
Professors (50 sin leer)

Angelus Novus. Paul Klee. 1920


Un espectro está acechando a América— el espectro del Libertarismo. Todos los Poderes del Gobierno han entrado en una alianza sagrada para exorcizar este espectro.
Los libertarios desprecian ocultar sus puntos de vista y objetivos. Declaran abiertamente que sus fines solo pueden ser alcanzados mediante el derrocamiento forzoso de todas las condiciones sociales existentes. Que las clases trabajadoras tiemblen ante una revolución libertaria. Los capitalistas no tienen nada que perder excepto sus cadenas. Tienen un mundo que ganar.
¡RICOS DE AMÉRICA, UNÍOS!

El cambio más importante y más trascendental comparado con el Trump número 1 es que ahora tiene a Elon Musk y su alegre pandilla de rompedores de convenciones que están procediendo al desmantelamiento del aparato del Estado. Lo que bajo el título de Departamento de Eficiencia Gubernamental están haciendo parece novedoso para la gente que no ha tenido experiencia o conocimiento siquiera de algún cambio revolucionario. En Estados Unidos, el último de esos cambios revolucionarios lo llevó a cabo Roosevelt en los años treinta del siglo pasado; aquello incluía demoler el antiguo Estado, crear uno nuevo y dotarlo de multitud de funciones nuevas, muchas de las cuales han perdurado durante décadas. Es de primero de marxismo que si uno tiene un movimiento revolucionario, ese movimiento para sobrevivir tiene que demoler el aparato del Estado anterior y crear uno nuevo. Marx escribió sobre eso refiriéndose a la Comuna de París: “La próxima tentativa de la revolución francesa [la Comuna] no será hacer pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla [el énfasis es de Marx]” (Cartas a Kugelmann, 12 de abril de 1871). Más tarde Lenin lo implementó cuando llegó al poder. Sin el control del aparato del Estado, cualquier revolución está incompleta y en peligro de ser derrocada.
La revolución actual viene con ciertas (por así decirlo) características estadounidenses. El Estado estadounidense se ha convertido en una enorme maquinaria desconectada en buena medida de quienquiera que esté en el poder. De eso se dieron cuenta los ideólogos de la revolución trumpista: de que el aparato del Estado continuaba funcionando y produciendo los mismos resultados sin importar quién estuviera en el poder. Si bien eso ocurre en muchos países, en Estados Unidos se ha exacerbado por la peculiaridad estadounidense de que gran parte de la toma de decisiones se han “externalizado” o suprimido, tanto en el poder ejecutivo como en el legislativo. El Departamento de Finanzas, ya sea bajo los demócratas o bajo los republicanos, lo lleva Wall Street (Paulson, Rubin, Mnuchin, Brady y tutti quanti), la Reserva Federal es legalmente independiente, y Estados Unidos fue famoso en el siglo XIX, y ha vuelto a serlo ahora, como “un sistema de juzgados y partidos”, en el que el poder judicial toma de facto muchas de las decisiones políticas que en los sistemas parlamentarios toman los políticos. Cuando uno junta todas esas cosas se da cuenta enseguida de que el alcance del poder ejecutivo es bastante limitado, no solo por lo que convencionalmente se consideran los límites impuestos por el Congreso y por el poder judicial independiente, sino por el hecho de que grandes segmentos de la toma de decisiones (sobre políticas fiscales y monetarias, o políticas normativas) están en manos de apparatchiks [esbirros del Estado] que son independientes del partido en el poder, y le prestan escasa atención.Los ideólogos de la revolución trumpista (y aquí tengo especialmente en mente a N. S. Lyons, que ha producido unos cuantos textos ideológicamente muy claros, en particular The China Convergence y American Strong Gods) han notado otro fenómeno más que limita el alcance de su revolución. A lo largo de los años, el aparato del Estado se ha ido poblando de extremistas liberales que evidentemente no comparten la visión del mundo de los revolucionarios trumpistas. De ese modo, el aparato del Estado ha quedado adicional e ideológicamente aislado del ejecutivo trumpista. Los revolucionarios creen que el aparato del Estado se ha llenado de liberales por el predominio de los liberales en la esfera intelectual, a través del control sobre las principales universidades estadounidenses, el mundo de los laboratorios de ideas y las instituciones cuasi gubernamentales. El punto de vista liberal ha llegado a dominar a todos aquellos que se unen al aparato del Estado o participan en actividades “paraestatales”. (Obviamente, las personas que ocupan el aparato seleccionarán para ayudarlas o reemplazarlas a otras con opiniones parecidas [a las suyas].) Los ideólogos atribuyen el ascenso de esa Clase Dirigente Profesional (CDP) a su superioridad en la producción de conocimiento. No me parece que esa explicación sea especialmente convincente, porque considera que el escenario del conflicto es la ideología, detrayéndola de “la infraestructura”, que es el escenario de reproducción social en el que ideologías más materialistas tienden a ver contradicciones cruciales expresándose a sí mismas. En cualquier caso, la superioridad en la producción de conocimiento intelectual se traduce, mediante el personal contratado, en el control del aparato del Estado.
Si ese diagnóstico es sólido, entonces está claro que los revolucionarios tienen que apoderarse de y/o destruir el aparato del Estado existente. Eso significa que es necesario que la purga vaya mucho más lejos que los cambios habituales cuando un nuevo presidente llega al poder, que se limitan a los puestos más altos y solo afectan a nombramientos de libre designación. Si hay que apoderarse del aparato del Estado, la purga tiene que ser mucho más exhaustiva, y los cargos de libre designación hay que implantarlos en posiciones mucho más profundas, incluso en puestos técnicos normales. Dado que muchos instrumentos gubernamentales están en todo caso exentos de control por parte del ejecutivo, que la “hegemonía” ideológica de la derecha tardaría décadas en ser una realidad (si alguna vez llegaba a serlo), y teniendo enfrente un aparato gubernamental adverso, los revolucionarios trumpistas concluyeron que, incluso si ganaban unas elecciones tras otras, iban a poder conseguir muy poco. Cambiaría la “espuma” de la superficie, pero poco más.Creo que esto aporta una explicación lógica al empeño de los revolucionarios en hacer que el cambio resulte perdurable. A veces, risiblemente, se afirma que los revolucionarios quieren destruir el “Estado profundo”, para luego argumentar que semejante Estado profundo no existe en Estados Unidos. Esa es una objeción ingenua que interpreta el sentido del Estado profundo tal como fue definido originalmente en Paquistán y en Turquía: una institución militar no controlada por el gobierno. Eso como tal no existe, o desde luego no existe, plenamente, en Estados Unidos. Antes al contrario, el intento de apoderarse del Estado se atribuye al partidismo. Esta es una crítica sin sentido porque el partidismo, por definición, lo comparten todas las convicciones y todas las ideologías políticas. Solo quienes viven en mundo etéreo de fantasía pueden sostener que las decisiones económicas nacionales e internacionales son cuestión de pura habilidad técnica. Ese es el argumento que utilizan las élites para afirmar que ellos poseen conocimientos técnicos especiales que los eximen de ser partidistas, y que por lo tanto se les debe dejar en paz para que sigan haciendo lo que sea que hayan venido haciendo hasta ahora. Ambas críticas a la acción de los revolucionarios están desencaminadas. El objetivo de los revolucionarios es tomar el control del aparato del Estado, lo cual, bajo las condiciones específicas de Estados Unidos, significa (como lo significó durante la Revolución Cultural china o las transiciones poscomunistas de Europa del Este) la purga de los empleados públicos. Ese objetivo no tiene nada que ver con la existencia o no de un “Estado profundo” al estilo turco, ni con el partidismo político. Tiene que ver con el poder. La batalla que estamos viendo entre Elon Musk y sus seguidores y diferentes partes del Estado estadounidense son las batallas normales que se ven cuando un movimiento revolucionario quiere dejar una huella más profunda sobre el futuro.
Los griegos comenzaron a construir modelos geométricos sobre algunas suposiciones metafísicas. Aristóteles recogió la tradición griega que consideraba que la Tierra sometida al cambio constante estaba compuesta de cuatro elementos que se mezclan e intercambian en diversas proporciones: tierra, aire, agua, fuego. Pero en el firmamento, donde todo permanecía inalterado durante el paso de los siglos, los astros debían constituir entidades divinas, incorruptibles, eternas. Debían de estar hechos de un quinto elemento, el llamado éter. A su vez, la tradición pitagórica que Platón retransmitió había inspirado la idea de que ese carácter perfecto del divino firmamento debía estar ligado a la perfección geométrica de la esfera y el círculo. De modo que, alrededor de la Tierra, había de girar la gran esfera de las estrellas fijas y un cúmulo de esferas y círculos que, de alguna forma, explicasen el movimiento de esos díscolos errantes planetas perfectamente identificables en el firmamento. Mercurio, Venus, Júpiter, Saturno,…
Pero la cosa no era fácil. Cuando el número acudió a precisar los movimientos, los astrónomos observaron que un simple modelo en el que los planetas describieran círculos alrededor de la Tierra no era capaz de predecir los avances y las retrocesiones que describen a lo largo del año. Era necesario, respetando esas creencias griegas, hacer más complejo el modelo para ajustarlo a las observaciones. Algunos como Apolonio de Perga o Hiparco de Nicea emplearon diversos arreglos geométricos, como el de los epiciclos y los deferentes. Este sistema consistía describir la trayectoria de los planetas a través de diversas trayectorias circulares: alrededor de la Tierra, algo desplazada de su centro, se dibujaría una trayectoria circular llamada deferente. Por esta trayectoria a su vez giraría no el planeta sino un punto vacío, alrededor del cual a su vez giraría el planeta en un segundo círculo llamado epiciclo. Con ello se conservaba la perfecta circularidad y al mismo tiempo se explicaban las idas y venidas observadas desde la Tierra.
Con estos ardides, por fin, en el siglo III Claudio Ptolomeo compendió en su famosa obra Almagesto un portentoso desarrollo, respetuoso con la tradición filosófica griega y con una gran precisión. Este gran modelo, de forma simplificada, sería retratado como un modelo geocéntrico, pero escondía innumerables ajustes con múltiples epiciclos, haciéndolo tan bueno que resultó indiscutible durante más de mil años.
Después de una decena de siglos, otro astrónomo, impulsado por sus creencias, se atrevió a desafiar este milenario sistema. Contra toda evidencia, pues la tierra no parece moverse bajo nuestros pies, un clérigo polaco llamado Nicolás Copérnico la echó a rodar. Y todo porque se sentía especialmente embaucado por las virtudes de la simplicidad que un fraile franciscano había predicado un par de siglos antes. Este fraile era Guillermo de Ockham y con su famosa navaja había postulado un principio filosófico con el que depurar los excesos especulativos de los escolásticos de su tiempo: Los seres no debían multiplicarse innecesariamente para explicar la realidad. Una parsimonia o economía ontológica eran recomendables. Resulta mucho más plausible que suceda lo sencillo a lo complicado. Lo simple es con frecuencia más verdadero que lo complejo. Nadie puede probar esto ni se cumple siempre, pero estadísticamente parece un principio razonable. Una creencia inspiradora.
Por eso, Copérnico, impulsado por esta convicción, desafió no solo la intuitiva quietud de la Tierra, sino también las escrituras que explícitamente contenían algún versículo que la confirmaba⁵. Acaso por eso su obra no apareció publicada hasta después de muerto, para evitarse problemas inquisitoriales. La algarabía abigarrada de epiciclos y deferentes de Ptolomeo contrastaba con la simplicidad de un modelo que seguía obedeciendo a la perfección circular, con la pequeña minucia revolucionaria de poner en órbita a la Tierra alrededor del Sol. Comenzaba para muchos la Revolución Científica. Con un librito revolucionario sobre revoluciones que tardaría más de medio siglo en llamar la atención.
Pero el modelo no era tan sencillo como suele representarse. Para que cuadraran los datos, Copérnico tuvo que seguir recurriendo a algún que otro epiciclo para encajar las observaciones. Y la acumulación de datos pondría la precisión de su modelo contra las cuerdas, de forma que nuevas creencias inspiradoras y nuevos cálculos vinieran al rescate para mejorarlo.A la muerte de su maestro, Johannes Kepler heredó sus precisos registros planetarios que había ayudado a recopilar. En su ingente observatorio, Tycho Brahe había logrado hacer mediciones cuarenta veces más precisas que las de sus predecesores. Pero esas evidencias tensionaban el modelo de Copérnico que tenía cautivado a Kepler. Convencido de que el polaco había andado cerca, no podía negar que el sistema heliocéntrico basado todavía en el antiguo dogma griego de los círculos perfectos resultaba insuficientemente preciso. Así que tuvo que reemplazar sus creencias por otras que le sirvieran de inspiración.
Kepler seguía convencido de la perfecta armonía matemática del universo que los antiguos habían detectado, para él símbolo del Dios arquitecto de la creación. Dejó escrita la franca confesión de que estaba “robando los vasos de oro de los egipcios, para construir con ellos un templo a mi Dios”. Y entonces se le ocurrió la idea, regresando a Platón, de que quizá la perfección se hallaría en los cinco sólidos platónicos. Estos son los únicos cinco poliedros convexos regulares, es decir, en los que sus lados, ángulos y caras son idénticos:

Además, estas figuras tenían la ventaja de haberse asociado tradicionalmente a los elementos fundamentales de la naturaleza en los que creían los griegos. Y los inscribió en esferas concéntricas, circunscritas sucesivamente, tratando de predecir las distancias de los seis planetas conocidos, incluyendo la Tierra, entorno al Sol.
Sin embargo, anidar estos cinco poliedros regulares no resolvía el problema y sus cálculos seguían sin cuadrar. Así que Kepler siguió buscando, persuadido todavía de la perfección geométrica, qué otra figura sería merecedora del cuño divino. La búsqueda fue un proceso arduo y obsesivo. No contaba con las herramientas matemáticas precisas, salvo por los recientemente inventados logaritmos que le agilizaron algunos cálculos. Durante años, exploró con una paciencia inquebrantable y una intuición casi mística múltiples posibilidades geométricas, hasta que, finalmente, halló la respuesta en las secciones cónicas descritas desde la Antigüedad por Apolonio de Perge
:
Qué gratificación debió de experimentar Kepler cuando descubrió que los planetas se movían en trayectorias con forma de elipse, con el Sol en uno de sus focos. El universo respondía a su creencia en que una lógica profunda y armoniosa lo gobernaba. La huella de un Creador. Casi ocho décadas tardaría un tal Newton, cargado con sus propias creencias, en explicar por qué lo hacía, cerrando aquel magnífico período que los historiadores dieron en llamar Revolución Científica.
Javier Jurado, Creencias que iluminaron el cosmos, Ingeniero de Letras 15/02/2025
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
¿Cómo es que los pobres y las clases medias depauperadas votan en masa a gente como Trump o Milei, representantes de las grandes fortunas, la desregulación financiera y la eliminación de impuestos y políticas sociales? – se preguntan los intelectuales y prebostes de la izquierda – ¿No es como si un condenado votara a favor de su propia sentencia de muerte? Puede ser. Aunque cabría responder que, en ocasiones, un condenado puede estar a favor de su propia condena…
El prejuicio (sea marxista o liberal) de que nadie actúa contra sus intereses materiales, presupone la idea de que la economía es más importante que la moral para explicar nuestra conducta (“Es la economía, estúpido”, rezaba la propaganda electoral de Clinton en los 90), algo que los hechos desmienten una y otra vez. No hay más que comprobar el grado de animadversión que, pese a sus generosas políticas sociales y a un crecimiento económico espectacular, despierta el gobierno de Pedro Sánchez en buena parte de la población española (y no solo, ni mucho menos, de la más rica).
Las personas nos movemos por ideas y valores (que no son más que otro tipo de ideas), e incluso cuando creemos que nos determinan la economía o los genes estamos hablando de ideas filosóficas o científicas. Si admitimos este presupuesto, la solución al presunto enigma de pobres-que-votan-a-ricos empieza a estar más cerca. Solución que pasa por analizar qué relatos morales son los que laten en la cabeza de la gente.
Uno de ellos es el de meritocracia, un discurso que, por tramposo que sea, no deja de cautivar a la mayoría. Su principal efecto es el de disolver la fuerza de las masas precarizadas convirtiéndolas en un amasijo de individuos aislados y atormentados por la idea de creerse los responsables de su fracaso; culpa y rabia que acaban proyectando, no contra el poder cada vez más absoluto de los ricos y sus herederos, sino contra los que son más pobres aún (inmigrantes, minorías, mujeres…) o, en el mejor de los casos, contra el cada vez más menguado poder de la «élite» política que, peor que mejor, aún les protege de la rapiña oligárquica.
Pero el de la meritocracia y el del antagonismo «pueblo-políticos corruptos» no son los únicos relatos de carácter moral que epatan a mayorías cada vez más amplias. Otro de estos relatos es el de la nostalgia por un pasado idílico que hay que «hacer grande de nuevo» y en el que no había corrupción ni chorradas «woke», la gente prosperaba y los hombres se vestían por los pies. Discurso retroutópico este en el que cabe integrar la vieja ética obrera del trabajo duro frente a la inmoralidad de las «paguitas» y los «chiringuitos» subvencionados por el Estado.
A todos estos relatos el sociólogo Jessé Souza añade el que llama «síndrome del joker», una suerte de rebeldía ciega con la que parte de esa clase media empobrecida y humillada expresa su resentimiento votando a esos otros «jokers» de lujo que, motosierra o decretos ejecutivos en mano, prometen dar una patada al tablero y voltearlo todo (a su favor, claro, pero esto último ya no se oye).
Sea como fuere, la política real trata de moral, de ideales. Si no tocamos (con toda la imaginación posible) esta parte del motor, no habrá giro real de tendencia, y estaremos condenados a ese otro síndrome del joker intelectual y moralista que encarnan algunos gurús de la izquierda, exhibiendo por los salones su depresión y deserción de un mundo que – como de costumbre – no cabe en su exigente mirilla moral.

Es curioso que un referente tan estable como el concepto de amistad no haya generado instituciones propias. No hemos inventado ninguna forma que la regule, institucionalice y legisle. ¿Por qué no firmamos papeles para hacernos amigos? De esta pregunta parto para buscar no lo que tienen de obvio, sino lo que tienen de extraño las relaciones de amistad. Los amigos no vienen de nuestro núcleo familiar, íntimo o doméstico. El amigo o la amiga siempre es aquella presencia a la que nos vincularemos a través de la vida y vendrá de fuera. El vínculo no viene construido, hay que inventarlo.
Los miedos contemporáneos impulsan un repliegue a mundos interiores, ya sean domésticos o basados en identidades muy claras, de gente que es como nosotros, que piensa como nosotros, que se mueve como nosotros. Eso deja mucho más intransitable esta idea de dejar llegar al extraño, descubrir lo extraño de nosotros mismos. Lo que, para mí, es la aventura de la amistad.
Ya no creamos comunidades de amigos, sino burbujas de iguales. Me pregunto en qué medida confundimos la necesidad de seguridad con el deseo de amistad. Los amigos nos pueden dar apoyo o acompañamiento porque son prácticas que vemos desintegrarse en otros ámbitos de lo social, lo laboral o lo familiar. Pero cuando la amistad es vista como una terapia, esta idea de “mis amigas son mi salvavidas”, se apuesta por una reducción de la aventura de la amistad en sí misma. La finalidad de la amistad no es anestesiarnos de nuestros miedos, sino poder perderlos juntos.
El problema del tiempo en la amistad es que no se debe medir por su cantidad, sino por su sentido. Mucha gente cree que la amistad, si no es para toda la vida, no es amistad. O que se le debe dedicar muchas horas. Pero ¿quién ha estado en tu vida y de qué manera? Además, ¿quién puede disponer de más cantidad de tiempo para sus amigos? Hay formas de privilegio que muestran, simplemente, quién tiene más tiempo y más dinero, no quién tiene más amigos ni qué tipo de amistades sostiene. Sabemos, además, que mucho de ese tiempo es banal, repetitivo, absurdo. Muchas veces, por dentro, nos estamos aburriendo y agotando, pero ese tiempo está hecho para hacer que no se note, para que no sintamos y no moleste nuestra soledad. También se habla con desprecio, muy clasista, sobre las amistades que se puedan sostener con un “hola, ¿cómo estás?”, por mensaje de WhatsApp. “Esto no es amistad, es una versión de poca calidad”, dicen. ¿Y por qué? ¿Quién establece todo este régimen de jerarquías sobre cuáles son las verdaderas amistades y las que no, las que pueden gozar de amistad con todas las letras y las que solo son versiones low cost?
La amistad no es un espacio libre de juicio. Los amigos juzgan y esperan que seamos de determinada forma. En un mundo que se desdibuja es idónea una voz que parezca más confiable, a veces, que la de los propios humanos. Alguien que responde siempre, que siempre está ahí, que siempre es amable, que siempre rectifica y que está dispuesto a pensar con nosotros. Es muy interesante este nuevo paradigma. Me contaba una persona que trabaja en un juzgado de violencia de género que se había dado el caso, por primera vez, que tuvieran que juzgar una violación, casi infantil, en el que la muchacha había compartido su agresión antes con la IA que con su entorno de confianza. No lo dijo ni a familia ni a amigas. Esa conversación, ¿en qué medida no es válida como testimonio? ¿Hasta dónde es confiable esa conversación?
Desde Aristóteles, en la tradición clásica, la amistad se define por la reciprocidad de los hombres libres. Son amigos aquellos que no dependen los unos de los otros. A la amistad acceden los adultos autosuficientes, tanto en términos materiales como sociales. Las relaciones de dependencia están delegadas en mujeres o esclavos. La infancia y la vejez son zonas de no interés y todas las dependencias, reproductivas o materiales, quedan fuera para el ejercicio pleno de su autonomía. Es un paradigma violento, además de excluyente.
Para poder gozar de la amistad hay que perder el miedo a la soledad. Muchas de estas amistades que se nos están proponiendo de tipo terapéutico, de tipo identitario, no se construyen desde no tener miedo a la soledad, sino desde el contrario: el miedo atroz al aislamiento social y a la soledad no deseada. Todo ese miedo es el que crea esta necesidad casi adictiva de la vida social y escenificada, aunque sea solo en las redes, en las que siempre hay otros. Yo hago una reivindicación de la soledad, no como aislamiento, sino como esa condición que nos hace aprender que uno no basta, que uno no se basta.
Noelia Ramírez entrevista a Marina Garcés: "Para gozar de la amistad hay que perder el miedo a la soledad", El País 16/02/2025




Hi ha una profunda similitud entre els atacs de Trump a la tríada ambientalisme/PC/LGBT+ i el conflicte entre Rússia i Europa. És a dir, cal fer una pregunta senzilla: quina civilització encapsula avui plenament la tríada atacada per Trump? Només un: la civilització europea com a darrera forma de la Il·lustració. En una entrevista el 15 de juliol de 2018, just després d'assistir a una tempestuosa reunió amb els líders de la UE, Trump va esmentar la Unió Europea com la primera en la línia dels "enemics" dels EUA, per davant de Rússia i la Xina: el que intenta fer és dissoldre la unitat europea, i els seus esforços troben ressò a cada cop més estats europeus (Hongria, Alemanya, Àustria, Regne Unit...). Durant la Conferència de Seguretat de Munic, el primer acte del vicepresident nord-americà, JD Vance, va ser llançar un brutal assalt ideològic contra Europa, acusant els seus líders de reprimir la llibertat d'expressió, de no aturar la migració il·legal i de fugir amb por de les veritables creences dels votants. Va qüestionar obertament si els valors europeus actuals justificaven la defensa dels EUA.
"Europa" és avui un terreny de lluita ideològica i política; moltes idees d'Europa competeixen i es troben en una mena de superposició: la noció conservadora d'Europa com a espai d'estats sobirans cristians; la visió tecnocràtica d'Europa com a unitat econòmica; etc. Aleshores, quina Europa molesta tant a Trump com als populistes europeus? És l'Europa de la unitat transnacional, l'Europa vagament conscient que, per fer front als reptes del nostre moment, hem d'anar més enllà de les limitacions dels estats-nació; l'Europa que també s'esforça desesperadament per mantenir-se d'alguna manera fidel al vell lema il·lustrat de solidaritat amb les víctimes, l'Europa conscient del fet que la humanitat és avui Una, que tots estem en el mateix vaixell (o, com diem, a la mateixa nau espacial Terra), perquè la misèria dels altres sigui també el nostre problema...
Slavoj Zizek, Fate no longer smiles on us, europeans, slavoj.substack.com 18/02/2025
"Juzgar un trabajo escolar hecho con ChatGPT puede ser un desafío porque la herramienta puede producir respuestas bien estructuradas, coherentes y detalladas. Sin embargo, hay algunas estrategias que puedes usar para identificar si un trabajo fue generado con la ayuda de una IA:
1. Estilo de escritura2. Falta de ejemplos específicos o detalles personales
- Los textos generados por IA suelen tener un estilo muy formal o "neutral". A veces, pueden carecer de una voz personal o de matices propios de un escritor.
- Si el trabajo suena excesivamente pulido o demasiado estructurado, podría ser una señal de que fue generado por un modelo de lenguaje.
3. Inconsistencias o errores sutiles
- Los textos generados por IA a menudo tienden a ser generales y pueden carecer de ejemplos específicos o anécdotas que demuestren una comprensión profunda o experiencia personal.
- Si el trabajo presenta temas de manera muy teórica o abstracta, podría ser una señal de que no fue escrito desde una perspectiva personal o investigada.
4. Falta de citas o referencias correctas
- Aunque ChatGPT puede generar textos muy coherentes, a veces comete errores sutiles que no son obvios a simple vista. Por ejemplo, puede mezclar datos, ofrecer conclusiones erróneas o saltar entre ideas sin transiciones claras.
- Asegúrate de que los datos citados sean precisos y que las conclusiones del trabajo tengan sentido lógico.
5. Verificación de plagiado
- Los trabajos generados por ChatGPT pueden presentar información valiosa, pero a menudo carecen de citas precisas de fuentes. Si el trabajo no menciona de dónde proviene la información o no tiene un formato de citas adecuado (si corresponde), esto puede ser una señal de que fue generado por IA.
6. Entrevista o conversación sobre el trabajo
- Algunos programas de detección de plagio no identifican los textos generados por IA como plagio, pero pueden ser útiles para ver si el trabajo coincide con textos ya disponibles en internet.
- Sin embargo, ten en cuenta que, aunque no se pueda detectar directamente si se usó IA, estas herramientas pueden encontrar fuentes similares a las que el modelo de lenguaje pudo haber usado como base.
7. Uso de herramientas para detectar contenido generado por IA
- Una de las mejores maneras de confirmar si un estudiante realmente comprendió el tema es hacerle preguntas sobre el contenido del trabajo. Si no puede explicar en detalle lo que ha escrito o muestra dificultades para profundizar en el tema, eso podría indicar que no lo hizo por sí mismo.
8. Análisis de la fluidez del lenguaje
- Existen herramientas como GPTZero o AI Text Classifier que están diseñadas para detectar si un texto ha sido generado por una inteligencia artificial. Estas herramientas pueden proporcionar una estimación de la probabilidad de que un texto haya sido creado con ChatGPT u otras IA de lenguaje.
9. Evaluación del trabajo según el contexto de aprendizaje
- ChatGPT puede generar textos fluidos, pero a veces utiliza construcciones demasiado complejas o repetitivas. Esto puede ser una pista de que el trabajo fue creado por una IA.
- Si un estudiante entrega un trabajo que no refleja el nivel de su conocimiento previo o sus habilidades de redacción, podría ser una señal de que ha recurrido a herramientas como ChatGPT.
En resumen, una combinación de observación del estilo de escritura, la consistencia del contenido, la falta de citas y el uso de herramientas de detección de IA pueden ayudarte a juzgar si un trabajo fue realizado con la ayuda de ChatGPT. Además, las conversaciones con los estudiantes sobre sus trabajos y su comprensión del tema pueden ser cruciales para verificar su autenticidad."
Llicó, per començar: pensar com ho faries abans de demanar a la IA. Això et dona criteris per jutjar!!
I
Esta mañana ha merecido la pena. He llegado a la estación de Atocha a las 10:02. Al salir del tren me ha recibido ese huraño frío mesetario. Huraño, por cierto, tiene la misma raíz que forastero. He ido a paso ligero al metro porque Armando Zerolo me esperaba en el intercambiador de Moncloa.
II
Con Armando siempre es fácil hablar. Así que hemos hablado y caminado hasta la casa de Juan Miguel Palacios, con el que hemos pasado un rato inolvidable. Hamos hablado, por supuesto, de su padre, Leopoldo Eulogio Palacios, especialmente de uno de sus libros, La prudencia política, pero, como suele ocurrir en estos casos, nos hemos perdido gozosamente por mil circunloquios.
III
Me acabo de leer ahora mismo, en la habitación del hotel, un magnífico trabajo de Leopoldo-Eulogio Palacios titulado De la razón histórica a la razón poética, todo un festín filosófico, y me espera sobre la cama un libro primorosamente editado, una selección de artículos titulada Leopoldo-Eulogio Palacios. El juicio y el ingenio y otros ensayos.
IV
Al salir de la casa de Juan Miguel, Armando y yo hemos reanudado la conversación, centrada ahora en Europa y esos merluzos de gobernantes que se reúnen en París en una situación de crisis de una extrema gravedad, porque a los europeos nos están diseñando el futuro an Arabia, y la única conclusión a la que llegan es que son incapaces de llegar a una conclusión compartida. A veces hay que darle la razón a Donoso y acordarse de la santa madre de la case discutidora.
V
He comido cerca del hotel en un restaurante navarro. De primero, pochas de la ribera con guindillas; de segundo, callos a la navarra. De postre, torreja con helado. Y aquí estoy, como una boa después de zamparse un buey, leyendo entre cabezadas de sueño.
I
Europa está perpleja. Aún no nos hemos repuesto del susto: resulta que la política internacional es lo que ha sido siempre, pero que en las últimas décadas intentábamos ocultar que fuera: hobbesiana. El pez grande se come al chico. Y punto.
II
En una política hobbesiana lo que cuenta es tu capacidad para defender tus intereses. Si eres un país grande tienes intereses comerciales, militares, estratégicos e ideológicos; si eres un país pequeño (pienso en la UE), no te puedes permitir el lujo de tener otros intereses que los comerciales. Europa tiene que decidir si quiere ser Fenicia.
III
Lo triste de las broncas que algunos relevantes políticos norteamericanos nos echan en nuestra propia casa es que lo hacen porque pueden y nosotros lo tragamos porque no podemos hacer otra cosa. El que manda quiere que se sepa que manda y que el altruismo no forma parte de sus intereses.
IV
Tengo poco de profeta. No sé cómo acabará todo esto, aunque sí sé que en política los resultados pocas veces se derivan directamente de las intenciones. Pero me parece que Europa o reacciona o se resigna a ser el museo del mundo (una Fenicia con muchas joyas heredadas).
V
Ucrania. La clave del asunto es la siguiente. Un gigante, Putin, invade Ucrania, un país europeo. Estamos dispuestos a darle dinero y armas; pero bajo ningún concepto estamos dispuestos a mandar a nuestros hijos a defender las fronteras de Europa.
VI
Europa no es la Unión Simbólica Europea. Tampoco sabe exactamente cuáles son sus fronteras, no está dispuesa a defenderlas.
I
El filósofo Derek Parfit pedaleaba desnudo en su bicicleta estática, leyendo filosofía; se cepillaba los dientes durante horas, leyendo filosofía; todos los días comía el mismo desayuno de muesli y yogur y la misma cena de zanahorias, queso, lechuga y apio, para maximizar su tiempo para la filosofía; preparaba café con agua directamente del grifo, para tener más tiempo para la filosofía; tomaba una mezcla de vodka y pastillas todas las noches para poder dormir, ya que no podía dejar de pensar en filosofía.
II
No soy Derek Parfit, pero lo entiendo.
III
En una cosa sí que me parezco a él: en la obsesión correctora de los textos que, fatalmente, los empeora. Los textos demasiado pensados acaban convirtiéndose en laberintos y están llenos de añadidos de última hora que torturan las frases y hacen la lectura más farragosa. Te dan ganas de romperlos, pero como hay que enviarlos aquí o allá, los envías a disgusto. ¡Cuántas veces he deseado haber guardado el primer borrador, donde todo estaba, si no completamente claro, sí más fresco y natural.

En los orígenes de la cultura occidental, en la Grecia clásica, encontramos una rebosante confianza en la vida. En su clásico The Greeks (Los griegos), insuperable introducción al mundo helénico, H.D.F. Kitto comentaba que el elemento de tragedia en la cultura griega nada tenía que ver con el pesar: los griegos reían con frecuencia y exhibían una «casi feroz alegría de vivir» (almost fierce joy in life). En ninguna otra cultura posterior, continúa Kitto, volvemos a encontrar aquella «extraordinaria confianza en la humanidad» (superb self-confidence in humanity), como no sea en el Renacimiento, que precisamente tomaba como modelo a la Grecia clásica.
Contrastando la poesía griega antigua con la literatura moderna, Kenneth Rexroth también destaca en ella la expresión de confianza en el mundo y en la vida:
¿Qué caracteriza a esta poesía? ¿Qué es la sensibilidad pagana? ¿Qué es lo que se fue perdiendo? La confianza.
En griego clásico, para decir «hola» y «adiós» se decía «¡alegráos!», «¡alégrate!»(χαίρετε, χαῖρε). Tal vez había una resonancia de ello en la fórmula de despedida, cada vez más en desuso, «¡que usted lo pase bien!».
¿Qué ha ocurrido para que desde el amanecer griego, rebosante de vitalidad y espontaneidad, en el que lo divino, lo natural y lo humano nunca están separados, se pase a mundos llenos de artilugios y de absurdo, de artificios y de ansiedad, mundos vacíos de sentido, huérfanos de lo divino, desligados de lo natural y, cada vez más, alienados de todo lo propiamente humano?
Jordi Pigem, ¿Qué pasó con la vida?, Browstone España 16/02/2025



Übermensch quiere decir que el hombre es un puente, una transición, para superar la realidad del hombre. Y nada en el texto es gratuito para expresarlo. Zaratustra consuela a un equilibrista que cae y lo felicita por haber entendido la vida como riesgo.
El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, —una cuerda sobre un abismo.
Un peligroso ir más allá, un peligroso en camino, un peligroso mirar atrás, un peligroso escalofrío y un peligroso quedarse quieto. Lo que es grande en el hombre es que es un puente y no una meta: lo que puede ser amado en el hombre es que él es un tránsito y un ocaso.
Yo amo a quienes no saben vivir más que pereciendo, pues ellos son quienes van más allá.
Amo a los grandes despreciadores, pues ellos son los grandes veneradores y las flechas del anhelo hacia la otra orilla.
Yo amo a quienes no buscan detrás de las estrellas un motivo para perecer y sacrificarse, sino que se sacrifican a la tierra para que la tierra llegue a ser un día del superhombre.
Amo a quien vive para conocer y que quiere conocer para que algún día viva el superhombre. Y, de este modo, quiere su propio ocaso.
Amo a quien trabaja y descubre que construye la casa para el superhombre y que a él prepara la tierra, los animales y las plantas: pues así quiere su propio ocaso.
Amo a aquel que ama su virtud, pues su virtud es voluntad de perecer y una flecha del anhelo.
Amo a aquel que no se reserva para sí mismo ni una sola gota de espíritu, sino que su espíritu quiere ser totalmente de su virtud: así cruza el puente como espíritu.
Amo a aquel que hace de su virtud su inclinación y su destino: es por su virtud por lo que él desea vivir y dejar de vivir.
Friedrich Nietzsche. Así habló Zaratustra.
Nietzsche nos pregunta si para garantizar la repetición de la belleza de un momento, de un instante de plenitud, repetiríamos toda la vida. El eterno retorno es el acto de suprema afirmación porque quiere decir “querer hacia atrás”. ¿Esto era el pasado? Volvamos. Es la afirmación no del “yo”, sino de la vida, porque todo lo que ha pasado es necesario, cada acto está ligado con otro. Y la necesidad se concreta en el amor fati, sobreponerse a todo aquello terrible que guarda la existencia.
El peso más pesado.— Qué pasaría si un día o una noche se introdujera a hurtadillas un demonio en tu más solitaria soledad para decirte: “Esta vida, tal como la vives ahora y la has vivido, tendrás que vivirla no sólo una, sino innumerables veces más; y sin que nada nuevo acontezca, una vida en la que cada dolor y cada placer, cada pensamiento, cada suspiro, todo lo indeciblemente pequeño y grande de tu vida habrá de volver a ti, y todo en el mismo orden y la misma sucesión — como igualmente esta araña y este claro de luna entre los árboles, e igualmente este momento, incluido yo mismo. Al eterno reloj de arena de la existencia se le dará la vuelta una y otra vez — ¡y tú con él, minúsculo polvo en el polvo!”. ¿No te arrojarías entonces al suelo, rechinando los dientes, y maldiciendo al demonio que te hablara en estos términos? ¿O acaso ya has vivido alguna vez un instante tan terrible en que le responderías: “¡Tú eres un Dios y jamás he escuchado nada más divino!”? Si aquel pensamiento llegara a apoderarse de ti, tal como eres, te transformaría y tal vez te aplastaría; la pregunta decisiva respecto a todo y en cada caso particular sería ésta: “¿Quieres repetir esto una vez más e innumerables veces más?” ¡Esto gravitaría sobre tu acción como el peso más pesado! Pero también: ¡qué feliz tendrías que ser contigo mismo y con la vida, para no desear nada más que esta última y eterna confirmación y sanción!
Friedrich Nietzsche. La ciencia jovial.
En el Crepúsculo de los ídolos (1889) que forma parte de su última etapa, donde recupera aspectos de la segunda (ilustrada), Nietzsche habla de la “Historia de un error” y de “cómo el mundo verdadero al fin devino en fábula”. El gran error es la creencia en la existencia en otro mundo donde descansa el idealismo platónico y el cristianismo (platonismo para el pueblo). Por lo tanto es un error de la inteligencia, de conocimiento.
1. El mundo verdadero, inalcanzable para el sabio, el devoto, el virtuoso, —vive en él, él es este mundo. (La forma más antigua de la idea, relativamente astuta, convincente. Perífrasis de la frase “yo, Platón, soy la verdad”)
2. El mundo verdadero, inalcanzable ahora, pero prometido para el sabio, el devoto, el virtuoso (“para el pecador que se arrepiente”). (Progreso de la idea: se hace más sutil, más insidiosa, más inconcebible, —deviene mujer, deviene cristiana…)
3. El mundo verdadero, inalcanzable, indemostrable, imprometible, pero ya en tanto que concebido, un consuelo, un deber, un imperativo. (El viejo sol en el fondo, pero a través de la niebla y del escepticismo; la idea se hace sublime, pálida, nórdica, königsberguiana.)
4. El mundo verdadero —¿inalcanzable? En cualquier caso no alcanzado. Y en tanto que no alcanzado, también desconocido. Por consiguiente, tampoco consolador, redentor, tampoco obligatorio: ¿cómo podría obligarnos algo desconocido? (Mañana gris. Primer bostezo de la razón. Canto de gallo del positivismo.)
5. El “mundo verdadero” —una idea que ya no sirve para nada, ni siquiera obliga, —una inutilidad, una idea que se ha hecho superflua, por consiguiente una idea refutada: ¡acabemos con ella! (Día claro; desayuno; retorno del bon sens y de la serenidad; sonrojo de Platón; ruido infernal de todos los espíritus libres.)
6. El mundo verdadero, lo hemos eliminado: ¿qué mundo ha quedado? ¿tal vez el aparente?… ¡No! ¡Con el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente! (Mediodía; instante de la sombra más corta; final del error más largo; punto álgido de la humanidad; INCIPIT ZARATUSTRA.)
Friedrich Nietzsche. Crepúsculo de los ídolos.
I
Cosas que uno se encuentra por ahí: «Los escitas siempre se comían a sus abuelos; los trataban de forma muy respetuoso durante mucho tiempo, pero tan pronto como comenzaban a hacerse viejos latosos y se ponían a contar largas historias, inmediatamente se los comían. Nada podría ser más inapropiado, e incluso irrespetuoso, que comerse a esos parientes tan próximos y venerables; sin embargo, no podríamos, con toda propiedad, acusarlos de mal gusto moral».
- Sydney Smith, On Taste, 1805
Me abstengo de cualquier comentario. Estoy comprobando si estoy en sazón.

La antigua doctrina según la cual el mal no es más que la privación del bien y, por tanto, en sí mismo no existe, puede corregirse y completarse en el sentido de que no es tanto la privación como la perversión del bien (con el añadido, proclamado por Ivan Illich, corruptio optimi pessima, “la corrupción de lo mejor, es lo peor”). El vínculo ontológico con el bien se mantiene de este modo, pero queda la cuestión de cómo y en qué sentido un bien puede pervertirse y corromperse. Si el mal es un bien pervertido, si seguimos reconociendo en él una figura malograda y distorsionada del bien, ¿cómo podemos combatirlo cuando nos enfrentamos hoy a él en todos los ámbitos de la vida humana?
Una corrupción del bien era conocida por el pensamiento clásico en la doctrina política según la cual cada una de las tres formas correctas de gobierno (monarquía, aristocracia y democracia: el gobierno de uno, de pocos o de muchos) degeneraba fatalmente en tiranía, oligarquía y oclocracia. Aristóteles (que considera la democracia misma una corrupción del gobierno de muchos) utiliza el término parekbasis, desviación (de parabaino: “irse a un lado”, para-). Si ahora preguntamos hacia dónde se han desviado, nos encontramos con que, por así decir, se han desviado hacia sí mismas. Las formas corruptas de organización se parecen, en efecto, a las sanas, pero el bien que estaba presente en ellas (el interés común, el koinon) se ha convertido ahora en lo propio y particular (idion). El mal es, así, un uso particular del bien, y la posibilidad de ese uso perverso está inscrita en el bien mismo, que de este modo sale de sí, se va como a un lado de sí mismo.
Es en una perspectiva semejante como debemos leer el teorema corruptio optimi pessima que define la modernidad. El gesto del samaritano, que inmediatamente socorre al prójimo que sufre, sale fuera de sí y se transforma en la organización de hospitales y servicios asistenciales, que aunque se orientan a lo que se considera bueno, acaban finalmente convirtiéndose en un mal. Es decir, el mal al que nos enfrentamos resulta del intento de instituir el bien en un sistema social objetivo. Así la hospitalidad, que cada uno puede y debe dar al prójimo, se transforma en hospitalización gestionada por la burocracia estatal.
El mal es, así, una especie de parodia (aquí también hay un para-, una desviación a un lado) del bien, una objetivación hipertrófica que lo desplaza para siempre fuera de nosotros. ¿Y no es precisamente esa parodia mortífera la que los progresismos de todo tipo hoy nos imponen por doquier como la única forma posible de convivencia entre los hombres? El «estado administrativo» y el «estado de seguridad», como los llaman los politólogos, pretenden gobernar el bien, quitándonoslo de las manos y objetivándolo en una esfera separada. Y la llamada inteligencia artificial, ¿es otra cosa que un desplazamiento del «bien del intelecto» fuera de nuestras manos, como si, en una especie de averroísmo exacerbado, el pensamiento pudiera existir sin relación con un sujeto pensante?
Frente a estas perversiones, hay que reconocer en todo momento el pequeño bien que se nos quita de las manos y liberarlo de la máquina letal en la que, “para bien”, está atrapado.
Giorgio Agamben, El bien y el mal, Brownstone España 13/02/2025
Traducción de Jordi Pigem, con permiso de Giorgio Agamben. Publicado originalmente como Il bene e il male, en www.quodlibet.it/, 25 de enero de 2025.

El autor de las tres Críticas no salió de su ciudad natal, Königsberg, en la cual permaneció toda su vida. Esta peculiar característica convertiría hoy a Kant en casi un antisistema: en primer lugar por no caer en la movilidad permanente en la que estamos atrapados, y después porque su sedentarismo militante contradice la creencia de que para ser un cosmopolita y decir cosas relevantes sobre el mundo antes hay que haberlo recorrido. Kant pensó y transformó el mundo sin moverse de su casa. De hecho, Kant es conocido por popularizar uno de los lemas más ambiciosos que todavía existen para moverse por los caminos de la vida: sapere aude, que habitualmente se traduce como “atrévete a saber”. La expresión, formulada por Horacio siglos antes, es la protagonista del escrito kantiano de 1784 Respuesta a la pregunta: ¿Qué es Ilustración? Kant equipara la decisión de delegar la propia capacidad de pensar con la minoría de edad. ¡Es tan cómodo ser menor de edad!, dice el texto al poco de comenzar. Así que ya pueden triunfar todas las revoluciones posibles, que hasta que uno no se atreva a pensar por sí mismo no se producirá ninguna emancipación real.
Actualmente las cosas se ven de otro modo, y la posibilidad de llegar a pensar por sí mismo (que no significa opinar lo que a uno le dé la gana) parece una fake news. Es más, es el propio ideal de la Ilustración el que pasa hoy por horas bajas. Las razones de esta crisis son diversas, pero la clave de cualquier proceso de ajuste de cuentas con un ideal personal o social se encuentra en la finalidad con el que se hace. Si el ajuste de cuentas se lleva a cabo desde dentro, como cuando nos estiramos en un diván para hablar en canal abierto de lo que nos hace sufrir y queremos transformar, la crítica se convierte en potencialmente renovadora. En cambio, si el ejercicio de revisión se realiza con el fin de hurgar morbosamente en la herida, la crítica toma un carácter más destructivo.
Una de las razones del actual eclipse de la Ilustración se encuentra en las revisiones críticas realizadas por Theodor Adorno, Max Horkheimer, Michel Foucault o Ágnes Heller, que más recientemente ha recogido y ampliado Antoine Lilti en su libro La herencia de la Ilustración. Ambivalencias de la modernidad. Se trata de relecturas que ponen de relieve algunas sombrías contradicciones presentes en el corazón de la Ilustración, y que por eso hay que atender y afrontar. Sin embargo, puede que además de este tipo de motivos más analíticos haya otros que también pesen en el desprestigio actual de la razón ilustrada.
Tras leer ¿La izquierda contra la Ilustración?, de Stéphanie Roza, a uno le queda el runrún de querer saber con qué intenciones se han esgrimido algunas críticas, atendiendo sobre todo a las consecuencias que han comportado algunas de estas, aunque no fueran buscadas. Uno piensa, por ejemplo, en asuntos tan presentes en nuestra cotidianidad política como la tan manida posverdad. ¿Hasta qué punto la proliferación de las posverdades (o también de la hiperemotividad política, la falta de conciencia comunitaria o el menguante respeto institucional) son en parte consecuencia de un exceso de pulsión antiilustrada?
La intuición que recorre el libro de Stéphanie Roza da que pensar: incriminar impulsivamente la Ilustración no tiene nada de emancipador y sí de potencialmente reaccionario, en el sentido de que se alinea, aun sin quererlo, con las tesis y corrientes típicamente antiilustradas. Algunas enmiendas a la totalidad del proyecto ilustrado son tan “totales” que no dejan resquicio para salvar algo de la Ilustración, cuando resulta que es del legado de la Ilustración del que se nutren muchos de los discursos emancipatorios que ponen en duda, precisamente, a la Ilustración. Cuando la crítica se convierte en un fin en sí mismo fácilmente se convierte en una rueda de molino que deja tras de sí un mundo embarrado en su bucle. En ocasiones parece que de tanto postureo posmoderno hemos acabado por contracturar el pensamiento audaz, haciendo de cualquier discurso racional algo sospechosamente anquilosado. Y en estas circunstancias es bastante difícil que el pensamiento no languidezca en sus propias sombras, sin grandes esperanzas de vislumbrar el mundo de otra forma.
Ni tanto ni tan poco: la razón ilustrada tiene indudablemente sus miserias (como cualquier modelo de racionalidad, huelga decir), pero más que un análisis de trazo fino lo que a veces parece que se ha llevado a cabo es una desfiguración integral de la cual acabamos siendo rehenes nosotros mismos, y de la cual quienes más tajada sacan son aquellos que nunca han creído demasiado en las ideas ilustradas. Seamos críticos con la Ilustración, sí, pero seamos también críticos con la crítica de la Ilustración. No vaya a ser que de tanto echarle agua al café se diluya definitivamente la posibilidad de encontrarle el gusto a la Ilustración.
Miquel Seguró, Criticar no es destruir: en favor de la Ilustración, El País 14/02/2025


Imagínate si hubiera sido así.
Diez cibercamiones Tesla, pintados en colores de camuflaje con una X gigante en cada techo, marchan ruidosamente por Washington DC. Se oye el ruido de unos neumáticos frenando.Un par de docenas de jóvenes saltan, vestidos con disfraces blindados de Diablo's Champion rojos y negros. Después de dar saludos nazis, provistos de armas, corren a un departamento del gobierno tras otro, gritando eslóganes como "todo el poder para el líder supremo Skibidi Hitler".
Históricamente, así es como se veían los golpes de estado. El centro del poder era un lugar físico. Ocuparlo, y echar a las personas que ocupaban el cargo, era para reclamar el control. Así que si una cohorte de hombres armados con símbolos extraños hubiera asaltado edificios gubernamentales, los estadounidenses lo habrían reconocido como un intento de golpe.
Y ese tipo de intento de golpe habría fracasado.
Ahora imagina que, en cambio, la escena es así.
Un par de docenas de jóvenes van de una oficina gubernamental a otra, vestidos con ropa civil y armados solo con unidades zip. Usando jerga técnica y referencias vagas a órdenes desde lo alto, obtienen acceso a los sistemas informáticos básicos del gobierno federal. Habiendo hecho esto, proceden a otorgar a su Líder Supremo acceso a la información y el poder de iniciar y detener todos los pagos del gobierno.
Ese golpe, de hecho, está sucediendo. Y si no lo reconocemos por lo que es, podría tener éxito.
En la tercera década del siglo XXI, el poder es más digital que físico. Los edificios y los seres humanos están ahí para proteger el funcionamiento de las computadoras y, por lo tanto, el funcionamiento del gobierno en su conjunto, en nuestro caso un gobierno democrático (en principio) que está organizado y limitado por una noción de derechos individuales.
Las acciones en curso de Musk y sus seguidores son un golpe de estado porque las personas que toman el poder no tienen derecho a ello. Elon Musk no fue elegido para ningún cargo y no hay ningún cargo que le dé la autoridad para hacer lo que está haciendo. Todo es ilegal. También es un golpe en sus efectos previstos: deshacer la práctica democrática y violar los derechos humanos.
Al obtener datos sobre todos nosotros, Musk ha pisoteado cualquier noción de privacidad y dignidad, así como los acuerdos explícitos e implícitos hechos con nuestro gobierno cuando pagamos nuestros impuestos o nuestros préstamos estudiantiles. Y la posesión de esos datos permite el chantaje y otros delitos.
Al ganar la capacidad de detener los pagos por parte del Departamento del Tesoro, Musk también haría que la democracia no tuviera sentido. Votamos por los representantes en el Congreso, que aprueban leyes que determinan cómo se gasta el dinero de nuestros impuestos. Si Musk tiene el poder de detener este proceso a nivel de pago, puede hacer que las leyes no tengan sentido. Lo que significa, a su vez, que el Congreso no tiene sentido, y nuestros votos no tienen sentido, como tampoco nuestra ciudadanía.
La resistencia al golpe es la defensa de lo humano contra lo digital y lo democrático contra lo oligárquico. Si Musk controla estos sistemas digitales, los funcionarios electos republicanos estarán tan indefensos como los demócratas. Las instituciones que votaron para crear también pueden ser "eliminadas", como dice Musk.
El presidente Trump, para el caso, también actuará a discreción de Musk. No hay mucho que pueda hacer sin el uso de las computadoras del gobierno federal. Nadie le explicará esto a Trump o a sus partidarios, por supuesto.
Se está llevando a cabo un golpe de estado, contra los estadounidenses como poseedores de derechos humanos y dignidad, y contra los estadounidenses como ciudadanos de una república democrática. Cada hora que esto no se reconoce hace que el éxito del golpe sea más probable.
Timothy Snyder, Of course it's a coup (Por supuesto que es un golpe de estado), snyder.subtack.com 05/02/2025


¿Cuál es el núcleo duro de lo que llamamos felicidad? Para realizar esta breve incursión por la historia del pensamiento, conviene hacerse con un buen guía. Contra lo que suele creerse, a Kant le preocupó mucho el tema de la felicidad y lo aborda muchas veces a través de toda su obra. Resulta curioso comparar las distintas definiciones que va dando Kant. Comienza por definir a la felicidad como una cabal y plena satisfacción de todas nuestras necesidades e inclinaciones en lo tocante a su número, intensidad y duración.
Más adelante, sin desdecirse, la cifrará en que todo nos vaya con arreglo a nuestro deseo y a nuestra voluntad, siendo así que, por consiguiente, la segunda podría no coincidir con el primero, al pretender hacernos dignos de la felicidad y advertir que la mera complacencia de las inclinaciones nos dejaría insatisfechos.
Kant adopta la perspectiva de quien hubiera podido diseñar al ser humano y entiende que, si hubiera querido programarle para ser feliz, le habría dotado únicamente con el aparato instintivo que comparte con otros animales. Al dotarle de razón y hacerle reflexivo, le permitía cultivar sus disposiciones naturales y moderar sus pulsiones egoístas para vivir en comunidad. Cualquier cosa que perjudique a los demás valdría con miras al deseo, pero sería matizada por nuestra facultad volitiva orientada moralmente.
El planteamiento kantiano añade que, al bosquejar nuestra felicidad, utilizamos trazos aportados por la sensibilidad, combinándolos con otros que allega la imaginación y el entendimiento. Además no dejamos de modificar ese boceto a cada instante y, por lo tanto, resulta imposible acomodar a un estado efectivo esa situación tan ideal como mutable, lo que la hace prácticamente inalcanzable. Para lograr conseguir lo que nos hace feliz, nuestro cálculo siempre dependerá en última instancia del azar, salvo que apostemos por el sucedáneo de una felicidad como la definida en primer lugar.Según Kant, el estar contento consigo mismo sí dependería por entero de nosotros. El sosiego de hallarse satisfecho y estar en paz consigo mismo sería la clave kantiana para ser feliz al margen de las contingencias. En definitiva: no se trataría de conseguir nada en particular, sino de ponernos una meta que podemos perseguir por nuestra cuenta y riesgo.
En realidad, Kant hace suyo el espíritu del estoicismo. Se trata de conquistar nuestra ciudadela interior y no consentir que se vea sojuzgada por dictados ajenos. Al divorciarse del éxito y sus ataduras, la buena voluntad kantiana deviene completamente autónoma, en la estela del sabio estoico que desprecia los bienes materiales para sosegar su ánimo domeñando las cuitas imaginarias.
Roberto R. Aramayo, ¿Cómo se conquista la felicidad?, ethic.es 22/03/2021

Presentación de El imprudente feliz, del gran Ferran Sáez. A mí me gustaría escribir como él, saber una décima parte de lo que sabe él, tener la cultura musical que tiene él... si fuera más alto, hasta me gustaría ser él.II
Es admirable cómo sabe jugar con una referencia popular (Lou Reed, por ejemplo), una cita erudita y una reflexión original en un mismo párrafo.
III
Citas:
«... les habían inoculado durante años un fatalismo bovino que contrastaba con los rutilantes discursos revolucionarios de sus dirigentes».
«Simplemente, las previsiones económicas no encajan con las previsiones antropológicas».
«El romanticismo, que es una de las peores tragedias culturales que ha padecido Occidente…»
«… a medio camino entre el leninismo y la dislexia» (se refiere al en otro tiempo tristemente famoso El libro Rojo del cole).
IV
Me gusta que reivindique El villano del Danubio, de Fray Antonio de Guevara, para situarlo, con sobrada razón, en el inicio del mito del buen salvaje. Se publicó en 1529. Fue traducido al inglés en 1531 y al francés en 1532. Tuvo muchos imitadores. La Fontaine fue uno de ellos.
V
Hoy lo que queda del buen salvaje se ha convertido en un Puer Robustus.
VI
Una objeción:
P. 106: «La cosmovisión geocéntrica de Ptolomeo no se ajusta a los hechos, pero permitía disfrutar de un universo finito, ordenado y apuntalado vagamente en el sentido común». Esta es una afirmación casi unánimemente aceptada. Pero no es cierta. El geocentrismo es la visión correcta del cielo si lo contemplas desde la tierra. El heliocentrismo es la visión correcta del cielo si lo contemplas desde el sol.
VII
Otra:
Pág. 154: «el higienismo o el sionismo, por poner dos ejemplos de idearios desconectados que coincidieron en el tiempo...»
¿Desconectados?
Max Nordau hace triunfar un lema «Muskleljudentum» en el segundo Congreso Sionista de Basilea, el 28 de agosto de 1898. Animaba con él a su pueblo a muscular la raza, haciéndola físicamente más potente, para favorecer la emergencia de un nuevo tipo de judío, corporalmente fuerte, sexualmente vigoroso y moralmente sano, que facilitara el triunfo político del sionismo .
I
Viaje a Palma. Salí de Barcelona el martes al atardecer y regresé el miércoles, cuando ya era de noche. El objetivo era hablar, dialogar (en la medida de lo posible) y escuchar hablar sobre educación, en un acto programado por los inspectores de educación de las Islas.
II
Cuanto más me enmaraño en este mundo tan extraño de los debates educativos más claro veo que nos sobra sofisticación dialéctica. Las palabras que usamos con la pretensión de sagacidad conceptual (competencias, perfil de salida, situación de aprendizaje, descriptores operativos, etc.) nos ocultan la realidad. Y la realidad es muy sencilla. Todo lo que se necesita es un maestro que conozca su oficio y un libro de texto bien articulado. Está por ver que la educación llamada competencial ofrezca resultados competencialmente superiores a los de este modelo elemental.
III
La semana pasada me decía un alto cargo del Departament d'Educació de Cataluña que tenía comprobado que la palabra que más detestan los docentes es "programación". Estoy de acuerdo.
IV
La burocracia docente quizás esté pensada con las mejores intenciones, pero la verdad verdadera es que se falsea. Se copian programaciones y se copian informes. Y todo el mundo lo sabe.
V
Ayer les dije a los inspectores que me escuchaban que si querían conocer el estado de la educación mirasen el interior de las mochilas de los alumnos. Insisto "los" alumnos. No hay libros de texto en las mayorías, sino un caos de fotocopias, apuntes, calcetines... y el plátano olvidado de la semana pasada.
Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura«Es mejor morir de pie que vivir de rodillas». El poster del Che Guevara que teníamos en nuestro cuarto de adolescentes de los 80 no dejaba lugar a dudas. Aunque en la mayoría de las circunstancias cabía plantearse lo que replicaba el genial Quino – por boca de Felipe, el inolvidable niño angustiado de las tiras de Mafalda –: «¿Y sería muy deshonroso subsistir sentado?»
Si algo hay de bueno en la nueva era de Trump – un personaje de tira cómica convertido en presidente del país más poderoso de la Tierra – es que nos pone en nuestro sitio sin eufemismos ni componendas, obligándonos a recordar el viejo y presunto dilema revolucionario: o nos arrodillamos y miramos para otro lado, o… ¿qué?
¿Qué tipo de heroicidad cabe imaginar ante la sucesión de injusticias cometidas o prometidas por un matón histriónico y ostentoso sostenido por millones de votos y por una oligarquía que controla los flujos mundiales de información? ¿Hasta dónde es prudencia, y no simple humillación, el silencio de los principales países occidentales ante las intenciones declaradas de Trump?
¿Tanto nos hemos insensibilizado frente a la ración diaria de niños, mujeres y ancianos reventados impunemente por el ejército israelí delante de nuestras narices como para que ya nos dé igual que Trump decida imponer o perdonar aranceles a su antojo, comprar u ocupar naciones (Groenlandia, Canadá, Panamá), deportar a inmigrantes encadenados – muchos de ellos al campo de detención y tortura de Guantánamo – , o despedir a los funcionarios que, en el cumplimiento de su deber, participaron en su procesamiento?
La desvergüenza con que Trump y su cuadrilla propone la expulsión de más de dos millones de palestinos supervivientes del genocidio israelí para construir un complejo turístico encima de sus tumbas y las ruinas de sus casas, riéndose del Derecho internacional y de todas las instituciones supranacionales (la ONU y sus fastidiosos derechos humanos, la OMS y sus falsas pandemias, el Tribunal de la Haya y su estúpida pretensión de justicia universal…), es directamente proporcional a la vergüenza que sentimos todos, o casi todos, ante la falta de autoridad moral (y militar, y tecnológica y económica) de Europa. Digo «casi todos» porque a los «patriotas» de VOX les parece todo esto de perlas, incluyendo que Trump pisotee la lengua y la cultura española en USA y hasta rebautice el Golfo de México como Golfo de América. ¡Valientes patriotas!
Pues bien: ¿Cómo es posible «subsistir sentado» ante esta avalancha de amenazas, insultos y hechos consumados? Diríamos que, ante todo, no cayendo en estereotipos ni análisis burdos. Clamar al cielo antifascista, cediendo a la polarización reinante, ni basta ni parece inteligente; es imprescindible intentar comprender el complejo de factores que explican el fenómeno Trump y su alocado anarco-liberalismo de Estado (ese cóctel explosivo de democracia, oligarquía y tiranía); solo así podremos combatirlo y ofrecer alternativas viables y seductoras. Lo segundo es repensar el viejo ideal de dignidad humana. Tal vez no encontremos hoy grandes causas por las que «morir de pie», pero sí una firme convicción en ese derecho a la felicidad que proclama, justamente, la Constitución de los EE. UU. Y nadie puede ser feliz, estimarse a sí mismo y tener genuino interés por los demás, si vive arrastrándose bajo las botas de un tirano. ¿Y no es así como nos encontramos precisamente ahora?
II
La de gente que hay por ahí esperando a que le desees los buenos días para lanzarse a tu yugular y no soltarte hasta que no han consumido tu paciencia auditiva.
III
Pero lo cierto es que hay personas que están deseando contarte sus aventuras mínimas: lo que ayer dieron de merendar a sus nietos, la necesidad que tienen de encontrar un pintor barato, que han dado por casualidad con una foto de su marido que creían perdida, que las acelgas a la extremeña no se hacen como la mayor parte de la gente piensa, etc.
IV
Continuaré saludando, pero creo que me voy a poner un tope diario, que hoy me ha costado una hora recorrer los 200 metros que separan mi casa del Petit Cafè de la Plaza de Ocata.
I
Cada vez me pasa lo mismo. Hay un momento, cuando estoy escribiendo un libro, en el que me pregunto si las páginas que llevo escritas merecen la pena, si pueden interesar a alguien, si están bien escritas, si está la tesis clara, si... y la respuesta siempre es la misma: esto no vale un céntimo de euro. La experiencia me aconseja dejar de escribir y esperar que pase el estado de ánimo pesimista, hasta que un día al levantarme el estado de ánimo sea otro.
II
Los estados de ánimo no son educables. Van y vienen cuando quieren y se instalan en nosotros a su antojo. Son okupas anímicos. Lo más que puedes hacer con un estado de animo pesimista es dejarlo estar, que siga su curso y esperar a que te deje la casa vacía para correr a ocuparla tú.
II
Heidegger dio una gran importancia a los estados de ánimo, porque cada uno de ellos te descubre un mundo. Las cosas, para los humanos no son nunca meras cosas. Cuando abrimos los ojos para mirarlas ya están iluminadas por nuestro estado de ánimo.
III
Josep Maria Espinàs, con quien tuve el placer de trabajar en la edición de mi libro La escuela contra el mundo, me dio un consejos que se ha mostrado muy valiosos: no hay libro que no gane reduciéndolo.

Estamos de enhorabuena. Ya ha visto la luz el número 40 de la Revista ALFA. Un homenaje sincero y cargado de admiración hacia VALERIANO BOZAL, en el que tengo el honor de publicar un pequeño artículo sobre la categoría de lo monstruoso y su función en la dramaturgia política: https://alfa.revistasaafi.es/alfa/numeros/40/4011.pdf


Masaje facial semanal, sauna en días alternos, antifaz de hielo para paliar las bolsas al amanecer. Mil abdominales varias veces al día, corte de pelo a la navaja cuando se antoje, barbero personal con hidratación de colágeno siempre que quiera. Y tras tanto cuidado minucioso, partirle la tráquea con un hacha al que te toque los huevos cuando te salga de los idems. Esa es la rutina de Patrick Bateman, el protagonista de la novela American Psycho, de Bret Easton Ellis, cuya adaptación cinematográfica cumple ahora 25 años.
Pese a que el personaje se creó sobre el papel hace más de 30 años y se llevó a la pantalla hace algo menos, en los últimos tiempos su materialización de la mano del actor Christian Bale aparece en memes por doquier en todas las redes. Tenemos imágenes de Bateman bailando con un hacha, riendo psicóticamente con la cara cubierta de sangre o simplemente sonriendo de manera irónica y sexi. ¿Por qué está este ser de ficción tan presente hoy?
Resulta sorprendente ver cómo un personaje que fue creado como crítica a la era Reagan ahora es idolatrado en muchos foros de incels obsesionados por su apariencia física, como si fuera un verdadero icono contemporáneo. Que lo es. Bateman, con sus flexiones y abdominales, es la encarnación de la cultura del esfuerzo, de la idea del sacrificio, según la cual si realmente lo deseas puedes conseguir no solo el cuerpo perfecto, sino todo lo que ambicionas. No deja de ser irónico, ya que Bateman en la ficción no es otra cosa que un nepobaby con tendencias psicópatas —Patrick es el hijo del dueño de la empresa en la que trabaja, y, como muchos otros pijos en su situación, no quiere ni tocar ese tema—.
Hace apenas tres meses, se anunció que Luca Guadagnino adaptaría de nuevo American Psycho. El regreso de Patrick Bateman es, pues, inminente. Y tiene sentido. El mayor icono del yuppy que conocemos en la cultura pop vuelve de la misma manera que toda tendencia cultural y social es pendular.
En este caso, su masculinidad responde casi como espejo a la cultura contemporánea del criptobro. Bateman especulaba en los ochenta con acciones de Bolsa, y en la actualidad sus fans son producto de la era cripto. El “club de chicos de Silicon Valley”, como describe la periodista Emily Chang en Brotopia,es simplemente una actualización misógina del yuppy Bateman que idolatra a Donald Trump y sueña con coincidir con él en alguno de los restaurantes de moda.
Hablando de Trump: no es casual que Bateman vuelva ahora como expresión del capitalismo más salvaje, ostentoso y amoral. Ya sea como villano o antihéroe admirado, su figura parece más actual que nunca.
En los foros se discute si Bateman, el personaje, es un ejemplo de macho alfa (dominante) o un macho sigma, un lobo solitario que no sigue las jerarquías ni las convenciones, y desprecia a las mujeres. Su misoginia y su estética yuppy son alabadas sin tener en cuenta la comicidad implícita de la obra literaria o la más explícita de la cinematográfica. Lo mismo pasa con Tyler Durden, encarnado por Brad Pitt de El club de la lucha, también adorado por incels y machos cripto. Ambos protagonistas fueron creados por dos escritores estadounidenses —Easton Ellis y Chuck Palahniuk— que pretendían satirizar los problemas de la masculinidad de los noventa con sendos villanos a la deriva. Ambos personajes de ficción ahora se han convertido en significantes vacíos para la nueva generación Z. Bateman, especialmente, se despoja en este presente de su concepción como farsa y es ahora, simple y llanamente, un modelo aspiracional.
Lucía Lijmaer, 'American Psychobro': vuelve el capitalismo sádico, El País 09/02/2025

Friedrich Hayek es un pensador serio. ¿Potenciaron sus escritos a locos que distorsionaron en muchos sentidos su pensamiento (hablaré de ello más adelante)? Probablemente sí. La razón es que Hayek, en sus últimos años, empezó a creer que la defensa clásica habitual de la propiedad privada y el libre mercado no era suficiente. Había que reforzarla con algunas normas morales o, mejor aún, psicológicas o etnobiológicas aparentemente científicas. Eso le llevó a meterse en terrenos de los que no sabía casi nada y a caer presa de una extraña predilección de la escuela austriaca por las metáforas extrañas, el racismo al límite (“el Occidente cristiano es el único creador de moral en la civilización moderna”) y la etnoeconomía.
El paso de Hayek a la psicología, la etnobiología, las virtudes morales “innatas” y áreas similares abrió las puertas a los locos que Slobodian recoge en su libro. Les permitió ir mucho más lejos. Eran, como escribe Slobodian, los creyentes en tres hards: una naturaleza humana hard-wired (innata) que está determinada racial o étnicamente, el hard money (dinero fuerte, en este caso se refiere al oro) y hard borders, fronteras cerradas y sin migración. Al menos dos de estas creencias “duras” son puras parodias del liberalismo clásico.
El liberalismo clásico es cosmopolita. Se enorgullece de no hacer diferencias entre individuos y de abrir así el mundo entero a la aplicación de los principios liberales. Cuando la alt-right decidió defender las diferencias étnicas, religiosas o raciales, no se limitó a ir en contra de la ideología liberal clásica, sino que se mostró víctima del empirismo más crudo. Los asiáticos orientales, según ellos, no estaban originalmente “predestinados” al éxito económico. Pero a medida que los países de Asia Oriental se hicieron ricos, los asiáticos orientales se unieron a las exaltadas filas de los blancos y los judíos asquenazíes como personas de intelecto superior que, basándose en su éxito económico, tienen derecho a gobernar. Si mañana los países africanos se hacen ricos, tal vez los miembros de la Mont Pelerin Society acepten a los negros entre el grupo que tiene derecho a gobernar. Eso no significa que no sean racistas. Significa simplemente que su ideología de las “capacidades innatas” es incapaz de predecir, basándose en la cultura y la etnia, a quién le irá bien bajo el capitalismo y a quién no. Su explicación del éxito económico es totalmente ad hoc, y al rechazar explicaciones mucho más razonables que ponen el acento en las condiciones históricas y estructurales, y no en la raza, la alt-rightmuestra su impotencia epistemológica.
¿Cómo lograron rechazar la libre circulación de personas? Es uno de los principios clave del liberalismo clásico e incluso del neoliberalismo con el que están asociados la mayoría de los pensadores de la alt-right que se analizan en este libro. Su argumento, según ellos mismos admiten, es muy débil. Se basa en el cociente intelectual: las partes del mundo que tienen éxito, donde por definición vive gente inteligente, tienen derecho, para seguir teniendo éxito, a aislarse de las partes del mundo que no lo tienen, pobladas por gente de inteligencia mediocre. Es difícil imaginar una desviación más drástica del liberalismo clásico: no solo se erige la desigualdad innata de las personas en dogma y luego en política, sino que exige una separación forzosa, incluso en el apareamiento, entre los pueblos, y fronteras impenetrables para un factor de producción.
Incluso la tercera regla “dura” del “dinero duro” (oro) es, como escribe Slobodian, malinterpretada. Ni siquiera Mises, cuyas obras, siendo mucho más superficiales y sufriendo en abundancia por estar financiadas por las Cámaras de Comercio, y que resultaron siempre más atractivas para la alt-right que las de Hayek, defendió el oro de esta manera. Mises veía el oro, cuya cantidad no puede ser variada por los gobiernos, como una herramienta útil o un ancla para detener la “irresponsabilidad” de los gobiernos al imprimir moneda fiduciaria. El oro no tenía la cualidad mágica que la alt-right, según la versión de Slobodian, le atribuye, llegando incluso a invitar a los visitantes del museo del oro de Berlín a tocar, durante un breve momento, los lingotes de oro y, como si fuera una experiencia epidérmica, adquirir el conocimiento de la política monetaria correcta.
En todas las cuestiones clave, la alt-right era una versión bastarda del credo hayekiano, o como Slobodian lo llama, “una cepa mutante” del neoliberalismo. Pero el propio Hayek es, como he mencionado antes, culpable de ello al abrir, aunque tímidamente y con vacilaciones, la puerta a la apropiación indebida y el fraude masivos.
El fraude se produjo porque “los bastardos de Hayek”, a pesar de todas sus pretensiones de lo contrario, no eran intelectuales ni personas interesadas en las ideas. Al lector de este libro no le queda ninguna duda de que eran (como algunos de ellos se autodenominaban) “emprendedores intelectuales”. Su objetivo era ganar dinero. No era que se aceptaran sus ideas, que la mayoría de ellos, creo, sabían que eran irrealizables o falsas. Un lector cínico podría incluso decir que esperaban que sus ideas nunca se llevaran a la práctica porque, una vez llevadas al mundo real, demostrarían la bancarrota intelectual de sus creadores y les robarían fuentes permanentes de dinero sustraídas a los magnates de mente débil y al público crédulo. Los autores aquí reseñados forman parte de la historia intelectual occidental moderna solo porque esa historia está en declive y ellos son sus ejemplos más claros. Su verdadera fama no es haber advertido al público desprevenido de los peligros del apocalipsis que se avecinaba, sino haber acelerado la decadencia intelectual y haber convertido el intelectualismo en puro afán de lucro.
PS. Se podría comparar la alt-right con varios grupos de trotskistas. Hay cierta similitud en el hecho de que ambos elaboraron planes que sabían que no entraban en el ámbito de lo políticamente posible. Pero los trotskistas estaban verdaderamente dedicados a las ideas, mientras que a la alt-right, de acuerdo con el espíritu de la época, solo le importaba el dinero. Es una gran diferencia.
Branko Milanovic, Oro, volk y cociente intelectual, Letras Libres 06/02/2025


Subrayar o simplemente releer los apuntes no es muy útil a la hora de estudiar. En cambio, que a un alumno le tome la lección su madre o su padre, o tomársela uno a sí mismo, resulta más beneficioso de lo que podría parecer. La ciencia ha acumulado en las últimas décadas mucha información sobre cómo aprende el ser humano. Paradójicamente, a los estudiantes casi nunca se les forma en las técnicas que, según las evidencias, resultan más efectivas. “No estamos hablando de cuatro estudios, sino de miles de experimentos. Y tampoco son ideas que estén en debate, sino cuestiones consolidadísimas sobre cómo funcionan la cognición y la memoria”, afirma Héctor Ruiz Martín, de 43 años, que estudió Biología y trabajó en la NASA antes de dar un giro a su carrera, especializarse en psicología del aprendizaje y convertirse en un referente en España en la materia. A pocas semanas de los exámenes de Selectividad, EL PAÍS repasa las claves para conseguir que el estudio resulte más efectivo a través de unos principios que, según la ciencia, dan resultados a cualquier edad, y sirven desde la escuela hasta la preparación de unas oposiciones.
Pensar el significado
El primer paso, dice Ruiz, es pensar en el significado de lo que uno está aprendiendo. Por ejemplo, al sentarse a leerlo por primera vez. “Es lo que se llama elaborar, y consiste en tratar de entenderlo, de conectarlo, pensando en diferencias y similitudes con otras cosas que ya sabías. Explicártelo con tus propias palabras. Pensar ejemplos de tu propia cosecha, o crear analogías. Todo lo que hace que le des vueltas a lo que has aprendido para quedarte con su significado es clave para recordarlo mejor, porque nuestra memoria es realmente buena recordando significados”.
Si un alumno está estudiando, por ejemplo, un tema sobre la economía y la sociedad en el Paleolítico en la Península Ibérica (que fue una pregunta de Selectividad en Aragón el año pasado), puede pararse cada pocos párrafos a explicarse con sus propias palabras lo que ha leído, lo que le ayudará a amarrarlo mejor en la memoria. Y si a una alumna le explican en Química la densidad (la cantidad de materia por unidad de espacio), puede empezar por plantearse una analogía sencilla para ayudarse a entender el concepto, como imaginar un autobús lleno hasta los topes de pasajeros y, a su lado, otro en el que solo viajen cinco personas.
Evocar
Una de las cosas más útiles que alguien pueden hacer para aprender es recuperar de la memoria aquello que ha estudiado, dice Marta Portero, investigadora del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona. Se trata de la llamada práctica de la evocación y consiste en ponerse a prueba, autoevaluarse. Quienes lo hacen buscan normalmente comprobar si ya se saben algo. Pero lo más interesante, señala Portero, es que la investigación ha mostrado que cuando una persona está evocando algo, también lo está consolidando mucho mejor en la memoria y haciendo más probable poder volver a evocarlo en el futuro. Por ejemplo, cuando esté delante del examen.
Los experimentos han descubierto que, incluso cuando una persona se esfuerza por evocar algo y no lo consigue, el mero hecho de no haber tirado la toalla enseguida mirando la respuesta en el libro hace que el repaso posterior sobre ese mismo tema resulte mucho más efectivo.
La estrategia de la evocación da buenos resultados a la hora de aprender hechos -las capitales europeas, por ejemplo-. Pero también ideas, conceptos o procedimientos. “En matemáticas o física, evocar un procedimiento consiste en practicarlo; volver a hacer los ejercicios sin mirar cómo se hacían. Y, de la misma forma que sería absurdo pensar que puedes aprender a tocar el violín simplemente viendo a alguien cómo lo toca, solo porque alguien te haya explicado las causas de la Revolución Francesa, no significa que lo hayas aprendido. Tienes que ser tú el que lo haga, el que las pueda explicar”, dice Héctor Ruiz.
Hay diversas maneras de practicar la evocación. Explicarse las cosas a uno mismo, en voz alta o en la mente, o a otra persona. Hacer esquemas o resúmenes (sin mirar la fuente y sin ánimo de convertirlo en material de estudio). O utilizar flash cards (tarjetas en las que uno mismo se escribe una pregunta en una cara y la respuesta en la otra), que resultan especialmente adecuadas, porque para completar la evocación es clave comprobar si lo que uno ha recordado es correcto.
La evocación, añade Marta Portero, que es también profesora de Psicobiología, tiene un beneficio adicional: al consistir en simulacros de lo que el alumno tendrá que hacer el día de la verdadera evaluación, dicho entrenamiento tiene el efecto de reducir su nivel de ansiedad en el momento de enfrentarse al examen.
Técnicas poco efectivas
Releer varias veces el mismo tema es una de las estrategias de estudio más habituales. Pero la investigación ha demostrado que es también una de las menos productivas, aunque intuitivamente pueda parecer lo contrario. A diferencia de la evocación, que pone a quien estudia frente a las costuras de su aprendizaje, releer proporciona una falsa impresión de seguridad, advierte Ruiz, que es director del International Science Teaching Foundation. “Al volver a leer un texto tienes una sensación de familiaridad, que te lleva a pensar que ya te lo sabes. Pero hay una gran diferencia entre que algo te resulte familiar y que puedas explicarlo”. Tanto su baja efectividad como el hecho de que resulte popular provienen en gran medida de que resulta sencilla. “No te pone ante lo que llamamos una dificultad deseable. Una dificultad cognitiva que hará que lo aprendas mejor”.
En un nivel parecido a la relectura se sitúan otras prácticas, como la muy frecuente de subrayar, o la de copiar durante el proceso de estudio, dice Ruiz, que matiza: “Ello no quiere decir que no sirvan para nada. Todas esas técnicas funcionan, en el sentido de que dan un resultado. Lo que sucede es que no son efectivas. Es decir, que no son la mejor manera de invertir tu tiempo. La forma en que estudias no es lo único de lo que dependen tus notas, sino que hay muchas otras cosas, como las horas que le dediques. Las estrategias lo que hacen es ayudarte más o menos en tu propósito. Y las buenas son las que te ayudan más”. El experto ha condensado el trabajo que numerosos investigadores, sobre todo estadounidenses, como Henry Roediger, Jeffrey Karpicke, John Dunlosky, Elizabeth Bjork, o el Nobel de Economía, Herbert Alexander Simon, han desarrollado al respecto, en libros como Aprendiendo a aprender (que tiene una versión adaptada para adolescentes).
Espaciar y entrelazar el estudio
Espaciar el estudio en el tiempo, indica Marta Portero, es una de las mejores formas de hacerlo duradero, según han acreditado multitud de investigaciones, las primeras de las cuales se remontan a hace más de un siglo. El tiempo (días o incluso semanas) que idealmente conviene dejar entre las veces que se repasa un tema no es fijo, y depende, entre otros factores, de la proximidad del examen. Y Ruiz destaca que la fórmula ganadora es la que mezcla la evocación con la práctica espaciada: “Hacer el esfuerzo de recordar algo en distintas ocasiones a lo largo del tiempo le indica al cerebro que se trata de una información importante y que conviene tenerla a mano”.
El extremo opuesto a espaciar es lo que se llama masificar el estudio (o darse un atracón uno o dos días antes del examen). Una práctica que puede dar resultados buenos en los primeros años de escolarización, sobre todo en chavales con facilidad para ello. Pero que, además de conducir a aprendizajes efímeros, va resultando menos útil a medida que la exigencia académica aumenta.
Revisitar a medio y largo plazo los temas es un consejo que probablemente llega tarde para quienes se examinan en junio de la Selectividad. Pero la investigación les ofrece una técnica emparentada con el estudio espaciado, que consiste en ir entrelazando aprendizajes. En vez de estudiar las materias por bloques de varias horas cada una ―primero matemáticas, después filosofía…― resulta más útil ir alternándolas. Su efectividad se ha comprobado en múltiples experimentos, con modalidades y edades distintas.
En uno de ellos, publicado en 2010, los profesores de la Universidad del Sur de California Kelli Taylor y Doug Rohrer enseñaron a unos alumnos de 4º de primaria a calcular las medidas geométricas de diversos tipos de figuras tridimensionales. Un grupo de niños lo aprendió y practicó en bloque, mientras otro lo hizo de forma entrelazada, practicando con unas y otras de forma combinada. Los niños fueron evaluados dos veces, una al acabar el aprendizaje y otra al día siguiente. Los que estudiaron en bloque acertaron el 100% de los ejercicios realizados de forma inmediata, pero al día siguiente su rendimiento cayó al 38%. Los que entrelazaron resolvieron bien un 81% de las preguntas en la evaluación inmediata, pero mantuvieron un acierto del 78% al día siguiente.
Iñaki Fernández, profesor de secundaria desde hace 26 años, durante los que ha impartido diversas materias científicas, empezó hace un par de cursos a pedir a su alumnado que aplicara estas técnicas basadas en la evidencia. “Algunas encajaban con lo que yo ya pensaba de forma intuitiva, pero otras me sorprendieron”, comenta. Fernández insiste a sus alumnos que estudien a base de responderse preguntas a sí mismos, ha comenzado a espaciar de forma sistemática el repaso de algunos temas, y cree que ello está dando frutos. “Han empezado a cambiar su mentalidad, lo que no es fácil, y, por las pruebas que les hago, tengo la impresión de que están mejorando”.
Evitar la música y otras distracciones
La memoria de trabajo puede definirse como el espacio mental en el que uno sostiene la información a la que está prestándole atención en un momento dado. Y ese espacio es muy limitado. “Lo puedes comprobar tratando de hacer una operación matemática. En cuanto la operación es un poco grande, no puedes, te desborda”, dice Héctor Ruiz. Es también la razón por la que resulta más difícil concentrarse leyendo si alguien está hablando a nuestro lado. “O si hay alguien moviéndose; nuestra atención evolucionó de manera que también a eso tengamos que prestarle atención. Por pura supervivencia, ya que podía tratarse de un tigre”.
La memoria de trabajo es, al mismo tiempo, la puerta de acceso a la memoria a largo plazo, que es de la que se necesita tirar ante un examen. Y el hecho de que la capacidad de la primera sea limitada, afirma Ruiz, explica que lo ideal sea estudiar en un sitio donde no haya distractores visuales ni auditivos, lo cual incluye la música. Las investigaciones han demostrado que escucharla perjudica el aprendizaje, aunque lo haga en grados diferentes según sus características ―es peor, por ejemplo, si tiene letra―. Como pasa con otros estímulos, escucharla obliga al cerebro a gastar recursos cognitivos en inhibirla, lo que tendrá como efecto añadido que quien estudie con ella se canse antes. Es preferible, afirma el experto en psicología del aprendizaje, planificar pausas en las que uno se recompense, por ejemplo, oyendo música.
Ruiz admite que hay algunas excepciones: “Si la alternativa a ponerte música es que oigas otros ruidos más aleatorios, porque no tienes la suerte de estudiar en un sitio silencioso, bueno, puede ser el estímulo menos malo, sobre todo si es una música relajante y sin letra”. Hay personas, por otro lado, a las que les cuesta mucho concentrarse, les vienen continuamente pensamientos superfluos, y a quienes la música puede servirles de máscara, igual que con los ruidos. Y otras que llevan tantos años estudiando con música ―se ha comprobado en experimentos con alumnado universitario― que su desempeño empeora cuando no la escuchan. Lo cual no significa que no les hubiera ido mejor si no se hubieran acostumbrado a ella.
Ignacio Zafra, La cinco claves para tener éxito en los exámenes ..., El País 12/05/2024

“Las habilidades innatas pueden dar ciertas ventajas, pero a la hora de aprender resulta más importante la experiencia”, asegura el psicólogo cognitivo de la educación Héctor Ruiz Martín. Salvo casos especiales, como las personas con trastornos intelectuales graves, prosigue, cualquier puede lograr niveles de competencia entre aceptables y excelentes en cualquier disciplina escolar. “Lo que más influye son otros factores, como la dedicación, las técnicas de estudio, la paciencia, los recursos didácticos y la perseverancia”.
Ruiz Martín, uno de los principales expertos españoles en prácticas de estudio ―investiga cuáles son más efectivas, como la técnica de la evocación, y cuáles aportan pocos beneficios, como releer los apuntes―, director de la International Science Teaching Foundation, y autor, entre otros libros, de Aprendiendo a aprender, matiza, sin embargo, que ello no significa que cualquiera pueda convertirse en el mejor del mundo en un campo simplemente a base de estudiar mucho. Pero sí que con la actitud y las estrategias adecuadas la inmensa mayoría de los estudiantes puede alcanzar resultados buenos o muy buenos, incluso si afrontan dificultades de partida, como la dislexia, que sí pueden requerir un esfuerzo mayor.
La argumentación de Ruiz Martín tiene, por un lado, una base biológica. El cerebro humano se modifica continuamente a partir de las experiencias que tenemos. Una propiedad, llamada neuroplasticidad, que constituye los cimientos del aprendizaje y nuestra principal facultad para adaptarnos al medio, explica. Las células cerebrales modifican continuamente sus conexiones ―llamadas sinapsis―. Y el aprendizaje se produce gracias a la creación de nuevas conexiones o mediante la modificación de las que ya tenemos.
La manera en que nuestro cerebro está, por decirlo así, cableado, en un momento dado, determina qué sabemos y qué podemos hacer, pero aprender consiste precisamente en modificar esos circuitos neuronales existentes, prosigue Ruiz Martín. El desempeño inicial de una persona en una disciplina concreta depende, por tanto, de cómo estén configurados de partida sus circuitos neuronales. “Pero con estudio, práctica y paciencia el cerebro se reconfigura para que seamos mejores en lo que tratamos de aprender”, asegura el psicólogo cognitivo.
Considerar el talento innato la causa principal del éxito o el fracaso educativo tiene consecuencias negativas porque afecta a la motivación. Y es difícil, cree Ana Prades, orientadora en un instituto público de Castellón, exagerar la importancia que la motivación tiene para el rendimiento educativo. “La motivación es el motor de todo aprendizaje, un proceso básico, a partir del cual arranca lo demás”, afirma. “En la motivación por aprender algo influye el interés. Pero hay un factor que es todavía más importante, porque modula el interés, que es la creencia de que puedes aprenderlo, lo que en psicología se llama autoeficacia”, prosigue Ruiz Martín.
Cuando la confianza de un estudiante en que podrá aprender algo es mayor, es más probable no solo que lo intente, sino que persevere, y no se eche atrás cuando cometa los errores que ―por si hacía falta, ha confirmado la investigación neurocientífica― suelen producirse al empezar a aprender algo nuevo.
La confianza en poder aprender algo se basa, a su vez, en elementos como las experiencias anteriores del estudiante con dicha disciplina, y sobre todo, en la forma en que ha interpretado dichos resultados. A qué considera que se debe un éxito o un fracaso. Si el estudiante suspende una asignatura y lo atribuye a su falta de capacidad ―“no se me dan bien las matemáticas” o “no soy inteligente”―, o a razones sobre las que, incluso si estuviera en lo cierto, no tiene margen de maniobra directo ―como que el examen era muy difícil o que el profesor le tiene manía―, es menos probable que mejore en la siguiente evaluación que si se plantea esforzarse más o estudiar con técnicas más efectivas.
La opinión de que la inteligencia innata es lo que más determina el rendimiento también está muy asentada en buena parte de los buenos estudiantes, dice Ruiz Martín. Una creencia que puede volverse en contra de aquellos que, no habiendo adquirido buenos hábitos de estudio, al llegar a cierto nivel de exigencia ―que con frecuencia coincide con la ESO― comienzan a tener peores resultados. Y si en ese momento, en vez de cambiar su forma de estudiar, siguen atribuyendo los resultados al talento, pueden acabar rebajando su opinión de sí mismos (su autoeficacia) e incluso fracasar.
Eso fue, de alguna forma, lo que le sucedió a Ana, que tiene 13 años y estudia segundo de la ESO en un instituto público valenciano. En quinto de primaria suspendió un examen de matemáticas e interiorizó, dice, “que no era buena” en la asignatura. Tres años después, en cambio, gracias a nuevas técnicas de estudio y a la perseverancia, saca sobresalientes en la materia, y asegura que ya no se pone nerviosa, “o no mucho”, en los exámenes de la asignatura.
Gabriela Spano, que lleva 26 años enseñando y es jefa de estudios en el centro público de Primaria y ESO Aurora Picornell, en el barrio de La Soledad de Palma, afirma que la creencia excesiva en la importancia de las habilidades innatas a la hora de determinar la marcha escolar, está muy generalizada y que, aunque es posible, no es fácil de cambiar. “El primer hándicap que tenemos a la hora de enseñar es que no explicamos a los alumnos cómo se aprende, qué mecanismos se ponen en marcha al aprender. Así que ellos lo atribuyen a las creencias culturales que corren a su alrededor, porque esto también está muy arraigado en las familias. Y creo que una de nuestras misiones es desmontar ese mito. Enseñarles cómo se aprende, porque lo harán más y mejor.”. Para ello, Spano ve necesario actuar en diversos frentes: “Poner en valor el error, por ejemplo, una de las cosas que nos hace aprender. Y el concepto de progreso; que no hay nada que tenga más valor que el que alguien progrese desde su línea base”.
Ignacio Zafra, Creer que la inteligencia innata determina el rendimiento educativo es una trampa que perjudica mucho a los estudiantes, El País 08/02/2025
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... tenint en compte que el wokisme és la versió 2.0 de la vella moral d’esclaus cristiana, els wokistes-reaccionaris tardaran gaire a prohibir –a cancel·lar– les obres de Nietzsche a les escoles? Temps al temps.
Damià Bardera, Nietzsche i el wokisme, nuvol.com 06/02/2025

¿Qué ha cambiado en Silicon Valley para que su mitología de creatividad e independencia se use ahora como herramienta de obediencia populista? Contesta desde California —evacuado de su casa debido a los incendios— el sociólogo y exministro de Universidades, Manuel Castells, gran historiador de internet. Explica tres etapas. En la primera fase, de la que nacieron las grandes figuras que cambiaron la tecnología mundial, de Steve Jobs a Bill Gates, “el emprendedor era el modelo y la innovación el objetivo, más que el dinero, individualista pero solidaria con el mundo y con valores sociales (feminismo, ecologismo, tolerancia sexual y religiosa)”. A partir de los noventa se consolidaron las grandes empresas, que terminaron como oligopolios: “Aunque predicaron la innovación y la libertad, en realidad la acumulación de capital y, por tanto, el ánimo de lucro fueron las ideologías dominantes: se hicieron capitalistas y empresarios más que emprendedores e innovadores, aunque siendo liberales y tolerantes en sus discursos y en su vida”.
Desde 2010 nos encontramos en una tercera fase —dice Castells—, donde el 5G, los satélites y la IA propulsaron a innovadores de éxito rápido: la “mafia de PayPal”, como se denominan a sí mismos. “Se encontraron en esta empresa, que luego vendieron para lanzarse a nuevos proyectos. Estos son Elon Musk, Peter Thiel, Marc Andreessen y otros. En este caso, a su innegable capacidad de innovación añadieron la búsqueda del poder total, son demiurgos que crearían un nuevo mundo e incluso lo expandirían, a Marte o al metaverso. Zuckerberg se enganchó a este grupo; también Bezos”. Su ideología, continúa Castells, “es la búsqueda del poder para los mejores cerebros, que son ellos, y que deben apartar a la plebe ignorante”. Esa es, cree, la base de su alianza con Trump: “Son tecnócratas libertarios que buscan ocupar el Estado para imponer su proyecto. Son muy peligrosos porque están convencidos, tienen poder material. Pero, sobre todo, su objetivo es el poder. No son nazis, pero les caen bien los nazis”. Y añade: “No tienen ideología, solo egolatría”. El día de la investidura, las miradas se las llevó Elon Musk, al mando del Departamento de Eficiencia Gubernamental, tras un gesto en el escenario que recordaba, precisamente, al saludo nazi. Philip Low, fundador de la empresa de neurociencia Neurovigil y antiguo amigo de Musk, no cree que este sea nacionalsocialista per se, y escribe en un post público de LinkedIn que “es algo mucho mejor, o mucho peor, depende de cómo lo mires. Los nazis creían que una raza entera estaba por encima. Elon cree que él está por encima de los demás. Creía que trabajaba en los problemas más importantes”.
A quienes no vimos en escena, a pesar de la profundidad de sus lazos con el nuevo orden estadounidense, fue a otros dos miembros de la mafia PayPal, Peter Thiel, dueño de la principal empresa de ciberseguridad del mundo, Palantir, proveedora del Pentágono y la CIA, y Marc Andreessen, poderoso inversor, creador de Netscape y ahora asesor de Trump a pesar de su pasado demócrata. De Thiel escribió su protegido, el vicepresidente J. D. Vance —a quien financió su carrera política—, que era la persona más inteligente que había conocido. Se encontraron en Yale, donde Vance estudiaba y adonde Thiel acudió a dar una charla. Seducido por sus ideas —como que las mentes más brillantes están enredadas en competiciones absurdas y no concentradas en hacer avanzar el mundo—, Vance trabajó en su órbita como gestor de fondos de inversión en el Valle.
En su libro De cero a uno, Thiel defiende la excepcionalidad del gran líder empresarial que ignora las convenciones sociales (“es más poderoso y, al mismo tiempo, más peligroso para una empresa ser dirigida por un individuo diferenciable que por un gestor intercambiable por otro”), motivo que explica, en su opinión, que el asperger (antiguo término para un grado de autismo generalmente más funcional) sea ventajoso en Silicon Valley. Es uno de los valedores de la nueva derecha reaccionaria estadounidense, de la ilustración oscura propugnada por otro de sus protegidos, Curtis Yarvin, una corriente antidemocrática que propone el gobierno de un monarca fuerte que lleve el país como lo haría un consejero delegado. Thiel incluso dijo que la democracia y la libertad eran incompatibles.Respecto a Andreessen, merece la pena leer el Manifiesto tecno-optimista que publicó en octubre de 2023 para entender su batiburrillo de inspiraciones: anarcocapitalismo, aceleracionismo, futurismo, Nietzsche, Ayn Rand. La tecnología, viene a decir, nos hará superhombres libres. Se atreve a identificar como enemigos a la responsabilidad social, la sostenibilidad medioambiental o la ética. También es interesante repasar un libro que ha recomendado, Atrévete a no gustar, del filósofo japonés Ichiro Kishimi. Se trata de un best seller que ha vendido millones de copias difundiendo las ideas del psicólogo Alfred Adler (1870-1937): “La psicología adleriana aboga por la valentía, por el valor. No puedes culpar al pasado o al entorno de tu infelicidad. No es que te falte capacidad, sino que te falta valor. Podríamos decir que te falta el valor necesario para ser feliz”.
Así pues, al comenzar 2025 tenemos, ligados al poder político, a un puñado de tecnócratas convencidos de su superioridad intelectual, valentía y mérito (¿cómo no hacerlo, si el mercado los ha refrendado convirtiéndolos en milmillonarios, si pasan sus días intentando enviarnos a Marte o construyendo una superinteligencia?), que tienen en sus manos empresas con una capacidad de influencia nunca vista, conocedores de las dinámicas de la sociedad y sus conflictos (recordemos, han inventado o controlan las redes sociales), atraídos por la idea de un poder gubernamental ejercido con la mano dura de un CEO totalitario a su imagen y semejanza, y sostenidos por unas convicciones eclécticas confeccionadas a su medida.
Noel Ceballos, experto en cine, cultura popular y autor de El pensamiento conspiranoico, recuerda tres películas de 1999 que conforman un ethos de protagonistas que despiertan y eligen su propio destino contra las convenciones sociales, y que tan bien encaja en la mitología de la joven derecha: Matrix, El club de la lucha (“aunque muchos de sus fanes se quedan con lo que les conviene, como la metáfora de las píldoras o la hipermasculinidad agresiva de Tyler Durden, e ignoran el auténtico discurso”) y Eyes Wide Shut, “que sigue espoleando todo tipo de hipótesis descabelladas sobre las supuestas intenciones de su director”. En el pastiche ideológico que ha conformado la cultura de internet en la última década y media se adivina el auge del arquetipo heroico, incluso del “elegido”, en los memes de la píldora de Matrix, en las referencias a Ayn Rand, en la popularidad de unos estoicos mal leídos, también en autores como Jordan Peterson o Nicholas Taleb. Uno de los lemas del momento en TikTok es to be cringe is to be free: permitirse dar vergüenza ajena es ser libre.
Una vez fuera de las convenciones sociales, la mente sin ataduras es capaz de discurrir con verdadera claridad. Esta premisa, que puede ser la base tanto del pensamiento crítico kantiano como de una charla adolescente sobre El lobo estepario, ha sido especialmente clave tras la pandemia. Y aquí llega la paradoja: todo el mundo se acusa entre sí de pensar mal. Unos se centran en la libertad radical de pensamiento y expresión; los otros, en la verificación de los hechos. Mientras la encomiable obsesión por afinar los razonamientos crece (recordemos otro best seller, el del Nobel Daniel Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio), la izquierda culpa a la derecha de caer en el pensamiento conspirativo y el uso de noticias falsas, y la derecha acusa a la izquierda de mentalidad de rebaño y de abandonar la innovación. Este último argumento se extiende a la vieja Europa en contraposición con EE UU.
“Si las personas realmente entendieran cómo funciona internet —escribe por correo el profesor de la Universidad de Stanford Sam Wineburg—, cómo las palabras clave distorsionan las búsquedas, cómo la optimización de motores de búsqueda mueve los hilos”, hacer nuestra propia investigación “conduciría a una mejor toma de decisiones. Pero la mayoría navegamos a ciegas, con una confianza ingenua y excesiva en nuestra capacidad para tomar decisiones sabias sobre la información digital”. Wineburg es autor junto a Mike Caulfield del manual divulgativo sobre comprobación de hechos Verified. Frente al concepto del pensamiento crítico, defienden la necesidad de “ignorar críticamente”: “Vivimos en una economía de la atención, donde las plataformas compiten por mantener nuestros ojos pegados a la pantalla. La evaluación de la información requiere pensamiento crítico, pero el pensamiento crítico es el combustible de la atención. En internet, el primer y más importante acto de pensamiento crítico es determinar si la información merece ser analizada críticamente. Aprender a ignorar fuentes de baja calidad preserva nuestra atención para la información que realmente importa”.
Cojamos una cultura en línea que promueve un individualismo no siempre bien entendido, un mundo complejo filtrado por el adanismo propio del desconocimiento, una fantasía incumplida de democratización del conocimiento y el efecto de refuerzo psicológico que generan la reunión de individuos antes aislados, pero que ahora se reúnen en comunidades online afines. Polaricemos con un sistema informativo pervertido por los dueños de los algoritmos, cuyas empresas se benefician del caos emocional de las redes. Y llegaremos a unos líderes económicos y políticos fuertes y populistas, admirados por su independencia (incluso sobre sus propios partidos y seguidores), defensores teóricos de la libertad y que reciben con los brazos abiertos a aquellos dispuestos a “atar cabos”… siempre que les convenga. Cuando se admira a un líder que “piensa por sí mismo” se admira, de hecho, a seres profundamente emocionales.
Delia Rodríguez, La filosofía ultraindividualista de Silicon Valley quiere conquistar el mundo, El País 02/02/2025