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En las postrimerías del siglo xix, algunos científicos creyeron que la física teórica estaba a punto de ser completada, es decir, a punto de conocer todos los constituyentes básicos y las interacciones básicas de la realidad física. Los motivos para esta opinión eran diversos: la mecánica había incorporado sólidos y fluidos; la electricidad y el magnetismo habían dado la teoría electromagnética de la luz, incorporando así la óptica; la termodinámica se conectaba con la mecánica estadística. Para Lord Kelvin, la realidad básica era el éter electromagnético, y los diversos tipos de átomos eran vórtices en este éter. La evolución de la física fue, sin embargo, muy diferente a eso: en menos de diez años se descubrieron los electrones, la radiactividad, la relatividad especial y la física cuántica. La física teórica quedaba nuevamente abierta.
La circumstància d’haver passat la meva adolescència en mig de llibres –el meu pare era llibreter– va fer que tingués accés a obres que normalment eren fora de l’abast de la gent de la meva edat. Entre tants llibres, alguns havien de deixar-me una marca especial. N’hi ha tres, en concret, que em sembla que són els que més em van ensenyar a pensar.
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| David Eagleman |
Y David Eagleman acaba de superar a Lennon. Eagleman, nacido en Nuevo México en 1971, es uno de los neurocientíficos más brillantes de nuestro tiempo, una de esas mentes inquietas que no solo dirige el laboratorio de percepción y acción del Baylor Collage of Medicine —una de las mejores escuelas médicas del mundo, y la más barata de todas las privadas de Estados Unidos—, sino que también ha impulsado una iniciativa pionera de Neurociencia y Derecho, un asunto que ocupará seguramente la mitad de la carrera de los jueces, abogados y fiscales del futuro próximo, aunque la mayoría de ellos no hayan oído hablar de ella en este presente miope. El lector interesado en esta cuestión fundamental haría bien en leer el último libro de Eagleman, Incógnito. Las vidas secretas del cerebro, una obra maestra de la escritura científica recién editada por Anagrama. Y el lector que no lo esté debería leerlo. El libro será una fuente inagotable de luz para ambos: además de abrir paisajes inexplorados en su pensamiento político, jurídico, social y filosófico, es —pese a todo lo anterior— ciencia pura y cristalina, la mejor foto fija de nuestro conocimiento actual sobre el cerebro.

Para Heidegger lo que caracteriza a nuestro mundo es una cierta situación de relación con el ser, de vinculación, lo que en términos más rigurosos llamaríamos una particular ontología que es una metafísica que Heidegger describe de distintas maneras en Caminos del bosque. Resulta en ese sentido significativo el texto “La época de la imagen del mundo” que viene a resaltar una idea muy sencilla: que lo que caracteriza a nuestra época es que en ella se da una imagen del mundo. Algo tan obvio para nosotros, como es el tener una imagen del mundo, que puede ser tal o cual imagen tal o cual sistema, ideología, cultura o cosmovisión, no es algo que haya ocurrido siempre a los hombres. Heidegger asocia este fenómeno a la Modernidad, y considera que anteriormente, en la Edad Media, no había, contra lo que tanto y tan tópicamente se sostiene, un todo homogéneo al modo de un paisaje que muestra una clara panorámica que refleja, como un rostro, una época.
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| Holderlin |
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| Aurelio Arteta |
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| Anaximandre |
La princesa inca
Mireu aquesta entrevista, una persona molt lúcida que ens ensenya molt i molt…
A finals de gener l’home que mira comentava que professionals de la contrainformació que s’havien quedat sense feina al País Basc s’estaven establint a Barcelona. Per cert, quina productivitat té aquesta gent i quina manera tan bèstia d’anar per feina. És clar que, de moment, tot el que treuen té un aire de miserieta mental botiguera que esparvera encara més que la corrupció mateixa (la comissió que en Pujolet s’estavia faria riure a qualsevol prohom del temps del seu pare, oi senyor Prenafeta?). Però el ministre diu que té arxius de 500 polítics nostrats, així que amb una mica de sort hi ha diversió assegurada fins al proper onze de setembre. Suposo que calculen que a base de llençar merda, el proper onze de setembre no quedaran independentistes. Cosa que dubto, però a això juguen.
L’home que mira, que en el fons deu tenir ànima de romàntic, està esperant un bon novel·lista que li expliqui, per exemple, les interioritats de l’ascens i la caiguda de Carod Rovira (la d’en Colom no cal, ja me la sé i és sòrdida). Vinga, sigueu bons i ensenyeu-nos el dossier, nois. Encuriosit em tenen.
From “The Glider,” Chapter 114 of Melville’s Moby-Dick.Our souls are like those orphans whose unwedded mothers die in bearing them: the secret of our paternity lies in their grave, and we must there to learn it.

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| Thales de Milet |
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| Octavio Paz |
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| Eugenio Trías |

El yo y sus circunstancias. Uno de esos temas que aparentemente está ya más que superado, pero que reaparece en el centro mismo de múltiples debates, incluso en los momentos más inesperados. La red trae consigo una consecuencia bien peculiar al respecto: una de sus tendencias más marcadas es que el individuo se difumina. Cuando se habla, por ejemplo, de la cultura libre y gratuita, se viene a despreciar el esfuerzo creador. Y algunos piensan que hay motivo para ello: si un grupo de música graba doce canciones, no puede pretender vivir de ello para toda su vida. Ni siquiera una temporada: su trabajo consiste en cantar esas canciones. Al no respetar los derechos intelectuales, parece que el individuo quedara totalmente desdibujado ante una obra que, quién sabe, hubiera visto la luz de una forma u otra. Sea en el mundo de la literatura o del arte: la historia de tal o cual novela iba a ser contada antes o después. Quizás con mejores palabras, pero el nombre y los dos apellidos del autor poco importan. La impronta la deja la obra, no el autor. Tanto es así, que es habitual leer en las redes sociales mensajes descalificativos y muy despectivos hacia los artistas que, en los tiempos que corren, siguen abogando por los derechos de autor. Gracias a Internet se extiende la idea de que, en el terreno intelectual, todo es de todos.
Contrasta este hecho con una tendencia bien particular: el ansia de eternidad del pirata. Es el espíritu de la contradicción: negamos el valor de la individualidad creadora, pero queremos dejar una huella como buenos copiones que somos. La experiencia resultará familiar a todos aquellos que alguna vez hayan utilizado las redes P2P, o que hayan buscado alguna película para descargar por torrent: siempre, siempre, siempre, aparece en el nombre del archivo el pseudónimo de la persona que se ha encargado de elaborar este material. Claro está, el pirateo no es cuestión de diez minutos: hay que saber “ripear” el video, jugar con los formatos de audio para la música, o dominar el escáner en el caso de los libros. Todo ello lleva un tiempo. Nadie espera recompensa económica alguna, pero sí el reconocimiento de la comunidad: hay que ver lo bien que ripea las pelis taravito. Si fue dirigida por tal o cual persona, o si los actores lograron tal o cual premio, es prácticamente secundario. Internet consagra el pirateo casi en un arte en sí mismo, y los mayores piratas, aquellos que más aportan a la comunidad merecen sin duda un reconocimiento por ello.
Desembocamos así en una situación paradójica: renegamos de los creadores, pero los copiones desean permanecer en nuestra memoria. ¿No sería acaso más coherente realizar la copia y lanzarla al mar de la red, metida en una botella, sin señal alguna que permita a los posibles beneficiarios saber que le deben todo el trabajo a MarDeFondo o al PataDePalo? O acaso estemos reproduciendo precisamente eso que queremos negar. Lo cual podría guardar un cierto resentimiento o envidia: los que jamás crearemos nunca nada de valor deseamos que las obras valiosas de los demás estén a disposición de todos, pero con una ligera marca de agua, con una pequeña señal, que a modo de pseudónimo nos pueda proporcionar una mínima inmortalidad. Somos los piratillas auténticos parásitos de la creación, tratando de pervivir copiotas, pegados al lomo de los auténticos creadores, esos que sí son capaces de filmar una buena historia, escribir un buen libro o grabar canciones que después suenan de boca en boca. El yo y sus circunstancias: ese mismo yo que negamos al creador queremos reconocerlo y valorarlo en quien realiza el revolucionario acto de copia&pega&comparte. Los buenos samaritanos de la cultura que se encargan muy mucho de que sepamos quiénes son, aunque sea bajo una identidad falsa. Una conclusión provisional: tenemos que darle más de una vuelta y más de dos al tema de la creación cultural y su reconocimiento en Internet.