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Cuando decidí estudiar Derecho, no sabía muy bien que iba estudiar. Los que sabían tan poco como yo acerca del currículum, me anunciaban un ejercicio aburridísimo de memorización de leyes y leyes que continuamente irían cambiando y, por tanto, mi carrera supondría una especie de piedra de Sísifo si quería ser competente en mi área.

| David Hume |
| David Hume |
Para que la imprenta pudiera nacer, la humanidad tuvo que aprender las tecnologías de la madera, del papel, de la tinta y del metal. Se necesitaba saber fabricar planchas de madera para apretar el papel sobre una superficie metálica tintada al aceite. Los tipos, de material metálico, debían tener una altura homogénea para que ejerciesen una misma presión sobre el papel y así quedasen todas las letras impresas regularmente. En lugar de las tintas al agua, comenzaron a utilizarse tintas al aceite que tenían la característica de poderse extender sobre los tipos metálicos de una manera uniforme, sin formar gotas.
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| Einstein |
No somos nada sin los demás. Somos buenos o malos, odiados o queridos, simpáticos o antipáticos gracias a los juicios emitidos por los otros. Porque los otros, a fin de cuentas, en el balance definitivo, no son otra cosa que productores de la identidad de mi yo.
En su famoso artículo de 1936, del que ya se ha hablado en otras entradas de este blog, Turing hacía varias cosas notables. Primero, definía un modelo de máquina (la máquina de Turing) que permitía dar una definición matemática, y cercana a la intuición, de qué es lo computable. Segundo, demostraba que había una "maquina universal" que podía tomar otras máquinas como datos y comportarse como ellas. Finalmente, demostraba que hay problemas (matématicos) que ninguna máquina podría resolver, que son no computables o indecidibles. Estas aportaciones se consideran muy importantes desde un punto de vista matemático y filosófico. Pero, dejando aparte la relación entre la máquina universal y los computadores actuales, ¿tienen estos resultados algún interés práctico en informática? Si consideramos que, en la última reforma de planes de estudio en Ingeniería Informática, las asignaturas que estudian estas cuestiones han pasado a ser optativas en un buen número de centros españoles, quizá la respuesta sería no. Claro que, si consideramos que estos temas son obligatorios en los estudios de informática de prácticamente todos los centros de prestigio del mundo, tendríamos que dudar de la anterior respuesta y, quizá, preguntarnos por qué algunos de nuestros centros son diferentes.
A menudo confundimos lo humano con lo divino. Confusión que, por cierto, suele ser bastante interesada y tendenciosa, pero eso hoy no toca. El caso es que nos olvidamos de que aquellos que ocupan cargos de máxima responsabilidad a nivel mundial son personas. Seres humanos de carne y hueso. Como tú o yo. Como cualquiera. En el caso de la iglesia católica con una particularidad añadida: el lider, por defecto, suele contar con una edad avanzada. Estar mayor, con toda la presunta sabiduría y los incontestables achaques que esto conlleva, no es una buena cualidad para dirigir nada. Normal entonces, y comprensible, que muchos de los que entran a votar no quieran salir elegidos. Y por qué no, aunque suene disparatado, imaginar que el nuevo papa electo, antes de saludar a sus fieles, decida darse a la fuga presa de un ataque de pánico. Miedo escénico. Curioso mal para quien ha pasado prácticamente toda su vida delante de los demás, protagonizando y dirigiendo rituales. Algo que pudo elegir en su día, cuando ni siquiera imaginaba que, fruto de esta elección, le robarían una vejez sosegada para convertirle en papa.
La situación que presenta la película es surrealista: con la fuga del papa todos quedan encerrados en el vaticano, acompañados de un psicoanalista ateo que no ha logrado que su santidad “entre en razón” (curiosa meta para un psicoanallista). Así, se nos va mostrando la humanidad de lo divino: tienen tiempo de aburrirse, de jugar a las cartas, de aprender cómo deben tomar sus medicamentos (no mezclar los de dormir con los de la depresión, por favor)… e incluso de organizar un torneo intecontinental de voleybol, en el que los cardenales no solo muestran sus dotes para el deporte, sino también su afán competitivo. Todo ello mientras el fugado trata de encontrarse a sí mismo, perplejo ante un diagnóstico de déficit maternal, y recordando buena parte de su infancia y su juventud. Algo que parece que los demás ignoran: todo papa como ser humano de cierta edad que se precie, está repleto de frustraciones, de sueños irrealizados, y de otras muchas vidas que le hubiera gustado llevar a cabo. La insatisfacción antropológica hecha carne en el llamado a ser el sucesor de Pedro.
Ser actor. Este fue siempre el verdadero deseo del papa electo. Vocación frustrada, traducida al mundo de la escena: la única manera de poder actuar a diario parecía ser el sacerdocio. Una forma como cualquier otra de tener el público asegurado. Nunca podría interpretar Tío Vania, ni cualquier otra obra de Chejov, pero al menos tendría un escenario. Esa fue su manera de disfrutar del teatro de la vida. Un teatro fue precisamente el lugar en el que le encuentran y asume que el sainete ha terminado. La obra principal no puede continuar sin el actor protagonista: toca volver al Vaticano. El “show” debe continuar, y lo divino no puede quedar paralizado por los temores de un cardenal que bien podría superar la setentena. El factor humano es totalmente secundario, y tampoco importa mucho la voluntad individual: después de cada fumata blanca ha de haber un nuevo papa. Dios y los fieles no pueden esperar más. Y el psicoanalista, por otro lado, desea volver a su consulta lo antes posible: está obsesionado con la puntualidad y la profesionalidad. No solo esto: en estos días ha llegado a echar de menos a su ex. Hasta el psicoanálisis tiene también su lado humano. Qué cosas. Lo humano de lo divino. O la vacuidad de lo pretencioso. Carne y hueso. Dolor y cansancio. Estamos hechos todos de lo mismo. Riámonos entonces todos juntos, incluso del título de la película. No seré yo quién desvele si, pese a llevar este título, hay un solo minuto del metraje en el que se pueda decir: “habemus papam”.

El éxito de este panfleto hesseliano del que se han vendido casi 5 millones de ejemplares en unos 100 países del mundo expresa la cristalización de un malestar de prácticamente toda la Humanidad de clases medias y obreros frente a unas estructuras cada vez más crueles y expoliadoras.

Terminábamos estos días la explicación de la Crítica de la razón pura, y hablábamos en clase de la actitud del ser humano ante las preguntas metafísicas. Tan irresolubles e imposibles de desentrañar como inevitables. Una tendencia del ser humano a la que no podemos renunciar, pero también que jamás responderemos de una forma definitiva. Nunca emulará la metafísica a la ciencia, y preguntas como qué es el hombre, cuál es el sentido de la vida, o la inmortalidad del alma no se pueden responder. Llegados a este punto, suelo plantear en clase un dilema para poner a prueba el “carácter metafísico” de cada clase. La cuestión es sencilla: supongamos que hay dos cajas. En la primera de ellas tenemos la solución a todos los tipos de cáncer que existen, y en la segunda se responde la pregunta por la inmortalidad del alma. La cuestión es que sólo podemos abrir una de las cajas, y una vez realizada la elección ya no será posible abrir la otra. Cuando se lanzan este tipo de preguntas en clase, suele haber disparidad de criterios y una ligera mayoría se muestra partidaria de resolver el problema del cáncer antes que averiguar si el alma es inmortal. Con todo, siempre hay sorpresas: en alguna clase son mayoría los que optan por la segunda caja. En realidad, podemos encontrar argumentos para las dos opciones. Veamos los que suelen exponer los alumnos en clase.
Un argumento muy poderoso en favor de dar prioridad a la caja del cáncer es que la otra caja ya existe y se termina abriendo. La caja se llama y todos la abrimos justo con la muerte. Es ahí cuando descubrimos si realmente hay algo que permanece o todo termina aniquilado. De manera que si esta segunda caja la vamos a abrir antes o después, carece de sentido desperdiciar el conocimiento que se nos ofrece respecto a la solución del cáncer. Sin embargo, a este mismo argumento se le puede dar la vuelta: los “metafísicos” creen tener razón al escoger la segunda caja, puesto que la solución al problema del cáncer no logra evitar la muerte. Si no morimos de cáncer moriremos de alguna otra dolencia, de manera que el enigma de la muerte seguirá planteado ante el ser humano como un desafío abismal. Se pueden curar muchas enfermedades, pero no se cura la muerte, algo que acontece a todos: la “enfermedad mortal” (parafraseando a Kierkegaard) en que consiste la vida no tiene cura alguna, y por ello siempre resultará más urgente y acuciante resolver esta segunda enfermedad que cualquiera de las otras.
Como es fácil de imaginar, el debate no termina aquí. Los alumnos “prácticos” replican a los “metafísicos” que son muchos los millones de seres humanos que sufren de cáncer y que sería una irresponsabilidad y un acto de egoismo dar prioridad a la propia angustia personal ante la muerte frente al dolor de tantos seres humanos. Más aún: incluso los propios familiares de los “metafísicos” pueden morir, con una probabilidad nada despreciable, aquejados de cáncer. ¿No merecería la pena salvar a la persona durante algunos años más? ¿O es preferible rechazar esta opción en favor de una respuesta que conoceremos antes o después? Podríamos llevar los argumentos aún más lejos, si nos dejamos llevar por esta sugerencia e incluimos elementos personales en el dilema: la enfermdad de familiares, o incluso una propia enfermedad degenerativa que no sea cáncer. ¿Qué elegiríamos en cada uno de estos casos? La cuestión es que si hemos de optar entre ciencia y metafísica seguramente la mayoría se queda con la primera. Por motivos prácticos insoslayables: la ciencia progresa, mientras que la metafísica, ya lo decía el propio Kant, sigue siendo el “campo de batalla de inacabables disputas”. Pero esto no le quita ni un ápice de razón a todos los “metafísicos”: nos preocupamos por la enfermedad, pero no dejamos de preguntarnos por la muerte. Y ello teniendo bien presiente que la pregunta por la muerte es la otra cara de la moneda de la pregunta por la vida: qué sea esta, y cómo hemos de vivirla tiene una relación directa con lo que ocurra al morir. Por eso, aunque Kant matara una y mil veces la metafísica, no dejan de reaparacer sus preguntas.

| Beppe Grillo |
Estamos obligados filosófica y literariamente a comenzar este análisis con Las flores del mal de Baudelaire, cuya primera edición data de 1857. Su primera página y primer poema está dedicado “Al lector”. Los doce últimos versos dicen así: “Mas, entre los chacales, las panteras, los linces, / Los simios, las serpientes, escorpiones y buitres, / Los aulladores monstruos, silbantes y rampantes, / En la, de nuestros vicios, infernal mezcolanza // ¡Hay uno más malvado, más lóbrego e inmundo! / Sin que haga feas muecas ni lance toscos gritos/ Convertiría, con gusto, a la tierra en escombro / Y, en medio de un bostezo, devoraría al Orbe; // Es el tedio! —Anegado de un llanto involuntario, / Imagina cadalsos, mientras fuma su yerba. / Lector, tú bien conoces al delicado monstruo, / Hipócrita lector —mi prójimo—, mi hermano”.
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| Walter Benjamin |
Con su acostumbrado sarcasmo, Borges observó en una ocasión: "Los católicos creen en un mundo ultraterreno, pero he notado que no se interesan en él. Conmigo ocurre lo contrario, me interesa pero no creo". Confieso (verbo muy apropiado para la ocasión) que siempre me he sentido muy identificado con la posición borgiana, posición que por otra parte no es tan sencilla de sostener, ya que no basta con decir “no creo” para que dicha afirmación sea cierta. Personalmente no me interesa el mundo ultraterreno por motivos religiosos, sino porque mi oficio de psicoanalista me obliga a confrontarme diariamente a un fenómeno asombroso y apasionante: ser ateo es prácticamente imposible. En el fondo de su corazón (que es la manera metafórica de decir “en el fondo de su inconsciente”), todo el mundo cree en Dios. Por supuesto, eso no implica que la significación de Dios sea necesariamente compartida ni se corresponda con la versión oficial de una determinada religión. Quiere decir que los seres humanos no pueden desprenderse fácilmente de la creencia en una instancia superior y omnipotente, causa de los bienes y los males, y a quien se le atribuye el trazado de nuestro destino. Freud descubrió muy pronto el origen subjetivo de esa ilusión, y la rastreó en la figura del padre. Dios es la proyección exaltada de la idealización del padre, a quien el niño concibe desde temprano como un ser revestido de misteriosos poderes. Poco importa que el padre real sea un genio, un pobre infeliz, un cornudo o un miserable. El padre, más allá de su presencia exitosa o fallida, es por antonomasia un elemento simbólico, algo que nos distingue de la condición animal. Su función no guarda relación ninguna con la vida en el sentido biológico del término, y para nada se confunde con la función genitora, como cada vez queda más claro gracias a esas extrañas maravillas que los científicos consiguen hacer revolviendo entre células y demás mundos microscópicos. Dejar de creer en Dios supondría poder desprenderse de la creencia inconsciente en un padre poderoso, capaz de ocultarnos la horrorosa verdad de que la existencia no tiene sentido, ni fundamento, ni garantía alguna, que nada nos ampara de la muerte, que no hay más allá, y que el único principio cierto por el que estamos gobernados es el de la incertidumbre.
| by Perla Fuertes |
En varios de los momentos álgidos de la calamidad social que asola a Grecia, ciertos comentaristas europeos confluían en el argumento de que la loca irresponsabilidad de los ciudadanos griegos en los años de "bonanza" artificial había conducido al desastre. Se diría pues que en los años anteriores a la crisis los trabajadores griegos estaban en una permanente juerga, juerga que compartían con los trabajadores españoles y demás meridionales, unos y otros embarcados además en irresponsables adquisiciones de bienes y viviendas. En suma: aquellos mismos que hoy sufren las devastadoras consecuencias del desastre, serían culpables de una confianza ciega en los aspectos miríficos del sistema, culpables de una pecaminosa falta de previsión, por lo cual de alguna manera serían responsables de lo que ahora les sucede.
Yo percibo como algo evidentísimo que tanto la tarea de educar, como la inteligencia práctica o prudencia (phronesis) que se ve involucrada en ella (o en la reflexión pedagógica como reflexión que parte de una práctica) nos conducen a cuestiones de honda seriedad metafísica. Es decir, no se puede separar el filosofar, sea más o menos explícito, de algo que es ya cierta realización existencial configuradora de persona y de realidad, pues la educación se orienta y afirma como creación, agónica lucha entre ser y nada, destello poético entre nada y nada.
Vegeu activitats en http://bloc.inskta.cat
Mejor actriz/actor, mejor director, mejor película. Ya se ha convertido en una costumbre, uno más de los eventos del año. La parafernalia de la mayor industria cinematográfica del mundo (con permiso de Bollywood, según se dice). Y como cualquier otro asunto, las preguntas de índole filosófico pueden terminar apareciendo. Algunas de ellas me asaltan prácticamente cada año, así que en esta edición me decido a compartirlas. Me centraré en dos de ellas: valor cinematográfico de los actores/personajes y el olvido de la comedia. Sobre la primera algo se ha dicho por aquí ya antes y se resume en un par de preguntas: ¿Qué vale más el actor o el personaje? ¿Tiene mérito interpretar personajes que más o menos encajan con la forma de ser, vivir o pensar, del actor? En más de una ocasión, si nos fijamos en los galardonados, nos encontramos con que han dado voz a algunos personajes que después han pasado a la historia del cine, perfiles humanos que destacan ya por su valor histórico, o por sus características personales. No se sabe muy bien si el premio recae entonces en el actor, o en ese personaje que en realidad hubieran podido interpretar muchos, y que por su proyección artística o cultural merecería ya de por sí un reconocimiento. Dónde queda el trabajo del actor y dónde el valor del personaje.
Esto nos lleva directamente a cuestionar el valor de ciertas actuaciones, especialmente en el caso de que haya una total coincidencia entre el personaje y la persona que lo interpreta. No hay que asombrarse de que en su día Eastwood bordara el papel de Harry el sucio, viéndole hablar a una silla vacía del modo en que lo hizo hace unos meses. También resultan cuestionables otros papeles célebres y premiados, en los que parece que el mérito fundamental está en que una superestrella del cine aparezca ante la pantalla como una persona normal. El gran esfuerzo dramático consiste en parecerse a cualquiera, ser como tú o yo. Hacer de ser humano. O más aún: cuántas ocasiones la sensación ha sido ver “lo fea” que salía tal o cual actriz en la película que le dio el oscar. Si todo esto requiere o no grandes dosis de interpretación es ya otro cantar. Representa, en cierta manera, el éxito de lo grotesco, la atracción de la destrucción. Las historias parecen serlo mucho más si tienen una buena parte de lágrimas, tristeza o violencia.
Dramas, suspenses y tragedias. Estos son los grandes caballos ganadores del cine. Parece que haya una tendencia a despreciar la comedia, a considerarla como un género menor. Algo que seguramente viene ya de lejos y no es exclusivo del cine: en el teatro los autores de comedia parecen ser casi siempre menos importantes que aquellos capaces de escribir tragedia o drama. Esa absurda distinción entre “lo serio” y “lo cómico” que tantas veces se logra derribar está instalada en el imaginario colectivo. Las risas no ganan premios o no parecen poder hacerlo. Recaudarán en taquilla, tendrán un gran apoyo popular, pero parecen alejadas del concepto del arte. Riendo pasa uno el rato. Cuando deja de reirse es el momento para el cine de verdad, el que plantea una historia que te hace pensar o que te descubre aspectos del ser humano que te habían pasado desapercibidos. Incluso desde teorías del arte de inspiración marxista se tacha la comedia como un mero “entretenimiento”. Gran error el del marxismo y no menos grande el del gusto de los académicos: en sus preferencias por lo que consideran “artístico” no sólo parecen negar dicho valor a la risa, sino que olvidan o ignoran que detrás de algunas comedias hay tanta o más crítica social, historia profunda y belleza estética que en las películas pretenciosas que terminan llenándose de premios en los certámenes internacionales.
Francesco Solimena, San Agustín
Lo primero fue un título: La filosofía y su sombra. Lo descubrí ardiendo. Porque este libro de Eugenio Trías lo quemaba Pepe Carvalho en la única novela de Vázquez Montalbán que me gusta, Los mares del Sur, donde leí por primera vez sobre el mito del sur (yo que soy del sur) y aprendí el verso de Eliot: “Leo hasta entrada la noche, y en invierno parto hacia el sur”. No está mal encontrar a un filósofo en el fuego. Como tampoco asociado al sur: y menos Trías, que devolvió la metafísica al Mediterráneo, tras seguirla por Grecia y Alemania. Trías es, de algún modo, un filósofo del fuego y del sur. Pero sin facilidades: en su sur hay mucho norte; en su fuego hay mucho hielo. En su sombra hay mucha filosofía.
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| Heidegger |

El 14 de marzo de 2010, unas declaraciones de Federico Lombardi, portavoz del Vaticano, dejaron boquiabierta a la parroquia no católica (estas cosas no interesan en absoluto a los católicos). Defendía ahí, de manera insólita, a los miles de sacerdotes acusados de pederastia en los últimos años: "Se ha demostrado que el noventa por ciento de los casos de abusos de sacerdotes", dijo, "son casos de efebofilia, no de pedofilia, es decir, de abusos a jóvenes menores de edad, no a niños". ¿De qué estaba hablando este santo varón?Me eché debajo del viejo capote de ese viejo hombre, aquí presente, y, ciñendo con mis brazos a este ser verdaderamente divino y maravilloso, estuve así tendido toda la noche. Pero, a pesar de hacer yo todo eso..., sabed bien, por los dioses y las diosas, que me levanté después de haber dormido con Sócrates no de otra manera que si me hubiera acostado con mi padre o mi hermano mayor.
Es Dorcion experta en herir a los mozos, vestida
de niño delicado, con los rayos veloces
de la Cipris carnal, el encanto que brilla en sus ojos
y el sombrero y la clámide que deja ver el muslo.
Que venza mi rechazo y resista mi deseo,
Sintiéndose a menudo más libre que su dueño.
Que huya de muchachos, y excluya a las muchachas,
Adulto para otros, solo niño ante mí.
