Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Hay tantos libros que quiero leer que
dudo mucho que pueda hacerlo en vida – sería un consuelo a tanta eternidad ser
un espectro lector, pero no creo que cuele –. Lo mismo me ocurre con los
millones de canciones o películas que ofrecen las plataformas digitales. O con
todos esos futuros y valiosos restos mortales (archivos, papeles, poemas,
fotos, diarios, correos…) que me costaría el resto de la vida expurgar. Y esto
por no hablar de la insondable cantidad de personas interesantes con las que
podría relacionarme en redes; la de museos y exposiciones reales o virtuales
que me encantaría explorar; o la tupida red de noticias, artículos, informes,
documentales, podcasts, canales o videos didácticos con que te tienta el
ordenador tras teclear la más insulsa palabra (un ordenador que, además, me
ofrece tan infinitas posibilidades de ordenar lo infinito que tendría que ser
un dios eterno y ocioso para estar al día, dominarlas y poder aprovecharme de
ellas).
Como dice Harari (el patriarca más popular de la sociología apocalíptica), el colapso que se avecina será mental o no será. Es materialmente imposible – dice y no lo dudo – que nuestro cerebro pueda adaptarse al estado crónico de excitación, incertidumbre, elección y angustia que experimentamos ante las innumerables cosas que queremos experimentar. Tampoco nos da la vida – por más que nos torturemos creyendo que sí – para reinventarnos, reciclarnos, ser creativos, romper moldes y adaptarnos cada seis meses a los nuevos códigos, programas, sistemas, versiones, innovaciones y tendencias a que nos empuja la tiránica actualidad.
Son, en fin, tantas las posibilidades y herramientas a disposición del que quiere hacer algo, que lo más que haces – y ni apenas eso – es recorrerlas y ponderarlas una y otra vez. Y sí, está muy bien lo de estar siempre aprendiendo, pero lo de aprender cómo aprender cada vez que te pones es de locos. Pasar por todo una vez – decía el poeta –; pero si ese todo es infinito, ¿quién se mueve? ¿Acabaremos muriendo de hambre, como el asno de Buridán, ante un inabarcable expositor de yogures?
Ante esto no cabe sino comprender dos cosas: (1) que la caótica pluralidad de opciones y novedades en que se nos divide (multiplicándolo) el mundo tiende a cero (y no a infinito); y (2) que todas esas apetitosas cosas (libros, canciones, fotos, personas, acontecimientos o yogures) se parecen tanto unas y otras y entre sí que al final pudiera ser que fueran lo mismo, que todos los cuentos contaran la misma historia, y que importara más tocar bien una guitarra que andar rasgueándolas todas…
Claro que para alcanzar tan sublimes y castizas conclusiones es preciso, antes, trascender el trasnochado y pseudorromántico culto a lo concreto, lo corpóreo, lo accesorio, lo minúsculo, lo cotidiano, diferente y anecdótico que tanto pone al «post-nihilismo» contemporáneo y sus burócratas del inframundo. Toca hoy entender que no hay nada realmente valioso – ni felicidad ni sentido – en lo pequeño – por eso es pequeño –, y que el laberinto de posibilidades que nos pierde no es más que el traje de un dios – el de las pequeñas cosas – que va ostentosamente desnudo. Pensémoslo ahora a lo grande…
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