24462 temas (24270 sin leer) en 44 canales
Professors (50 sin leer)
![]() |
| article complet |
Los conflictos diplomáticos pueden resolverse de muchas maneras: a tiros, negociando, o con imaginación. Argo nos pone un ejemplo de esto último. Pero esta película es más que una simple “americanada”. Es más, sabemos que la manera de presentar los hechos puede estar un poco dulcificada, y buenso conocedores de Irán como Rafael Robles ya nos han dado pistas sobre el asunto. No es difícil imaginar que la historia real no fuera exactamente tal y como se cuenta en la película. No estamos ante cine histórico, aunque es más que posible que en el espectador norteamericano la película pueda despertar un cierto patriotismo desnochado. A mi entender, Argo habla de dos cosas: de ficciones y de cine. De cómo las ficciones son reales, tan reales que pueden cambiar las cosas, ser determinantes a la hora de que la realidad tome un rumbo u otro. El ser humano, creador de realidades: podemos transformar a diplomáticos y funcionarios en actores y personal técnico de una película. El teatro y el cine nos recuerdan que podemos dejar de ser quienes somos, transformarnos y revestirnos de nuevas identidades. No hemos de olvidar que el arte, aquí, no hace más que apuntar una de las posibilidades de la vida humana, de este teatro del mundo o, si queremos, de esta película del mundo, en la que cada cual representa un papel, que bien puede cambiarse en función de las circunstancias y necesidades.
Pero Argo es también, de un modo latente, una película sobre las películas, sobre el hacer cine. Deja retazos de un mundo que se nos presenta caracterizado por la belleza, el entretenimiento, la majestuosidad, pero que en realidad esconde tras de sí un fondo de miseria moral, de envidias y recelos, de zancadillas y juegos de poder. Sacar adelante una película que jamás se llegará a filmar: incluso para esto hay que mantener complejas reuniones, superar revisiones y burocracias, invertir una suma nada despreciable de dinero. Hollywood es la fábrica de los sueños, pero si nos fiamos de lo que apunta Argo es en realidad una auténtica pesadilla. Valga aquí el análisis nietzscheano: las cosas nunca son lo que parecen. Debajo de la alfombra roja hay algo que se está pudriendo, y quien desfila por ella tiene que mantener un difícil equilibrio. Este tipo de enfoque nos deja jugar con las palabras: Argo es una película en la que la ficción logra cambiar la realidad, a la vez que se nos muestra la repugnante realidad del fantástico mundo de la ficción. Un doble juego de conceptos que está bailando permanentemente durante toda la película, que nos recuerda sin cesar que las apariencias engañan.
Recopilando todo lo dicho, Argo juega a dos bandas: la complacencia y el triunfo propio de los americanos se mezcla con la crítica al mundo al que pertenece. La película que critica cómo se hacen las películas, que apunta las debilidades de una industria que pretende simbolizar como ninguna otra una serie de valores alejados de la realidad. Quien sabe si puede ser esta también la lectura adecuada en lo que toca a la propia película: si aplicamos la “tesis Argo” a Argo, puede que descubramos que tampoco en sus intervenciones internacionales sea E.E.U.U. tan de película como quiere mostrar la película. Incluiría entonces una lectura nada patriótica para un espectador dispuesto a darle vueltas al asunto: al final, el tono crítico terminaría invadiéndolo todo. Lo que has visto, se nos vendría a decir, no deja de ser una película. Una forma de “embellecer” y adornar unos hechos históricos que bien podrían resltar vergonzantes si se conocieran en profundidad. Así es E.E.U.U: hace películas para reparar conflictos, pero también para contarse la historia. Para reinventarse a sí mismo y su pasado, y para esconder errores, meteduras de pata y miserias propias. Un país de película, en todos los sentidos de la palabra. Quizás sea este el mensaje de la gran triunfadora de los últimos Óscar. Una posibilidad nada disparatada y muy sugerente si queremos buscarle dobles significados a Argo.

Bajo el lema “Piensa. Aliméntate. Ahorra” se celebra hoy, 5 de junio, el Día Mundial del Medio Ambiente.
Esta efeméride fue instituida en 1972 a raíz de la creación del PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) en Estocolmo. Su objetivo es concienciar a los ciudadanos hacia una interacción sostenible con el medio ambiente y reaccionar, dentro de sus posibilidades, a cuidarlo y protegerlo.
Este año la ONU persigue un claro objetivo: concienciar sobre una alimentación responsable, reducir la huella alimentaria sobre el medio ambiente, consumir productos que generen el menor número de desechos y promover el consumo de productos que provengan de agriculturas respetuosas con el entorno y cuyo proceso productivo sea eficiente.
Este día es para reflexionar sobre qué productos compramos, qué productos consumimos y qué desperdiciamos. Según el PNUMA “nuestro planeta trata de ofrecer los recursos necesarios para sus 7 billones de habitantes (9 millones en 2050), sin embargo, FAO estima que un tercio de la producción alimentaria se pierde o es desechada. Ese hecho es altamente perjudicial para los recursos naturales y genera consecuencias negativas en el medio que nos rodea”. Por este motivo, el día de hoy proporciona un espacio donde detenerse y observar nuestra intervención en estas estadísticas.
Hay muchas formas de ser un consumidor responsable:

Según el PNUMA “Si desperdiciamos comida, significa que todos los recursos empleados para producirla también lo son.” Por este motivo tenemos que centrarnos sobre todo en el primer punto de consumidor responsable.
¿Quieres celebrar el Día Mundial del Medio Ambiente?
En este enlace encontrarás una serie de pasos que te ayudarán a pensar en algún tipo de actividad para realizar con tus alumnos, hijos, amigos, etc.
¿No se te ocurre ningún tipo de actividad? Aquí encontrarás algunas ideas.
(via too--much--soul)ArtistChicagoTitle25 Or 6 To 4 (Remastered)AlbumChicago II



Durante este último trimestre, hemos abordado en clase las éticas materiales y las formales. Surgía la cuestión de la felicidad y su conexión con la dimensión social del ser humano. Preguntado de manera directa: ¿Se puede ser feliz en un mundo en el que ocurren injusticias que condenan a miles de millones de seres humanos al sufrimiento y la infelicidad? En un primer momento, son mayoría los alumnos que contestan afirmativamente, pero no tardan en aparecer las dudas. Rodeados de dolor, de hambre, de enfermedad o de pobreza, difícilmente podemos alcanzar la felicidad. Si el hombre lleva consigo una cierta sociabilidad, por muy insociable que sea como advertía Kant en su día, parece razonable aceptar la imposibilidad de una felicidad plena. Lo que sería tanto como afirmar que en toda la historia de la humanidad nunca ha habido un ser humano feliz, pues no podemos encontrar ni un solo momento en el que no existieran condiciones sociales, políticas o económicas que afectaban a otros hombres de una forma tan dura que impedía el desarrollo de una vida feliz. Parece que la conclusión es un tanto exagerada. De hecho, alguna alumna planteaba una cierta crítica. ¿Qué culpa tengo yo o qué puedo hacer yo para solucionar el hambre de miles de millones de personas? Si mi acción está limitada, si no puedo hacer que todos los que me rodean sean felices, ¿me obliga eso a ser desgraciado?
La pregunta puede parece egoísta, pero no era esa la intención. Profundizando en el debate, se venía a establecer una relación entre la felicidad y la responsabilidad. Ningún ser humano puede cargar sobre sus espaldas el peso de toda la humanidad. Nadie puede (ni debe) martirizarse con un dolor que ocurre lejos, y cuya solución no está a la mano. Si miramos hacia atrás, hace tan sólo unas décadas era impensable conocer tan de cerca la situación de tantos millones de personas. En este sentido los medios de comunicación y las nuevas tecnologías han hecho el mundo más pequeño, y han deformado lo que significa la responsabilidad. Los argumentos de los alumnos continuaban: si yo trato de cumplir con mis obligaciones académicas, dedico incluso parte de mi tiempo o de mi dinero a ayudar a los demás, y mi vida personal funciona, tengo amigos y demás, ¿por qué voy a ser infeliz si en la otra punta del mundo ha ocurrido un terremoto? ¿Qué puedo hacer yo para evitarlo o solucionar el desastre más allá de enviar una aportación de dinero? De alguna forma, este tipo de argumentos vienen a señalar que la felicidad depende directamente de la responsabilidad y de la capacidad de actuar. Y siguiendo el argumento, seríamos felices si “hacemos felices” a aquellos que dependen de nosotros, si colaboramos en su realización, siendo conscientes de hasta dónde podemos llegar desde el lugar concreto que todos y cada uno ocupamos. Valga el ejemplo: las malas noticias de un telediario no pueden impedir que sea feliz quien hoy amó y fue correspondido. O tomándolo por el otro lado: ¿Puede un desastre humanitario anular la felicidad personal de quien estima que a lo largo de su vida hizo y hace todo cuanto está en su mano por ser feliz y que los demás lo sean?
Este tipo de enfoque tiene parte de razón, pero en todo es posible ir estableciendo grados. Podríamos hablar del “diámetro de la desgracia”: el tsunami de Indonesia o el 11M no impidieron que las parejas se besaran ese día en el retiro o que los amigos quedaran para charlar ante un café. Cerremos un poco el círuclo. Qué ocurre si la noticia afecta a tu país. Me temo que no demasiado: las estadísticas mensuales del paro y los desahucios no silencian las risas por las calles, ni neutralizan los gestos de amistas. Achiquemos entonces el compás: qué ocurre si la desdicha llega a tu región: ¿Hubo quien sonreía en Murcia el día del terremoto de Lorca? Me temo que sí. En consecuencia, tenemos que achicar más el diámetro: el infortunio tiene que cebarse con tu ciudad. ¿Tomamos entonces conciencia de la perspectiva “social” de la felicidad? Pues habría que pensarlo: tengo mis dudas que quen acaba de vivir un momento especialmente intenso en su vida, abandone su felicidad debido a un derrumbe de una casa, al aumento del paro, o a la presencia intermitente pero creciente de mendigos que nos recuerdan que nuestro bienestar podría ser efímero, o incluso descansar sobre la miseria de otros. ¿Qué ocurre entonces? ¿Hemos de dar crédito al egoísmo y pensar que, efectivamente, podemos ser felices rodeados de infelicidad? ¿O hemos de aceptar que la felicidad va ligada a la responsabilidad y a la capacidad de acción? Aceptando esta última opción, tendríamos que preguntarnos entonces si no podemos hacer más, mucho más, por nuestros vecinos, por nuestras calles, por todos esos seres humanos que sí pueden depender de nosotros, pero a los que no prestamos atención. Aquellos de los que sí podemos ser responsables. No vaya a ser que con esa distinción de felicidad, responsabilidad, capacidad de acción, estemos en realidad ocultando un egoísmo salvaje: ser feliz yo. Y ya.
Existen pocas dinámicas sociales en la naturaleza tan nobles y que conecten tanto con nuestro yo ancestral como el hecho de transmitir conocimientos a otros miembros de nuestra 'tribu'. Cómo hacer fuego o cuál era la técnica para fabricar fueron probablemente las primeras 'lecciones' que recibieron los homínidos de los que descendemos.
El viaje comenzó en el barrio de Blanquerna, en Estambul,
que es un barrio que las guías turísticas aconsejan no visitar.
Pero no se conoce Estambul si se desconoce Blanquerna, que en un tiempo fue el barrio residencial de los emperadores bizantinos.
Una calle de Blanquerna.
Había que empezar en Blanquerna porque aquí desembarcó Roger de Flor con sus almogávares.
Y había que ir de Blanquerna a Edirne (saliendo de Estambul por la puerta de Adrianópolis) porque en este castillo de Edirne mataron a Roger de Flor.
¿Quién sabe si cuando lo decapitaron echaron su cabeza al río Hebros... como hicieron las bacantes con la de Orfeo. Restaurante sobre el Hebros (actual Maritsa), en Edirne.
A partir de Edirne seguimos el curso del río Tundja, tributario el Hebros, que es el que tomaron los asesinos de Roger de Flor y sus perseguidores, los almogávares, en busca de venganza.
Ténevo. Alquilamos esta casa por 14 euros. A la propietaria le dijimos que el precio nos parecía razonable.
La lujuria de los márgenes del camino,
la gula de la mesa
y la teoría del paisaje,
de la historia...
... y del camino, que va haciendo memoria.
El susto és una malaltia (o si ho voleu dir més tècnicament, és un ‘desordre’) emocional molt habitual a Mèxic, i Amèrica Central i del Sud -i específica dels latinos als USA- que té com a símptomes el fet de viure perpètuament esgaiat, la torbació, l’insomni, etc. És provocat per una visió esgarrifosa, un mal presentiment o una situació davant la qual hom pot perdre fàcilment el control. A Mèxic en diuen també: espanto, pasmo o pérdida del alma. En llengua maia l’anomenen xibriquil (que es tradueix per “por súbita”, perquè arriba a la impensada). Per curar aquesta malaltia, el guaridor ha de fer el xikbal, el ritual de la “crida de l’ànima”. Però cal fer-lo molt aviat. D’altra manera el malalt té risc de morir, perquè sense ànima (des/animats) els cossos no sobreviuen.
Això és un post per a catalans: o cridem de pressa l’ànima o l’ensurt se’ns pot menjar.
![]() |
| Schrödinger |




![]() |
| Leon Wieseltier |

Estamos en la era de los gurús económicos. Vivimos unos tiempos convulsos y los ciudadanos demandamos cada vez más la opinión cualificada de reputados expertos mediáticos que nos orienten ante las constantes turbulencias económicas. Los expertos, conocedores del interés que despiertan, ponen a prueba nuestro sosiego con sus pronósticos sobre inminentes colapsos, caídas, rupturas, quiebras, entre otros escenarios desalentadores.


Estando en pleno viaje me llamó Miquel Osset, de la Editorial Protus, para comunicarme que acababa de salir de imprenta la traducción, adaptación, corrección y ampliación de la edición catalana de "Por una educación republicana".

En un episodio de la afamada serie televisiva de la CBS Criminal Minds, el equipo de fabricantes de perfiles del FBI se desplaza a una población mexicana en la que parece haber un homicida de la clase que constituye la especialidad de los protagonistas, un asesino en serie. El comisario local advierte a los norteamericanos de que en este país no hay asesinos en serie, como en EE UU, porque allí subsiste una institución que los gringos ya han perdido de vista, la familia, que suministra a sus miembros un colchón de afecto y de protección que impide la emergencia de esos criminales anómicos que tanto abundan en el Norte. El policía estadounidense le escucha condescendiente y, sin descartar del todo la idea, le sugiere esta otra: ¿no será que en México no investigan lo suficiente? ¿No será su prejuicio contra los yanquis lo que les impide detectar a ese tipo de matadores? Me he acordado de esta escena mientras leía la traducción castellana de El pacto de las vírgenes (Pasos Perdidos, 2013), una crónica de aquel suceso que conmovió durante unas semanas la localidad de Gloucester (Massachusetts) en 2008 y que dio lugar a una miniserie de Fernando Colomo: un buen puñado de adolescentes del instituto local se conjuraron para quedarse embarazadas todas al mismo tiempo, en un curioso acto de rebeldía y sublevación colectiva. La autora de la crónica, la periodista francesa Vanessa Schneider, restringe escrupulosamente su relato a las entrevistas con cuatro de las 17 juramentadas que consiguieron su propósito, sin añadir dosis alguna de psicología o de sociología, lo que hace su narración aún más descarnada y menos tranquilizadora, puesto que carece de toda “explicación” que pudiera servir al lector de principio para comprender unos hechos cuyo sentido se escapa por todos los agujeros de la historia, que son muchos.

El nuevo antifascismo. La democracia portuguesa está suspendida porque las decisiones políticas que afectan más decisivamente a los ciudadanos no se derivan de sus propias elecciones ni respetan la Constitución. Ha estallado un conflicto fundamental entre los derechos de la ciudadanía y las exigencias de los “mercados” financieros, y ese conflicto se está decantando a favor de los “mercados”. Las decisiones formalmente democráticas son substantivamente imposiciones del capital financiero internacional para garantizar la rentabilidad de sus inversiones, teniendo para eso a su servicio a las instituciones financieras multilaterales, al Banco Central Europeo, a la Comisión Europea, al euro y a los Gobiernos nacionales que se dejaron chantajear.
A veces las melodías nos atrapan, absorben nuestra mente durante días y vivimos acompañados por una frase, por unos pentagramas imaginarios que acompasan nuestros pasos y nuestros hábitos. Así sucede con himnos generacionales, o con canciones que han podido pasar inadvertidas para el mercado pero que terminan colándose en nuestras vidas, poco a poco y sin darnos cuenta de ello. Y algo divertido, a veces ofensivo o incluso sacrílego, sucede cuando estas canciones son versionadas. Dejamos aquí hoy un par de videos, de dos artistas bien distintos y que cantan “la misma” canción, que fue de culto en su día, y bailable en verbenas de verano y en discotecas varias años más tarde. ¿Con cuál nos quedamos de las dos? Cuestión de gustos.
Aquí va la original: Stuck inside of Mobile with the memphis blues again
Y ahora la versión de Kiko Veneno: