Professors (50 sin leer)






Después de las fake news –la versión cibernética de las paparruchas y los bulos de toda la vida–, los timos de príncipes nigerianos que nos han dejado una herencia millonaria y los seguidores falsos en redes sociales, ahora las métricas de tráfico de algunos sitios web y las cifras de descargas de algunas aplicaciones también puede que sean falsas.El problema es que, según un informe de New York Magazine, más del 40% de todo el tráfico de internet no lo producen personas que visitan páginas o interactúan en redes sociales sino bots, programas que simulan la actividad humana en la red, con interacciones y movimientos del ratón iguales a los que hacen los visitantes humanos.Para Josep Lluís Micó, profesor de Periodismo en la URL-Blanquerna y autor del libro Digital-ethical transformation, este cálculo se queda corto, por lo que “hay que empezar a asumir que internet es un espacio habitado no sólo por personas, sino también por software que cumple una serie de funciones, algunas de las cuales son beneficiosas y absolutamente legítimas”. En opinión de Micó, más o menos la mitad –o sea entre el 20% y el 25%– de este tráfico artificial son lo que se denomina impersonators, imitadores que asumen personalidades falsas para engañarnos y que hacen que no sepamos con quien nos estamos relacionando”.Hay usos legítimos, conocidos y antiguos de los bots, como por ejemplo el que hace Google para indexar de forma eficiente las webs en su buscador. “Es una tecnología que existe desde los años ochenta, pero como pasa a menudo, hasta que una gran empresa la empieza a usar su implementación no se generaliza”, dice Gemma Vallet, directora de innovación en PHD Media y profesora en La Salle-URL. “En el futuro más cercano, el 60% de las grandes compañías tendrán alguna forma de bot”, añade Vallet.La cosa se tuerce cuando estos bots se emplean para incrementar la popularidad de alguien o de una página web o, dicho de otra manera, cuando la actividad de estos programas informáticos afecta a uno de los pilares en los que se basa la monetización de la publicidad en la red: las famosas métricas, la cantidad de visitas que recibe o los seguidores que tiene alguien en internet.Albert Molins Renter, Minas en la red, La Vanguardia 11/01/2019 [https:]]



El anti-intelectualimo moderno, con su raíz religiosa (rebrotada en el fideísmo protestante y sus variantes contemporáneas –como el evangelicalismo–), es consustancial al populismo conservador (sus valores –la familia, la patria, la tradición...– formarían parte de ese presunto «estado de naturaleza» presto a corromperse por el exceso de sofisticación intelectual). El problema es que también es consustancial a la casi totalidad de la cultura moderna, especialmente la anglosajona (tan tradicionalmente recelosa de la «intelectualidad» como apegada a la religión y la democracia). Hoy día, el anti-intelectualismo es el nexo de unión entre movimientos tan dispares como el neoconservadurismo y el ecologismo radical, y empapa y vertebra la cultura de masas (de inspiración, justamente, anglosajona), la espiritualidad «new age», los movimientos alternativos o el «pensamiento postmoderno»... De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

Es frecuente escuchar que en el ámbito de la educación moral del alumnado existen fuertes desacuerdos, que se ponen de manifiesto en la convivencia de alumnos de distinto origen cultural y religioso, o entre la voluntad de la familia y la de la escuela. No hace mucho, el 24/02/2014, el Tribunal Constitucional volvió a sentenciar en contra de quienes reclamaban que sus hijos no recibieran enseñanza de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos, resolviendo un desacuerdo profundo que había llevado a una familia a desobedecer la Ley Orgánica de Educación.
En esa sentencia se zanja un posible descuerdo y se afirma, por el contrario, que «existe un acuerdo generalizado en la necesidad de que la educación moral, o enseñanza de la ética, sea un objetivo prioritario de los sistemas educativos formales, en especial de los obligatorios»; además, estas enseñanzas «forman parte del contexto escolar europeo como expresión de la estrategia de la Unión Europea en orden a los distintos sistemas educativos nacionales promuevan los valores democráticos y de participación creando ciudadanos cívicos y responsables»; y para completar afirma que «las sociedades democráticas pueden compartir una serie de valores ante los cuales los estados y los poderes públicos no permanecen neutrales, so pena de hacer inviable el propio sistema democrático, y tales valores pueden ser divulgados a través de la educación».
Incluso la sentencia va más allá de lo que podría ser una pretendida ética de mínimos y afirma con contundencia máxima que «la Constitución española no es axiológicamente neutral, en cuanto se enmarca en un determinado contexto constitucional sin que sea posible abdicar de la orientación ética basada en valores constitucionales que se desprende de la misma, llegando a destacar que incluso frente a los valores no comunes o diferenciales el estado viene obligado a mantener una actitud positiva, de la misma manera que ha de desplegar una actitud beligerante con los valores contradictorios a aquellos que incorpora la Constitución.»
Se puede decir más alto, pero no más claro. Y lo curioso es que, haciendo las necesarias correcciones impuestas por el contexto, esa sentencia podría aplicarse a lo que decía la Constitución de 1812: «artº 366. En todos los pueblos de la Monarquía se establecerán escuelas de primeras letras, en las que se enseñará a los niños a leer, a escribir y contar, y el catecismo de la religión católica, que comprenhenderá también una breve exposición de las obligaciones civiles.» En el marco de una sociedad confesional, aquella constitución era claramente democrática, en la etapa inicial de lo que hoy entendemos por democracia, y apostaba por formar en obligaciones cívicas.
Aunque todavía se dan ciertas resistencias, el consenso al respecto es claro y es un consenso de máximos, no de mínimos: todas las escuelas deben comprometerse «con actitud beligerante» en la defensa de los valores que configuran las sociedades democráticas dotándolas de legitimidad. También las familias en su vida cotidiana. Y toda la sociedad si pasamos al ámbito de la educación informal. Máximo coraje necesitó Guus Hiddink para exigir y lograr la retirada de símbolos nazis en un campo de fútbol. Esos son valores que se presentan con rasgos de universalidad y objetividad, como es el caso de los Derechos Humanos, si bien su aplicación concreta puede dar pie a decisiones políticas divergentes. Y están, como es obvio, sujetas a sucesivas modificaciones y adaptaciones que, sin variar el fondo sustantivo, los concreten ateniéndose a los diferentes contextos.
Hay acuerdo, por tanto, en un conjunto sólido de valores vinculados a la vida en una sociedad que aspira a ser democrática, acuerdo al que se ha ido llegando poco a poco según las relaciones entre las diferentes culturas y naciones se iban haciendo más intensas y el mundo se hacía también más pequeño. El acuerdo cristalizó inicialmente en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de 1948, en cuya redacción participaron representantes de diferentes países, culturas y religiones.C
Eleanor Roosevelt sostiene un cartel con la Declaración Universal de los Derechos Humanos
Como bien decía Maritain, tras su participación en la redacción de esta declaración, el acuerdo fue posible, porque se dejaron a un lado los conceptos especulativos, las grandes concepciones del mundo y del ser humano, y los representantes de 48 países de todo el mundo —algunos tan poco occidentales como Afganistán, Irak, Birmania, Egipto o Etiopía— se centraron en conceptos comunes prácticos y en la afirmación de convicciones relacionadas con la acción. Llegar a ser conscientes de ese cuerpo compartido de convicciones prácticas sobre la conducta humana no fue en absoluto un logro menor, sino una autentica hazaña.
Cierto, el acuerdo fue facilitado por la brutal experiencia de la guerra mundial previa, apostando porque ese conjunto de valores, arraigados en las personas y las instituciones políticas, sociales, culturales y económicas, podría ayudar decisivamente a mantener la paz y la justicia.
El acuerdo existe, aunque luego sigan se mantengan desacuerdos en el reconocimiento y aplicación de dichos derechos, como no podía ser de otro modo. Y también existe, aparentemente, algún desacuerdo sobre el mejor modo de enseñarlos en los centros educativos. La educación moral se imparte de maneras bien diferentes. Pero de esto no da tiempo a hablar en este breve escrito.
Félix García Moriyón es profesor honorario del Departamento de Didácticas Específicas de la UAM y Coordinador del grupo de formación e investigación en la resolución de problemas morales Niaia.
La entrada Acuerdos en educación moral o ética se publicó primero en Aprender a pensar.
Le agradezco muy sinceramente la invitación, pero antes de aceptarla creo que es mi deber comentarles alguna cosa sobre mis convicciones pedagógicas.
1. Yo no sólo no me considero innovador sino que entiendo la novolatría como un síntoma de la decadencia del discurso pedagógico.
2. Lo bueno me interesa mucho más que lo nuevo.
3. No creo que las tecnologías (nuevas o viejas) sean otra cosa que prótesis antropológicas que amplifican, para bien o para mal, lo que cada uno ya es.
4. No me interesa tanto adivinar cuál será el mundo del futuro como comprender qué cambios se han dado ya en el presente para que nos obsesione el futuro.
5. Soy un defensor firme -cada vez más firme- del peso del conocimiento en la formación de una persona.
6. Me interesan las evidencias pedagógicas que soportan las propuestas educativas. Desconfío mucho de las buenas intenciones no soportadas en evidencias sólidas.
7. Tiendo a desconectar cuando oigo hablar de neurodidáctica, de educación emocional o de cambio de paradigma educativo.
8. Creo que el discurso sobre las llamadas “competencias del siglo XXI” es un timo intelectual.
Si, conociendo lo anterior aún siguen pensando que mi intervención en su “programa” puede ser de algún interés, con mucho gusto hablaría del error como ocasión de aprendizaje.
Con toda cordialidad
Gregorio Luri















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| Record que en queda al poble paraiguaià: Calle Elizabeth Nigtz Chen |
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| l record que hi queda: Calle Elizabeth Nigtz Chen |
A mi juicio, el secreto del éxito de la nueva derecha es que antepone lo moral a lo material. Los políticos progresistas siguen operando con una mentalidad materialista o marxista, centrada en la explotación económica. Y, sin duda, la globalización y la automatización han precarizado muchos puestos de trabajo. Urge mejorar la capacidad de negociación y los salarios de trabajadores que encadenan míseros contratos temporales. Pero muchos ciudadanos sienten que, con la inestabilidad laboral, no están perdiendo solo bienestar, sino también identidad, el orgullo de formar parte de una idea que les trascienda: su comunidad, su profesión o su fábrica.



La historia que tradicionalmente se escucha sobre los orígenes del neoliberalismo es que al final de la era dorada del capitalismo (1945-1975), el sistema entró en crisis. Inflación y estancamiento en Estados Unidos condujeron a un replanteamiento de las relaciones entre mercados y gobierno. En esta narrativa se dice que el régimen keynesiano, que estuvo en pie durante esos años, tuvo que ser remplazado por otro en el que el mercado sin reglamentaciones pudiera guiar las decisiones económicas a niveles micro y macroeconómico. El marco de referencia keynesiano había mantenido la idea de que la intervención de la política macroeconómica podía y debía corregir la inestabilidad del capitalismo y mantener niveles adecuados de la demanda agregada para afianzar las economías capitalistas. Pero la historia es que el estancamiento y la inflación mostraron los límites del régimen keynesiano y obligaron a rectificar el camino. Esa versión de la historia del neoliberalismo es simplista y errónea.Para comenzar, el término estancamiento para denotar lo que sucedía con la economía de Estados Unidos debe ser reconsiderado. Aquella década fue atravesada por dos recesiones cortas, pero en los demás años el promedio de crecimiento fue de 5 por ciento anual, lo que contrasta con la tasa de expansión de la economía de Estados Unidos en el periodo 1982-2017, que fue en promedio de 2.8 por ciento anual. Y la inflación en los años 1970, que algunos analistas describen como hiperinflación, fue en promedio de 7.25 por ciento para toda la década, nivel superior al de los decenios anteriores y posteriores, pero nada que se pueda calificar de hiperinflación.Alejandro Nadal, Neoliberalismo: la historia, Sin permiso 02/01/2019 [www.sinpermiso.info]
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| Monroe, McCullers, Dinesen, i l'aleshores marit de Monroe (Miller), el 1959 |

divendres, 25 de gener 2019 - Horari: 18h
Entrada lliure
Filmosofia: tertúlia de cinema i pensament: Fences (2004) del dir. Denzel WashingtonSinopsi: “Fences” significa mur o tanca, per tant, allò que marca una separació, una frontera, un límit entre un dins i un fora. Per tant, entre un nosaltres i un els altres, amb els quals no ens reconeixem, car llur diferència se’ns fa incòmode i incomprensible, intolerable i perillosa. Lluny d’acceptar la possibilitat de conviure plegats en “un món comú”, seguint la terminologia de la
... (... continúa)