Ahora bien, el hecho de que mi vida no haya transcurrido como a mí me hubiera gustado, no me convierte en víctima. Solo afirma mi condición de ser vivo. Para estar, además de vivo, sano, debo habitar el presente y sus complejidades, asumiendo que mi vida real es la única vida que tengo. Por supuesto, está bien el consuelo ajeno, pero nadie está obligado a encadenarse afectivamente a mi dolor. No debería convertir mi herida en un reclinatorio para los que se me acercan con su consuelo. La propia victimización es la renuncia voluntaria a la vida adulta. La madurez es la valentía de decirle sí a la vida aunque esta se nos muestre como una amante de una fidelidad caprichosa.
Vuelves a casa, odiseíllo a cara descubierta, y está tu mujer esperándote en la estación del tren. Pues eso es la vida liviana llamando a las puertas de la felicidad.
Comenzó bien el día de ayer, con un largo paseo sin destino concreto por un Madrid que estrenaba la luz del nuevo día, flaneur de despertares. No hacía mucho frío y la ciudad se estaba quitando el sueño de encima. Por la tarde les dije a un grupo numeroso de personas que cuando se sintieran pesimistas sobre nuestro tiempo, madrugasen y salieran a las calles a ver la cantidad de personas que van a trabajar a horas intempestivas para conseguir que sus hijos tengan un plato de comida en la mesa. Esas personas que cumplen sus compromisos con discreción diligente, en silencio, son el sustento cotidiano de todos nosotros. No solemos ser conscientes de ello, pero nos sostienen. Son los maquinistas del mundo de la vida. Tardé en entrar. a una cafetería para desayunar, demorando la vuelta al hotel. A las 10:00 tocaba podcast con la buena gente de Educatio Servanda y a las 12:00 una entrevista con la buena gente de Alfa y Omega. Aquí me encontré, gratísima sorpresa, con Ricardo Ruiz de la Serna, con el que di un paseo por el viejo Madrid. Me propuso comer juntos, pero yo tenía un día peripatético y un poco autista y le dije -la amistad también es decir no- que quería andar sin rumbo por el Madrid de las primeras horas de la tarde. A las 19:00, la presentación de La dignidad del mediocre en la sede de Abante, sobre la Puerta de Alcalá. Descubrí que el día iba de Ricardos. Cuando salí de este último acto me apetecía mucho, de nuevo, estar solo y volver al hotel dando un largo rodeo mientras la ciudad se iba recluyendo en sus casas. Mantuve una larga conversación telefónica con mi mujer, y a la cama. Hay soledades que no son tales porque son, en realidad, la condición imprescindible para sentir el rumor de fondo de la vida cotidiana, sus alegrías, silencios y quehaceres, ese aleteo que nos lleva a todos, sin apenas darnos cuenta, a ponernos en manos de nuestras esperanzas.
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Vox anuncia que va a participar en el gobierno de Extremadura. Ya veremos. No sería extraño que sus condiciones fueran tales que volviera a quedarse fuera, salvando la cara y al partido de desgastes innecesarios antes de las generales (el encanto de un partido antisistema se desvanece en cuanto asume verdaderas tareas de gobierno).
Ahora bien, caso de que Abascal obligue a sus peones extremeños a gobernar, ¿cuál será su papel? Su participación en el gobierno anterior fue apenas simbólica, limitada a gestionar una consejería fantasma dedicada a los toros, la pesca y la caza. ¿Serán capaces de asumir consejerías de verdad, como las de agricultura, industria o educación (tres de las que han pedido)?
¿Qué pensarán hacer, por ejemplo, desde la de educación? Si leemos su programa político y obviamos las promesas habituales (más recursos…) o las medidas que no nos competen (como homogeneizar los currículos autonómicos), lo que queda se reduce básicamente a eliminar el presunto “adoctrinamiento” en las aulas. ¿Pero en qué habría de consistir tal cosa?
En el programa se anuncia, por ejemplo, que se «revisarán los currículos y libros de texto de historia, literatura y ciencia para eliminar manipulaciones ideológicas». ¿Pero que es una «manipulación ideológica»? Porque toda interpretación de la historia… es una interpretación cargada de ideas y valores; toda gran literatura es un ejercicio de crítica social; y toda ciencia, además de aportar datos rigurosos (por ejemplo, sobre el cambio climático), comprende también fines y valores. ¿Qué va a hacer Vox con todo esto? ¿Va a prohibir la historiografía crítica con el franquismo? ¿Va a impedir leer, que sé yo, “La Regenta”, por su retrato de la sociedad patriarcal? ¿Impedirá que se hable de la crisis climática en Geografía, o de la teoría de la evolución en Biología, como en los EE. UU. de Trump, ese gran aliado de Abascal? Por cierto, ¿cómo enseñaremos al alumnado los valores del patriotismo y la civilización al tiempo que aplaudimos que el amigo Trump se pase la legalidad internacional por el forro o amenace con invadir territorio soberano de Dinamarca? Por otra parte: ¿se prohibirá también el acceso a las escuelas de los activistas católicos que imparten la materia de Religión, o de los entusiastas propagandistas de las asociaciones pro-caza? ¿O es que de lo que va a tratarse es de cambiar un tipo de «manipulación ideológica» por otra?
Mal asunto este. Vox sabe de sobra que el cuerpo docente no se va a someter mansamente a ninguna otra medida de control del «adoctrinamiento» que no sea la de respetar la pluralidad ideológica del profesorado (rasgo esencial de la escuela pública, que no de la concertada) o la de promover el diálogo y la reflexión crítica sin censura alguna. Si, aun sabiendo esto, se empeñara en aplicar su programa en educación, quedaría claro que su objetivo no es otro que llevar la batalla cultural al seno mismo de la escuela. ¿Y no es esto mismo, la instrumentalización política de la educación, de lo que decía venir a salvarnos? Que no le estafen: Vox no es diferente; es lo mismo de siempre (más sesenta años de involución). Sobre esto escribimos hoy en
Emilio del Río es riojano y para mí eso es un mérito. Me pueden alegar ustedes que esta es una conducta prejuiciosa. Se lo acepto. Pero es que llega un momento en que uno ama a sus prejuicios conscientemente, como si fueran amarres a la realidad. En tiempos de fluideces y fluctuaciones, un buen prejuicio es cosa seria. A lo que iba. Emilio del río, el riojano, me invitó a participar en un podcast que tiene en RNE -Locos por los clásicos- y yo le dije que encantado. Por eso ayer pasé un buen rato en la Casa de la radio hablando del mito de Prometeo y de La dignidad del mediocre. No sé si se creerán lo que les voy a decir pero hubo un momento crítico en la grabación en que a Emilio se le saltó una lágrima y a mí se me formó un nudo en la garganta. Fue cuando, recordando a Argo, el perro de Ulises, casi caemos en la pornografía emocional. No entraban en el guión ni Argo ni nuestra reacción, pero es que la realidad no cabe en un guión y por eso, de repente, una historia mil veces contada te afecta de manera imprevisible y profunda. Por la tarde estuve cenando en Aravaca, con las dos almas de la Librería Ontanilla. ¿Por qué hay personas que nada más verlas te caen bien y sabes, a los dos minutos de contacto, que estás iniciando una relación de amistad, y personas que nada más conocerlas concluyes que hay que mantener con ellas relaciones higiénicas de distancia? Sin duda, la razón es el prejuicio, luego el prejuicio tiene razones que la razón no entiende, pero cuyo valor la memoria constata. También tengo prejuicios favorables con los murcianos, con los bocadillos de calamares y con mis amigos venezolanos.
Estoy en Madrid. He cogido dos taxis. El primer taxista era venezolano y el segundo ecuatoriano. Nada que objetar. Al contrario. Los hispanoamericanos no son extranjeros. Las dos carreras han sido largas y en las dos la candente actualidad ha sido tema de conversación. Uno de ellos me ha contado que la última vez que estuvo en su país "de origen" (ha puntualizado) lo asaltaron en la puerta de la casa de sus padres. Justo cuando iba a abrirla alguien a su espalda le puso una navaja en el cuello. El asaltante quería sus botas. Al ir a dárselas lo reconoció. Habían sido muy amigos en la infancia. El viaje en tren ha sido amenizado por las rabietas de un niño de unos 12 años, que viajaba con dos adultos y una niña un poco mayor que él. Uno de los adultos, supongo que el padre, se ha quedado dormido nada más sentarse. La madre ha sacado todos los libros sobre Picasso, Dalí y Gaudí que se habían comprado. El niño no ha parado de comer chuches. Únicamente detenía su voracidad para protestar a voz en grito por cualquier cosa. Todos en el vagón estábamos pendientes de sus rabietas, menos su padre, que ha dormido profundamente todo el viaje (o, al menos, lo ha aparentado). He descubierto una nueva librería de viejo, pequeñita, pero muy bien surtida. El propietario me ha dicho que antes del verano la cierra. Hemos hecho buenas migas. Hoy ceno con Diotima.
¿Es posible comprender la consciencia y explicar cómo surge? Para algunos filósofos, especialmente en la tradición de Chalmers, no. Pero cuanto más sabemos de biología, más capacidad tenemos de explicar fenómenos muy complejos, y no veo razón por la que la consciencia no pueda ser explicada. Ya lo está siendo. El “difícil problema” surge de un malentendido. Chalmers parte de la idea de que la mente es inmaterial y algo inmaterial no puede explicarse mediante procesos físicos. Y además existe otro error histórico en los estudios sobre la consciencia: la idea de que, por ser tan sofisticada, debe depender de las estructuras biológicas más complejas y recientes, como nuestra corteza cerebral. No. La consciencia es una función vital, esencial para la vida, y por eso puede tener orígenes muy humildes. Y los tiene. Desde mi perspectiva, sirve para mantener la vida: es un sistema de alertas, de sentimientos, que nos informan sobre el estado del organismo. Surge de operaciones biológicas relativamente simples, a través de los sentimientos homeostáticos, que indican si nuestra homeostasis, el equilibrio interno, va en la dirección correcta o necesitamos actuar. No es la alta biología cortical la que origina la consciencia, sino procesos biológicos básicos. Crick, Koch, Edelman o Tononi ofrecen soluciones de alto nivel cortical, y creo que se equivocan. La consciencia es mucho más simple: existe para permitirnos mantener la vida.
Para mí, la consciencia revela la preocupación fundamental de la naturaleza: inventar la vida y mantenerla. En cambio, perspectivas muy cognitivas sitúan lo esencial de la vida en el juicio racional y los procesos intelectuales. Es una visión incompleta. La vida es un fenómeno extraño, complejo y extremadamente vulnerable. Hemos de hacer muchas cosas para estar vivos. La mayoría de problemas sociales y políticos son sobre mantener la vida. Una diferencia clave de la inteligencia natural con la IA es que ella no enfrenta el problema de la vida. Nosotros, sí. Estamos expuestos a la enfermedad y la muerte. La consciencia trata de esos riesgos y de cómo prolongar la vida.
Justo Barranco, entrevista a Antonio Damasio: "Es muy improbanle que la IA tome el control ...", La Vanguardia 11/01/2026
Hay días que se esfuman sin que te des cuenta y suelen ser los que discurren a paso tranquilo, sin nada excepcional que venga a alterarlos. Son los que te dejan impresa en el alma la ligereza de la vida liviana que, a mi modo de ver, es superior a la vida feliz. Entre otras cosas porque aquella es real, mientras que esta es un ideal que con frecuencia se convierte en juez implacable de la vida real. Ante el tribunal de la felicidad, tan inflado por la publicidad, cualquier arañazo existencial es un trauma, cualquier frustración una injusticia. Hagas lo que hagas, la distancia entre lo que te pasa y la vida feliz es inabarcable, con lo cual la vida que realmente vives es siempre deficiente. En cambio, la vida liviana tiene esa intrascendente de plumón al viento en la que nada te aprieta, todo encaja sin aspavientos. La vida liviana es esa poquita cosa a la que no le falta nada. No deja ninguna huella memorable en el calendario de la memoria. No te proporciona ideas para escribir en un blog. Es la vida discreta, como una mañana de invierno sentado plácidamente en la Plaza de Ocata disfrutando de un buen café, un buen libro y de la generosidad regalada del sol benefactor.
El derecho internacional, por ejemplo, es algo construido sobre la posibilidad de lanzar la bomba atómica, o sea la fuerza. Si la tienes, te dejan en paz. Y para los que la tienen hay algo llamado MAD (Destrucción Mutua Asegurada) que es un nombre muy tranquilizador. Por eso Estados Unidos (y su ejército) puede acogerse al tratado internacional que quiera, pactar con socios, firmar acuerdos o pertenecer a organizaciones como la ONU, que al final siempre podrá hacer lo que quiera asumiendo la principal doctrina que existe: hará lo que quiera porque nadie se lo puede impedir. Es puro darwinismo, no ideología. Estados Unidos es el niño grandullón del recreo que se compromete, como todos, a no quitarle el bocadillo a nadie: paz estable y convivencia armoniosa hasta que tiene hambre. Es decir: si mañana estalla una pandemia más violenta y mortal que la anterior y solo España tiene mascarillas, verás tú el derecho internacional. Pero ni siquiera hace falta una emergencia: basta el capricho de un zumbado. La ley existe mientras alguien no quiera ejercer, sin más, el poder.
Manuel Jabois, Donald Trump explica a Cornellá, El País 05/01/2026
En primer lugar, es interesante conocer un poco de historia sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH). Este apareció por primera vez en el manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales DSM III de la American Psychiatric Association —conocido como la biblia de la psiquiatría— en los años ochenta como un subtipo del trastorno por déficit de atención, aunque existen referencias anteriores. Es definido por una tríada: impulsividad, falta de atención y exceso de movimiento (hiperactividad). Pero, ¿por qué llamar a este repertorio conductual trastorno? Desde un punto de vista coloquial, un niño o adolescente con TDAH es como un coche deportivo circulando por una carretera secundaria. Esto quiere decir que no falla el niño diagnosticado (el coche deportivo, para seguir con el ejemplo), sino que falla el contexto (la carretera). Porque si pones ese Fórmula 1 en un circuito de carreras funciona a la perfección.
Lo primero y más importante es pensar que un menor que atiende de forma diferente o se mueve de forma distinta no es un “trastornado”. El TDAH no debería ser un trastorno, sino una forma diferente de aprender. Hay que cambiar la “T” de trastorno por la “F” de forma. Y la “D” de déficit por “d” de diferente. Y la “A” de atención por la “A” de aprender. Por lo que si hubiera que llamarlo de alguna manera sería con las siglas FDA: forma diferente de aprender. Sin juicios, ni etiquetas negativas, ni trastornos.
¿Como enfrentarse de una forma diferente de aprender?
Como vivimos en la realidad y muchas familias no tienen acceso a esos recursos o no pueden pagar la ayuda que necesitan, los siguientes cinco puntos sobre cómo enfrentarse a esa forma distinta de aprender son fundamentales para niños, niñas y adolescentes que no aprenden como los demás.
| Michael Ignatieff |
| Luigi Ferrajoli |
La agresión de Estados Unidos a Venezuela —de “ataque espectacular” la ha calificado el propio Trump— es un acto criminal, agravado por la ostentada y complacida brutalidad. La lista de los crímenes es amplia y variada: viola la prohibición (artículo 2 de la Carta de la ONU) del uso de la fuerza contra un Estado soberano, calificada como crimen de agresión por el artículo 5 del Estatuto del Tribunal Penal Internacional; el asesinato de al menos 80 personas, que han perdido la vida a causa de los bombardeos sobre el Parlamento de Venezuela, la sede del Gobierno, los aeropuertos, cuarteles y bases militares; el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de su esposa, capturados por los agresores invadiendo arbitrariamente su domicilio; la violación de la Constitución estadounidense, cuyo artículo primero, sección 8, atribuye la decisión en materia de guerra al Congreso, que ni siquiera ha sido informado de la agresión. El hecho de que Maduro sea un dictador no atenúa la gravedad de estos crímenes. El narcotráfico, obviamente, es un pretexto. Los verdaderos objetivos son dos: las inmensas reservas de petróleo de Venezuela y, sobre todo, la demostración al planeta de quién es el verdadero soberano del mundo.
Hace más penosa esta vicisitud el sustancial silencio de la Unión Europea; asimismo su justificación por parte del Gobierno italiano. Durante cuatro años en Europa se ha censurado cotidianamente a Putin, repitiendo que de una parte hay un agresor y de otra un agredido. Hoy, frente a una nueva agresión, en la que hay un agresor y un agredido, la ausencia de indignación de la Unión anula la ya débil credibilidad de toda la política europea, incapaz en cuatro años de una sola iniciativa política frente a Rusia. El alarde incontestado de Trump por la operación marca abiertamente el fracaso del derecho internacional, sustituido por la ley del más fuerte, ostentada, por lo demás, y no solo practicada también por los autócratas sus aliados, Putin y Netanyahu.
Esta general explícita abdicación del derecho internacional producirá el efecto de hacer desde ahora legítima cualquier posible violación del mismo, pasada o futura: ayer la invasión rusa de Ucrania, mañana la de Taiwán por China, y luego otras, de Cuba a Groenlandia, por lo demás, ya hoy amenazadas. Así, hasta la normalización y mundialización de las guerras de agresión.
Nunca como hoy sería necesaria, para frenar esta deriva, una reacción institucional, sin la cual dejará de existir el derecho internacional: ante todo, la incriminación de Trump, como antes la de Putin y la de Netanyahu, por el Tribunal Penal Internacional, cuyos miembros, sin embargo, han sido reiteradamente agredidos, amenazados y gravemente intimidados por estos criminales. En segundo lugar, una condena política, decidida por mayoría por la Asamblea General de Naciones Unidas, además de por todos los países que aún creen en las razones del derecho. En tercer lugar, la movilización en todo el mundo de las fuerzas pacifistas y, más sencillamente, de todas las personas civiles. La impunidad del crimen, su pasiva y despavorida aceptación, el sometimiento a su violencia y prepotencia equivalen siempre a su legitimación.
Después de tantas guerras —Serbia, Afganistán, Irak, Libia, disfrazadas con los calificativos hipócritas de guerra ética, exportación de la democracia, defensa preventiva y similares— la mayor potencia militar del mundo ha proclamado oficialmente la ley del más fuerte. Esta ley salvaje, en un mundo en el que la fuerza es la de las 12.000 cabezas nucleares divididas entre nueve potencias, casi todas animadas por la lógica del enemigo, equivale, antes o después, a la autodestrucción del género humano. La única alternativa, improbable pero posible, es, como siempre, una refundación constitucional de la Carta de la ONU, que no se limite a proclamar la paz, sino que introduzca la sola garantía capaz de hacer imposibles las guerras: la prohibición de las armas —de todas las armas concebidas para matar— mediante la previsión y el castigo severo de su producción y comercio como crímenes gravísimos contra la humanidad. Una utopía, cierto: pero es lo único que tenemos. Consiste en una perspectiva, solo lejanamente posible, pero que, precisamente por eso, estamos obligados a perseguir.
Luigi Ferrajoli, Sin una reacción institucional a Trump, dejará de existir el derecho internacional, El País 06/01/2026
Para que ChatGPT sea tan servicial y obsequioso como es, pese a alimentarse de todo tipo de materiales salvajes en la red, alguien, alguien, alguien tiene que filtrar esas fuentes manualmente, imagen a imagen de violación, decapitación, brutalidad: ¿quién podría hacerlo francamente bien? Los negros pobres de Kenia o los desesperados habitantes de Venezuela (con la crisis salvaje de hiperinflación de 2018, el 75% de los trabajadores de las plataformas de anotación de datos eran venezolanos…): ellos son los que hicieron y siguen haciendo el trabajo sucio, y sucio es poco. Es la industria subterránea e invisible, muy desconocida, de la anotación de datos, el etiquetado de imágenes y grabaciones, por ejemplo, para la conducción de coches autónomos (o para que no te ensucie la pantalla del móvil una procacidad visual o textual regurgitada por ChatGPT). Súper guay: “Buscar a trabajadores en crisis podría ser una forma infalible de seguir reduciendo los costes de la mano de obra que es el alma de la industria de la IA”. La base de la IA no es artificial sino pedestremente humana y miserablemente pobre. En 2024, la última ronda de capital riesgo para financiar la empresa alcanzó la cifra más alta de la historia, 6.600 millones de dólares. Su valoración se elevó hasta 157.000 millones.
La descripción material y detallada de las condiciones de trabajo de esos equipos de decenas de miles de personas solo tiene una palabra en español moderno: esclavitud, esclavitud tecnocolonial, aunque una de las empresas intermediarias lo llama “optimización e innovación”. Este capítulo 9 es especialmente estremecedor —el reportaje originario fue portada en el periódico donde escribe Karen Hao, The Wall Street Journal— pero hay más, entre ellos el análisis de la personalidad manipuladora y cínica de Altman, las acusaciones graves de su hermana pequeña de abusos sexuales o, quizá lo mejor, el seguimiento de la guerra civil interna en OpenAI entre quienes creyeron de veras en un proyecto de investigación sobre inteligencia artificial teóricamente sin afán de lucro y quienes estaban dispuestos a exprimir económicamente al máximo y sin escrúpulos la creación de un simulacro de inteligencia: ChatGPT. Como suelen decir en el gremio —y le gusta repetir a Marta Peirano—, OpenAI es la empresa de IA más cerrada del mercado.
Jordi Gracia, La codicia, nuestra idiotez y la inteligencia artificial ..., El País 08/01/2026
A finales de julio de 2025, en lo más profundo de la maquinaria burocrática del Pentágono en Arlington, Virginia, el Ejército de EE.UU. firmó discretamente la cesión de una pieza crítica de su soberanía. El contrato de 10.000 millones de dólares con Palantir Technologies —uno de los mayores en la historia de departamento— fue presentado como una cuestión de eficiencia administrativa, consolidando 75 acuerdos de adquisición separados en un único paquete.
Pero tras el lenguaje tecnocrático se escondía algo mucho más profundo: el software de Palantir pasaba a ser, por defecto, el sistema operativo para la inteligencia en el campo de batalla, la logística y los sistemas de personal. Lo que parecía una simplificación burocrática era, en realidad, una entrega estratégica de funciones militares fundamentales a una firma privada cuyo fundador, Peter Thiel, ha declarado abiertamente que “la libertad y la democracia ya no son compatibles”.Con la tecnología patriótica por bandera, una coalición de empresas, financiadores e ideólogos diseña una infraestructura planetaria de vigilancia, de coerción y de gobernanza sin rendición de cuentas. No es una metáfora. Es un sistema estratificado —plataformas en la nube, modelos de IA, redes financieras y de drones, sistemas orbitales— que conforma una infraestructura tecnopolítica integrada de control, lo que yo llamo la Pila Autoritaria .
En su cúspide se hallan los exponentes más derechistas de Silicon Valley —Thiel, Musk, Andreessen, Sacks, Luckey y Karp—, cuyas inversiones se alinean con un proyecto político: la reconversión de la soberanía en un modelo de activos privados.
A diferencia del autoritarismo tradicional, que depende de la movilización masiva y de la violencia estatal, este sistema opera mediante infraestructura tecnológica y coordinación financiera, haciendo que la resistencia no solo parezca difícil, sino arquitectónicamente obsoleta.
Hacia mediados de 2025, las señales de alerta proliferaban en Europa. En Roma, los funcionarios de defensa italianos se prestaron a integrar Starlink, de Elon Musk, en las comunicaciones militares. En Berlín, Rheinmetall y Anduril —empresa emergente de defensa de California respaldada por la red de Thiel— expandieron su joint venture para desplegar enjambres de drones autónomos para la OTAN. El impulso de Palantir en la policía alemana provocó una fuerte resistencia, pero Baviera firmó nuevos contratos por valor de 25 millones para ampliar el sistema a nivel nacional.
En Londres, el Sistema Nacional de Salud (NHS) amplió la Plataforma de Datos Federada de Palantir, valorada en 330 millones de libras, para abarcar decenas de millones de historiales de pacientes, al mismo tiempo que el Reino Unido firmaba una alianza de defensa por 1.500 millones de libras que lo convierte en un centro clave para la inteligencia artificial militar de Palantir.
Ninguna de estas decisiones provocó un debate parlamentario significativo. Pocas llegaron a las portadas. Sin embargo, tomadas en conjunto, revelan la externalización sistemática de la soberanía europea a empresas tecnológicas estadounidenses respaldadas por los inversores más ideológicos de Silicon Valley. Los gobiernos europeos persiguen la autonomía estratégica justo en el momento en que sus infraestructuras críticas están siendo reconfiguradas para depender de plataformas estadounidenses cuyos ejecutivos socavan activamente la democracia europea.
Es una paradoja con implicaciones devastadoras: perseguir la independencia mientras se cede el control con cada contrato firmado.
Las infraestructuras críticas del Estado están siendo reinstaladas en cinco dominios estratégicos –información de la población, suministro monetario, defensa, comunicaciones orbitales y energía —que constituyen los fundamentos mismos del control democrático.
Todo comienza con el control del sistema operativo. El contrato de 10.000 millones de dólares del Ejército hizo explícito lo que los más informados ya sabían: Palantir se ha convertido en el sistema operativo de facto del gobierno de EE.UU. Su rastro aparece detrás de la gestión del campo de batalla, de la logística, de los sistemas de personal y del análisis de inteligencia.
Francesca Bria, El golpe de estado de los tecnoautoritarios, estrategia.la 03/11/2025
Carlo es el nombre de mi padre. Lo elijo para el protagonista de esta novela por una razón ilógica; de hecho, entre mi padre y este ingeniero “desdoblado” cuya historia me dispongo a narrar no hay posibilidad de parangón alguno. Mi padre era un oficial del ejército, que vivió su madurez durante el periodo fascista (aunque en la rivalidad que se estableció entre fascismo y ejército estuviera de parte del ejército); su carácter, predispuesto a aceptar los nuevos tiempos –ya que de joven había sido un bala perdida y un quinqui de rancia familia–, había sido moldeado por el fascismo: nada hay más solidario que el desorden y el orden. Se conserva una fotografía de mi padre a los diecisiete años, poco antes de partir a la guerra de Libia: es un muchacho guapetón, fuerte como un toro, elegante, con esa elegancia algo chulesca que corresponde a un hijo de buena familia venida a menos, malcriado y rudo al mismo tiempo. En su pelo y en sus ojos negros hay algo de malvado: es su sensualidad, que se manifiesta en extremo violenta y lo muestra demasiado serio, casi torvo. La pureza de su tez juvenil, la perfección de su cuerpo (aunque era un muchacho de baja estatura, un retaco), era la de quien tiene una buena polla. Y sin embargo todo esto, en su conjunto, era expresión de una voluntad hostil, casi del exceso de actitud defensiva de quien, aun ostentando violentos derechos sobre el presente, prevé la futura tragedia que transformará sus derechos en degradación. Ha formado una familia y la ha aterrorizado. Luego se ha ido a África a combatir en su tercera guerra; ha sido hecho prisionero y tras algunos años ha reaparecido en Casarsa, el pueblo de mi madre, el “pueblo inferior” que había despreciado siempre, para desquitarse de un amor no correspondido por mi madre; y se ha dado a la bebida, como corresponde a un hombre. Se ve que nunca había reflexionado sobre su destino, igual que nunca había reflexionado sobre política. Había aceptado las cosas: exactamente como corresponde a un hombre. La humanidad, querido lector –querido pues eres de momento solo potencial–, no es revolucionaria, debe vivir la realidad como un todo: aceptar las jerarquías sociales como valores inmutables. De tal modo el hijo puede repetir la vida del padre, es decir, ser hombre.
Pier Paolo Pasolini, Petróleo, fronterad.com 01/01/2026
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"La tecnologia és la glòria de l'ambició i els assoliments humans, la punta de llança del progrés i la realització del nostre potencial", va proclamar el capitalista de risc Marc Andreessen a The Techno-Optimist Manifesto, una publicació del blog del 2023 molt comentada. Va continuar: "La tecnologia és alliberadora. Alliberadora del potencial humà. Alliberadora de l'ànima humana, l'esperit humà. Ampliant el que pot significar ser lliure, ser realitzat, estar viu. Creiem que la tecnologia obre l'espai del que pot significar ser humà".
No cal estar cec davant les alegries i les bondats de la innovació tecnològica per trobar repugnant aquesta blasfemia triomfalista. (En el que es podria interpretar generosament com un intent adolescent de provocació, Andreessen es fa ressò de les paraules de El Manifest futurista escrit fa més d'un segle pel protofeixista F. T. Marinetti.) Però, la regla d'Andreessen atrapa el tenor del nostre temps. Eleva la tecnologia a la posició que solien ocupar l'art, la literatura i fins i tot la religió. La tecnologia és la màxima expressió de la creativitat humana, la casa de l'ànima i l'esperit. Els nostres instruments i els nostres sistemes, no les nostres vides interiors, donar-nos sentit i propòsit. En la concepció rígidament utilitària de la condició humana de Silicon Valley, no hi ha lloc per a la imaginació o l'estètica, la metafísica o la fe. Pel que fa a la bellesa, haurem de conformar-nos amb descobrir-la en una interfície d'aplicació.
L'auge de la intel·ligència artificial generativa, com a tecnologia pràctica i com a obsessió popular, cristal·litza la presa de poder cultural de Big Tech. La IA converteix la lectura i l'escriptura en rutines industrials automatitzades, optimitzades per a la velocitat i l'eficiència. Instrumentalitza la intel·ligència, permet externalitzar el treball crític i creatiu de la ment a la maquinària. El públic, independentment de les pors que tingui sobre les conseqüències últimes de la tecnologia, sembla feliç d'utilitzar-la de moltes maneres per estalviar temps i diners.
En el seu assaig més influent, La tradició i el talent individual, T. S. Eliot va argumentar que els poetes i altres artistes, a través d'anys de lectura profunda i observació acurada, forgen en ells mateixos una comprensió de les obres del seu camp tan profunda que esdevé instintiva. Més enllà del coneixement, adquireixen "la consciència del passat". Després d'haver interioritzat la tradició, poden aplicar el poder singular de la seva pròpia sensibilitat per transformar-la en quelcom nou, quelcom que transcendeix allò personal per esdevenir universal. El talent individual es converteix en el gresol que sosté la tradició portant-la, de noves formes, al futur. En conjunt, tots aquests actes de creació intrínsecament connectats formen la cultura.
La IA generativa ens ofereix una paròdia del procés creatiu d'Eliot. La tradició és substituïda per un vast model estadístic construït a partir de representacions digitals de les obres del passat. El talent individual se substitueix per una funció de predicció que extreu patrons de dades del model i els ofereix en forma de text, imatge o so. "La poesia", va escriure Eliot, "no és una desviació de l'emoció, sinó una fugida de l'emoció; no és l'expressió de la personalitat, sinó una fugida de la personalitat". Immediatament va afegir un aclariment crucial: "Per descomptat, només els que tenen personalitat i emocions saben què significa voler escapar d'aquestes coses". Bots com ChatGPT, Gemini, i Claude no tenen personalitat ni emocions de les quals escapar. En parlar-nos amb la veu de ningú, es burlen de nosaltres. El seu buit és el nostre buit.
Aquí hi ha una profunda ironia. Sota el regnat dels senyors STEM, la confiança del públic en la ciència i els científics està decaint. Lluny de promoure l'empirisme i l'objectivitat, el culte a la virtualitat està afavorint el retorn a la superstició, la subjectivitat i el mite. L'enderrocament de la vella elit intel·lectual i la seva substitució per la nova elit tecnològica, ara veiem, s'ha obert un forat cultural que s'ha omplert pel fervor ideològic, l'especulació financera i la ignorància orgullosa, tot amplificat per un sistema de comunicació digital que, en la seva escala i velocitat inhumanes, deixa poc marge per a la reflexió o la discreció.
Independentment de les seves mancances, els vells avatars de l'alta cultura compartien un conjunt de valors: el respecte pel talent, el gust i la tradició; un menyspreu pel fràgil i el fals; un compromís amb el rigor en el pensament i l'expressió, que va encoratjar la recerca de l'excel·lència no només en l'art i la literatura, sinó també en la ciència, l'enginyeria i altres activitats pràctiques. Si Snow estigués viu avui, podria sentir nostàlgia per l'estat de coses que lamentava a principis dels anys seixanta. Ara podria veure que la divisió entre les dues cultures no era tan forta com suposava. Les seves diferències emmascarava un vincle més profund.
Nicholas Carr, How Big Tech killed literary culture, unheard.com 07/01/2026

Quina raó podria tenir per no fer el que volia sense importar les conseqüències per als altres? La resposta de Plató no fa que la filosofia occidental comenci bé: és massa optimista i massa desvinculada moralment i políticament. Fer mal als altres («actuar injustament», com diu Plató) resulta, afirma, d'una ànima que no està en harmonia, i porta l'ànima a esdevenir més desordenada. Només algú amb una ànima harmoniosa pot portar una vida feliç; en conseqüència, només algú que és ignorant voldria fer mal als altres. Per a Plató, doncs, no cal preocupar-se per la impunitat per se, perquè els que ho entenguin mai no faran mal a ningú encara que sàpiguen que poden escapar del càstig, i els ignorants seran infeliços.
Aquesta línia d'argument pressuposa una mena d'ordre moral còsmic que poca gent (a part d'alguns creients religiosos tradicionalistes) és probable que accepti: "El que passa, passa, i si fas mal als altres, això tornarà a perseguir-te en forma d'infelicitat". Encara que acceptem que Gyges serà desgraciat si fa mal, quin consol és això per a les seves víctimes? L'enfocament de Plató pot conduir al quietisme: vegem-ho com una experiència d'aprenentatge per a Gyges, que s'adonarà que fer mal als altres és incompatible amb portar una vida plena. El focus se centra en les deficiències i necessitats psicològiques de l'agressor més que en el patiment de les seves víctimes potencials, o la necessitat de garantir fins i tot un ordre social mínim. Políticament, però, la impunitat no és, com suggereix Plató, quelcom que podem simplement descartar. És un estat molt dolent per a un membre de la societat gaudir de la impunitat del càstig, i això és cert tant si penseu en un ciutadà de l'antiga Atenes com en un estat-nació en el sistema internacional modern.
Sovint s'ha observat que Israel gaudeix d'un grau d'impunitat notable. La situació és encara pitjor que en el cas de Gyges, perquè el que fa Israel no és invisible. Al contrari, comet crims contra la humanitat a la vista. De fet, Israel es gloria i se'n gloria. Una gran part de la ciutadania del món condemna aquestes accions en els termes més enèrgics, i, tanmateix, el suport incondicional a Israel té un impacte tant en la vida política i econòmica occidental que no s'han produït sancions greus, malgrat anys de protestes contra el genocidi en curs a Gaza.nPoques vegades la bretxa entre la indignació moral de les poblacions occidentals i les polítiques dels seus governs ha estat tan gran.
Quan l'Internacional Association of Genocidi Scholars, Amnistia Internacional, Human Rights Watch, B'Tselem i molts altres acusen Israel d'haver comès un genocidi, els partidaris d'Israel sovint rebutgen l'acusació argumentant que si Israel hagués volgut matar tots els palestins, ja ho haurien fet. Això suposa que seria senzill exterminar els palestins si els israelians s'ho propossessin, de manera que el fet de no fer-ho indica que aquesta no és la seva intenció. Això segurament és incorrecte. L'extermini de milions no és gens fàcil per als autors, ni tècnicament ni psicològicament. Hi ha indicis que Israel està trobant la tasca com una feina a temps complet, que la monomania que requereix el projecte és econòmicament ruïnosa i drena l'oxigen d'altres formes d'activitat social i cultural. També és evident que l'estat israelià percep l'opinió pública internacional (i sobretot nord-americana) com un límit a la seva capacitat d'actuació.
No hi ha, però, potser un altre motiu pel qual Israel encara ha d'"acabar la feina"? Podria ser que d'alguna manera els israelians no vulguin que els palestins desapareguin del tot, que d'una manera perversa els trobarien a faltar si haguessin marxat?
Els partidaris d'Israel sovint en parlen com un refugi per als jueus, l'únic lloc del món on poden estar segurs d'estar segurs. Per descomptat, no hi ha una seguretat absoluta, i la recerca d'ella genera fanatisme. Parlar d'una cosa com a segura sempre és relatiu; vol dir que la cosa en qüestió és més segura que algunes alternatives imaginades i en relació amb algunes amenaces previstes. Però, quins són els termes de referència exactament que se suposa que hi ha aquí? Algú creu que un jueu individual està més segur a Jerusalem que a Mont-real, Boston o Buenos Aires? Netanyahu i el seu govern ara diuen als israelians essencialment que es preparin per a una guerra interminable.
Encara que viuen amb més seguretat a Occident, hi ha una cosa que els jueus no poden fer a Londres, Nova York o París, però sí que poden fer a Israel, i és mostrar menyspreu i maltractar activament una població estigmatitzada i subjecta sense témer cap conseqüència negativa. En aquest sentit, Israel és únic perquè dóna als seus ciutadans jueus una sanció social per fer això: oprimir una població subordinada els membres de la qual poden ser agredits gairebé ad libitum. Israel sembla per a molts observadors externs com una societat unida per un boc expiatori escollit col·lectivament. Això sovint es converteix en sadisme. El sàdic, però, no desitja que l'objecte del seu sadisme desaparegui, perquè si ho fa, els seus desitjos ja no es compleixen. En canvi, volen que es mantingui en un estat de degradació, com a testimoni de l'eficàcia dels seus desitjos al món. Els israelians poden començar deshumanitzant els palestins per poder-los oprimir i eradicar. però es troben gaudint del propi procés de deshumanització.
Aristòtil té una actitud completament instrumental envers els esclaus, descrivint-los com a "eines vives", necessàries per dur a terme una tasca sense sentit sense que l'amo s'hagi d'embrutar les mans. Nietzsche va veure això com una manera superficial d'abordar el tema: l'amo necessita l'esclau no només per fer un treball tediós, sinó per reafirmar el seu propi sentit de si mateix. L'existència de l'esclau és una reafirmació contínua de la superioritat de l'amo. Per dir-ho d'una altra manera, si els palestins no existissin, o si deixessin d'existir, quin sentit tindria ser israelià?
La impunitat d'un propietari d'esclaus que maltractava els seus esclaus en una societat esclavista estava arrelada a les institucions socials del seu món i a les normes bàsiques que la seva societat professava respectar. La impunitat israeliana al segle XXI, en canvi, és una anomalia: radicalment contrària a tots els valors que pretenem sostenir i en conflicte amb les grans estructures institucionals que suposadament hem creat per fer-los complir. Aquesta impunitat només es pot mantenir a través de la política, coerció econòmica i social dirigida per Israel i els seus aliats contra les institucions internacionals i les poblacions occidentals. Això vol dir, però, que no és una característica immutable del nostre món, sinó una construcció que es podria trencar sota la pressió.
Raymond Geuss, Politics of Impunity, newleftreview.org 07/01/2026
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| Alex Karp |
El destino de Nicolás Maduro no se ha sellado en los pasillos del Pentágono, ni siquiera en el Despacho Oval de un Donald Trump exultante. No. El hilo de la parca que se cortó ayer, en la madrugada del 3 de enero de 2026 en Caracas, se empezó a tejer mucho antes, y no por un general con medallas en el pecho, sino por un excéntrico doctor en teoría social neomarxista que prefiere el esquí de fondo a las reuniones de directorio y que cita a Theodor Adorno mientras diseña la arquitectura de la vigilancia total.
Hablamos de Alex Karp, el CEO de Palantir, una figura que parece escapada de una película de Woody Allen para aterrizar, con la contundencia de un misil Hellfire, en el centro del complejo militar-industrial del siglo XXI. Mientras el mundo digiere las imágenes de los helicópteros del 160.º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales (SOAR) sobrevolando a baja altura Fuerte Tiuna y la base de La Carlota, conviene detenerse a mirar más allá de la pirotecnia cinética. Lo que ha ocurrido en Venezuela, bautizado como “Operación Resolución Absoluta”, no es solo una incursión; es el triunfo epistemológico de una nueva forma de hacer la guerra. Es el momento en que el algoritmo devoró al dictador.
La narrativa oficial nos hablará de valor, de inteligencia humana y de la determinación de la administración Trump. Pero la realidad subyacente, la verdadera “fontanería” de la operación reside en la capacidad de procesar lo inabarcable. Según los informes preliminares de la operación, lo que permitió localizar a Maduro no fue un chivatazo de un coronel desleal, sino la fusión de petabytes de datos: patrones de consumo eléctrico, firmas térmicas, comunicaciones encriptadas y movimientos logísticos sutiles. Todo ello procesado por el Maven Smart System y la plataforma de Inteligencia Artificial (AIP) de Palantir.
Karp suele bromear diciendo que su trabajo consiste en “gestionar a gente inmanejable” , refiriéndose a sus ingenieros, a quienes llama cariñosamente “hobbits” en una alusión a Tolkien que vertebra la cultura corporativa de la empresa: su misión es “salvar la Comarca”. Pero ayer, la Comarca era el interés geopolítico de Estados Unidos, y los orcos, a ojos del algoritmo, eran la cúpula del chavismo.Es fascinante observar la trayectoria de Karp. De niño, en el barrio de Mount Airy, sus padres lo llevaban al Museo de Arte de Filadelfia, donde su padre, Bob, le señalaba insistentemente una estatua de Ícaro, quizás advirtiéndole sobre la hubris, acerca de volar demasiado cerca del sol. Sin embargo, Karp ha hecho de esa cercanía al sol su modus vivendi. Su empresa, cofundada con el polémico Peter Thiel —el libertario que soñaba con erosionar el estado-nación a través de las criptomonedas antes de decidir que era más rentable convertirse en el contratista favorito del Estado —, ha sido la arquitecta invisible de esta operación.
Mientras Silicon Valley jugaba a ser pacifista y rechazaba contratos militares, Karp abrazó la controversia con la ferocidad de un converso. “Nuestro software está en la lucha”, escribió en una carta pública cuando estalló la guerra en Ucrania. Hoy, esa lucha se ha materializado en el Caribe. La “Operación Southern Spear” , preludio naval de la captura, no fue solo un despliegue de fuerza bruta; fue una red de sensores alimentando a una inteligencia artificial capaz de predecir fallos logísticos antes de que ocurrieran gracias al sistema ShipOS.
Estamos ante el fin de la inocencia digital y el comienzo de la guerra cognitiva aplicada. Karp, el filósofo que en su juventud recorría Berlín buscando la “teoría crítica” y quizás algo de desenfreno, ha entregado a Trump la herramienta definitiva: la capacidad de ver a través de los muros de un palacio presidencial a miles de kilómetros de distancia. La pregunta que flota en el aire no es cómo lo hicieron, sino qué significa para la condición humana que un algoritmo decida el destino de las naciones.
Cuando los helicópteros del 160.º SOAR despegaron de Caracas con su “paquete” de alto valor asegurado, no solo transportaban a un dictador caído; llevaban consigo la prueba de concepto de un nuevo orden mundial. La “Operación Resolución Absoluta” ha confirmado lo que los mercados financieros, con su olfato de sabueso para el poder real, ya anticipaban: Palantir es el pilar central del nuevo “Complejo Militar-Algorítmico”.
En los parqués de Wall Street, esto se conoce ya como el Trump Trade definitivo. Mientras las grandes tecnológicas de la costa oeste —Google, Apple, Microsoft— titubeaban ante contratos militares por escrúpulos éticos o presiones de sus empleados, Alex Karp y Peter Thiel eligieron bando hace mucho tiempo. “Palantir solo suministra sus productos a aliados occidentales. Nunca hemos suministrado nuestros productos a enemigos”, declaró Karp en una llamada con inversores, con la claridad moral de quien ha leído a Carl Schmitt y entiende que la política es, en última instancia, la distinción entre amigo y enemigo.La captura de Maduro plantea interrogantes inquietantes sobre la soberanía en el siglo XXI. La operación se sustentó legalmente en una acusación de narcoterrorismo construida sobre terabytes de evidencia digital: transacciones financieras, comunicaciones interceptadas y patrones de movimiento, todo procesado por la IA de Palantir. Es el triunfo de la jurisdicción digital sobre la territorial. Si el algoritmo puede reconstruir tus finanzas y predecir tu ubicación, las fronteras físicas se vuelven irrelevantes. Es la aplicación definitiva de la “guerra legal” o lawfare, donde la sentencia judicial es el preludio inmediato del misil.
Para China y Rusia, los valedores tradicionales del chavismo, el mensaje es demoledor. La impunidad con la que Estados Unidos ha operado en un entorno hostil, neutralizando las defensas de un aliado de Moscú, demuestra una brecha tecnológica que la fuerza bruta convencional no puede cerrar. No se trata de cuántos tanques tienes, sino de la calidad de tu software de gestión de batalla.
Resulta paradójico que Alex Karp, el hombre que en su juventud académica abominaba de la agresión inherente al lenguaje, haya perfeccionado la gramática de la violencia estatal. En una carta reciente a sus accionistas, Karp citaba al politólogo Samuel Huntington para recordar que Occidente no conquistó el mundo por la superioridad de sus ideas, sino por su superioridad en aplicar la violencia organizada.
Desde el 3 de enero de 2026, esa violencia organizada tiene una interfaz de usuario elegante y corre sobre servidores en la nube. Nicolás Maduro vuela hacia una celda en Estados Unidos, y Alex Karp, el filósofo excéntrico que temía el fascismo, se ha convertido en el arquitecto de un poder tan absoluto que haría palidecer al Leviatán de Hobbes. La pregunta que nos queda, mientras miramos nuestras propias pantallas, es si en este nuevo mundo transparente y predecible, queda algún lugar donde esconderse.
Daniel Arjona, Del Valle a Caracas: este filósofo es el arma más mortífera de Donald Trump, El Argonauta 04/01/2026
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| Nick Land |
Se dijo que se invadía Iraq para defender la democracia y era mentira, lo que importaba era el petróleo. "No más sangre por petróleo" era un lema contra la hipocresía. Ahora se ha invadido Venezuela, se ha dicho directamente que es por el petróleo y también es mentira. Es verdad que, en su discurso, Trump utilizó 23 veces la palabra petróleo y 0 veces la palabra democracia. Pero el objetivo no podía ser tampoco el petróleo, porque para obtenerlo no tenían más que levantar las sanciones que ellos mismos habían impuesto al régimen de Maduro, tanto más cuanto que, al parecer, se va a comprar a precio de mercado y al mismo aparato chavista, al que han dejado intacto. El verdadero objetivo es la Ilustración oscura. Lo explicó Curtis Yarvin cuando decidieron cambiar el nombre del golfo de México por golfo de América. "Parece una tontería, pero es una manera de demostrar que puedes hacer lo que te dé la gana". Ahora es lo mismo, lo importante es dejar muy claro al mundo que se ha terminado con cualquier pretensión de derecho internacional o nacional (no se pidió autorización o se informó siquiera al Congreso). El verdadero resultado más que nada ha sido una cuestión de principios: es el fin de las pretensiones del derecho y la celebración del desnudo imperio de los hechos. La Ilustración oscura se ha consolidado. En efecto, es un antes y un después. Recordaremos estos días como aquellos en los que el proyecto político de la Ilustración fue definitivamente derrotado.
Estábamos acostumbrados a la impotencia de la razón. Pero no a un mundo en el que pretender tener razón no tuviera ya ninguna importancia o fuera más bien algo despreciable y ridículo. Para entender lo que esto significa hay que leer a Nick Land. La Ilustración oscura aboga por acabar de una vez por todas con la obsoleta "ideología" de los derechos humanos, algo así como una disolución de la ONU y cualquier institución encaminada a defender el derecho a nivel internacional. "Llamar superstición a la creencia en la igualdad humana sustancial es insultar a la superstición", nos dice Nick Land, hablando de los derechos humanos. "Puede que sea injustificado creer en los duendes, pero, al menos, la persona que mantiene esa creencia no está viendo que no existen durante las horas del día. La desigualdad humana, en cambio, y en toda su abundante multiplicidad, se exhibe constantemente. Las personas no son iguales, no se desarrollan igual, sus objetivos y sus logros no son iguales, y nada puede igualarlas. La igualdad sustancial no tiene relación con la realidad, salvo con su negación sistemática".
En el fondo, lo único que se está diciendo es que tenemos que aceptar que en el mundo no haya otro derecho que el de la fuerza de los más poderosos. Pero no es así. La Declaración, y la propia ONU, puede resultar muy impotente, pero sólo en tanto que es derrotada. Otra cosa es que haya mucho interés por parte de algunos en derrotarla y en prestar su colaboración para su derrota. Y mucho interés también en que no haya posibilidad de distinguir las victorias de las derrotas. Algunos llaman "materialismo" a eso, a la constatación de que en este mundo no hay más que victorias, porque sólo el que es capaz de vencer tiene derecho a existir.
Así fue desde el principio, desde sus orígenes en la Ilustración. Todos los seres humanos se diferencian por su raza, color, sexo, parentesco, religión, etc., pero existe un a priori en el que todos son iguales a la hora de tener "derechos y libertades". Ese a priori ya no existe para Nick Land. Esto es tanto como decir que los filósofos han pensado en vano el deber ser y, por lo tanto, si ha de tener Kant alguna razón, la libertad. Nick Land y Curtis Yarvin se han metido un pico de metanfetamina y han superado a Kant y Hegel, y, en general, a la historia de la filosofía.
El texto de Land que acabamos de citar es absurdo y solo puede haber sido escrito de mala fe. El primer artículo de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano decía: "Los seres humanos nacen y permanecen libres e iguales en derechos". No se afirma que nazcan iguales, sino que son iguales en derechos. Y que tienen derechos porque son libres. Y que permanecen libres e iguales en derechos, aunque fácticamente se les aprisione en una jaula. Eso no quiere decir que no puedan ser esclavizados; solo que no hay derecho a ello. Que todos tengamos los mismos derechos no quiere decir que seamos un ejército de clones idénticos. Quiere decir que hay algunas diferencias que son legítimas y otras que no; en concreto no lo son aquellas que van contra el hecho de que todos tengamos los mismos derechos. Esto no es un mero flatus vocis propio de filósofos que están en la luna. Es un hecho tan impresionante como la revolución francesa, de la que dijo Hegel que fue "obra de la filosofía".
El hecho de que haya mil diferencias de clase, de género, de talento, de aspecto físico o de lo que sea no impide que exista el hecho mismo del derecho. La historia del derecho es un hecho, y buenos efectos ha causado en la historia de la humanidad. Hay desigualdades: eso es un hecho. Y también es un hecho que no hay derecho a que existan algunas de esas desigualdades. No se entiende qué puede tener esto de asombroso para una mente como la de Nick Land. La «Ilustración oscura» debería escribir su Crítica de la razón pura, porque, por el momento, los crípticos pastiches de Land y Yarvin dan bastante vergüenza.
Los derechos no son creaciones de la fantasía, sino hechos bien asentados en la realidad, al menos mientras en la realidad exista eso a lo que llamamos libertad.
La Declaración de Derechos no fue una quimera irrelevante. Fue el Terror de la "clase de los poseedores" y les costó mucho trabajo y mucha sangre derrotarla (incomparablemente más de lo que le cuesta a Nick Land escribir estos libros). Finalmente lo consiguieron, de modo que esa supuesta "quimera" permaneció en la sombra hasta 1948, momento en que renació en una institución cargada de impotencia, como la ONU. Fueron siglo y medio de silenciamiento y de derrota de las aspiraciones de la razón. Fue también la derrota de las clases sociales más desfavorecidas. Pero una derrota de clase no te convierte en un duende o en una quimera: te convierte en una clase derrotada, algo por desgracia bien real y concreto. En estos momentos, es peor. Asistimos a la derrota de la humanidad. No nos hemos librado de una quimera, acabamos de sufrir a nivel mundial la derrota del derecho internacional. Es un hecho.
Carlos Fernández Liria, Trump y el triunfo de la ilustración oscura, publico.es 09/01/2026
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Trump no es un intelectual ni tampoco un hombre de principios, pero, a pesar de su impulsividad y su aparente caos, dibuja una política coherente que quiere instaurar una democracia autoritaria para competir con China de igual a igual y ganar a su enemigo cuando elija dónde dar la batalla militar. Su educación emocional es inmobiliaria y especulativa. Por tanto, entiende la geopolítica básica a través del mercado inmobiliario de una de las ciudades del planeta donde más cuesta el metro cuadrado. Eso le hace entender la piel de la geopolítica como una competencia de poder que necesita espacio vital. No creo que haya leído a Karl Haushofer, el autor que inspiró a Hitler en sus tesis sobre el Lebensraum o espacio vital. Tampoco sabrá que el pensador alemán fue quien puso en circulación la idea de que la supervivencia de un Estado depende de tener espacio suficiente para atender sus necesidades. Pero seguro que sí lo han leído con atención dos de las personas más influyentes de su círculo de confianza, Peter Thiel y Alexander C. Karp. Sobre todo, porque en ellos descansa la gestión de los sistemas de inteligencia artificial que han coordinado las acciones contra el narcotráfico, los bombardeos en Irán y Nigeria, o la reciente operación de comandos en Venezuela que capturó a Maduro y que están haciendo posible que Trump ensanche el poder norteamericano sobre la superficie del planeta sin ataúdes y con el formato de un sofisticado videojuego geopolítico.
José María Lassalle, El 'Lebensraum' de Trump, La Vanguardia 10/01/2026
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En la década en que Blade Runner y sus replicantes cambiaron para siempre la forma de imaginar el futuro, una bióloga con vocación literaria sacudió los cimientos de la filosofía feminista. Su nombre: Donna Haraway. Su detonador: el Manifiesto Cíborg. Cuarenta años después, aquel texto sigue siendo explosivo. Haraway, formada en zoología, teología, psicoanálisis, marxismo y feminismo, lanzó una idea que sonaba a herejía: disolver el género y abrir la puerta a formas de vida que no quedaran atrapadas en lo que supuestamente significa ser hombre o mujer.
Criada en un duro catolicismo irlandés, Haraway encontró en los organismos cibernéticos un arma contra un orden patriarcal que expulsa a las mujeres del poder. Lo resumió así: “En el centro de mi irónica fe, mi blasfemia es la imagen del cíborg”. Para ella, estos seres —“híbridos de máquina y organismo, criaturas de realidad social y también de ficción”— no solo desarman la contradicción hombre/mujer, sino que exponen que la supuesta “realidad” es, en el fondo, “un mundo cambiante de ficción”.
Haraway ya avisaba en 1985 que la tecnología no es una herramienta al margen de lo natural, sino un elemento que ya se ha infiltrado en todos los rincones de la vida. “Las fronteras entre ciencia ficción y realidad social son una ilusión óptica”, escribió. Las criaturas “animal y máquina” de las películas futuristas no eran para ella mera fantasía, sino una metáfora de nuestra medicina, de nuestros cuerpos en los que se integran prótesis visibles e invisibles. “Todos somos quimeras”, proclamó. Y no es una metáfora.
Su lectura histórica es igual de afilada: “la relación entre máquina y organismo ha sido de guerra fronteriza”. Pero Haraway propone un giro a esta lucha, una reconciliación a modo de “canto al placer en la confusión de las fronteras y a la responsabilidad en su construcción”, un horizonte capaz de imaginar “un mundo sin géneros, sin génesis y, quizás, sin fin”.
Uno de sus gestos más radicales fue desmontar la idea de “mujer” como categoría natural o biológica dependiente del sexo con el que nacemos, un argumentario que ha nutrido desde entonces a la teoría queer. “No existe nada en el hecho de ser 'mujer' que una de manera natural a las mujeres”, advirtió, anticipando debates que hoy fracturan al feminismo. La fragmentación interna, decía, ha vuelto esa palabra “esquiva” y, a veces, útil para oprimir a otras mujeres.
Frente a esa rigidez, Haraway propuso una figura insumisa: el cíborg, “una criatura en un mundo post genérico”, una “promesa ilegítima” capaz de dinamitar cualquier esencia sexual. “El cíborg se sitúa decididamente del lado de la parcialidad, de la ironía, de la intimidad y de la perversidad”: no quiere purezas ni identidades cerradas.La revolución tecnológica que llevamos viviendo desde el siglo pasado refuerza este giro. “La maquinaria moderna es un advenedizo dios irreverente”, escribió, y ahora “las máquinas están en todas partes, pero son invisibles”. El chip de silicio, “una superficie para escribir”, revela que “lo pequeño es más peligroso que maravilloso”. Los cíborgs habitan ese mundo líquido, adaptable, debido a que su cuerpo es en parte tecnológico; la gente corriente, en cambio, “dista mucho de ser tan fluida”.
Por eso, su mito reivindica “fronteras transgredidas, fusiones poderosas y posibilidades peligrosas”. Pero también advierte de sus peligros si se mantiene el sistema político y económico actual: “desde una perspectiva, un mundo de cíborgs es la última imposición de un sistema de control”; desde la otra, un universo donde “la gente no tiene miedo de su parentesco con animales y máquinas”. La política, para Haraway, consiste en sostener ambas miradas y construir alianzas impensables entre “brujas, ingenieros, ancianos, perversos, cristianos, madres y leninistas”. Un espacio donde se fusionan mito, ciencia e ideología.
Haraway no se engaña: por supuesto, hoy estamos más cerca de una “informática de la dominación” que de cualquier utopía que nos haga más libres. Silicon Valley es el ejemplo perfecto: se vende como un lugar para la libertad creativa, pero en realidad es un laboratorio desigual donde se favorece la “monogamia heterosexual en serie”, la soledad, la precariedad y los privilegios raciales. Allí el trabajo produce cuerpos “aptos para ser desmontados” y “explotados como fuerza de trabajo de reserva”.
La expansión del teletrabajo no mejora el panorama: la “economía del trabajo casero” —escribió— “intensifica las exigencias hacia las mujeres” en lugar de liberarlas, obligadas a combinar cuidados del hogar y empleo. En el Tercer Mundo, la situación es todavía más cruda, ya que allí “las mujeres adolescentes (…) son cada vez más la única fuente de ingresos”. Y mientras tanto, “las nuevas tecnologías de la comunicación son fundamentales para la erradicación de la 'vida pública'”, debilitando incluso el espacio democrático y dificultando la posibilidad de reunirse, de establecer sindicatos, para plantar cara.
Su mito termina con una declaración de guerra al lenguaje totalizador. “Lucha por el lenguaje y contra la comunicación perfecta”, escribe, porque “el sueño de un lenguaje común es totalizador e imperialista”. Lo que ella propone es celebrar “el ruido”, “la polución” y las mezclas bastardas, pues todos “somos cíborgs, híbridos, mosaicos, quimeras”. Si ya vivimos en simbiosis con las máquinas —desde las pantallas hasta las prótesis invisibles—, la pregunta que lanza es tan simple como radical: “¿Por qué nuestros cuerpos deberían terminarse en la piel?” ¿Por qué debemos negarnos a implantarnos tecnología en el cuerpo?
Manu Collado, Donna Haraway, la filósofa que en 1985 se anticipó a Neuralink ..., La Vanguardia 27/11/2025

La política internacional se ha degradado en una escenografía de excesos, donde el insulto sustituye al argumento y la violencia simbólica y material se convierte en herramienta de gobierno. Estos liderazgos no inauguran una nueva era, sino que anuncian un final. Como ocurrió en el tránsito del mundo romano clásico hacia su fragmentación, la proliferación de figuras grotescas y brutales no es causa del colapso, sino uno de sus síntomas más visibles.
Son, en última instancia, los rostros deformados de un orden que agoniza. Pero la agonía de los imperios, que ha sido siempre prolongada, nunca ha transcurrido sin dejar tras de sí un reguero de cadáveres y una destrucción de dimensiones inimaginables.
Los procesos de declive imperial, como el actual del capitalismo senil occidental, se ven presididos por una intensificación de la violencia, el saqueo y la negación de cualquier límite ético o jurídico.
Eso es precisamente lo que estamos presenciando hoy: la destrucción sistemática del derecho internacional y la quiebra de los mínimos dispositivos internacionales de contención de la barbarie que se consagraron tras la Segunda Guerra Mundial.
El genocidio en Palestina, perpetrado por el eje terrorista estadounidense–israelí con la complicidad activa o silenciosa de la Unión Europea, constituye una ruptura civilizatoria y de todo derecho internacional y de la capacidad ética y humana de la especie de enorme alcance.
A ello se suma el asesinato criminal del régimen terrorista estadounidense en aguas internacionales contra Venezuela, expresión de una piratería marítima ejercida por la fuerza, al margen de toda legalidad internacional, o la amenaza de invasión a un país soberano para hacerse con sus recursos y materias primas, con el silencio total del resto de los países occidentales.
El genocidio en Sudán, impulsado por los Emiratos Árabes Unidos, mediante tácticas de exterminio similares a las empleadas en Gaza, revela hasta qué punto la violencia extrema se ha convertido en un método normalizado de gestión geopolítica.
Del mismo modo, las gravísimas violaciones del derecho humanitario que constituyen crímenes de guerra y de lesa humanidad en Libia y en Yemen —resultado de la intervención de Estados Unidos en alianza con el régimen saudí— confirman que la ley ha sido sustituida por la lógica del castigo del más fuerte y la impunidad estructural de los estados terroristas como Estados Unidos o Israel.
No estamos ante una sucesión de conflictos desconectados, sino ante un patrón coherente: el ejercicio desnudo del poder por parte de un orden imperial en declive, abanderado por Estados Unidos, Israel y la Unión Europea con sus aliados satélites, incapaz de sostener su hegemonía sin recurrir a la violencia masiva y a la anulación explícita de las normas que él mismo proclamó como universales.
Pero no se trata únicamente de quienes dirigen estos países. No se trata del personaje grotesco, misógino y criminalmente condenado que encarna Donald Trump en Estados Unidos. Del mismo modo que no se trata solo del dirigente sionista, criminal y genocida que representa Netanyahu al frente del régimen israelí. Exponentes paradigmáticos de una constelación más amplia de liderazgos reaccionarios, autoritarios y abiertamente racistas: Milei en Argentina, Kast en Chile, Meloni en Italia, Orbán en Hungría, etc.
El problema de fondo no reside exclusivamente en estas figuras, por aberrantes que resulten, sino en las sociedades que los han llevado al poder. Son naciones y pueblos que, a través de mecanismos formalmente democráticos, han decidido investir como dirigentes a estos personajes, normalizando el odio, la crueldad, el desprecio por la vida y la negación del otro. No estamos ante un simple accidente electoral, sino ante una deriva política y cultural profunda, en la que amplios sectores sociales optan conscientemente por proyectos de deshumanización.
Esta elección no puede explicarse solo por la manipulación mediática o la ignorancia inducida, aunque ambas desempeñen un papel central. Expresa también el uso de los marcos democráticos liberales para el ascenso del neofascismo y la interiorización de una lógica autoritaria que promete orden, castigo y exclusión como respuesta a crisis que el propio sistema ha generado. Cuando el miedo sustituye a la solidaridad y la venganza al proyecto colectivo, la barbarie deja de ser una anomalía y pasa a convertirse en opción política legítima.
Enrique Javier Díez Gutiérrez, La quiebra del derecho internacional, mientrastanto.org 15/12/2025




No, no es lo mismo "voluntad de poder" que "fanatismo". Este último, según Nietzsche, es un impedimento claro para que el hombre pueda evolucionar y superarse a sí mismo. "El fanatismo implica un compromiso apasionado con una identidad o causa", explica Katsafanas. "En segundo lugar, el fanático se resiste dogmática y obstinadamente a cambiar de opinión, por más que le señales las incoherencias en sus puntos de vista. "Y, por último, los fanáticos están dispuestos a recurrir a métodos extremos, como la violencia, la subversión o la alteración del orden social, con tal de llegar a sus objetivos".
Al margen del fanatismo, se encuentra la "devoción", que vendría a ser lo que Nietzsche pretende derribar, al haber diagnosticado que la sociedad occidental estaba presa de sus propias limitaciones tras privilegiar lo que se consideraba moralmente débil sobre lo fuerte. Pero, "a diferencia de la devoción, el fanatismo se distingue por tener una gran necesidad de certezas que actúa como mecanismo de autoprotección, manteniendo una fuerza frágil al ignorar o suprimir cualquier amenaza posible", sostiene el experto. Por tanto, el fanatismo sería una inversión de esa voluntad de poder, al encontrar una gran fragilidad teórica en el fondo de su discurso que no se puede sostener con falsas demostraciones de fuerza. "El fanatismo es la única 'fuerza de voluntad' que incluso los débiles e inseguros pueden alcanzar", escribió Nietzsche.
En palabras más llanas, fuerte es aquel que es consciente de sus flaquezas intelectuales y pese a ello es capaz de tolerar la ambigüedad intelectual e ideológica. Como explica Katsafanas, "Nietzsche nos animó a deshacernos del deseo de llegar a narrativas simplistas y totalizadoras e identidades estables y unificadas, instando a convertirnos en 'espíritus libres', en sujetos existencialmente flexibles que puedan dedicarse a causas sin rigidez, tolerando las incertidumbres y frustraciones la vida, viéndonos a nosotros mismos como múltiples". En este sentido, "tendríamos que dejar de experimentar la ambigüedad e incertidumbre como amenazas, dejando de proyectar nuestros fracasos e insatisfacciones personales hacia fuera".
Enrique Zamorano, El triunfal regreso de Nietzsche como fetiche intelectual de la extrema derecha, elconfidencial.com 12/03/2024

Un "mundo desconocido" puede ser un mundo en el que, aunque sigamos desayunando café con leche y los árboles sigan siendo más lentos que las nubes, no sabemos lo que está pasando realmente a nuestro alrededor.
En realidad no sabemos qué ha pasado, qué está pasando, salvo que la confluencia de todos estos factores, políticos y económicos, ha desprendido una cualidad inconmensurable, trasladada al pensamiento y a la conducta, que ninguna medida concreta puede ya desactivar.
No sólo vivimos ya en un mundo desconocido. Estamos pensando y obrando dentro de un mundo desconocido.
Un "mundo desconocido" es un mundo en el que no sabemos lo que está pasando realmente y en el que, por tanto, tampoco sabemos qué va a pasar. Leo estos días un libro magnífico del historiador Peter Brown, especialista en la antigüedad tardía, en el que cuenta con detalle un proceso semejante: el modo en el que, en el marco del Bajo Imperio, la civilización de Roma se volvió poco a poco un "mundo desconocido" en el que los cristianos pasaron de las catacumbas al palacio imperial, los obispos sustituyeron en la corte a los filósofos y la paideia greco-romana fue reemplazada por los sermones de Ambrosio y de Agustín mientras los bárbaros, que llevaban décadas lamiendo las fronteras del imperio, asaltaban y destruían Roma y Cartago. Que no sepamos qué va a pasar quiere decir -es verdad- que podría pasar cualquier cosa, buena o mala, salvo porque el miedo al futuro, fruto de las transformaciones mencionadas, suele precisamente atraer a los bárbaros, de los que se espera, junto a la violencia, una salvación fulminante y una renovación auroral.
Porque, en último término, un "mundo desconocido" es, sobre todo, un mundo en el que ya no conocemos a los demás. (...) Un "mundo desconocido" es, en efecto, un mundo en el que, de pronto, no sabemos ya lo que podemos esperar ni de los otros ni de nosotros mismos. Pero -ay- en los mundos en los que ya no conocemos a nadie puede ocurrir, sí, cualquier cosa.
¿Los mundos conocidos son necesariamente buenos? No. No lo eran el Imperio de Nerón o el de Diocleciano, que "tranquilizaban" la vida de millones de súbditos, del Danubio al norte de África. Pondré un ejemplo actual. Un mundo conocido era ese de 1973 en el que para pasar de Salvador Allende a Pinochet era necesario un golpe de Estado promocionado por los EEUU. A Pinochet lo comprendíamos todos, para combatirlo o para apoyarlo, en el molde cognitivo de la Guerra Fría. Un mundo desconocido (en el que no sabemos qué esperar ni de nosotros ni de los demás) es un mundo en el que se transita, en cambio, del socialista Boric al fascista Kast en tan solo cinco años sin necesidad de ninguna violencia militar. En el mundo conocido había golpes, desaparecidos, guerras, todo ello dentro de un orden familiar; y había organizaciones civiles, sindicatos, movimientos de resistencia armada, todo también dentro de un modelo inteligible. En el nuevo mundo desconocido, a Kast, a Milei, a Trump, a Bukele no lo comprenden ni sus propios votantes. Esto quiere decir que, si se celebrasen nuevas elecciones, todos ellos podrían salir derrotados. Pero quiere decir también que -pues en estas condiciones puede ocurrir cualquier cosa- es muy posible que no las haya de nuevo o que adopten la forma de plebiscitos mafiosos de urgencia apocalíptica.
¿Qué se puede hacer entonces en un mundo desconocido? Intentar conocerlo. ¿Qué se puede hacer en un mundo desconocido en el que no conocemos ya a casi nadie? Intentar hacer amigos. (...) La única tentación que debemos evitar es la del derrotismo. Así que propongo contra mí mismo esta fórmula como propósito para el año nuevo: no quedarnos a solas ni siquiera para pensar.
Santiago Alba Rico, Un mundo desconocido, publico.es 29/12/2025
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El trauma se ha convertido en un tipo de moneda cultural que corre el riesgo de patologizar la experiencia cotidiana y confiere una identidad “virtuosa pero impotente”, escribe el psicólogo Nicholas Haslam, de la Universidad de Melbourne. El trauma es, por definición, algo externo, una ruptura que desgarra lo que imaginamos que es una vida continua. Por eso, me dijo Haslam, puede cumplir una función psicológica al dar sentido a los sentimientos de angustia, estancamiento y confusión que todos sentimos en la vida.
Además, dijo, sugiere una insignia de honor: “Tendemos a elevar a las personas que han sufrido a manos de otros”.
Cuando le pregunté a Bonanno por qué cree que las personas se aferran a las etiquetas autoimpuestas de trauma, admitió tener una visión cínica. “Creo que es una excusa”, me dijo. “Nos quita nuestra capacidad de acción personal y también elimina la responsabilidad. No soy yo. Estaba traumatizado. Por eso me comporto así”.
Contreras ve en esta tendencia un cierto nivel de derecho, en el que el individuo, al confesar públicamente su historia, se inmuniza de cualquier crítica. Ofrece un sello de validación, al tiempo que proporciona “una salida fácil a lo difícil que se ha vuelto la vida”.
La visión del trauma es profundamente atractiva. Al hacer alarde de la etiqueta, uno se vuelve inocente. Actúo de forma brutal, imprudente y egoísta no por algún defecto de carácter, sino por los dolores subterráneos que dictan mis acciones. Esta visión es lo que Javanbakht describe como una “ganancia secundaria” de la autoetiquetación del trauma.
Somos criaturas que buscamos el significado, dice, y recurrimos por defecto a explicaciones narrativas para dar orden a nuestras vidas. El trauma ofrece una forma de racionalizar “las cosas que nos molestan y, a veces, nos da una excusa para no funcionar”.
Hay una paradoja que los influencers y sus seguidores rara vez prevén: cuanto más se aferra uno a la herida, más estrecha se vuelve la vida. De hecho, las investigaciones sugieren que etiquetar el malestar como un problema de salud mental da lugar a un aumento real de los síntomas. La etiqueta en sí misma se vuelve destructiva.
Aunque hablar más abiertamente de nuestras heridas privadas ha aumentado la conciencia sobre el bienestar mental, no nos ha hecho más saludables. En cambio, como me dijo Contreras, profundiza nuestra sensación de derrota. Eso no quiere decir que el dolor sea injustificado, dijo, especialmente para las generaciones más jóvenes que se enfrentan al desplazamiento digital, el deterioro medioambiental, las tensas relaciones sociales y el colapso de las estructuras que antes sugerían algún tipo de camino ascendente.
“La gente piensa que es un trauma”, dijo, “pero no, es dolor, y el dolor es la forma en que está diseñado el mundo”.
Otra consecuencia no deseada: a medida que el trauma satura nuestra cultura, los más perjudicados quedan eclipsados por los más prolíficos. Las manifestaciones de angustia en línea, argumenta Javanbakht, corren el riesgo de trivializar el sufrimiento de las personas que han soportado daños verdaderamente debilitantes.
Señaló: “¿A cuántos supervivientes de tortura, cuántos refugiados, cuántos veteranos, cuántos bomberos, cuántas personas procedentes de la pobreza extrema has visto en TikTok o en las redes sociales hablando de su trauma?”.
Más bien, observó, escuchamos a aquellos que tienen “el tiempo y los recursos y la sensación de que soy lo suficientemente importante como para compartir mi glorioso trauma con los demás”. Los privilegiados obtienen una plataforma y acceso a recursos terapéuticos, mientras que el sufrimiento sistémico queda relegado aún más a los márgenes.
Los comentarios de Javanbakht coinciden con las observaciones de las ciencias sociales. En su aguda crítica, The Empire of Trauma (El Imperio del Trauma), el antropólogo Didier Fassin y el psiquiatra Richard Rechtman sostienen que el trauma ha traspasado el ámbito del diagnóstico médico o psicológico para convertirse en una categoría moral y política.
“El trauma”, escriben, “se ha convertido en el idioma privilegiado a través del cual se expresa, se reconoce y se gobierna el sufrimiento individual y colectivo”. Como categoría moral, determina quién merece tanto los recursos como la compasión. Ser reconocido como traumatizado es reclamar un billete hacia la legitimidad.
Katherine Rowland, ... cómo nuestro dolor emocional se convirtió en producto, eldiario.es 26/12/2025

Me gustaría empezar con algunos antecedentes sobre Peter Thiel porque, aunque no es tan rico como Musk según Bloomberg, (tiene un patrimonio neto de solo 7.200 millones de dólares), ha logrado en los últimos cuatro años que Musk se alinee con su política ultralibertaria de extrema derecha. A diferencia de Musk, que se habría calificado a sí mismo de progresista durante la campaña de Obama del 2008, Thiel ha sido un incondicional de la extrema derecha desde los 16 años.
En el 2015, Thiel dijo: “Una de las cosas que me gustan de la tecnología es que, cuando no está regulada, puedes cambiar el mundo sin tener que obtener la aprobación de otras personas. En su mejor versión, no está sujeta al control democrático ni a la mayoría, que creo que a menudo es hostil al cambio”. En esencia, Peter Thiel no cree en la democracia, de la que ha dicho que es “incompatible con el capitalismo”. Tampoco le gusta la competencia. “Es para imbéciles”, afirmó a The Wall Street Journal. “Si quieres crear y retener valor duradero, intenta construir un monopolio”.1 Lo que tanto Thiel como Musk aprendieron al principio de sus carreras es que, si lograban crear un aura en torno a la magia de las grandes tecnológicas, podían mantener a los reguladores gubernamentales fuera de su negocio y tener éxito en el perfeccionamiento de sus monopolios.
Pese a su experiencia escolar, Sudáfrica le encantó. Años más tarde, en la universidad, no dudó en defender el apartheid. Como dice su biógrafo Max Chafkin: “Una estudiante afroamericana, Julie Lythcott-Haims, se encaró con Thiel por su postura en favor del apartheid... Thiel la miró con cara de extrañeza y, según refirió la propia Lythcott-Haims, respondió que la negación sistemática de los derechos civiles a los negros por parte sudafricana era una actitud económicamente razonable. Cualquier cuestión moral resultaba irrelevante”.2
El libro que acabó por dar forma al pensamiento político de Thiel fue The sovereign individual, de James Dale Davidson y William Rees-Mogg.3 La obra describe el colapso del Estado nación como una posibilidad apasionante para las élites, que se librarían así de la regulación y serían capaces de comportarse “en unos términos semejantes a la relación mantenida por los dioses de la mitología griega”. Las milicias privadas protegerían a los oligarcas, mientras el resto de la humanidad se vería abocada a la miseria y la violencia indiscriminada.
Elon Musk creció en Sudáfrica y, al igual que Peter Thiel, fue un niño introvertido y torpe, víctima a menudo de acoso escolar. Una vez tuvo que ir al hospital después de que un grupo de compañeros de clase lo lanzara escaleras abajo. Su madre dijo: “Creo que Elon siempre fue un poco diferente, pero con un estilo de empollón. Eso no le hacía caer bien a sus compañeros”.
Buscó refugio en los libros. Y, a diferencia de Thiel, nunca intentó defender el régimen sudafricano. De hecho, huyó del país a los 17 años, en 1988, en pleno apogeo de la lucha contra el apartheid, para evitar ser reclutado por las fuerzas de seguridad, que reprimían violentamente los esfuerzos de la población negra por acabar con la discriminación. Llegó a Toronto (su madre era canadiense) con la esperanza de vivir en casa de un familiar, pero resultó que este se había mudado a Minnesota. Musk vagó por Canadá, haciendo trabajos ocasionales, y logró ser admitido en la Universidad de Queens en Ontario. Dos años después, se trasladó a la Universidad de Pensilvania y se graduó en 1995 con una licenciatura en Física y otra en Economía. Fue aceptado en el programa de doctorado en ciencias de los materiales de Stanford, pero lo dejó en la primera semana para crear una empresa de internet con su hermano.
Musk y Thiel empezaron como rivales por el mismo espacio de pagos en línea. X.com, de Musk, contaba con el respaldo de Sequoia Capital, una de las principales compañías de capital riesgo de Silicon Valley. La joven empresa de Thiel se llamaba PayPal y se centraba en el envío electrónico de dinero entre Palm Pilots, los primeros ordenadores de mano. Musk y Thiel, que trabajaban literalmente uno frente al otro en Palo Alto, se dieron cuenta de que la fusión era la única vía racional hacia la rentabilidad. La caída de las puntocom a principios de la década del 2000 aumentó la necesidad de fusionarse. Sin embargo, Musk tenía la sartén por el mango: la empresa de Thiel casi no tenía dinero; X.com, en cambio, contaba con liquidez y el respaldo de Sequoia. En la fusión, Musk terminó con la participación mayoritaria y el puesto de director ejecutivo.
Ahora bien, Musk era un gerente un tanto temerario. La empresa, que ya se llamaba X PayPal, crecía muy deprisa, en parte debido a los incentivos para unirse a ella, pero también porque cualquiera podía obtener una cuenta. En un banco normal, no puedo abrir una cuenta a nombre de Tom Brady si no demuestro de algún modo que soy Tom Brady. En X PayPal, eso no era un obstáculo. En cuestión de meses, las cifras de fraude se dispararon. El ideal libertario original de Peter Thiel para PayPal era que pudiera proporcionar a cualquiera cuentas bancarias anónimas tipo suizo, todo ello fuera de la supervisión del Gran Gobierno. La realidad era que quienes necesitaban anonimato eran los defraudadores fiscales, los blanqueadores de dinero, los traficantes de armas y los delincuentes internacionales. Los estafadores de poca monta también fueron grandes usuarios desde el principio; sobre todo, después de que eBay se convirtiera en un enorme mercado para PayPal. Los usuarios compraban algo en una subasta, enviaban el dinero a través de PayPal y luego los productos nunca aparecían.
Peor aún, la idea básica que Thiel había vendido a los inversores (que la gente dejaría su dinero en PayPal, que luego podría ganar intereses sobre el capital flotante) nunca se materializó. En un momento dado, cuando estaban al borde de la bancarrota, Musk llevó a Thiel a una reunión en Sequoia en su flamante deportivo McLaren de 150.000 dólares. Al querer presumir de la impresionante aceleración del vehículo, Musk chocó contra un terraplén medio kilómetro antes de llegar a Sequoia. Al salir del coche destrozado, Musk se volvió hacia Thiel y le dijo: “Mira, había leído todas esas historias sobre gente que ganaba dinero, compraba coches deportivos y luego se estrellaba con ellos. Estaba tan convencido de que eso nunca me iba a pasar que no contraté ningún seguro”.4 Thiel empezó a sospechar que Musk estaba fuera de control.
Por entonces, Musk empezó a hacer valer su poder y propuso que se cambiara el nombre de PayPal por el de X.Com. Muchos miembros del personal respondieron que el nombre sonaba a sitio porno; además, a los usuarios de eBay, que constituían ya una gran parte de la base de usuarios, les encantaba el nombre de PayPal. Musk, que no se dio cuenta de que se fraguaba una rebelión, se marchó en ese momento de luna de miel a Australia con su nueva esposa. A las pocas horas de su partida, la mayoría del personal entregó a la junta de administración y a Thiel una carta anunciando su partida si Musk no era reemplazado por Thiel como director ejecutivo. Thiel se reunió con Sequoia y aceptó convertirse en director ejecutivo. Los leales a Musk se pusieron en contacto con él en Sidney, e inmediatamente voló de regreso a San Francisco, diciendo: “Toda esta actividad es abyecta”. Pero ya era demasiado tarde. La junta se puso del lado de Thiel, y a Musk le mostraron la puerta de salida.
Thiel se dispuso de inmediato a reescribir la historia de la fundación de PayPal, basándola en su propia filosofía ultralibertaria. En 1999, pronunció un discurso en el que dijo: “PayPal dará a los ciudadanos de todo el mundo un control sobre sus monedas más directo que el que han tenido nunca. Será casi imposible que los gobiernos corruptos roben la riqueza de la población con los métodos de siempre porque, si lo intentan, la gente cambiará a dólares, libras o yenes y se deshará de la moneda local sin valor en favor de algo más seguro”. Se trata, por supuesto, del mismo discurso que repite hoy para apoyar el bitcoin. En una conferencia sobre criptomonedas en noviembre del 2021, dijo que el precio de 60.000 dólares del bitcoin demostraba que “la Reserva Federal estaba en crisis”.5
Jonathan Taplin, Thiel, Musk... La historia detrás de la mafia PayPal, La Vanguardia 17/07/2025
Notas1. Peter Thiel, “Competition is for losers”, The Wall Street Journal, 21/IX/2014.2. Max Chafin, The contrarian. Peter Thiel and Silicon Valley’s pursuit of power, Nueva York, Penguin Press, 2021.3. James Davidson y William Rees-Mogg, The sovereign individual, Nueva York, Simon&Schuster, 1997.4. Ashlee Vance, Elon Musk: Tesla, SpaceX and the quest for a fantastic future, Nueva York, Ecco Press, 2015.5. Harry Robertson, “Tech billionaire Peter Thiel says bitcoin’s record-high price shows inflation is at a crisis point”, Business Insider, 1/XI/2021.6. Ashlee Vance, op. cit.7. Ibid.8. Jim Collins y Jerry Porras, Built to last: Successful habits of visionary companies, Nueva York, Harper Business, 1994.
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| Fredric Jameson |

La verdad tiene dos enemigos: la mentira y la fuerza. Lo contrario de la mentira es la ficción; lo contrario de la fuerza es el Derecho.
Lo contrario de la mentira es la ficción, que nos permite precisamente conocer, y a veces transformar, la realidad. Quiero decir —he dicho otras veces— que el rey Lear es más verdadero que el rey Juan Carlos y la reina Titania más verdadera que la reina Isabel II.
Ahora bien, ¿podemos seguir creyendo en la ficción, y en su capacidad para señalarnos la realidad, en un mundo gobernado por la fantasía? ¿En un mundo en el que Trump borra todos los días la diferencia entre la realidad y la fantasía?
Lo contrario de la fuerza es el Derecho, conquista trabajosa de las clases vulnerables que obliga a los poderosos al menos a disimular. Nunca por sí mismo podrá el Derecho establecer un mundo justo, pero sus avances han señalado siempre los nuevos límites de la humanidad: no es imposible que ocurra (ya nada es imposible), pero para restablecer legalmente la esclavitud haría falta hoy mucha más violencia que en tiempos de Espartaco. Estos días, mi amigo Francisco Fernández, jurista y filósofo, me recordaba que el fracaso del Derecho Internacional significa el triunfo del “derecho nacional” o, si se prefiere, de la “soberanía”, a una parte de la cual renunciaron los Estados-Nación tras la Segunda Guerra Mundial para asegurar la protección de las minorías; para que, por ejemplo, no fueran nunca posibles de nuevo las leyes de Núremberg, expresión jurídica de la fuerza bruta del nazismo. Que el único dirigente europeo que ha condenado de manera tajante la criminal intervención de EE UU en Venezuela haya sido la fascista Marine Le Pen —y lo haya hecho en nombre de la “soberanía” y no del Derecho Internacional— dice mucho acerca del nuevo orden trumpista, en el que cabe Hitler pero no Lauterpacht; y cabe Meloni pero no Ferrajoli. Y en el que Europa no será señor sino vasallo; y no será conquistador sino botín. La protesta de Le Pen es, aún más que la timidez de Merz, Macron o Kallas, el verdadero triunfo de Trump.
El fascismo es en realidad un atentado contra (la ficción). Siempre se ha mentido, pero hoy la mentira está a punto de suprimir la ficción, que es nuestro único contacto con las cosas verdaderas. Y siempre se ha violado el Derecho internacional, pero hoy estamos a punto de legalizar la fuerza bruta y la soberanía absoluta: Bush, por ejemplo, también habría atacado Venezuela, pero habría puesto en lugar de Maduro a Corina Machado, igualmente autoritaria y ferozmente neoliberal, pero investida de una cierta legitimidad democrática. El triunfo de la mentira convalida todos los relatos; el triunfo de la fuerza invalida todas las formalidades.
No hay alternativa y Europa debería ya saberlo: o ficción o fascismo.
Santiago Alba Rico, ¿Podemos seguir creyendo en los Reyes Magos?, El País 07/01/2026