Professors (50 sin leer)
Según el artículo 28 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos:
“Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos.”
Este artículo es sin duda uno de los más ambiciosos acercándose casi a la autorreferencialidad: tenemos derecho a tener derechos humanos, a que estos sean más que un simple texto utópico, Y si para elllo es preciso un orden social e internacional justo, ha de hacerse lo que sea necesario, ya que este artículo nos viene a decir que la realización efectiva de los derechos humanos vendría a ser algo así como una meta de la historia, un punto de llegada irrenunciable e insustituible. Ideas interesantes, que conviene sin embargo discutir y poner en tela de juicio.
Hay un problema inmediato con este artículo: instaurar el orden social e internacional que propugna implicaría romper el “ordenamiento.” (vamos a llamarlo así, superando la tentación de calificarlo como “desorden”) actual. Fundamentalmente por un motivo: alcanzar un nuevo orden internacional pasa necesariamente por desarticular la soberanía de los estados. No se puede encontrar otra manera de cambiar el orden internacional que no sea buscar acuerdos de conjunto, que necesariamente sean respetados por todos, y que aspire a la consolidación de los derechos humanos. La objeción es inmediata: o bien esos acuerdos no se van a cumplir o bien ni siquiera se van a alcanzar, ya que muchos países percibirán que están entrometiéndose en asuntos de estado. Da igual ser una primera potencia que la última economía del mundo: sabemos que en todos los países se están incumpliendo derechos fundamentales y no parece que los gobiernos se preocupen excesivamente al respecto. Se hace difícil, si no imposible, pensar que los habitantes de un país, sea cual sea, van a introducir modificaciones importantes en sus leyes y en su forma de vida, con el objetivo de que los ciudadanos del país vecino puedan alcanzar los derechos humanos de una forma más plena.
Este artículo 28 de la declaración toca de lleno, por tanto, la acción política llevada a cabo por parlamentos y gobiernos y les obliga a que en sus decisiones tengan siempre presente todos los derechos recogidos anteriormente. Lo hace además con una doble perspectiva: hay que promover los derechos humanos para los ciudadanos del propio país, pero también para todos los demás. Dando por supuesto, por cierto, que esto fuera fácilmente compatible y dejando de lado que en no pocas ocasiones el desarrollo de unos se consigue en detrimento del de otros. Si nos tomáramos en serio la declaración en su conjunto, y este artículo en particular, bien podría un ciudadano senegalés, por poner un ejemplo, censurar la actuación de los gobiernos de Estados Unidos o China, que quizás perjudiquen sus condiciones de vida. Hoy esto nos parece una locura, y no parece que la cosa vaya a cambiar en el corto o el medio plazo. Se podría decir que la mayor utilidad de este derecho es que con solo imaginarlo nos damos cuenta de que eso del orden social e internacional es en nuestro tiempo desorden social e internacional. Pero quizás no necesitábamos declaración alguna para un resultado tan pobre: la conciencia de la propia miseria o de las condiciones indignas de vida se toma mucho antes, sin precisar de una declaración de derechos aprobada por los países que suelen sostener eso que llaman orden internacional y que dicen querer cambiar.
| Michel Foucault |
![]() |
| Heidegger |

En el patio de una escuela de Londres, una vez un compañero de mi nieto puso a todo volumen por el sistema de megafonía de la escuela una canción de Lily Allen: «¡Jódete, jódete porque odiamos lo que haces y odiamos a todo tu equipo!» Mientras, una niña de seis años balanceaba las caderas al ritmo de la música. La travesura escandalizó a las autoridades escolares, pues era un «uso no autorizado». Admito que el niño rebelde que llevo dentro admiraba la toma del sistema de megafonía. Sin embargo, yo también estaba escandalizado. Aquellos niños no tenían idea de que la cantante intentaba burlarse de sus propias palabras; a ellos, el «jódete, jódete» les parecía una declaración directa de guerra: «nosotros-contra-vosotros». Se trata de un sentimiento peligroso en la zona de Londres donde se halla la escuela, pues la mezcla de religiones, razas y clases diferentes de esa zona de la ciudad convierte el nosotros-contra-vosotros en una incitación al conflicto, y lo cierto es que en esa zona de Londres los estallidos de violencia son frecuentes.
Por si alguien no lo conoce todavía, hoy me limito a sugerir un enlace: Superfilosofía. O lo que es lo mismo: superhéroes y filosofía. Divulgativo y riguroso a la vez, ofrece reflexiones muy interesantes que bien pueden llevarse al aula. Una página a tener muy en cuenta.
“El Mefistófeles del Partido Nazi”, un “demagogo ingenioso y sin escrúpulos”, “el más venenoso y mendaz de todos los nazis”, un hombre por el que sentirse “fascinado por su deslumbrante simpatía y sus perfectos modales, así como su fría lógica”. Desde luego las reacciones que causó Joseph Goebbels entre sus coetáneos no fueron de indiferencia… y así han durado hasta hoy, universalmente conocido por sus labores de propaganda al servicio del nazismo y una de las más populares encarnaciones del Mal. Como ante cualquier persona o cosa de la que se hable no faltan las opiniones, también entre historiadores, que zanjan la discusión con un “bah, está sobrevalorado”. No sin cierta razón, ya que Hitler no llegó a contar con él para tomar grandes decisiones políticas ni mucho menos militares, y vivió en permanente enfrentamiento con los demás líderes nazis. Pero si bien su labor a menudo fue la de vocero, es incuestionable que lo hizo muy bien. Supo dar respaldo popular a cada acción del régimen y preparar el terreno para las siguientes, en ese constante ir más allá que caracterizó al Tercer Reich hasta su armagedón.
+07.32.22.png)
Originalment, un aforisme era un dita més o menys curta que comportava sempre un principi científic fora de dubte. Per excel·lència, Hipòcrates és el model dels aforismes en el sentit clàssic de l’expressió. Però el fet que de qualsevol text de qualsevol filòsof o escriptor se’n pugui descontextualitzar una frase més o menys curta i més o menys rotunda va fer que la paraula aforisme acabés fent-se servir per a un reguitzell de coses, totes semblants, com ara les màximes, les sentències i els proverbis. Justament del llibre bíblic dels Proverbis se’n van treure de seguida frases curtes a balquena, i així mateix va succeir amb els textos de l’antiga saviesa presocràtica, els quals, si són gairebé sempre citats a la menuda —Heràclit: “No ens banyem mai dues vegades al mateix riu”; Parmènides: “Tot el que és, és, i tot el que no és, no és”; Píndar: “Sigues qui ets”—, això és o bé perquè es corresponen amb versos sencers, o bé perquè són frases que s’han trobat soltes, fragments de manuscrit o referències d’autoritat, com les de Diògenes Laerci.

Lo que, a su vez, justifica una nueva legalidad para el nuevo ordenamiento mundial cuyo sentido y estructura históricos dependen directamente de la noción de la raza forjadora de la propia voluntad de poder. Heidegger desarrolló esta legislación futura impuesta por la revolución nacionalsocialista en la 5ª y última parte de Nietzsche Metaphysik. No es difícil entender -a pesar de la ceguera de los heideggerianos de comunión diaria- la lógica interna que unifica el testamento jurídico de Heidegger (Die Gerechtigkeit): “pensar” la justicia como una unidad metafísica que “forja” (y “forma”) la ley que es “construcción-eliminación-aniquilación”. La destrucción de la concepción clásica de Justicia, en sus diferentes significados, es ontológicamente radical. En los análisis heideggerianos propios de la hermenéutica generativa, acrítica, como la que llevan a cabo, entre otros, Von Hermann, Fédier, Duque, Xolocoxtli, Constante o Leyte, se ha venido insistiendo en la relación pasajera de Heidegger con el nazismo y que, en última instancia, la ontología de Ser y tiempo nada tenía que ver con la ideología del nacional-socialismo ¡y mucho menos con el holocausto! Sin embargo, es el propio Heidegger quien echa abajo estas interpretaciones bien pensantes. Nietzsche Metaphysik se abre con una Einleitung en la que el ex -rector explica la razón de ser de esta interpretación de Nietzsche:“Queda aún la pregunta acerca de qué pueblos y qué humanidad [Völker und Menschentümer] están sometidos de modo definitivo y anticipador a la ley de la pertenencia a este rasgo fundamental de la incipiente historia del dominio sobre la tierra”.
“El intento siguiente sólo puede pensarse y seguirse desde la experiencia básica de Ser y tiempo. Ésta consiste en ser afectado de un modo siempre creciente, aunque también de un modo que en algunos puntos tal vez se vaya aclarando, por ese acontecimiento único de que en la historia del pensamiento occidental se ha pensado ciertamente desde un comienzo el ser del ente, pero la verdad del ser en cuanto ser ha quedado, no obstante, sin pensarse, y no sólo se le rehúsa al pensar como experiencia posible sino que el pensar occidental, en cuanto metafísica, encubre propiamente, aunque no a sabiendas, el acontecimiento de este rehusar”.
“El «contra», entendido como el «no» o la «negación», expresa aquí una operación originaria y ontológicamente constitutiva. Desde el punto de vista de su sentido constitutivo, la negación posee un primado originario con respecto a la posición”.
“Pero esto significa que la posibilidad de un planteamiento radical de la problemática ontológica de la vida descansa en la facticidad”.
“La filosofía que se practica hoy en día se mueve, en gran parte y de manera impropia (uneigentlich), en el terreno de la conceptualidad griega, a saber, en el terreno de una conceptualización que se ha transmitido a través de una cadena de interpretaciones heterogéneas (Interpretationen hindurchgegengen ist). Los conceptos fundamentales han perdido sus funciones expresivas originarias (ursprünglichen), y que siguen el patrón de determinadas regiones de la experiencia objetiva. (…) Por consiguiente, la hermenéutica fenomenológica de la facticidad en la medida en que pretende contribuir a la posibilidad de una apropiación radical de la situación actual de la filosofía por medio de la interpretación -y esto se lleva a cabo llamando la atención sobre las categorías concretas dadas previamente-, se ve obligada a asumir la tarea de deshacer el estado de interpretación heredado y dominante, de poner de manifiesto los motivos ocultos, de destapar las tendencias y las vías de interpretación no siempre explicitadas y de remontarse a las fuentes originarias que motivan toda explicación por medio de una estrategia de desmontaje. La hermenéutica, pues, cumple su tarea sólo a través de la destrucción (Destruktion). La investigación filosófica (…) es conocimiento «histórico» en el sentido radical del término. La confrontación destructiva con su historia no es para la investigación filosófica un simple procedimiento destinado a ilustrar cómo eran las cosas antaño, ni encarna el momento de pasar ocasionalmente revista a lo que otros «hicieron» antes, ni brinda la oportunidad de esbozar entretenidas perspectivas acerca de la historia universal. La destrucción es más bien el único camino a través del cuál el presente debe salir al encuentro de su propia actividad fundamental; y debe hacerlo de tal manera que de la historia brote la pregunta constante de hasta qué punto se inquieta el presente mismo por la apropiación y por la interpretación de las posibilidades radicales y fundamentales de la experiencia. Así, los proyectos de una lógica radical del origen (eine radíkale Ursprunglogik) y las primeras contribuciones a la ontología se esclarecen de una manera fundamentalmente crítica. (…) Aquello que no logramos interpretar y expresar de un modo originario (ursprünglich), no sabemos custodiarlo en su autenticidad (eigentlicher)”.
“Pero ousia todavía conserva en Aristóteles mismo e incluso más tarde, el sentido originariamente práctico de bienes familiares, de bienes patrimoniales, de bienes disponibles para el uso en el marco del mundo circundante. El término ousia designa, pues, «bienes», «posesión», «propiedad», «hacienda». Aquello que en el trato es custodiado como ser del ente, aquello que caracteriza al ente como bienes, posesión, propiedad o hacienda es su ser-producido. En la producción, el objeto del trato se muestra en su verdadero aspecto”.

Kant pasa por ser uno de los autores más difáciles para los alumnos. Posiblemente la mayor dificultad está en el vocabulario que emplea el autor. Sin embargo, las ideas centrales no son nada complicadas, así que aquí van cinco ejemplos, dos de ellos kantianos, para superar estas dificultades y perplejidades:
![]() |
| Pericles |
![]() |
| María Zambrano |



Desde que en 1983 el filósofo alemán Peter Sløterdijk publicara la Crítica de la razón cínica han pasado ya más de 25 años y, sin embargo, su profundo análisis de cinismo postmoderno sigue gozando de una extraordinaria vigencia. Esta obra, junto con la Teoría de la acción comunicativa (1981), de Jürgen Habermas, y El principio de responsabilidad (1977), de Hans Jonas, es, con mucha probabilidad, uno de los ensayos filosóficos más sugerentes del último tercio del pasado siglo.
| William Hazlitt |
El mes pasado, la editorial Manuscritos publicó un libro colectivo sobre las recientes movilizaciones sociales (especialmente la que se propuso rodear el congreso y exigir un nuevo proceso constituyente el 25 de septiembre de 2012, el llamado 25s). A propósito de este hecho plantee una reflexión acerca de la naturaleza de la democracia y las relaciones que en ella pueden darse entre legalidad y legitimidad. Ofreceré en esta entrada y en las siguientes breves extractos de lo que allí escribí (y que podéis leer íntegramente en el libro junto con otros interesantes artículos, entre ellos el de mi colega Juan Antonio Negrete). El asunto de fondo es muy kantiano (así que es un poco continuación del post anterior y de otros recientes como este): ¿debemos cumplir las leyes incluso cuando no nos parecen justas o razonables? ¿Hay derecho a saltarse el derecho? ¿Es legítima, en algún caso, y en el marco de un régimen democrático, la ilegalidad?
Me van a permitir que juegue un poco con las minúsculas y las mayúsculas (es decir con lo que es legítimo y Legítimo en la gramática) para marcar rápidamente ciertas diferencias que todos intuimos con facilidad. Antes de nada sería conveniente distinguir entre democracia y Democracia. Lo primero se refiere a la democracia real (real también con minúsculas), al régimen político de nuestra nación (y de todas las naciones de nuestro entorno). Lo segundo, la Democracia, se refiere a la democracia ideal que, como tal, es implementada mejor o peor (pero nunca perfectamente) en los regímenes democráticos vigentes. Qué sea la Democracia es asunto de la filosofía política y no sería posible desbrozar aquí un ensayo de definición rigurosa de tan complejo término. Creo que es bastante con aludir a la siguiente noción simple pero sustantiva: la Democracia es la forma de gobierno fundada en el principio de que todo otro principio o norma política obtiene su legitimidad de la asunción informada, racional, libre y responsable de dicho principio o norma por la mayoría de los ciudadanos. De esta noción se extraen al menos tres consecuencias relevantes para lo que se va a tratar a continuación: (a) La Democracia no es “el estado de derecho” (contra quienes descalifican como “contrarios a derecho” o ilegales actos como el 25S, tachándolos por ello y sin más de “antidemocráticos”); “estado de derecho” es cualquier Estado que se atenga a un código legal, escrito o no. (b) En la Democracia no todo lo decide o legitima la mayoría (contra los que niegan suficiente representatividad a los activistas de 25S, el 15M, etc.); las normas procedimentales básicas, las condiciones sustantivas que legitiman el consenso (información, racionalidad, libertad, etc.), o la propia noción de lo que es Democracia, no están sujetos a “votación” (sería absurdo someter la Democracia –sus condiciones formales y sustantivas— a un referéndum democrático). (c) Las condiciones sustantivas que legitiman las decisiones democráticas obligan, por ser las que son (transparencia informativa, racionalidad, libertad de criterio y expresión, etc.), al debate crítico y al cuestionamiento constante de cualquier norma, institución o acto de gobierno en vigor, sin otro límite que los que de aquellas mismas condiciones de deducen. 

Dissabte a la tarda, quan l’home que mira anava a comprar llibres a la seva llibreria de referència, és a dir, quan feia el que fa quan els dissabtes a la tarda es queda a Barcelona, va creuar-se de pura casualitat amb la manifestació dels afectats per la hipoteca. Tafaner com és, l’home que mira es va afegir a la corrua (la distància de tres illes de cases estava plena de gent que discorrien com un riu fins la seu del Partit Popular) i es va dedicar a observar.
Normalment, les manis tenen un punt de festa. És fàcil retrobar-hi gent que temps que no veies (sobretot si no es porta una vida militant) i sempre hi ha algú enginyós que crida espontàniament una consigna divertida. En una mani es produeix el que la psicologia social anomena sensació de potència i fins i tot pot donar-se una enganyosa situació de confort emocional, quan algú es refugia en la massa. Per això l’home que mira es va sorprende en aquesta manifestació, que (a més) no congregava adolescents, Feia molt temps que no havia vist unes cares de gent tan tensa. En el temps que s’acosta triomfarà qui no sobreactui.
El debate entre república y monarquía es prácticamente una constante de nuestra corta historia democrática. Es bien sabido el lamento de muchos: en aquel referéndum constitucional no hubo una elección auténtica. O bien se optaba por la monarquía parlamentaria o bien se entregaba uno a no se sabía muy bien qué tipo de inestabilidad política. Mejor dicho: quizás sí se supiera bien, dada la cercanía temporal con la dictadura. En estas circunstancias es fácil comprender el por qué del apoyo abrumador a la constitución. Algo que no impidió que la monarquía fuera ya cuestionada en su día, y que las voces críticas se hayan ido sumando en las últimas tres décadas. Los argumentos que se han esgrimido en este tiempo son de sobra conocidos, pero quisiera centrarme en uno muy habitual, que alude la gran personalidad del monarca, que es una de las bazas a tener en cuentra cuando se habla del peso de nuestro país en el extranjero. Traspasando los tópicos de la “campechanía”: hay quien dice que la exquisita “profesionalidad” del jefe de la Casa Real ha logrado importantes acuerdos comerciales y ha jugado un papel decisivo en las relaciones diplomáticas internacionales.
Flaco favor se le hace a un sistema de representatividad como en la monarquía si para defenderlo hemos de hacer alusión a las presuntas virtudes de la persona que ocupa el cargo. El motivo fundamental lo estamos viendo en los últimos meses: qué pasará cuando, antes o después, aparezcan casos que nos hacen dudar de la integridad de la familia real. Si ser un buen monarca es la gran baza en favor de la monarquía, revelarse como un “mal monarca” podría convertirse en el principal argumento en contra de la misma. El problema de fondo tiene que ver directamente con teoría política y se puede plantear así: ¿Se puede justificar un sistema político en función de las personas que van a asumir el poder o, por el contrario, los sistemas políticos deben legitimarse en función de valores o normas racionales? Un sistema vale o no vale, pero no se puede aceptar en función de que lo vayamos a “rellenar” con fulatino o menganito. Y esta debe ser la cuestión precisamente en el debate entre monarquía y república. Algo que debería recordarnos, en cierta manera, aquella clasificación de Max Weber sobre la autoridad y la legitimidad del poder: tradicional, carismática y legal racional. Aparece entonces un contraste en el debate: a las puertas del siglo XXI España optó por un sistema legal racional en lo tocante al poder legislativo y ejecutivo, y por una legitimidad tradicional para las tareas representativas del estado.
Si la democracia tiene legitimidad es precisamente por el proceso que respalda la toma de decisiones. Elecciones, formación de parlamento, formación de gobierno. Votación de las diferentes propuestas legislativas. Hasta aquí todo parece claro. Y no son pocos los ciudadanos que asumen esto: incluso aunque gobierne un partido que hayamos votado, incluso aunque afloren casos de corrupción política, o incluso aunque tengamos la sensación de que la clase política ha dejado de representar al pueblo, el poder de la democracia reside en las elecciones. No existe un proceso similar de legitimación en el caso de la monarquía. Tanto es así, que ahora podríamos estar viviendo un periodo muy particular: tenemos un sistema legal racional que, ocupado por personas que no logran conectar con la sociedad, parece perder legitimidad. A la vez, el sistema tradicional, basado principalmente en que “siempre ha sido así”, parece que empieza a resquebrajarse. Si tenemos esto en cuenta, parece que la pretensión de Weber de fundamentar el poder en normas no es tan efectiva si dichas normas terminan aupando a los puestos de responsabilidad a quienes no están a la altura del puesto que ocupan. Así, de este batiburrillo de ideas, me surgen varias preguntas: ¿Es preferible un sistema tradicional ocupado por una “buena familia” que un sistema legal racional? ¿Viviríamos “a gusto” con una dictadura, por poner un ejemplo, ocupada por un “buen tirano” que dirigiera la sociedad en la dirección correcta? ¿Es el sistema legal racional tan fiable como pensamos? ¿A qué otro sistema podemos acudir si este se resquebraja? ¿Valen los sistemas políticos por las instituciones que crean, por su legitimidad popular, o son las personas que ocupan los cargos las que dan valor al sistema? Con todas estas preguntas, se podría decir algo similar a lo que decía Platón de la belleza: el poder es difícil.
| Artur Mas |
Hace ya bastantes años, en una pequeña ciudad holandesa donde me encontraba por cuestiones de trabajo, un centro de derechos humanos organizó un ciclo de conferencias sobre la tortura. Y una de ellas la impartía un antiguo torturador que había ejercido bajo la dictadura militar turca. No recuerdo ahora todo el contenido de aquella conferencia, pero sí me ha quedado muy presente el objetivo que dijo tener el conferenciante. "Yo fui torturador", decía, "y lo fui durante muchos años, sin que ni una sola vez pensara que lo que estaba haciendo fuera un delito". "Estás trabajando por el bien de la patria, estás obedeciendo a tus superiores, haz lo que se te dice y cumple con tu deber". Y así lo hice". Y añadía: "Mi labor, ahora que he descubierto la ignominia a la que voluntariamente me sometí, es ir por el mundo y explicar a quien quiera oírme que una de las formas de acabar con la tortura y con los torturadores es acabar tambiencon ese concepto de patria que exige obediencia ciega y en cuyo nombre se masacra al oponente, sea con guerras, siempre despiadadas, sea con la tortura, la persecución, el asesinato. Sólo un régimen político que institucionalice el control y la oposición puede paliar en parte tales crímenes cometidos en nombre de Dios, la patria o la moral del gobernante. Y aún no siempre, como estamos viendo a todas horas". Los que pertenecemos al mundo más rico y que alardeamos de tener regímenes democráticos, estamos seguros de que nosotros, tal como somos y tal como nos creemos, jamás seríamos torturadores. Y, de vernos obligados a serlo, nos vencerían irremisiblemente los remordimientos, la mala conciencia, el asco, la compasión, el temblor. Sin embargo, no parece que sea así. En 1985 cayó en mis manos la traducción francesa de Obedience to authority, de Stanley Milgran, publicada en Francia por Kalmann Lévy en 1974, en la que, además de un estudio sobre el comportamiento del hombre en presencia de la autoridad y sobre las vilezas que es capaz de cometer escudándose en la obediencia a una ley, a una orden o a un credo, se recogen una serie de experimentos llevados a cabo con personas de distintas procedencias y clases sociales que arrojaron unos resultados sorprendentes y desalentadores. Uno de ellos consistía en reunir en un teatro a profesores, alumnos, empresarios, amas de casa, secretarios, abuelitas, mineros y otros colectivos. Cada persona disponía de un mando para controlar la intensidad de la descarga eléctrica que había que infligir a un supuesto reo que, atado a una silla eléctrica, se encontraba en el escenario. Se les dijo que se trataba de un experimento, que debían obedecer las órdenes que la daba una voz, y que las descargas no suponían peligro alguno para el individuo. A la primera orden, el cuerpo del hombre dio un vuelco, y más ostentoso fue en la segunda y en la tercera. Poco a poco la voz conminaba a los presentes a apretar más y más la palanca, e insistía en que no se dejaran vencer por los estremecimientos del hombre, ya que eran efectos superficiales necesarios al experimento. Cuanto más pedía la voz que apretaran, más pulsaban la palanca y más se convulsionaba el individuo. Pero, a pesar de ser testigos de las contorsiones y de las brutales sacudidas a que ellos mismos sometían al hombre que supuestamente se retorcía de dolor, sólo el 3% de las personas abandonaron el experimento. Esto no quiere decir sólo que tal vez existe un germen de sadismo en la naturaleza humana, sino cuán vulnerable es nuestra conciencia moral e incluso nuestra sensibilidad, y, sobre todo,con cuánta facilidad traspasamos la responsabilidad a las instancias sagradas a las que obedecemos. Los torturadores y asesinos de la era Pinochet, Videla y demás dictaduras americanas obedecían a los que les decían que aquellos hombres y mujeres eran bestias y no personas, pero lo mismo debieron de pensar los secuaces de Franco, Stalin, Hitler, Milosevic y tantísimos otros. Todos actuaron en obediencia a sus líderes para defender unas pretendidas patria, religión, civilización o raza a las que les dijeron pertenecer. Creencias todas ellas antepuestas a las ideas y al criterio que, de haber tenido los ciudadanos, tal vez no se habrían prestado, ni nos prestaríamos hoy, con tanta facilidad a obedecer a esos hombres y mujeres que se apropian y reconvierten en su propio beneficio iglesias, sectas, partidos políticos únicos, racismo, incluso, como estamos viendo, teorías económicas con rango de religión y de patria. Hombres y mujeres fáciles de reconocer porque todos dicen estar en posesión de la verdad, todos someten y exigen fe ciega a sus súbdito o a sus fieles, todos convierten a sus oponentes en enemigos contra natura. Y mediante inquisiciones, torturas, ajusticiamientos y juicios sumarísimos, autos de fe, gulags, desapariciones o bombardeos excluyen y condenan a sus enemigos, se deshacen de ellos, se apropian de sus tierras y de sus bienes, o los inmovilizan con embargos en el hambre y la miseria. En los milenios de su historia, la humanidad ha dado pasos de gigante, pero moralmente se encuentra aún en la época de las cavernas. Y, ¿cómo no habría de ser así? Si nos han enseñado y hemos creído que matar por la patria de los jefes es el mayor de los honores, ¿por qué no torturar y perseguir al enemigo hasta la muerte en nombre de esa misma patria? Si creemos fielmente que somos los amos del mundo, los defensores de la civilización, del orden y de la moral, como se nos dice a todas horas, ¿cómo no apoyar a los centenares de misiles que se lanzan contra una población civil ya exhausta con el pretexto de destruir las armas químicas que podrían no ser utilizadas según nuestro criterio, las mismas armas químicas que nosotros les hemos proporcionado y vendido? Si en defensa de la economía de la patria, de la región en la que vivimos o de la civilización a la que pertenecemos, dominamos los precios de los productos básicos, intervenimos y controlamos el mercado internacional y clonamos en laboratorios los productos autóctonos, excluyendo a los países pobres del progreso económico; si en nombre de esta economía fabricamos y vendemos minas antipersonas y armas químicas de destrucción masiva y hasta instigamos y azuzamos, cuando no inventamos y patrocinamos hostilidades y conflictos donde poder venderlas, ¿cómo no entender y aceptar que dejemos morir de hambre a los cientos de millones de individuos de la tierra que no pertenecen a esa patria o a esa civilización y que viven fuera de nuestra región, precisamente en nombre de nuestra economía y para mayor gloria de su crecimiento? Así somos los humanos. Obedientes y sumisos a la autoridad, al líder de turno, a sus intereses y a su verdad.