Professors (50 sin leer)
Welch’s Fruit Snacks ha comercializado un dispositivo que transforma los sentimientos de los padres en mensajes pedagógicamente correctos. Mientras preparas el almuerzo del niño le escribes en la bolsa de Snacks «No me avergüences hoy». Y una IA traduce: «Intentemos tener un día en el que todos nos sintamos tranquilos y seguros». Snorble es un robot de 300 dólares que vigila el sueño de los niños. Si uno se despierta con una pesadilla, Snorble le sonríe y le dice: «No pasa nada, estoy aquí contigo». ¿Y qué decir de MILO, la herramienta de IA que se encarga de organizar todas las tareas familiares y cuyo lema es, según me aseguran, «No le preguntes a mamá, pregúntale a Milo»? Ya se comercializan «abrazaderas para teléfono móvil con cuello de cisne para cochecito». Los fabricantes aseguran que los móviles liberan « al niño de la irritabilidad y la impaciencia» y le permiten entretenerse «mientras los paseas» viendo películas o dibujos animados».
Hugo se llamaba la víctima. Se ensañaron con él durante 25 minutos. Mientras todo el clan observaba la escena sin intervenir, las hembras saltaban sobre su cuerpo y le mordían en la espalda, las piernas, el cuello, los dedos… Todo lo que él podía hacer era intentar cubrirse la cabeza. Una le arrancó de un mordisco parte de una oreja. Otra le desgarró un pie y masticó el tejido arrancado. Después le mordió los testículos. Contemplando la escena hemos aprendido que el bonobo es un lobo para el bonobo y esto es lo que lo humaniza. Creíamos que la de los bonobos era una sociedad pacífica en la que las hembras están al mando y se practica el amor alegremente como si se estuviera poniendo en práctica el Kama Sutra; en la que se ignoraba la guerra, se practicaba la sororidad y no se recurría al poder para resolver problemas sexuales, sino que se recurría al sexo para resolver problemas de poder. Suponíamos que el matriarcado bonobo ponía en cuestión los mecanismos ancestrales de poder y liderazgo entre los humanos y que entre ellos la empatía era la norma de conducta. Pero todo era un cuento y ahora no sabemos qué hacer con el 14 de febrero, día del bonobo y de los enamorados. Al menos para Hugo se ha demostrado que Hobbes tenía razón: «la vida en estado de naturaleza es solitaria, pobre, grosera, brutal y corta». Lo que solemos llamar «vivir de acuerdo con la naturaleza» se reduce a imponerle a la naturaleza una moral. El Aquinate tenía razón: la ley natural no emana de la naturaleza, sino de la naturaleza del hombre, que es quien pone nombres propios a los animales. ¿Qué demonios hacemos con la naturaleza? Una alternativa nos la ofrece John Huston en La Reina de África (1951). Me refiero al momento en que Bogart defiende ante la Hepburn que «un hombre se emborracha de vez en cuando, está en su naturaleza». Ella le replica: «La naturaleza es lo que hemos venido a superar». La otra alternativa nos la ofrece Leopardi en su Diálogo de la Naturaleza y un Islandés (1824). Ante la naturaleza no debemos hacer nada, porque no podemos hacer nada. Un islandés muy culto se encuentra con la naturaleza en los desiertos de África meridional. Es una mujer descomunal, con unos enormes pechos y todo en ella tiene un aire sacro. Pero es la figura más impía del universo. «La naturaleza –dice ella misma- no se ocupa de la felicidad o de la infelicidad de los hombres. El hombre no es nunca su objetivo: no lo cuida, no le presta atención. Cuando hiere a uno no se da cuenta de ello ni tampoco cuando le proporciona placer. Es tan indiferente como ciega. No sabe lo que hace». Este diálogo, dice Leopardi, tiene dos posibles finales. En el primero, mientras el islandés y la naturaleza están hablando, llegan dos leones, «tan arruinados y miserables por el hambre» que se comen al islandés, con lo que aún pueden mantenerse con vida aquel día. En el segundo, mientras el islandés está hablando con la naturaleza, se levanta un fortísimo viento que lo tira al suelo y edifica sobre él un «soberbio mausoleo de arena, bajo el cual, perfectamente disecado y convertido en una momia estupenda, fue encontrado por unos viajeros, y fue trasladado más tarde a un museo de no sé bien qué ciudad de Europa».
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| John Searle |
Toda la filosofía de John R. Searle gira alrededor de la defensa de la conciencia y la intencionalidad contra el vaciamiento (eliminativismo) que defendía la llamada “metáfora del ordenador”, a saber, la idea de que la mente es un procesador de información, no distinto en sus funciones de cualquier procesador, solo diferenciada por su complejidad y capacidad. Fue la filosofía dominante en la ciencia cognitiva en el último tercio del siglo pasado y ahora ha vuelto a tener relevancia por la propaganda de los dueños de las empresas de inteligencia artificial y sus ambiciones de lograr la superación de la inteligencia humana. La conciencia y la intencionalidad, sostuvo Searle, son propiedades naturales de la vida, y dotan de una capacidad de comprensión que no puede tener una máquina que tan solo manipula símbolos físicos.
Fue muy conocido su experimento mental de la llamada “habitación china”, un dispositivo en que alguien que no sabe chino pero dispone de un conjunto de reglas (un programa) responde a oraciones en chino con otras oraciones en chino, produciendo la ilusión de una conversación, tal como ocurre con los chats de inteligencia artificial. Aunque ahora los grandes modelos lingüísticos construidos con redes neuronales no procesan programas, el argumento del experimento mental ha vuelto a usarse reiteradamente contra las pretensiones de una inteligencia artificial general.
La idea de que la conciencia es un producto natural y material de la vida estuvo presente en sus primeras obras sobre el lenguaje, en las que sistematizó la teoría de los actos de habla que había sugerido en los años cincuenta John L. Austin: el lenguaje pertenece al campo de la acción humana y los enunciados son formas de actuar sobre el mundo que se diferencian por el modo en que tienen éxito como actos: en algunos (los asertivos) la mente tiene que adecuarse al mundo, en otros como los directivos, el oyente (el mundo en este caso) tiene que adecuarse a lo especificado, como cuando se pide “abre la ventanilla”, en otros, los comisivos (declarar culpable, declarar casados…) el mundo cambia por el hecho de esa declaración.
Toda la filosofía de Searle sigue un mismo esquema: un ser con conciencia e intenciones instituye que X funciona como Y en el contexto C. Esto sirve para el lenguaje cuando el jefe dice “por la presente, quedas despedido” y para todo el resto de la vida social: una flecha curvada en un círculo o cuadrado ordena “gire a la derecha”, levantar la mano en una reunión funciona como pedir la palabra, pero en una subasta como asentimiento a un precio, un papel timbrado sirve como moneda de curso legal. Detrás de este esquema hay todo un programa filosófico que explica desde el lenguaje y la acción humana cotidiana hasta el conjunto de la realidad social.
La idea básica de Searle es que nuestra vida intencional en común está regida por actos intencionales que tienen la forma de micro-instituciones formadas por reglas constitutivas como la que establece que “culpable”, emitido por un legislador legítimo, equivale a una condena, o dar la mano equivale al gesto expresivo de saludo en un contexto formal. Instituciones como el dinero son fruto de intenciones colectivas con el mismo esquema. No es casual que se haya extendido su explicación hasta el tradicional problema de Marx del misterio del capital, o de cómo algunas cosas como el dinero pueden hacer cosas en y con el mundo.
Su teoría de la prioridad de la conciencia y la intencionalidad era para Searle un ejercicio de naturalismo científico. Pensaba que la imagen de la ciencia es nuestra mejor descripción correcta de la realidad y toda su vida combatió el relativismo posmoderno, y en particular las ideas de la deconstrucción de Derrida, a quien acusó de oscurantismo, falta de claridad y de incomprensión de los actos de habla. Pese a esta polémica, hoy usamos el término performativo en muchísimos contextos cotidianos. Aunque fue Austin quien comenzó a hablar de la performatividad del lenguaje, sin Searle y su adversario Derrida no se hubiese extendido un término que, en cierto modo, cambió el mundo.
Fernando Broncano, John R. Searle: la conciencia en acción, Letras Libres 16/10/2025
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y el Diario de Ibiza.Lo primero para entender el fenómeno de la corrupción es dejar de relacionarlo con un supuesto estado de relajación o debilidad moral. El «corrupto» es moralmente activo: se inspira en valores y actúa, además, con no poco valor o coraje ético, en cuanto se arriesga a perder su libertad y posición social por fidelidad a sus principios y objetivos. ¿Cabe una conducta formalmente más virtuosa que esa?
Los valores del «corrupto» no son tampoco los valores de una secta malévola que conspirara contra la sociedad, sino los valores transmitidos por prácticas sociales, por personajes que lideran el mundo y por gran parte de las representaciones, símbolos o imágenes que consumimos cada día. Son los valores del éxito entendido como acumulación de poder y riqueza; es el valor del bien privado (sea el propio, el de la familia, el del partido, el de la empresa) sobre el bien común; es el valor de la competencia y la lucha feroz frente a otros; es el valor de la astucia y el oportunismo sin escrúpulos como medios para conseguir lo que te propones… Que todos estos valores, exhibidos por líderes, empresarios o artistas que la gente admira, sean contrarios a los que declama la retórica política (la igualdad, el servicio a la sociedad, la cooperación, la honestidad, etc.) no es culpa de los «corruptos». Y qué ellos se aprovechen de esta enorme hipocresía (para mejor lograr y legitimar sus objetivos) no es tampoco inmoral, sino algo plenamente consecuente con sus valores.
Una vez admitido que lo que llamamos «corrupción» política es un hecho moral, y suponiendo que realmente queramos erradicarla (no solo en los políticos sino en el resto de la ciudadanía), lo único que cabría hacer es combatirla con una moral mejor. Ahora bien: ¿realmente la hay? ¿Son objetivamente mejores los ideales del humanismo ilustrado que los del mercado global? ¿Por qué deberíamos anteponer la cooperación a la competencia? ¿Es verdaderamente mejor ser honestos que ser astutos y mentir y actuar según convenga? ¿Por qué es preferible «servir a los demás» que «servirse de ellos»?
Leí hace poco a un filósofo defender que el problema de los «corruptos» era su incapacidad para entender el altruismo como un rasgo específicamente humano, y al que, por eso mismo, debemos reverencia moral. ¿Pero por qué no entender también al capitalismo, o a la capacidad para engañar, explotar o dominar sistemáticamente a otros, como rasgos específicamente humanos y (por ello) moralmente admirables?... Desengáñense: no hay otro camino que el de ser honestos (al menos, con nosotros mismos) y buscar argumentos que demuestren que, pese a todo, es mejor no ser un corrupto que serlo. Hagan la prueba. No es en absoluto fácil.