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Las nuevas tecnologías han sido para mí una bendición del cielo. Ayer, por ejemplo, me escribió un entrañable y sabio librero de viejo desde Montevideo. Ni más ni menos que Roberto Cataldo, el propietario del Galeón de Roberto Cataldo. ¡Qué. buenos ratos he pasado con él y entre sus libros! Me dice, entre otras muchas cosas, que Pablo da Silveira pasó por el Galeón y estuvieron hablando de mi. A Pablo lo conocí hace ya no sé cuántos años, en un viaje inolvidable a Uruguay. Gracias a él traté con Antonio Mercader, pariente de Ramón Mercader, que me ofreció información valiosísima sobre su familia. Pablo llegó a ser ministro de educación de Uruguay, lo cual me permitía presumir de que tenía un amigo que era ministro de educación y tenía las ideas claras. Obviamente nadie me creía. Una rara avis de este calibre resultaba inverosímil. Gracias a Cataldo he recuperado el contacto con Pablo, que me cuenta que está escribiendo una historia de la educación de su país. Yo ando preparando la charla que tengo que dar mañana en la UIC junto al grandísimo Higinio Marín. Ando... pero ando mal. Mis rodillas aúllan. Si siguen el proceso de degradación que estoy experimentando no sé qué será de mí de aquí a un par de años. Hace años, gracias a Philip Rieff, comencé a ver claro que estamos viviendo en una sociedad terapéutica. El homo politicus ha sido sustituido por el homo therapeuticus. Hoy leo en la prensa que la venta de libros de autoayuda ha aumentado en España un 50% en los últimos dos años y que grandes grupos de inversión internacionales ha descubierto el filón del negocio del malestar. En este sentido, hasta estoy contento de tener un mal tan fácil de objetivar como el de unas rodillas descascarilladas. Os dejo que voy a poner en el fuego unas alubias blancas.
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| Sergei Karagánov |
«Las élites europeas se han enfurecido, la hostilidad sigue aumentando. Sus raíces son profundas. No se trata sólo de una rusofobia secular, sino también de la esperanza de vengarse de las numerosas derrotas sufridas a manos de Rusia, desde los tiempos de la batalla de Poltava contra los suecos (1709) y de la invasión napoleónica, que afectó a casi toda Europa. Aún más países sufrieron la derrota en 1945, cuando la inmensa mayoría de los europeos marchaban bajo las banderas de Hitler o trabajaban para su ejército. Durante mucho tiempo mostramos una nobleza que resultó ser miope, enfatizamos el papel de los pequeños grupos partisanos antifascistas, en su mayoría comunistas, cerrando los ojos ante el hecho de que Hitler contaba con el apoyo de decenas, si no cientos, de veces más europeos». Sergei Karagánov, Una mala ruptura con Europa ( [https:]] ).
Una guerra tan estúpida que hasta Trump parece a veces darse cuenta. Por el contrario, los europeos la manejamos para tapar nuestras vergüenzas, desde las políticas antipopulares de la UE –teñidas de inclusión minoritaria– a la miserable complicidad con la matanza de Gaza. El odio a Putin encubre las caricias a Netanyahu. Mientras el supremacismo israelí machaca sin piedad Palestina, en nombre de la democracia y la lucha contra las tinieblas, buscando además la escombrera sobre la que edificar un lujoso resort libre al fin de palestinos, cierto progresismo sigue usando la comparación entre Rusia e Israel como si se tratara de dos potencias maléficas similares, merecedoras del mismo repudio. Nos equivocamos de manera vergonzante, unos y otros.
En esta línea de apariencias fatales, la última es que Donald Trump, partidario acérrimo de una solución final en Palestina, acaba de decir que Ucrania puede recuperar todos los territorios perdidos –e incluso «más allá»– con la ayuda de la OTAN. Evidentemente, como tantas veces, no se pueden tomar en serio estas palabras del empresario neoyorquino. Es imposible que sea tan cretino quien se acaba de tomar la molestia de reunirse con Putin en Alaska. De hecho, desde Moscú parecen seguir como si nada, en su paciente campaña militar y cuidando la relativa comprensión del último gobierno estadounidense. Como dicen los rusos, Trump es un «gran negociante» y su frase es un anzuelo más para conseguir ventajas comerciales en el terreno del gas y la venta de armas. Pero los actuales dirigentes europeos son tan ineptos que se lo pueden volver a creer, albergando ilusiones de infringirle a Rusia una derrota estratégica. Parecen haber olvidado que los rusos, como ellos mismos han insistido por activa y por pasiva, viven el actual enfrentamiento como un conflicto existencial de supervivencia. Las risas continuas de Kaja Kallas, responsable de relaciones externas de la UE, sugieren más bien que nosotros sentimos que está en juego sólo a quién le compramos el petróleo. Más, por supuesto, el futuro inmediato de Eurovisión.
«Repito, si alguien tenía dudas sobre la amenaza a la que nos enfrentamos, el ataque de todo Occidente en junio contra Irán, que utilizó a Israel como utiliza a Ucrania, debería hacernos entrar en razón. Antes destruyeron Irak, que se interponía en el camino de la hegemonía en Oriente Medio, luego Libia, y en 1990, incluso antes de Irak, violaron de manera ejemplar Yugoslavia. Hay que detener la revancha de Occidente. Antes de que sea demasiado tarde». Una mala ruptura con Europa.
En Europa no sólo padecemos unas concepciones maniqueas heredadas del puritanismo y su ferocidad palurda. Además, nos impide conocer el mundo actual y tomar en serio a Rusia el hecho de que llevemos demasiado tiempo destrozando con total impunidad países exangües. Recordemos que Palestina es sólo el último eslabón de una larga cadena. Aunque parezca increíble, puede ser que las mediocres cabezas que dirigen la Europa actual no sepan hasta qué punto con Rusia nos enfrentamos a algo absolutamente distinto a Irak, Libia, Yemen o Siria. La invasión rusa de Ucrania es actualmente la disculpa de unos preparativos bélicos que –con la vista puesta en cinco o seis años– son ya indisimulables. La amarga verdad es que, dirigida por Obama, la perfidia europea hizo en Minsk y en el Maidán todo lo posible para acabar provocando esa invasión. Desde los tiempos de Yeltsin soñamos con la partición de Rusia en cómodos trocitos (K. Kallas), igual que hicimos con Yugoslavia.
«La ira viene dictada por el resentimiento por las ganancias perdidas. Tras exprimir a los europeos del este y perder la esperanza de hacerlo también a costa de Rusia, los europeos occidentales, especialmente los alemanes, contaban con aprovechar las ricas tierras, los recursos y la laboriosa población de Ucrania. Estos cálculos se están frustrando ante nuestros ojos (aunque varios millones de nuevos trabajadores migrantes —refugiados— se han incorporado a la economía europea en declive). La razón principal de esta hostilidad sin precedentes es más profunda. Se trata del fracaso generalizado de las élites europeas y el estancamiento del proyecto europeo. Sus problemas comenzaron ya en los años 70 y 80, pero quedaron temporalmente ocultos por el inesperado colapso de la URSS y del bloque socialista (que tuvo sus propias causas internas), lo que liberó a varios cientos de millones de trabajadores baratos y consumidores hambrientos. Al mismo tiempo, se abrieron los mercados de China. Pero desde finales de la década de 2000, la inyección externa de adrenalina económica y moral comenzó a agotarse. Llegó el momento de pagar por la codicia de la burguesía europea, que desde la década de 1960 había dado rienda suelta a las multitudes de inmigrantes para reducir el coste de la mano de obra y debilitar a los sindicatos. El resultado es una crisis migratoria creciente y, por ahora, sin salida. Desde hace casi dos décadas, la clase media europea se está reduciendo, la desigualdad va en aumento y los sistemas políticos son cada vez menos eficaces. El golpe de la revolución estudiantil de 1968 a la educación superior, el predominio de la nueva corrección política en las ciencias humanas y, lo que es más importante, el hecho de que la democracia en condiciones normales conduce a una selección antimeritocrática, han provocado una acelerada caída de la calidad de las élites políticas». Una mala ruptura con Europa.Que nadie se ofenda, pero es difícil no avanzar otra incómoda hipótesis adicional. La entusiasta incorporación de mujeres que nunca han disparado una carabina de feria a estos aires de guerra –mucho después de las adorables M. Allbright y C. Rice, tardaremos en olvidar a la enérgica Victoria Nuland repartiendo bocadillos a los fascistas armados del Maidán–, ¿no confirma que la percepción de Rusia como un peligro mortal para Europa y, a la vez, la ilusión óptica de poder derrotar militarmente a la nación de Tolstoi, proviene de una inmersión fatal de Occidente en la endogamia doméstica? En verdad, el día entero ante el televisor, con o sin palomitas, deja poco margen para un pensamiento estratégico.
Esta es una de las líneas argumentales de Karagánov: «La situación se agrava aún más por el ‘parasitismo estratégico’ que se ha instalado gracias a la prolongada paz, la ausencia de miedo a la guerra, incluso nuclear, y la pérdida del instinto de supervivencia entre las élites europeas y la población. Tres cuartos de siglo a espaldas de Estados Unidos, que en su constante confrontación con la URSS garantizaba la paz en Europa y reprimía la eterna hostilidad mutua entre naciones europeas, han agotado su capacidad de pensamiento estratégico y han llevado a un embrutecimiento casi total de las élites. Los pocos europeos que entienden lo que está pasando no pueden decir casi nada». Que le pregunten a Todd, por mencionar un nombre.
Atendamos a cómo razona este miembro destacado de una intelligentzia que está detrás, muy atrás del Kremlin, incluso seriamente enfrentado a él en la estrategia a seguir para asegurar la pervivencia de la patria de Pushkin. ¿Es Putin lo peor, seguro? Escuchemos entonces el modo de pensar de esa gélida Rusia profunda que un día, con Solzhenitzyn y otros, quisimos poner de nuestro lado, liberándola de la melancolía de la tundra para abrazar los radiantes valores europeos: «Recuerdo lo obvio, pero a menudo ocultado a nosotros mismos: Europa es el centro de todos los males principales de la humanidad, dos guerras mundiales, innumerables genocidios, colonialismo, racismo y muchos otros ‘ismos’ repugnantes. En los últimos años, el totalitarismo liberal [sic], mezclado con el transhumanismo, el lgbtismo, la negación de la historia y, en esencia, la antihumanidad». Como buen ruso, y además judío, ¿Karagánov exagera, miente incluso descaradamente en este diagnóstico? Es posible. Para confirmarlo, preguntemos sobre valores europeos a algún gazatí que todavía puedan hablar.
Quizá pocos de nosotros se atreverán a recorrer esas casi veinte páginas, plagadas de sorpresas, de Una mala ruptura con Europa. Primero, se trata de un intelectual ruso que no es enemigo declarado de Putin –aunque discuta seriamente su orientación–, y Rusia ha caído hace tiempo del lado del mal. Segundo, porque creemos –con una arrogancia típicamente europea que Karagánov fustiga– conocer de sobra a esa supuesta nación de tercera. Sería una lástima tal ausencia de atención, pues el artículo de Sergei Karagánov, demasiado espiritual para ser un simple halcón, está lleno de anuncios que nos interesan. Sobre todo si vamos en serio, tras Mark Rutte, Merz y Úrsula von der Leyen, en la idea de que un enfrentamiento con la Federación Rusa es moralmente inevitable y, por tanto, obligatoriamente victorioso.
Una de las primeras notas desconcertantes de Una mala ruptura con Europa es que no nos habla a nosotros. Ni le interesamos especialmente ni intenta ya convencernos de nada. Al tanto de nuestra sordera, el intelectual ruso se dirige sólo a la élite de esa quinta parte de la tierra que despreciamos. Karagánov declara incluso como un craso error –que ha alimentado nuestro engreimiento– lo que él considera una tradicional eurofilia de Moscú. Lejos de ese mantra de las élites rusas, Karagánov plantea rotundamente un «retorno a casa», al santuario helado de una Siberia que permita hacerse más fuertes y afrontar una posible guerra termonuclear. La que estamos preparando, por lo que parece.
¿Querremos escuchar, sólo una vez? «Es necesario por fin renunciar, al menos a nivel de expertos, a la tontería heredada de la época de Gorvachov y Reagan: la afirmación de que ‘en una guerra nuclear no puede haber vencedores y por tanto no debe desencadenarse'». No se lo pierdan. Mientras las élites europeas gesticulan ante el espanto totalitario que encarnaría Putin, Karagánov considera que es la tibieza de Moscú con Europa la que ha agigantado nuestra vanidad hasta niveles de megalomanía autista. Aunque este investigador reconoce que el injerto europeo en el tronco de la cultura tradicional rusa ha producido la «mejor literatura del mundo» y un poder científico y militar sin precedentes, a la vez ha debilitado a Rusia con falsas esperanzas occidentales. Además, según él, alimentó el embrutecimiento europeo con una arrogancia suicida: «No voy a seguir con la agradable (teniendo en cuenta la hostilidad de Europa hacia Rusia) enumeración de los numerosos indicios de una crisis compleja y global del proyecto europeo y de Europa. No hay nada de lo que alegrarse. Desmoronándose por dentro, las élites europeas ya hace una década y media tomaron el rumbo de exagerar la imagen de Rusia como enemigo mortal. Luego, con entusiasmo, se dedicaron a intentar infligir una derrota estratégica a través de Ucrania. Y ahora se han embarcado abiertamente en la preparación para la guerra, alimentando la histeria militar».
Así pues, en nuestra descalificación global de Rusia olvidamos una cuestión crucial: la gravedad de una disensión interna –no necesariamente a favor de nuestros intereses– que podría estar pesando en las deliberaciones del Kremlin. Aunque es respetuoso y persuasivo, Karagánov parece muy enfrentado a la élite moscovita en una cuestión clave: la «moderación» de la Operación Militar Especial no ha hecho más que alimentar la infatuación militarista europea. Frente a ella, y la amenaza para Rusia de una guerra interminable de desgaste, la guerra nuclear, a diferencia de lo que piensa Putin, no debe ser excluida como una guerra en la que «no puede haber vencedores». Si Rusia es tan uniforme como nos gusta creer, ¿qué opinamos de esta crucial diferencia que podría estar tejiéndose en las altas esferas? Karagánov no nos amenaza a nosotros, los occidentales, está sólo advirtiendo a los suyos de una ingenuidad que considera funesta.
Es obvio que Rusia no es una nación santa. ¿Las hay? No obstante, lleva décadas intentando hacerse oír entre nosotros. De un viejo racismo, de una eslavofobia reactivada en los últimos veinte años, no reciben más que portazos en la cara. Sobre todo desde que gobierna Putin, que tiene la mala fama de ser un patriota ruso. Precedido del fiasco de Minsk y la agresión armada del Euromaidán, muy anterior a la invasión de Ucrania y con 30.000 muertos de cultura y habla rusa que hemos olvidado, fue uno de los penúltimos.
Dentro de la dureza de su decepción, dirigido sólo a los rusos, el artículo de Karagánov ayuda a entender el riesgo que enfrentamos en la beligerancia con esa quinta parte de la tierra –el equivalente en geografía a lo que China representa demográficamente– que hace décadas nos empeñamos en despreciar. La propia administración estadounidense, tan fóbicamente antirusa con Biden, justificó el esfuerzo –o el teatro– del reciente encuentro de Alaska argumentando que estaban intentando negociar con la primera potencia nuclear mundial en el plano táctico y la segunda en el terreno estratégico.
A pesar de su comprensible alianza, Rusia tiene poco que ver con la enigmática y prudente China. Aun así, fijémonos en el aire de Starmer. Como buenos provincianos posmodernos, no sabemos ya nada de la nación de Turgueniev; nada de hasta qué punto son parientes lejanos nuestros, nos conocen y nos siguen admirando. Contra esta admiración, en una situación para ellos casi límite, reacciona Karagánov. No podemos ya entender a Chéjov, a Dostoievski y Sokurov. ¿Podremos admitir al menos que el supuesto enemigo, usando de otro modo nuestro bagaje espiritual y científico, puede destruir Londres, Berlín y París en unas pocas horas?
«En términos operativos y tácticos, por ahora estamos ganando, aunque a un precio considerable. Pero estratégicamente podemos empezar a perder. El enemigo cruza una ‘línea roja’ tras otra. Hablamos de respuestas ‘espejo’, que son una táctica puramente defensiva (…) Entiendo perfectamente que el uso de armas nucleares, incluso limitado, no sólo es peligroso, sino también un gran pecado. Morirán masivamente personas inocentes, entre ellas niños. Me imagino las angustiosas reflexiones de nuestro comandante en jefe. Sé que el escenario descrito hiela la sangre en las venas y una vez más provocaré una oleada de indignación contra mí. Pero esta parece ser la única alternativa posible a verse envuelto en una guerra interminable, aunque sea con interrupciones, con la pérdida de decenas y cientos de miles de nuestros mejores hombres y luego, de todos modos, con el deslizamiento hacia el Argamedón nuclear y/o el colapso del país. Hay que hacer entrar en razón a los europeos enloquecidos, quebrantar su voluntad de confrontación y detener el deslizamiento hacia la Tercera Guerra Mundial; hacia la que, olvidando las anteriores y sin haber recibido el merecido castigo por ellas, vuelven a empujar». Una mala ruptura con Europa.
El hombre que habla así ya ni siquiera se dirige a nosotros. Quien firma estas líneas, sí. Aun temiendo predicar en el desierto, todavía se siente en la obligación moral de hacerlo.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 26 de septiembre de 2025
Texto publicado en Brownstone España
28 de septiembre 2025
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Mecanismos que sostienen la cooperación:
1. Inclusive Fitness(ayudar a la familia): La regla de Hamilton dice que cooperamos con parientes porque compartimos genes. Si el beneficio para ellos, ajustado por el grado de parentesco, supera el coste de ayudar, lo hacemos. Ejemplo: de 200,000 donaciones de órganos en EE.UU. entre 1988 y 2024, más de 117,000 fueron a familiares. Pero esto lleva a favoritismos, como el nepotismo en política o empresas, o el escándalo de admisiones universitarias donde padres ricos sobornaron para beneficiar a sus hijos.
2. Reciprocidad directa (tú me ayudas, yo te ayudo): Cooperamos con desconocidos si esperamos volver a interactuar. Si el beneficio a largo plazo de colaborar supera el coste, seguimos adelante. Pero hay un lado oscuro: algunos usan estrategias de extorsión, cooperando a medias para aprovecharse, como en relaciones donde una parte da más y recibe menos.
3. Reciprocidad indirecta (ser el bueno del grupo): Tú ayudas a alguien y no te recompensa directamente esa persona a la que has ayudado sino los demás (o el grupo) porque te has ganado una buena reputación, por medio del cotilleo. El cotilleo permite identificar quién es de fiar. Una buena reputación te hace ganar aliados, pero el cotilleo puede convertirse en un arma de difamación, llevando a bullying o acusaciones falsas, como las cacerías de brujas históricas o la histeria anticomunista de McCarthy en los años 50.
4. Elección de socios (buscar a los mejores): Podemos dejar a los que no cooperan y buscar compañeros más fiables. Esto funciona en teoría, pero si la capacidad de cooperar depende de recursos (dinero, habilidades), los más privilegiados forman redes exclusivas, dejando fuera a los menos favorecidos y creando desigualdad.
5. Ostracismo (expulsar a los que no aportan): Excluir a los aprovechados mantiene al grupo unido. En sociedades antiguas, ser expulsado podía significar la muerte. Pero el ostracismo puede ser excesivo como estamos viendo con la cultura de la cancelación en general y en partícular en las redes sociales, donde esto se amplifica, causando daño psicológico.
6. Castigo (dar un escarmiento): La gente está dispuesta a pagar un precio para castigar a los aprovechados, como en humillaciones públicas (por ejemplo, las plumas blancas en Reino Unido durante la primera guerra mundial para señalar a los “cobardes”). Pero el castigo puede volverse opresivo o desencadenar venganzas en espiral.
Costes de la cooperación:
1. Desigualdad y exclusión: Priorizar a la familia o a los que tienen más recursos (por fitness indirecto o elección de socios) crea brechas. Los que no tienen medios o no encajan quedan fuera, como los pacientes sin donantes familiares que esperan años por un trasplante.
2.Control social excesivo: El cotilleo, el ostracismo y el castigo pueden convertirse en herramientas de coerción. La presión para seguir las normas del grupo, por miedo a ser marginado, limita la libertad individual y puede causar traumas psicológicos.
3. Polarización y narrativas de aprovechados: La incertidumbre sobre quién no coopera por decisión o por incapacidad genera historias que dividen a la sociedad. Ejemplo: el discurso de que “los ricos no pagan lo justo” o “los inmigrantes abusan del sistema” alimenta el populismo y la polarización.
4. Daño a terceros (externalidades): La cooperación dentro de un grupo puede perjudicar a otros. Por ejemplo, la explotación masiva de recursos, posible gracias a la cooperación, ha causado el cambio climático y la extinción de especies. Además, la cooperación puede usarse para fines dañinos, como mafias, cárteles o terrorismo, que dependen de los mismos mecanismos (reputación, confianza) que la cooperación “positiva”.
5. Conflictos entre grupos: La cooperación en grupo, como contribuir a bienes públicos (escuelas, hospitales, carreteras), requiere decidir quién pertenece al grupo y quién no, porque no todos pueden acceder a esos beneficios. Esto crea fronteras claras entre “nosotros” y “ellos”, y aquí está el núcleo del problema:
- Fronteras grupales y marcadores: Para que la cooperación funcione, los grupos usan marcadores (rituales, símbolos, religiones, requisitos costosos de admisión) para distinguir a los miembros de los no miembros. Sólo se coopera con los que comparten los marcadores del grupo y demuestran que son buenos miembros del grupo y unos posibles socios atractivos con los que cooperar. Ejemplos: fraternidades universitarias, clubes exclusivos o afiliaciones religiosas. Estos marcadores fortalecen la cohesión interna, pero excluyen a los de fuera, creando jerarquías y segregación por clase, etnia o estatus.
- Costes para los grupos externos: La cooperación dentro de un grupo suele tener como objetivo competir con otros grupos. De hecho, dañar a otra persona o grupo también puede ser el objetivo explícito de la cooperación. Los autores explican que esto puede llevar a conflictos, ya que los grupos buscan proteger sus recursos (territorio, riqueza) o incluso apropiarse de los de otros. Los ejemplos van de las guerras a las rivalidades étnicas o tenemos incluso el caso de los chimpancés patrullando sus fronteras. Esta mentalidad de “mi grupo primero” reduce la empatía hacia los de fuera, alimentando actitudes de superioridad o paranoia grupal (temer que otros te quiten lo tuyo).
- Narrativas que enfrentan grupos: La preocupación por los aprovechados crea historias que dividen a la sociedad. Frases como “los inmigrantes abusan de la asistencia social” o “los ricos evaden impuestos” no solo polarizan dentro del grupo, sino que enfrentan a grupos enteros (nativos vs. inmigrantes, ricos vs. pobres). Esto puede escalar a populismo o chivos expiatorios, donde un grupo entero es culpado por problemas complejos.
- Impacto en la cooperación global: Los mecanismos de cooperación están diseñados para grupos pequeños, no para colaborar entre grupos. Esto complica problemas globales como el cambio climático, donde todos los países deben trabajar juntos. La cooperación local (un país protegiendo su economía) puede sabotear la cooperación global (reducir emisiones).
Jörg Gross, Caroline Graf i Charlotte S.L. Rossetti, The Hidden Costs of Human Cooperation
Resumen realizado por Pablo Malo en Los costes ocultos de la cooperación humana, Pablo's Substack 18/10/2025
El Instituto Cultura y Pensamiento (CIP) de la UIC ha programado para el próximo miércoles un encuentro titulado “¿Es posible pensar la cultura en la era de la IA?”
Allí nos veremos las caras Higinio Marín, Montserrat Nebrera y un servidor.
Este es el programa
Por si gustan.
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La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en el nuevo mito de nuestro tiempo. El relato que domina en medios de comunicación y discursos políticos es que estamos ante una herramienta capaz de revolucionar la medicina, la ciencia, transformar la educación, reinventar la economía y abrir horizontes insospechados.
Pero detrás de esta narrativa triunfalista se esconde una realidad incómoda, que rara vez se menciona: millones de trabajadores anónimos, invisibles para el gran público, sostienen con su esfuerzo y sufrimiento la maquinaria de la IA. Son los llamados data workers, quienes alimentan con datos y correcciones los modelos que luego se presentan como inteligentes. Sin ellos, los algoritmos simplemente no funcionarían.Según el Banco Mundial, se calcula que existen entre 150 y 430 millones de estos trabajadores en todo el mundo. La mayoría vive en países del Sur global, donde la precariedad convierte cualquier ingreso en una tabla de salvación. En Kenia, por ejemplo, jóvenes con estudios universitarios aceptan empleos que apenas alcanzan los dos dólares por hora. Su tarea consiste en etiquetar imágenes, corregir textos, responder preguntas absurdas o repetitivas y, sobre todo, entrenar los sistemas para que aprendan a distinguir lo aceptable de lo inaceptable.
Y es aquí donde aparece la dimensión más oscura. Para que una IA sepa reconocer un discurso de odio, alguien tiene que leerlo y clasificarlo. Para que pueda filtrar pornografía, violencia extrema o material pedófilo, alguien tiene que visionarlo antes. Muchos trabajadores pasan jornadas enteras enfrentados a lo peor de la condición humana: asesinatos, violaciones, torturas, abusos. El muy recomendable documental francés Les sacrifiés de l’IA (Los sacrificados de la IA), de Henri Poulain, recoge testimonios de quienes, tras meses en esta labor, han quedado atrapados en cuadros de ansiedad, depresión o estrés postraumático. Algunos no consiguen recuperarse jamás.
La explotación se agrava con el aislamiento. Los contratos de confidencialidad impiden hablar del trabajo incluso con familiares. Las empresas subcontratadas que gestionan estas tareas —al servicio de gigantes tecnológicos que prefieren no mancharse las manos— rara vez ofrecen apoyo psicológico. La consigna es producir más, al menor coste posible. El resultado es una legión de trabajadores que pierden salud mental y dignidad a cambio de salarios ínfimos. Un esclavismo digital en pleno siglo XXI.
La coartada de este sacrificio tiene nombre: largoplacismo. Esta corriente filosófica, muy popular entre magnates de Silicon Valley como Elon Musk o Sam Altman, sostiene que la prioridad moral no está en el presente, sino en el futuro lejano. Lo importante no es el sufrimiento actual, sino las vidas de personas todavía no nacidas que, supuestamente, podrán salvarse gracias a tecnologías como la IA. Según esta lógica, todo daño presente queda justificado si contribuye a un bien mayor en el mañana remoto. La fórmula es archiconocida: el fin justifica los medios.
El largoplacismo es una ideología perversa. Sirve para encubrir la explotación laboral, el coste ambiental y la concentración de poder en manos de unas pocas empresas. Opera como justificación para aceptar los daños actuales bajo la ilusión de un futuro ideal cuya llegada carece de toda garantía. Y mientras tanto, millones de personas soportan el peso de esa promesa.
Porque, además del precio humano, la IA acarrea un precio ambiental colosal. Los centros de datos consumen cantidades ingentes de electricidad y agua, emiten toneladas de CO₂ y requieren minerales que no se encuentran en yacimientos que las concentren en gran abundancia sino en yacimientos muy dispersos, lo que dificulta su extracción tanto en términos económicos como energéticos. En plena crisis climática, esta huella ecológica debería ser un motivo de preocupación central. Sin embargo, también aquí la narrativa dominante minimiza el problema hasta extremos ridículos: no importa la contaminación presente si con ello aseguramos el más feliz de los futuros.
La pregunta que deberíamos plantearnos es simple: ¿qué estamos dispuestos a tolerar en nombre de la innovación? ¿Aceptaremos que el progreso tecnológico se construya sobre la explotación de millones de personas y sobre la degradación del planeta? ¿Permitiremos que la promesa de un futuro mejor sirva para encubrir injusticias presentes?
El espejismo es evidente. La llamada inteligencia artificial no es más que el reflejo del trabajo humano que la sostiene. No hay magia detrás de un chatbot que conversa con soltura ni de un generador de imágenes que parece creativo. Hay miles de trabajadores que, con su tiempo y su salud, han enseñado a la máquina cómo responder. La inteligencia es humana; lo artificial es el disfraz.
Necesitamos desmontar este mito para poder afrontar el debate con honestidad. La verdadera inteligencia no tiene nada que ver con algoritmos, sino en reconocer el valor de la dignidad humana. Si queremos un futuro de verdad más justo y mejor, no bastará con aplaudir los avances de la IA. Habrá que exigir transparencia a las empresas, regulación a los gobiernos, protección a los trabajadores y una reflexión colectiva sobre los límites éticos de la innovación.
De lo contrario, lo que nos espera no es un utópico paraíso tecnológico, sino una distopía construida sobre el sufrimiento de los sacrificados de la inteligencia artificial.
Ramon López de Mántaras, Esclavos digitales en nombre del progreso: la cara oculta de la IA, La Vanguardia 20/10/2025
Conocí a Juan del Val hace, creo, tres años, en la gala del Premio Planeta que ganó Carmen Mola, cuyos componentes estaban en la mesa adyacente a la nuestra. Estas galas son impagables, Son las galas de los cuellilargos. Todo el mundo anda jirafeando a ver si ve a alguien que merezca ser visto y, sobre todo, a ver si ve a alguien de valor que se quiera dignar a reconocerlo. En fin, esa cosa tan pedestre y elemental de la vanidad humana. Me cayó bien. Es un seductor que sabe manejar muy bien el florete florentino. En mi mesa estábamos varios autores a los que no nos hubiese importado nada que los chinos compraran nuestras obras y regalaran un ejemplar a cada familia. Si escribes es con la esperanza de que te lean. Que Juan del Val quiera ganar dinero con Planeta, me parece trivial; que Planeta quiera ganar dinero con Juan del Val, también. Que cada uno se compre el libro que le dé la real gana, me parece plusquamperfecto. Si hay personas que confunden la feria del libro con la feria de la literatura, allá ellas. Pero las editoriales que quieran publicar exquisiteces para lectores de morro fino, deberán sufragar su ambición haciendo dinero con libros quizás poco exquisitos pero que dan dinero precisamente por dar respuesta a la demanda de fast-book. Ver triunfar a del Val desde la condición de proletaria intelectual y dolerse de ello, eso sí que es vanidad.
La buena gente de Educatio Servanda decidió darme un premio. «A toda una vida dedicada a la enseñanza», me dijeron cuando me lo comunicaron. Hay algo conclusivo, definitivo y fatal en eso de darle a alguien que cree tener aún vida por delante el premio a una vida. Es como decirle que ya no merece tener esperanzas. Pero los de Educatio Servanda son buena gente, están haciendo una labor impresionante y, sobre todo, me caen muy bien. Así que lo acepté encantado. El viernes por la noche lo recibí en Toledo. Me encontré allí, entre otros locos, con viejos conocidos con los que comparto la admiración por ese rarísimo libro de Jesús Fueyo que es La vuelta de los Budas. En la cena tuve a mi izquierda a Cayetana I de España. Aproveché el viaje para volver a recorrer con mi mujer esta ciudad inigualable, incluyendo la calle del Hombre de Palo, que recuerda el robot creado por el ingeniero Juanello Turriano, el primer flanêur de la ciudad. Aproveché también para ir a sacar unas fotos de la asombrosa Sinagoga mayor de Toledo y enviárselas a B. Bien entrada la medianoche viajamos en taxi a Madrid, porque el sábado por la mañana tenía un compromiso. No me di cuenta de lo cansado que estaba hasta que al atardecer me senté en mi asiento en el AVE. Me suelo repetir a mí mismo que la vida es como el hierro, que si no se usa se oxida. Sigo creyéndolo, pero mis rodillas se han empeñado en convertirse en un lastre que me cuesta arrastrar por las calles. Para recompensarme, el azar amigo ha querido que tenga cuatro aciertos en la Primitiva del sábado.
| Emmanuel Todd |
La perversidad de Trump se despliega en Oriente Medio, y el belicismo de la OTAN en Europa.
Acabo de escribir, a petición de mi editor esloveno, un nuevo prefacio para La derrota de Occidente, que considero necesario publicar en Substack de inmediato. La amenaza de una escalada de todos los conflictos se hace cada vez más evidente. Este texto ofrece una interpretación esquemática y provisional, aunque actualizada, del desarrollo de la crisis que vivimos. De hecho, este texto es la conclusión de mi última entrevista con Diane Lagrange en Fréquence Populaire: «Victoria de Rusia, confinamiento y fractura de Francia y Occidente».
Prefacio a la edición eslovena
De la derrota a la desintegración
Menos de dos años después de la publicación en Francia de La derrota de Occidente, en enero de 2024, se han confirmado las principales predicciones del libro. Rusia ha resistido el paso del tiempo militar y económicamente. La industria militar estadounidense está agotada. Las economías y sociedades europeas están al borde de la implosión. Incluso antes del colapso del ejército ucraniano, se ha alcanzado la siguiente etapa de la desintegración de Occidente.
Siempre he sido hostil a las políticas rusófobas de Estados Unidos y Europa, pero como occidental comprometido con la democracia liberal, francés formado como investigador en Inglaterra e hijo de una madre refugiada en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, estoy devastado por las consecuencias que para nosotros, los occidentales, tiene la guerra sin sentido librada contra Rusia.
Estamos apenas al comienzo de la catástrofe. Se acerca un punto de inflexión, más allá del cual se desplegarán las consecuencias finales de la derrota.
El "Resto del Mundo" (o Sur Global, o Mayoría Global), que se había conformado con apoyar a Rusia negándose a boicotear su economía, ahora muestra abiertamente su apoyo a Vladimir Putin. Los BRICS se expanden al aceptar nuevos miembros, lo que aumenta su cohesión. Obligada por Estados Unidos a elegir bando, India ha optado por la independencia: las fotos de Putin, Xi y Modi reunidos en la reunión de agosto de 2025 de la Organización de Cooperación de Shanghái seguirán siendo el símbolo de este momento clave. Sin embargo, los medios occidentales siguen presentando a Putin como un monstruo y a los rusos como siervos. Estos medios ya no podían imaginar que el resto del mundo los vería como líderes y seres humanos comunes, portadores de una cultura rusa específica y un anhelo de soberanía. Ahora temo que nuestros medios de comunicación agraven nuestra ceguera al no imaginar el renovado prestigio de Rusia en el resto del mundo, que ha sido explotada económicamente y tratada con arrogancia por Occidente durante siglos. Los rusos se atrevieron. Desafiaron al Imperio y ganaron.
La ironía de la historia es que los rusos, un pueblo blanco, europeo y de habla eslava, se convirtieron en el escudo militar del resto del mundo porque Occidente se negó a integrarlos tras la caída del comunismo. Imagino que los eslovenos están en una posición cultural particularmente favorable para apreciar esta ironía, aunque sé bien, como antropólogo especializado en familia y religión, que, a pesar de su lengua eslava, Eslovenia está mucho más cerca social e ideológicamente de Suiza que de Rusia.
Puedo esbozar aquí un modelo de la dislocación de Occidente, a pesar de las inconsistencias en la política de Donald Trump, el presidente estadounidense de la derrota. Estas inconsistencias no son resultado, creo, de una personalidad inestable y sin duda perversa, sino de un dilema insoluble para Estados Unidos. Por un lado, sus líderes, tanto en el Pentágono como en la Casa Blanca, saben que la guerra está perdida y que Ucrania tendrá que ser abandonada. Por lo tanto, el sentido común los lleva a querer salir de la guerra. Pero, por otro lado, ese mismo sentido común les hace percibir que la retirada de Ucrania tendrá consecuencias dramáticas para el Imperio que las de Vietnam, Irak o Afganistán no tuvieron. Esta es, de hecho, la primera derrota estratégica estadounidense a escala global, en un contexto de desindustrialización masiva de Estados Unidos y una difícil reindustrialización. China se ha convertido en el taller del mundo; su bajísima tasa de fertilidad sin duda le impedirá reemplazar a Estados Unidos, pero ya es demasiado tarde para competir con ella industrialmente.
La desdolarización de la economía global ha comenzado. Trump y sus asesores no pueden aceptarla porque significaría el fin del Imperio. Sin embargo, una era postimperial debería ser el objetivo del proyecto MAGA (Make America Great Again), que busca el retorno del Estado-nación estadounidense. Pero para un Estados Unidos cuya capacidad productiva de bienes reales es actualmente muy baja (véase el Capítulo 9 sobre la verdadera naturaleza de la economía estadounidense), es imposible dejar de vivir a crédito como lo hace produciendo dólares. Tal retirada imperial-monetaria implicaría una fuerte caída en su nivel de vida, incluso para los votantes de clase trabajadora de Trump. El primer presupuesto de la segunda presidencia de Trump, la "One Big Beautiful Bill Act", sigue siendo imperial a pesar de las protecciones arancelarias que encarnan el proyecto o sueño proteccionista. La OBBBA impulsa el gasto militar y el déficit. Un déficit presupuestario en Estados Unidos inevitablemente significa producción de dólares y un déficit comercial. La dinámica imperial, o más bien la inercia imperial, continúa socavando el sueño de un retorno al Estado-nación productivo.
En Europa, la derrota militar sigue siendo poco comprendida por los líderes. No dirigieron las operaciones. Fue el Pentágono quien desarrolló los planes para la contraofensiva ucraniana en el verano de 2023 (durante el cual escribí La derrota de Occidente). El ejército estadounidense, aunque contó con la ayuda de su aliado ucraniano para liderar la guerra, sabe que fue derrotado por la defensa rusa, porque no pudo producir suficientes armas y porque el ejército ruso fue más astuto que él. Los líderes europeos solo suministraron sistemas de armas, y no los más importantes. Sin ser conscientes de la magnitud de la derrota militar, saben, sin embargo, que sus propias economías se han visto paralizadas por la política de sanciones, especialmente por la interrupción de su suministro de energía rusa barata. Dividir económicamente el continente europeo en dos fue un acto de locura suicida. La economía alemana está estancada. En Occidente, la pobreza y la desigualdad aumentan. El Reino Unido está al borde del colapso. Francia le sigue de cerca. Las sociedades y los sistemas políticos están bloqueados.
Las dinámicas económicas y sociales negativas precedieron a la guerra y ya presionaban a Occidente. Eran visibles, en distintos grados, en toda Europa Occidental. El libre comercio estaba socavando la base industrial local. La inmigración estaba desarrollando un síndrome de identidad, sobre todo entre las clases trabajadoras privadas de empleos seguros y bien remunerados.
En un nivel más profundo, la dinámica negativa de la fragmentación es cultural: la educación superior masiva crea sociedades estratificadas en las que los más cualificados —el 20%, el 30% o el 40% de la población— empiezan a convivir entre sí, a considerarse superiores, a despreciar a las clases trabajadoras y a rechazar el trabajo manual y la industria. La educación primaria para todos (alfabetización universal) había alimentado la democracia, creando una sociedad homogénea cuyo subconsciente era igualitario. La educación superior ha engendrado oligarquías, y en ocasiones plutocracias, sociedades estratificadas impregnadas de un subconsciente desigual. La paradoja definitiva: ¡el desarrollo de la educación superior ha acabado produciendo un declive en el nivel intelectual de estas oligarquías o plutocracias! Describí esta secuencia hace más de un cuarto de siglo en La ilusión económica, publicado en 1997. La industria occidental se ha trasladado al resto del mundo y también, por supuesto, a las antiguas democracias populares de Europa del Este que, liberadas de su subyugación a la Rusia soviética, han recuperado su condición secular de periferia dominada por Europa Occidental. Hablo en detalle en el capítulo 3 de este tipo de China interna donde los trabajadores industriales siguen siendo numerosos. Sin embargo, en toda Europa, el elitismo de los altamente cualificados ha engendrado el «populismo».
La guerra ha intensificado las tensiones europeas. Empobrece al continente. Pero, sobre todo, como un grave fracaso estratégico, deslegitima a líderes incapaces de conducir a sus países a la victoria. El desarrollo de movimientos populares conservadores (generalmente referidos por las élites periodísticas con términos como "populista", "ultraderecha" o "nacionalista") se está acelerando. Reform UK en el Reino Unido. AfD en Alemania, Agrupación Nacional en Francia... Irónicamente, las sanciones económicas que la OTAN esperaba que provocaran un "cambio de régimen" en Rusia están a punto de provocar una cascada de "cambios de régimen" en Europa Occidental. Las clases dominantes occidentales se ven deslegitimadas por la derrota justo cuando la democracia autoritaria rusa se relegitima con la victoria, o mejor dicho, se sobrelegitima, ya que el retorno de Rusia a la estabilidad bajo el liderazgo de Putin le aseguró inicialmente una legitimidad indiscutible.
Este es nuestro mundo al acercarnos a 2026.
La dislocación de Occidente se manifiesta en forma de una fractura jerárquica.
Estados Unidos está cediendo el control de Rusia y, cada vez más, creo que también de China. Bajo el bloqueo chino a sus importaciones de samario, esta tierra rara esencial para la aeronáutica militar, Estados Unidos ya no puede soñar con enfrentarse militarmente a China. El resto del mundo —India, Brasil, el mundo árabe, África— se beneficia y los elude. Pero Estados Unidos se está volviendo enérgicamente contra sus "aliados" europeos y del este asiático, en un último intento desesperado de sobreexplotación, y también, hay que admitirlo, por puro y simple despecho. Para escapar de su humillación, para ocultar su debilidad al mundo y a sí mismo, está castigando a Europa. El Imperio se está devorando a sí mismo. Este es el significado de los aranceles y las inversiones forzadas impuestas por Trump a los europeos, que se han convertido en súbditos coloniales de un imperio menguante, en lugar de socios. La era de las democracias liberales solidarias ha terminado.
El trumpismo es un "conservadurismo popular blanco". Lo que emerge en Occidente no es una solidaridad de conservadurismos populares, sino una ruptura de las solidaridades internas. La rabia resultante de la derrota lleva a cada país, para acallar su resentimiento, a volverse contra aquellos más débiles. Estados Unidos se está volviendo contra Europa o Japón. Francia está reavivando su conflicto con Argelia, una antigua colonia. No cabe duda de que Alemania, que, desde Scholz hasta Merz, ha aceptado obedecer a Estados Unidos, volverá su humillación contra sus socios europeos más débiles. Mi propio país, Francia, me parece el más amenazado.
Uno de los conceptos fundamentales de la derrota de Occidente es el nihilismo. Explico cómo el "estado cero" de la religión protestante —el fin de la secularización— no solo explica el colapso educativo e industrial estadounidense. Este estado cero también abre un vacío metafísico. Personalmente, no soy creyente ni abogo por el retorno de la religión (no lo creo posible), pero, como historiador, debo señalar que la desaparición de los valores sociales de origen religioso conduce a una crisis moral, a un impulso de destrucción de cosas y personas (guerra) y, en última instancia, a un intento de abolir la realidad (el fenómeno transgénero para los demócratas estadounidenses y la negación del calentamiento global para los republicanos, por ejemplo). La crisis existe en todos los países completamente secularizados, pero es peor en aquellos cuya religión era el protestantismo o el judaísmo, religiones absolutistas en su búsqueda de lo trascendente, en lugar del catolicismo, más abierto a la belleza del mundo y a la vida terrenal. Es en Estados Unidos e Israel donde vemos el desarrollo de formas paródicas de religiones tradicionales, parodias de esencia nihilista, en mi opinión.
Esta dimensión irracional está en el corazón de la derrota. Por lo tanto, no se trata solo de una pérdida de poder "técnica", sino también de un agotamiento moral, una ausencia de un objetivo existencial positivo que conduce al nihilismo.
Este nihilismo está detrás del deseo de los líderes europeos, particularmente en las costas protestantes del Báltico, de expandir la guerra contra Rusia mediante provocaciones incesantes. Este nihilismo también está detrás de la desestabilización estadounidense en Oriente Medio, el lugar por excelencia para expresar la rabia resultante de la derrota estadounidense contra Rusia. Sobre todo, no nos dejemos llevar por la suposición demasiado fácil de la autonomía bélica del régimen de Netanyahu en Israel en el genocidio de Gaza o en el ataque contra Irán. El protestantismo cero y el judaísmo cero ciertamente combinan trágicamente sus efectos nihilistas en estos estallidos de violencia. Pero en todo Oriente Medio, es Estados Unidos quien, al suministrar las armas y, en ocasiones, al atacarse a sí mismo, es en última instancia quien decide el caos. Empuja a Israel a la acción, tal como empujó a los ucranianos.
El Imperio es vasto y se desmorona entre el ruido y la furia. Este Imperio ya es policéntrico, dividido en torno a sus objetivos, esquizofrénico. Pero ninguna de sus partes es independiente en absoluto. Trump es su "centro" actual; también es su mejor expresión ideológica y práctica, al combinar un deseo racional de replegarse en su esfera de dominación inmediata (Europa e Israel) con impulsos nihilistas que favorecen la guerra. Estas tendencias —retirada y violencia— también se expresan en el corazón estadounidense del Imperio, donde el principio de fractura jerárquica opera internamente. Un número creciente de autores angloamericanos hablan del advenimiento de una guerra civil.
La plutocracia estadounidense es pluralista. Está la de los financieros, la de los petroleros, la de Silicon Valley. Los plutócratas trumpistas, petroleros tejanos o recién llegados a Silicon Valley, desprecian a las élites demócratas cultas de la Costa Este, quienes a su vez desprecian a la gente blanca trumpista del corazón del país, quienes a su vez desprecian a los demócratas negros, etc.
Una de las características interesantes de Estados Unidos hoy en día es que a sus líderes les resulta cada vez más difícil distinguir entre lo interno y lo externo, a pesar del intento de MAGA de bloquear la inmigración desde el sur con un muro. El ejército dispara contra barcos que salen de Venezuela, bombardea Irán, penetra en el centro de ciudades demócratas de Estados Unidos y patrocina a la fuerza aérea israelí para un ataque a Catar, donde hay una enorme base estadounidense. Cualquier lector de ciencia ficción reconocerá en esta inquietante lista el inicio de una distopía, es decir, un mundo negativo donde se mezclan poder, fragmentación, jerarquía, violencia, pobreza y perversidad.
Así que sigamos siendo nosotros mismos, fuera de América. Conservemos nuestra percepción del interior y del exterior, nuestro sentido de la proporción, nuestro contacto con la realidad, nuestra concepción de lo justo y lo bello. No nos dejemos arrastrar por una huida guerrera ante nuestros propios líderes europeos, esos individuos privilegiados perdidos en la historia, desesperados por haber sido derrotados, aterrorizados ante la idea de ser juzgados algún día por su pueblo. Y sobre todo, sobre todo, sigamos reflexionando sobre el sentido de las cosas.
París, 28 de septiembre de 2025
Emmanuel Todd, La dislocación de Occidente: las amenazas, substack.com 01/10/2025
Tal vez nunca lleguemos a saber con certeza si existe o no un plan divino o si todo está casualmente determinado desde el origen del universo, pero lo cierto es que seguimos recurriendo a la noción de suerte, incluso cuando pensamos que todo está escrito. Esto sugiere que, más que una propiedad objetiva del mundo, la suerte podría ser una herramienta conceptual que empleamos para dar sentido a lo que no depende de nosotros. En este caso, lo que llamamos suerte reflejaría menos la estructura del universo y más nuestra perspectiva humana.
Fernando Broncano-Berrocal, La filosofía de la suerte, Plataforma Editorial 2025
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| Gary Marcus |
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| Mestre Eckhart |
Eckhart va parlar d'"Abgescheidenheit": despreniment o desamor. Això no és indiferència freda; és una profunda llibertat interior de les demandes incessants de l'ego, el "jo" que busca constantment validació, reconeixement i seguretat.
Penseu en el monòleg interior que jutja, planifica, es lamenta i anticipa. Aquest és el "jo" en acció, un arquitecte incansable de les nostres preocupacions. Eckhart suggereix que aquest jo actiu i apassionat ens impedeix experimentar la veritable realitat, la presència incondicionada que es troba sota la superfície. És com intentar veure el cel clar a través d'una finestra perpètuament ennuvolada. Per entendre les maneres subtils en què es manifesta aquesta batalla interna, considereu explorar recursos com aquest vídeo sobre la gestió de la xerrameca incessant de la ment , que fa ressò d'algunes de les preocupacions fonamentals d'Eckhart.
Estar ple de coses és estar buit de Déu; estar buit de coses és estar ple de Déu.
— Mestre Eckhart
Aquest "buidament" no és un buit de desesperació, sinó una obertura. És fer espai perquè emergeixi alguna cosa il·limitada. Quan no ens definim constantment pel que tenim, el que fem o el que els altres pensen de nosaltres, comença a establir-se una profunda lleugeresa.
Per a Eckhart, Déu no era una figura distant i jutjadora, sinó el mateix "Fonament" de l'ésser, una realitat immanent dins de cada persona. Va declarar la famosa frase: "L'ull a través del qual veig Déu és el mateix ull a través del qual Déu em veu; el meu ull i l'ull de Déu són un sol ull, un que veu, un que sap, un que amor". Aquesta visió no dualista elimina la separació entre observador i observat, cercador i buscat.Significa que la pau que anheles, la llibertat de l'ansietat, no és quelcom que s'hagi d'adquirir, sinó quelcom que s'ha de descobrir desfent les capes del teu jo convencional. És un retorn a un estat original i incondicionat, un lloc on la identitat es fon i t'adones que la teva veritable naturalesa és inherentment lliure i interconnectada. Aquest "fons" no és una destinació externa; és el nucli més profund del teu propi ésser, esperant ser reconegut.
Com és aquest camí radical a la pràctica? No es tracta d'escapar del món, sinó de canviar la teva relació amb ell. Es tracta de cultivar una profunda quietud interior que no es vegi pertorbada per les tempestes externes. Significa viure al món, comprometre's amb les seves demandes, però sense deixar-se consumir completament per elles.La veritable llibertat no comença canviant les teves circumstàncies, sinó renunciant radicalment a la teva necessitat que siguin diferents del que són.
El missatge d'Eckhart suggereix que la llibertat no es troba en èxits externs ni en projectes d'autosuperació interminables, sinó en l'acceptació profunda del moment present, despullat de totes les agendes personals. Quan deixes d'intentar "ser" algú o aconseguir alguna cosa, simplement ets. I en aquest simple ésser, resideix una pau profunda i inquebrantable.
Com podem aplicar aquestes profundes i místiques idees a les nostres vides impulsades pel despertador?Observa el soroll interior: Pren consciència dels comentaris constants de la teva ment sense judicis. Considera els pensaments, les pors i els desitjos com a fenòmens transitoris, no com la teva identitat fonamental.
Practica el "desamorament": Fes un pas enrere conscientment de la necessitat d'afirmar sempre "jo" o "meu". Quan sentis apego a un resultat o a una autoimatge en particular, afluixa suaument la teva subjecció.
Accepta el desaferrament dels resultats: Fes la teva feina, compleix les teves responsabilitats, però allibera la intensa inversió emocional en resultats específics. Això redueix l'ansietat pel rendiment i t'obre a possibilitats inesperades.
Busca la quietud interior: Practica regularment pràctiques que calmin la ment, ja sigui meditació, passejades per la natura o simplement seure en silenci. No es tracta d'escapar de la realitat, sinó de tocar la terra del teu ésser.
Eckhart ens desafia a repensar tota la nostra comprensió del jo, la llibertat i fins i tot la divinitat. Les seves paraules no són un aliment reconfortant per a l'ànima, sinó un ganivet afilat dissenyat per tallar les il·lusions que ens lliguen. Ens demana que siguem prou valents per buidar-nos, per desprendre'ns de les coses que creiem que ens fan ser qui som, per tal que finalment puguem descobrir la llibertat il·limitada i incondicionada que sempre ha estat la nostra veritat més profunda.
Philosopheasy, Mestre Eckhart: Murmuris interiors, ansietat moderna i el camí radical cap a la llibertat, philosopheasy.com 30/09/2025
Un premio Nobel, por otro lado, tiende a concederse por descubrimientos útiles en algún sentido, que tengan ramificaciones en otras áreas del conocimiento y que resulten fructíferos, es decir, que abran a la ciencia caminos previamente inexplorados e incluso insospechados.
La IA ya está ayudando a tareas que consideramos específicas de la mente humana: formular hipótesis sobre el origen del universo, predecir fenómenos astronómicos, diseñar ordenadores cuánticos o descifrar el lenguaje de los animales. Una IA llamada Coscientist concibe sistemas complejos de reacciones químicas al menos tan bien como los mejores expertos humanos, y desde luego mucho más rápido.
Los premios Nobel de Física y Química del año pasado recayeron en los científicos que habían concebido las redes neuronales artificiales y los sistemas de IA que han revolucionado la deducción de las formas de las proteínas a partir de su mera secuencia. Por supuesto, la Academia sueca no premió a esas máquinas, sino a sus creadores, pero no hay ningún problema de principio para que las máquinas diseñen otras máquinas, los sistemas generen otros sistemas y así hasta que la contribución humana no sea más que un lejano recuerdo. ¿Merecerá entonces la máquina el premio Nobel? ¿Por qué no?
De hecho, La compañía Sakana AI está desarrollando sistemas para automatizar la investigación en sistemas capaces de aprender (machine-learning). Los modelos que resulten de ese proceso no serán propiamente creaciones de un científico humano. Los conversadores digitales (chatbots) del estilo de ChatGPT se están empezando a utilizar para simular las discusiones y seminarios en que los científicos discuten sus ideas. Los biólogos computacionales de la Universidad de Stanford, California, presentaron hace un año y medio su Virtual Lab con ese propósito, y el Laboratorio de Inteligencia Artificial de Shanghái ha hecho algo similar con su sistema VirSci.
La idea de que un robot merezca un premio Nobel en los próximos años no tiene nada de absurda. Otra cosa es que se lo den. Los humanos somos extraordinariamente escurridizos a la hora de reconocer algún mérito a las máquinas. El ajedrez nos parecía una proeza de la mente humana hasta el 11 de mayo de 1997, cuando Deep Blue ganó a Garry Kaspárov. Bah, dijimos entonces, le ha ganado por fuerza bruta, y después de todo ganar al ajedrez no implica ser inteligente, ¿no? Desde entonces no hemos parado de buscar excusas para preservar nuestro chauvinismo de especie. Recuérdalo cuando tu robot gane un premio Nobel.
Javier Sampedro, Cuando tu robot gane un premio Nobel, El País 17/10/2025
Se ha conseguido colocar en una gran parte de opinión pública el mantra de que el Estado de Israel es la única democracia de la zona, cuando la realidad es radicalmente distinta: es una teocracia desde su fundación. La impotencia de la ONU y el apoyo incondicional de Estados Unidos han permitido su desprecio al derecho internacional y a los derechos humanos. Formalmente, Israel tiene una Constitución, complementada por una serie de leyes básicas que proclaman el carácter judío del Estado y garantizan, teóricamente, la igualdad de derechos para todos los ciudadanos. Se puede comprobar en sus textos que reducen los derechos de los ciudadanos árabes israelíes y, por supuesto, desconocen los de los palestinos.
Lo que está ocurriendo es una consecuencia de las tesis supremacistas, no por razón de la raza, sino por motivos culturales, religiosos e históricos. Así lo proclama la Ley del Estado Nación y lo comparte una mayoría de la sociedad israelí. Es cierto que existen corrientes democráticas en su seno, pero nunca han tenido la fuerza suficiente para revertir la situación. Isaac Rabin lo intentó y le concedieron el Premio Nobel de la Paz.En un mitin en Tel Aviv para explicar los acuerdos de Oslo, su discurso fue premonitorio: ”La paz lleva intrínsecos dolores y dificultades para poder ser conseguida. Pero no hay camino sin esos dolores”. Al bajar del estrado fue asesinado.
Cisjordania no existe en el nomenclátor de los mapas del Estado de Israel, bautizada como West Bank. Traducido al español, significa “margen occidental” o “ribera occidental”. En Israel se la sigue denominando por los nombres bíblicos de Judea y Samaria. El 19 de julio de 2024, el Tribunal Internacional de Justicia de las Naciones Unidas dictaminó que los asentamientos israelíes en Cisjordania violan el derecho internacional y exigió detenerlos y evacuar a los colonos. Añadió que instauran un régimen que puede calificarse como un crimen de apartheid.
Tuve la oportunidad de entrevistarme (con la inestimable colaboración de Jordi Pedret) con el entonces presidente del Tribunal Supremo de Israel, Aharon Barak, jurista de prestigio y en estos momentos, representante legal de Israel ante el Tribunal Internacional de La Haya por la denuncia de Sudáfrica. La conversación fue larga y cordial. Versó sobre la sentencia que habían dictado en relación con la ilegalidad del trazado del muro en los distritos de Kalkilia y Tulkarem. El Supremo israelí reconoció que la construcción del muro en esas zonas produce serios trastornos en la salud, en la vida cotidiana, en la escolarización y en el cultivo de las tierras por sus habitantes. Ordenó un nuevo trazado cuya ejecución encomendó a los estrategas militares. Circulaba un dicho entre los palestinos que era un reflejo de la situación: “El muro no nos quita la vida, pero no nos deja vivir”.
Siguiendo la senda trazada por los nazis, del régimen de apartheid se pasó a una particular solución final. El fracaso de la política de guetos, con muertes de soldados alemanes, fue el detonante que desató la furia de Adolf Hitler que convocó una reunión urgente de los jerarcas del nazismo para encontrar una solución final, como se demostró en uno de los varios juicios celebrados en Nurémberg para depurar sus responsabilidades. Israel, como represalia por los crímenes terroristas de Hamás del 7 de octubre de 2023, reaccionó de forma semejante. Dispone de servicios de inteligencia y de fuerzas operativas suficientemente preparadas para combatir el terrorismo, pero el Gobierno decidió que había llegado el momento de cumplir con el mandato bíblico de ocupar la tierra prometida, aun a costa de destruir Gaza y desplazar a todos los habitantes que sobrevivan al genocidio. En el colmo de la impudicia, el primer ministro Benjamín Netanyahu, apoyado por el moderno inquisidor Donald Trump, elegido en el santuario de la libertad de expresión, confirmó que sobre las piedras y la sangre de los asesinados se construiría una fastuosa ciudad de vacaciones. Sería el colmo de la degradación moral del ser humano alojarse en cualquiera de sus dependencias. Las constructoras que quieran participar lucrativamente en el criminal proyecto no tendrán que gastarse dinero en máquinas excavadoras y explanadoras. Los tanques y los bombardeos se han encargado de preparar el terreno para allanar dificultades.
El ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich, impulsor del proyecto, manifestó tras su aprobación, sin ambages, que el Estado palestino estaba siendo eliminado “no con eslóganes, sino con hechos”. El 11 de septiembre, el primer ministro Benjamín Netanyahu avaló el plan con su firma oficial en una ceremonia simbólica en la que declaró: “Vamos a cumplir nuestra promesa de que no habrá Estado palestino; este lugar nos pertenece”.
José Antonio Martín Pallín, La Biblia es la Constitución de Israel, El País 18/10/2025
«La sinceridad nunca ha figurado entre las virtudes políticas y las mentiras han sido siempre consideradas en los tratos políticos como medios justificables», sostiene Arendt en Las crisis de la república. Los líderes de masas dentro de una crisis democrática intentan seducir al pueblo con falsedades. Pero antes de conseguir el poder, para «encajar la realidad en sus mentiras, su propaganda se halla caracterizada por su extremado desprecio por los hechos como tales», explica en Los orígenes del totalitarismo. Según la filósofa, cuanto más pequeño sea un movimiento político totalitario, más energía gastará en propaganda. Dicha propaganda antes no accedía con tanta facilidad a los medios, pero ahora, sobre todo con el bombardeo de información en las redes sociales, es más común que se vea incluida dentro de las noticias falsas.
Gudrun Palomino, 7 ideas clave de Arendt para entender la crisis de la democracia actual, ethic.es 13/10/2025

¿Qué ocurre si el mundo no es determinista, sino indeterminista? En un universo indeterminista, la suerte tiene mucha más cabida., ya que se trata de un universo en el que los acontecimientos no están determinados ni por las leyes naturales, ni por el estado previo del mundo, ni por Dios. En este tipo de realidad, es estado del mundo en el presente puede hacer que ciertos eventos sean más o menos probables en el futuro, pero no establece con certeza lo que ocurrirá. En un mundo indeterminista, a partir de cualquier momento dado, las cosas podrían desarrollarse de una forma u otra sin que haya un único camino necesario.
De este modo, una manera de entender qué significa que algo ocurre por suerte es pensar que su ocurrencia no era necesaria desde un punto de vista causal: no estaba fijada de antemano por el estado del mundo. Bajo este enfoque, los conceptos de suerte e indeterminación no son idénticos pero están muy ligados: en la medida en que los hechos no se producen de forma inevitable por obra de las leyes naturales, hay lugar para la suerte. Si, en cambio, el universo fuero cine por cien determinista, entonces la suerte, bajo esta concepción no tendría cabida. (58-59)
Fernando Broncano-Berrocal, La filosofía de la suerte, Barcelona, Plataforma Editorial 2025

En su libro, Pablo Batalla, La bandera en la cumbre, sí se ocupa de la revolución aérea como fuente de un radical desencantamiento del mundo y cita para ilustrarla una obra de 1928, La vuelta a Europa en avión, en la que su autor, el periodista Manuel Chaves Nogales, ve los Alpes por debajo de su cuerpo y los compara, completamente profanos ya, con “una pella de chantilly”. ¡La cima del Mont Blanc, desde la que se contemplaba el mundo, contemplada ahora, muy abajo, como parte de un mundo desencantado! Este desencantamiento aéreo, añadamos, entraña su propio vértigo o tentación: no ya la de caer hacia arriba, no, ni tampoco la de tirarse de vuelta al mundo: la tentación más bien de destruirlo: la tentación de tirar bombas sobre él para proporcionarle algún “encanto” adventicio (durante la primera guerra del Golfo el piloto estadounidense de un B-52 declaró admirado que bombardear Bagdad era como “adornar un árbol de Navidad”). Este es el punto de vista que podríamos llamar “Google Earth”, en el que casi todos los humanos estamos ya instalados.
En torno a este “desencantamiento” general, creo muy acertada la definición que hace Batalla del fascismo (el de ayer y el de hoy) como una “tentativa de reencantar el mundo a la fuerza”. No solo, diría yo, porque trata de imponer toda una serie de “autenticidades” (la de los sexos, la de las naciones, la de los nombres verdaderos) sino porque reencanta la violencia misma como tentación central y legítima del ser humano: la violencia, por así decirlo, constituye el verdadero “encanto” del mundo. Vemos a muchos dirigentes hoy excitados con la idea de la guerra, hasta hace poco evitada con pudibundos eufemismos; pensemos, por ejemplo, en el reciente discurso ante 800 oficiales del secretario de Defensa de EE UU, Pete Hegseth, y su reivindicación entusiasta del cambio de nombre (ahora Departamento de Guerra) frente al perverso pacifismo woke. Al mismo tiempo, este nuevo y fatídico “encanto” de la violencia, cuyo vértigo comienza a arrastrar a tantas personas decentes, se inscribe en la perspectiva aérea de Google Earth, fuente máxima de nihilismo tranquilizador. Para que se me entienda, llamo “nihilismo” a la erosión del mundo asociada a estas dos fórmulas: “nada puede ser conocido” y “todo merece ser destruido”. El imperio del fake, del bulo, de los “hechos alternativos” (del terraplanismo al antivacunismo) ha destruido la posibilidad misma de la discusión, la cual presupone siempre la existencia de un “mundo común”; por otro lado, la desvalorización radical de la vida humana hace aceptable, y casi deseable, la desaparición de la humanidad. La reunión de estas dos fórmulas (la imposibilidad del conocimiento y el deseo de la destrucción) caracterizaron el fascismo de ayer y caracterizan el fascismo de hoy.
El desencantamiento del mundo ha adoptado en el último siglo dos formas aleatoriamente integradas: la democracia y el capitalismo. La democracia, en efecto, es una de las consecuencias (a mis ojos feliz) de ese desencantamiento, pero solo es realmente democracia cuando pone límites sociales al canibalismo de los mercados; en Europa lo ha sido más, por tanto, bajo el “espíritu del 45” que a partir de los años ochenta del siglo pasado. En todo caso, la democracia no sirve para hacer más intensa la vida ni más misteriosa la nieve: se conforma, cuando la dejan, con garantizar la libertad de los ciudadanos y de los pueblos e impedir la de los caníbales. En las crisis capitalistas, sin embargo, se reproduce siempre la misma ilusión: la de que basta con acabar con la democracia para que se “reencante” el mundo de manera mágica e inmediata. Ahora bien, no se puede reencantar el mundo a la fuerza y menos a través de los decretos tiránicos de la nueva “aristocracia del vértigo”. Se pueden reencantar a besos los cuerpos; con hayas las montañas; con atenciones la vida humana. Pero conviene dejar la política institucional completamente “desencantada”.
Santiago Alba Rico, La aristocracia del vértigo, El País 15/10/2025
Michael Crichton es el autor de la expresión «efecto de amnesia Gell-Mann». Este efecto consiste en lo siguiente: Cuando lees en un periódico una información absolutamente distorsionada sobre un hecho que conoces bien, hasta el punto de que altera la relación causa-efecto (Chrichton habla de las historias de «las calles mojadas causan lluvia»), concluyes que es pura basura y sigues leyendo el resto del periódico, dando por supuesto que la información falaz no contamina el resto de informaciones. ¿Pero por qué lo damos por supuesto? En la vida real si una persona te miente, la pones en la cuarentena del escepticismo. En los tribunales de justicia se sospecha que quien miente en una parte, miente en el conjunto. Pero cuando se trata de los medios de comunicación, decidimos no extender la duda y suponer que el resto de la información es verídica y fiable. Para Crichton, la única explicación posible de nuestro comportamiento es la amnesia. Pero si nos curásemos de la amnesia, ¿seguiríamos leyendo periódicos? Esto viene a cuenta de estos dos titulares sobre un mismo hecho:
1. «Sánchez saluda por primera vez a Trump, que elogia "el fantástico trabajo" de España en la cuestión de Gaza».
2. «La regañina pública de Trump a Sánchez por el PIB militar».
Quienes creen en el destino suelen imaginarlo como una fuerza superior, por lo general un dios, que establece un plan para cada individuo. Esta idea implica que todo lo que nos sucede lo hace por una razón en aras a un propósito mayor, y es una idea muy arraigada en la cultura popular y en las distintas religiones. Cuando alguien te dice que nada pasa porque sí, está expresando la creencia de que incluso los eventos más dolorosos o caóticos tienen un propósito oculto o están guiados por una inteligencia superior. Así, desde esta perspectiva, nuestra vidas no serían un cúmulo de casualidades, sino un camino ya escrito. (53)
Ahora bien, la idea de destino no es del todo incompatible con la imagen científica del mundo. Para apreciar mejor este punto, demos por buena la idea de que no existen dioses ni fuerzas sobrenaturales capaces de dictar nuestras vidas mediante actos de voluntad consciente. Aún así, cabe la posibilidad de que el mundo físico esté determinado por completo. Esto quiere decir que, desde el mismo Big Bang, todos los eventos que han ocurrido en la historia del universo, todos sin excepción, desde la formación de las galaxias hasta la lluvia que cayó ayer o el café que te has tomado esta mañana, han seguido una cadena inevitable de causas y efectos regida solo por las leyes naturales. Este escenario, todo, incluso los más pequeños detalles, está predefinido, sin que nadie, ni siquiera los humanos, puedan influir en el proceso, como si el curso de la historia estuviera ya determinado desde el origen mismo del universo.
Esta idea, conocida en filosofía como determinismo causal, ofrece una manera distinta de entender el destino. A diferencia de la concepción religiosa o popular, en que una fuerza superior diese un plan con un propósito específico para cada persona, el determinismo causal plantea que lo que llamamos destino no es más que el resultado inevitable del funcionamiento del universo según leyes físicas inmutables. Bajo esta concepción, no hay intenciones ocultas, propósitos desconocidos ni motivos trascendentales detrás de los eventos: solo siguen la lógica implacable de la causa y el efecto.
Entendido de este modo, el destino puede resultar profundamente inquietante, pues sugiere que todas nuestras acciones están fijadas de antemano por una cadena de causas pasadas, sin que respondan a una intención ni propósito, sino que ocurren porque así lo dictan las leyes del universo. Mientras que en la concepción religiosa del destino seríamos marionetas manejadas con un propósito divino, en esta concepción más cercana a la ciencia seríamos marionetas sin titiritero, movidas por el flujo impersonal de la causalidad, como piedras arrestadas por la corriente. (55-56)
Fernando Broncano-Berrocal, La filosofía de la suerte, Barcelona, Plataforma Editorial 2025
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Si pone usted sus ojos soñadores sobre
cualquier rincón del mapa extremeño verá, perfectamente localizados, viejos
castillos medievales, románticos monasterios en ruinas, espectaculares
dólmenes, enigmáticas pinturas rupestres, castros misteriosos, lujosas villas
romanas, árboles singulares y parajes naturales de recóndita y secreta belleza.
La única pega es que, a menos que le vaya saltarse vallas, incumplir leyes y
huir de toros y mastines, difícilmente podrá visitar la mayoría de esos
monumentos.
Porque en esta santa región todo, casi absolutamente todo, es propiedad privada y, salvo raras excepciones limitadas a los monumentos más conocidos, es prácticamente imposible visitar lo que prometen los mapas (y hasta los propios folletos turísticos) sin toparse con la puerta de una finca cerrada a cal y canto, o sin que el propio camino se difumine o cierre invadido por la maleza, el surco del tractor o un vallado no previsto. ¡Dudo que haya región de España donde se consuma más alambre de púas que aquí!
Y no se trata de desalambrar y repartir la tierra, por Dios, y menos ahora que vuelve la moda, entre las grandes fortunas, de comprarse un latifundio en Extremadura (cosas del «país comunista» en el que, según algunos, vivimos). Se trata de que si tienes la suerte (o incluso el mérito, si tal cosa existe) de poseer un castillo del siglo XV o una finca con restos históricos, compartas ese bien permitiendo visitas limitadas, a cambio, por ejemplo, de que se te ayude a conservarlo o, simplemente, del honor de ofrendar a tus conciudadanos un bien patrimonial.
Sobra decir que muchos de esos bienes, y los correspondientes accesos, tendrían que ser de titularidad pública. La propiedad privada no debe ser (ni de hecho es) irrestricta. Además, y salvo en edificios históricos a restaurar, adquirir y mantener esos bienes no tendría por qué representar una inversión desproporcionada. Aunque con cualquiera de los dólmenes, castros o ruinas romanas que tenemos tirados por ahí montarían, en otros países, un complejo turístico, aquí no haría falta tanto. Bastaría con negociar un acceso y un régimen de visitas con los propietarios, disponer una estructura básica y fácil de mantener (sistemas de vigilancia a distancia, paneles con información digital) y organizar grupos de voluntarios y guías locales (hay gente encantada de mostrar a los visitantes el patrimonio cultural de su comarca). Es lo que toca si, además de permitir el acceso de todos a lo que deberían ser bienes comunes, queremos que Extremadura sea un destino turístico de primer orden
Mientras, no estaría mal mantener libres y utilizables los caminos públicos, las cañadas, los cordeles, las servidumbres de paso o los accesos a las riberas de los ríos (algo a veces imposible); limitar o prohibir la caza en los parques naturales y, por supuesto, en los nacionales como Monfragüe (aventurarse en ellos cuando se abre la veda o se realizan batidas es jugarse literalmente la vida); y transmitir a las nuevas generaciones la belleza y la riqueza cultural que guardan todos esos lugares mágicos… ¡pudiéndoles llevar a ellos! Es lo menos que se despacha en una región que pretenda ser algo más que una finca para disfrute de unos pocos privilegiados.
Conclusiones tras un muy flojo debate sobre la inteligencia emocional.
1. Confía en la inteligencia emocional, pero desconfía seriamente de los inteligentes emocionales.
2. No cambies tus malestares personales e intransferibles por bienestares de serie.
3. Las emociones no pueden educarse a sí mismas. Necesitan de un principio no emocional que les sirva de guía.
4- El fomento de la incontinencia emocional debería estar castigado con trabajos forzados.
5. Desconfía de los empáticos, enseguida te venden un coche de segunda mano. Nada emocional impide que un empático sea un muy eficiente maquiavélico.
6. La empatía no es una virtud cristiana. Lo cristiano es ayudar a cruzar la calle al pelma con el que te resulta imposible empatizar. Y no ir con él más allá.
Hemos entrado en un terreno totalmente desconocido en el que la irrupción de la inteligencia artificial parece un simple paso previo a otros avances que están por llegar. Y es, en sí mismo, algo ciertamente inquietante porque todavía no sabemos lo que nos deparará la penúltima revolución tecnológica y ya se vislumbran en el horizonte nuevos desafíos.
Uno de esos retos es el que hace referencia a la neurotecnología y en la que los BCIs (interface cerebro-ordenador) están ganando terreno en los últimos tiempos. Básicamente son sistemas tecnológicos que permiten la comunicación directa entre el cerebro humano y dispositivos externos y que, en última instancia, pueden cambiarlo todo.
Entre las figuras que a buen seguro serán parte de los que suceda en los próximos años está Alexandr Wang, fundador de Scale AI, la empresa que se encarga de gestionar y proveer los datos a las principales empresas privadas de IA del mundo y a los gobiernos que trabajan con ella. Y es que Wang, que a sus 28 años ya puede presumir de ser el multimillonario más joven del mundo, tiene claro que los BCIs acabarán por generalizarse. Si es que queremos tener como especie alguna oportunidad frente a la IA.
Rodrigo Taramona, divulgador tecnológico, lo explica de la siguiente manera. "Lo que dice Alexandr Wang es que es imprescindible que los humanos ampliemos las capacidades neuronales porque estamos en una carrera con la IA en la que esta tecnología crece mucho más deprisa que nosotros", asegura el experto.
"Pero Wang también habla de los riesgos inherentes de tener un chip implantado en tu cerebro. No sólo por la vulneración de privacidad que pueden cometer tanto estados como empresas, algo que ya sucede a una escala menor, sino qué pasaría si te hackearan. Imagínate qué pasaría si alteraran tus recuerdos, freírte el cerebro a distancia o si te inocularan una realidad artificial, Que eso sea posible o no depende de cómo avance la ciencia y la tecnología", añade.
De hecho, Taramona también desliza una conversación "más profunda" sobre un movimiento del que no se habla mucho pero que está emergiendo con relativa fuerza: el transhumanismo. "Viene a decir algo así como que el futuro de la raza humana está desvinculado de la materia orgánica y que si nosotros queremos seguir existiendo, tenemos que desprendernos del lastre de la evolución biológica", asegura el divulgador.
Según esa corriente, que respaldan personalidades como el propio Wang, Peter Thiel o Elon Musk, entre otros, debemos "empezar a modificar nuestros cuerpos para progresivamente llegar a un estado final, que es el de volcar nuestras consciencias a la nube o a soportes digitales".
Álvaro Piqueras, Alexandr Wang: "... el objetivo es cómo volcar nuestras conciencias en un ordenador", Esquire 10/10/2025
Caminando por el Rastro, llego a la calle de Juanelo, una vía que homenajea al relojero de Carlos I y Felipe II. Juanelo Turriano (Cremona-Italia/1500 - Toledo 1585) fue un científico y relojero cuyas creaciones entusiasmaron a los emperadores españoles. Su especialidad eran los muñecos autómatas, movidos por mecanismos de relojería. Uno de estos muñecos caminó por las calles de Toledo pasando la gorra a los transeúntes para recabar sus limosnas. Este hecho, además de dar origen a la calle del Hombre de Palo, propició una investigación por parte de la Inquisición que percibía algo un tanto diabólico en estos prodigios. Se habla también de un autómata que llevaba una bandeja con el desayuno al emperador.
Pues bien, al menos cuatro autómatas construidos por Juanelo para los reyes españoles han sobrevivido medio milenio, y siguen funcionando como el primer día; pero ya no se hallan entre nosotros, puesto que su facultad de caminar, suponemos que sea eso, les ha llevado muy lejos.
Carlos Osorio, Los autómatas que creó Juanelo para Carlos I y Felipe II ..., eldiario.es 11/10/2025
| Antonio Garamendi |
Al presidente de la CEOE se le hace “una ocurrencia” que un trabajador al que se le ha muerto un padre o un hijo tenga dos semanas de baja para procesarlo. Y se preguntaba, socarrón e irónico, si la ministra de Trabajo habría calculado el coste económico de que los patronos tengan que dejar a sus trabajadores llorar a sus muertos tranquilos.
Es curioso que al presidente de la CEOE, que es católico, parezca apelarle más lo profano que lo sagrado en lo que se refiere al misterio que enfrenta quien padece la pérdida de un ser amado. Justo al contrario que a mi abuelo, que está transitando su duelo y sus últimos años con una sensibilidad —tanto por lo tangible como por lo intangible— nunca antes vista en él.
El mismo día que Garamendi se burlaba de la propuesta de Yolanda Díaz de que los padres que pierden a sus hijos o los hijos que pierden a sus padres puedan tener más de dos días de descanso y consuelo, el Papa publicaba su primera exhortación apostólica, Dilexi te. Está dedicada a los pobres y en ella nos recuerda a los católicos algunas cosas escandalosas, como que “la propiedad privada tiene (...) una índole social, cuyo fundamento es el destino común de los bienes”. O como la parábola del buen samaritano, que nos invita a mirar el dolor del otro y a no pasar de largo. Y nos dice que quien contenta a Dios es el hereje que se hace cargo del sufrimiento ajeno, no el sacerdote o el levita que miran para otro lado.
Ana Iris Simón, Garamendi, lo sagrado y lo profano, El País 11/10/2025
| Ramon López de Mántaras |
Desde el lanzamiento de ChatGPT y la inteligencia artificial (IA) generativa a finales de 2022, vivimos inmersos en una fiebre de atribución. Los medios de comunicación hablan frecuentemente de que “la IA ha descubierto”, “la IA ha creado”, “la IA ha decidido”. Pero esas frases encierran una peligrosa ilusión: la de ver no solo inteligencia, sino incluso conciencia donde no las hay. Como consecuencia de esta fiebre, cada mes de octubre, cuando se dan a conocer los ganadores de los premios Nobel, nunca faltan voces que preguntan ¿cuándo se premiará una inteligencia artificial?
Premiar a una IA sería llevar esa delegación hasta el extremo de abdicar de la autoría humana. Sería convertir la inteligencia en una función automática, desligada del juicio, de la experiencia, del riesgo. La ciencia, en su mejor versión, es lo contrario: un ejercicio de duda, un acto de coraje intelectual y responsabilidad. Los Premios Nobel, más allá de sus limitaciones, encarnan precisamente esos valores. Celebran no solo los descubrimientos, sino la búsqueda desinteresada del saber y el compromiso moral con la verdad. No premian a aquello que procesa miles de millones de datos a gran velocidad, sino a quien comprende profundamente. El mérito no está en la eficiencia, sino en la comprensión, y comprensión implica responsabilidad.
La política —y la vida social— se resiente cuando se instala la idea de que todo es un juego de ganadores y perdedores. Esa visión, tan tentadora como corrosiva, tiene nombre: mentalidad de suma cero. Su lógica es simple: si alguien gana, otro pierde. Mejor dicho: para que alguien gane, el otro debe perder. Pero esa aparente claridad encierra un modo de entender las relaciones humanas que erosiona la confianza, debilita la cooperación y empobrece la vida colectiva. (...) Deteriora la confianza y reduce los incentivos para cooperar. Cuando el otro se percibe como rival, el tejido social se resquebraja. La suma cero transforma la convivencia en una competencia constante por reconocimiento, poder o influencia.
¿Por qué es relevante para la política? Porque la política, entendida como herramienta de transformación colectiva, necesita justo lo contrario: cooperación y empatía. En un contexto de desconfianza generalizada, la mentalidad de suma cero agrava las distancias y alimenta la polarización.
El reto no es combatir el individualismo, sino desactivar los prejuicios que nos hacen suponer que el otro está en nuestra contra. Reconstruir la confianza requiere pequeñas acciones sostenidas: recuperar el espacio público, reinventar las liturgias de la política y facilitar los encuentros como deber ético democrático.
Solo cuando dejamos de ver el mundo como un tablero de pérdidas y ganancias, podemos comprender que el progreso no se reparte: se comparte.
Antoni Gutiérrez-Rubí, La trampa de la mentalidad suma cero, gutierrez-rubi.es 14/10/2025
¡Qué despiadado es el tiempo moderno, que nos hace asistir a los entierros de nuestros mitos! Los antiguos, los griegos y romanos, tenían mitos inmortales, que ni envejecían ni sucumbían al peso de la edad. Transformados en estrellas, gracias al catasterismo, nunca dejaban de brillar. Nosotros hemos visto a nuestros mitos, boquiabiertos, en las pantallas del cine y de la televisión, en las portadas de la prensa, en nuestros mismos sueños. Pero son mitos frágiles que si bien no envejecen en el celuloide, han sido ya acogidos por sus tumbas y sus pobres estrellas del Paseo de la fama de Holliwood Boulevard. Nuestros mitos son generacionales, es decir, de un brillo precario y con fecha de caducidad, Estoy tan hecho ya a los entierros que más de una vez he enterrado a personas que gozan de buena salud y, tras dar por hecha su desaparición, me topo con ellas en las calles. Algunos me preguntan por mi cara de sorpresa y nunca sé muy bien qué decirles.
Me comenta la directora de una escuela y, lo que es peor, me lo comenta con orgullo, que a los niños que tienen problemas para deletrear les hacen deletrear mientras saltan en una especie de cama elástica en miniatura para que reciban una instrucción multidimensional y, de esta manera, alguna de sus inteligencias se sienta interpelada. Cada vez lo tengo más claro: el discurso pedagógico es completamente refractario a las evidencias. Se alimenta de buenas intenciones y de prácticas alérgicas a los codos que algún chiflado ha considerado milagrosas. No importa lo desacreditadas que estén la teoría de las inteligencias múltiples o la de los estilos de aprendizaje, ahí siguen, impasible el ademán. No importan las críticas que recibiera Piaget, porque, simplemente, se ignoran. No importan las críticas de Bruner al constructivismo, porque se desprecian. Pero lo que me subleva es que la misma escuela que está permanentemente abierta a las ocurrencias pedagógicas defienda, machaconamente, la importancia del pensamiento crítico.
Para comenzar compartimos el Siglo de Oro, que es tan hisopanoeuropeo como hispanoamericano y para continuar compartimos a nuestros abuelos. Miguel de Cervantes estuvo a punto de ser nombrado corregidor de La Paz, donde vivían sus amigos Juan de Salcedo Villandrando y Rodrigo Fernández de Pineda. O sea, El Quijote estuvo a punto de ser escrito en tierras americanas. Desde 1962, Cervantes es «Corregidor Perpetuo de La Paz».
Cuando oí a un indio de Bolivia el verbo «tristear», inmediatamente pensé que teníamos que importarlo a España, porque las vetas del español están tanto en La Paz como en Vallecas. Lo mismo pensé cuando en la ciudad de México escuché «cantinflear» y, a la inversa, cuando en Montevideo la hija de unos amigos me dijo que había aprendido a hablar en español y para demostrármelo elevó la voz y me dijo: «¡Jo, tío, eso mola! Pero es superdifícil, o sea. Que no te vacilo, ¿eh? Que no voy sobrado».
Ni en La Paz me he sentido boliviano; ni en México, mexicano; ni en Montevideo, uruguayo. Pero en ningún lugar de Hispanoamérica me he sentido extranjero. Ni tan siquiera en Antinomia, una ciudad próxima a Escalante, en la frontera de Arizona con Utah, por donde sor María Jesús de Ágreda practicaba su arte de la bilocación.
¿Te puedes sentir extranjero en Montevideo, donde las señales de Stop dicen lo que hay que decir, PARE, y no Stop? ¿Y en el Galeón de Roberto Cataldo, una memorable librería de viejo en la que encontré un ejemplar de De los nombres de Cristo, de Fray Luis de León con una dedicatoria manuscrita de Federico García Lorca y una primera tentativa del soneto Yo sé que mi perfil será tranquilo?
¿Cómo sentirse extranjero en la Ciudad de México, donde vive mi amigo Luis Moctezuma, nieto de navarros? ¿Cómo sentirse extranjero en las librerías de viejo de la calle Donceles, donde uno se encuentra con todo el exilio republicano español? ¿Cómo sentirse extranjero mientras te cuentan en una pulquería la historia del anarquista Mariano Sánchez Añón, nacido en 1909 en Mas de las Matas, Teruel, cuya compañera se llamaba Armonía del Vivir Pensando? ¿Puede un navarro sentirse forastero en la ciudad de Huamantla -Tlaxcala-, donde celebran anualmente La Pamplonada, unos encierros a imitación de los de Pamplona? ¿Cómo sentirse ajeno a lo que te rodea cuando visitas en Puebla la magnífica biblioteca de Juan de Palafox y Mendoza, beato, obispo y Virrey de Nueva España y -también- navarro, cuyos restos mortales se encuentran en El Burgo de Osma?
¿Cómo sentirse extranjero en Lima cuando cruzas «el viejo puente del río en la Alameda”? ¿Cómo sentirse extranjero entre los descendientes de los indios mapuches que tan denodadamente lucharon a las órdenes del Virrey Joaquín de la Pezuela manteniéndose fieles a Fernando VII? ¿Cómo no conmoverse siguiendo los avatares de esa larga guerra civil que dio lugar a la independencia de las repúblicas americanas? ¿Cómo explicar una guerra que duró más de quince años, en una extensión tan enorme y tan alejada de una metrópolis dividida y desorganizada? ¿Cómo sentirse extranjero cuando en el Museo Pedro de Osma, de Lima, se contempla el enorme cuadro que representa la boda de dos importantes princesas incas con Martín de Loyola (sobrino nieto de San Ignacio) y Juan de Borja (pariente cercano de San Francisco de Borja)?
Dejo en el tintero a mis amigos de Venezuela, Chile, Ecuador, Honduras… A Costa Rica y su «¡Pura vida!» y su verbo «tontolear» con el que se refieren a los singulares quehaceres de los enamorados, a mi entrañable Cúcuta, por donde discurre el río Pamplonica, a Barichara a Manizales, donde se mantiene en pie el Hotel El Escorial...
Me cuesta pasar de largo de la cordialidad de la República Dominicana y de las ruinas del convento de San Francisco, el primero que se fundó en América. Aquí residió Tirso de Molina y aquí conoció la vida y milagros del erotómano don Luis Colón, tercer Almirante de las Indias y nieto del Descubridor, que presenta no pocas similitudes con la de don Juan Tenorio.
Si los amigos son aquellas partes del alma que tenemos repartidas por el mundo, les aseguro que merece la pena repartir los trozos de nuestra alma por Hispanoamérica, en primer lugar, para conocernos mejor a nosotros mismos como españoles. Este es un deber urgente y gozoso.
"... no somos capaces de pensar en el futuro con la profundidad necesaria”.
Es un problema existencial, emocional, social y político: somos seres finitos en un universo básicamente infinito. Y eso es un problema, hay muchas cosas que no vemos ni comprendemos. Tengo dos hijos pequeños y, por supuesto, a veces es difícil saber qué voy a hacer mañana, ¡cómo para pensar en qué ocurrirá en 200 años! Pero este libro siempre ha sido una pequeña metáfora del cambio climático. Se trata del mismo problema fundamental: hemos construido toda una sociedad y una economía sobre un problema que no sabíamos que existía. ¿Cómo lo solucionamos o revertimos? ¿Qué hacemos al respecto?
(Sobre la situación de desprestigio que sufre la ciencia en Estados Unidos) creo que se trata de un momento relativamente breve en nuestra historia, pero se está causando un daño a todos los niveles que durará generaciones: interrumpiendo estudios que llevan años en marcha, desperdiciando millones de dólares en investigaciones que podrían haber aportado conocimientos cruciales en todos los campos, desde la salud humana hasta el cambio climático. Nunca pensé que viviría para ver una fuga de cerebros en mi país. Es desgarrador, los niveles de perturbación son inabarcables. Pero comprendo por qué hay escepticismo sobre la ciencia en algunos niveles. No gestionamos bien la respuesta a la pandemia y es difícil predicar que hay que confiar en la ciencia y luego enterarse de que los científicos, comprensiblemente, estaban a tientas en la oscuridad ante una amenaza totalmente nueva, pero actuaban como si tuvieran todas las respuestas cuando no era así. Y algunas de estas respuestas iniciales fueron erróneas.