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Que soñamos, buscamos estatus, imitamos al grupo, defendemos ideas y tomamos decisiones creyendo que somos autónomos, cuando en realidad operamos dentro de arquitecturas cognitivas y culturales muy específicas sostenidas por incentivos.
Que la mente no es un espacio neutro, sino un taller en funcionamiento continuo, incluso cuando dormimos. Soñar, decidir o desear no son epifenómenos románticos, sino funciones adaptativas que conectan información dispersa, refuerzan identidades y optimizan la supervivencia individual y grupal.
Y hete aquí que hay un momento en el que uno siente el impulso de salir de la cueva de Platón. Descubrir la estructura ilusoria del mundo, desnudar el relato de la meritocracia, del libre albedrío, del amor, del destino. Y, de pronto, todo se vuelve representación. Puro teatro. Y uno cree haber visto la tramoya.
Pero nadie sale realmente de la cueva. Quienes sobreviven en el exterior lo hacen pagando el precio de la cordura.
Porque no estamos diseñados para vivir sin relato. No estamos hechos para ver el mundo desnudo. Necesitamos dioses (sean teológicos, románticos o económicos) que den sentido al teatro que habitamos. Divinidades seculares que respondan a nombres como «proyecto personal», «pasión», «amor», «libre albedrío».
Son ficciones funcionales. Nos permiten seguir siendo lo que somos. Una simple criatura fruto de una evolución azarosa.
Y entonces, replegándonos de nuevo a la penumbra de la cueva, con todos los demás, nos damos cuenta de que la vida no se parece tanto al ajedrez como al póquer. Y que no sobreviven los más lógicos, sino los que saben cuándo creer, cuándo fingir que creen y cuándo retirarse sin mostrar las cartas.
Ciertos modos de pensar, lejos de ser neutrales, configuran la forma misma en que habitamos el mundo. No solo explican la realidad, sino que la moldean. En ese sentido, la filosofía de René Descartes no sería únicamente un episodio fundacional de la modernidad, sino también un síntoma de la misma. Un estilo de relación con la experiencia que, llevado a su extremo, roza la patología.
De hecho, los presupuestos cartesianos pueden leerse como una anticipación sorprendente de algunos rasgos centrales de la esquizofrenia. La sensación de ser un observador pasivo de la vida, más que un agente inmerso en ella, aparece tanto en la fenomenología esquizofrénica como en el ideal cartesiano del sujeto que lo contempla todo, lo analiza todo y lo representa todo. El mundo se convierte en un escenario. El yo, en un espectador.
No es casual que muchos pacientes esquizofrénicos dibujen ojos flotantes, miradas desencarnadas que lo ven todo sin formar parte de lo visto. Esa imagen condensa una experiencia radical de desvinculación. El sujeto ya no se siente dentro del flujo de la vida, sino separado de él por una distancia fría e infranqueable. Esta desvinculación afectiva no es un efecto secundario, sino uno de los núcleos del trastorno. El mundo pierde espesor, peso, evidencia. Nada termina de ser real del todo. Justo lo que experimentamos cuando abandonamos la calidez de la cueva de Platón.
Y es que la sensación de que el mundo no es más que una «obra de teatro», algo escenificado, sin fondo ni sustancia, es frecuente en la esquizofrenia, pero también en ciertas formas extremas de racionalismo. Cuando la experiencia sensible deja de ser una fuente fiable de sentido, todo se vuelve sospechoso. La percepción ya no ancla al sujeto en el mundo, sino que lo expulsa de él.
El resultado es ciertamente paradójico. Por un lado, se experimenta una sensación de omnipotencia (ser todo, observarlo todo, comprenderlo todo). Por otro, una sensación de impotencia radical (no ser nada, no afectar a nada, no pertenecer a nada). Esta oscilación es característica de la desconexión con el mundo compartido, con esa realidad común que no se piensa, sino que se vive.
Podemos entender la esquizofrenia como un estilo cognitivo. Un funcionamiento anómalo en el que predominan la abstracción, la fijación conceptual, la separación entre pensamiento y acción, la preferencia por la claridad formal frente a la experiencia encarnada. Desde esta perspectiva, la filosofía cartesiana no sería solo una teoría, sino la expresión cultural más refinada de ese mismo sesgo.
Separación del cuerpo, desconfianza de la percepción, primacía de la representación, reducción del tiempo a una sucesión de instantes discretos, tendencia a mecanizar lo vivo. Todo ello encaja con una visión del mundo que privilegia el control, la previsibilidad y la seguridad, pero que paga un alto tributo: la pérdida de vitalidad.
El pensador alemán Johann Georg Hamann, uno de los primeros críticos de la Ilustración, ya intuyó que esta concepción del mundo conduciría a la desvivificación y, en términos sociales, a la burocratización. Cuando la vida se reduce a procedimientos claros y reglas abstractas, la experiencia se empobrece. El mundo se vuelve funcional, pero también ortopédico. Hay menos riesgo, pero también menos desafíos. Uno se siente entonces un mero engranaje de una máquina que no entiende.
Este desapego, pues, no nos libera ni nos protege, como podría sugerir una distancia irónica o reflexiva, sino que nos vacía. No es la retirada consciente del sabio ni la suspensión crítica del escéptico, sino una desconexión estéril: el sujeto se separa de la experiencia sin ganar perspectiva y acaba perdiendo densidad afectiva. Deja de vivir en el mundo para habitar la sala blanca de un laboratorio.
Berlin, en Las raíces del Romanticismo, ofrece un marco más amplio para entender este proceso. Resume la tradición ilustrada en tres proposiciones fundamentales:
Todas las preguntas verdaderas tienen respuesta.
Todas las respuestas pueden conocerse y enseñarse
Todas las respuestas son compatibles entre sí.
Estos principios, que parecen razonables a primera vista, tienen consecuencias profundas cuando se absolutizan.
Durante siglos, la cultura occidental había convivido con estos supuestos de forma implícita, pero los equilibraba mediante formas de sabiduría no proposicionales: poesía, arte, rituales, narraciones religiosas. Espacios donde la ambigüedad, la contradicción y el misterio no eran problemas a resolver, sino dimensiones constitutivas de la experiencia humana.
Con la Ilustración, estas tres proposiciones se vuelven explícitas, conscientes, dominantes. Y acaban extendiéndose más allá de la filosofía académica para colonizar la vida misma. Nace así lo que se llamó la edad de les philosophes, en la que todos, queramos o no, pasamos a ser filósofos. Analíticos, racionales, autoconscientes. Incluso cuando no lo deseamos.
La exaltación de la «luz» ilustrada no implica solo claridad y precisión, sino también el destierro de las emociones consideradas oscuras o negativas. El optimismo ilustrado se funda en la idea de que el ser humano puede controlar su destino, lo que reduce el lugar de la tragedia, del sufrimiento y, en última instancia, de la muerte. No es casual que durante más de un siglo se representaran tragedias de Shakespeare con finales felices. El arte también debía ser optimista.
La incapacidad para sentir tristeza, entonces, no es un signo de salud, sino de desapego extremo. De desconexión con el sufrimiento real del mundo. En su forma límite, roza lo psicopático.
Una civilización que absolutiza la claridad, la representación y el control termina vaciando la experiencia de vida. El mundo se vuelve seguro, predecible, explicable. Pero también distante, irreal, aburrido. Y el sujeto, protegido de la incertidumbre, queda aislado de aquello que le daba sentido.
Sergio Parra, Descartes, esquizofrenia y aburrimiento, Sapienciología 06/02/2026
Larga conversación con un joven con ganas de saber. Un lujo, claro. Vamos un poco de aquí para allá, por donde la razón, sometida a este generoso sol de febrero y al aroma, gozoso, de un buen café, nos lleva. Es universitario y me pregunta por qué la clase magistral recibe tantas críticas. "Porque es la metodología más difícil y una manera de librarse de ella es despreciándola". Lo de la zorra y las uvas, siempre tan actual. Me doy cuenta de que, aunque es discreto, tiene a sus profesores bien calados. Sabe las palabras que tiene que utilizar con cada uno, según su grado de wokismo. Lo entiendo. Hay situaciones en las que lo importante es sobrevivir. ¿No fue Talleyrand el que respondió, cuando le preguntaron qué había hecho durante la Revolución francesa, "¡Sobrevivir!"? Ayer después de una larga charla sobre el ensayo español con un editor serio, les hablé sobre Frankenstein a un grupo selecto de universitarios en un colegio mayor de Barcelona. Había estudiantes de arqueología, filología, ingeniería, dirección de orquesta, ADE, etc. Pagaría por tener más charlas así. No hay nada más atractivo que un joven con ganas de saber. Esas ganas son contagiosas.
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.No hay nada más insultante que negarle la palabra a alguien. O que negarse a hablar con él. Negar a quien sea la posibilidad de expresarse es despojarle de todo lo que le hace humano (y redimible, caso de ser un bestia): el lenguaje, el habla, la razón... Es preferible que te den un puñetazo a que te retiren la palabra. Lo segundo duele más (siempre duele más el alma). Por eso resulta tan dolorosa – y estúpida – la actitud de aquellos que se niegan a hablar (y por descontado a escuchar) a quienes se sitúan en sus antípodas ideológicas. Una cretinez generalizada y peligrosa que hoy exhiben impúdicamente politicastros, artistas o «intelectuales» más apegados al moralismo parroquiano y al activismo garrulo que al diálogo inteligente con quienes no comulgan con su catecismo ideológico.
Que esta actitud provenga además de intelectuales o personajes adscritos a los valores de la izquierda (la dignidad humana, la igualdad, la apertura al otro, la razón comunicativa, el diálogo como vía de resolución de conflictos…) resulta deprimente. El último caso es el del escritor David Uclés retirándose de unas Jornadas de debate sobre la Guerra Civil por no agradarle el título (por demás, absolutamente certero: «1936: La guerra que todos perdimos») o por no vérselas con José María Aznar; como si uno solo debiera dialogar con los suyos y en su cenáculo o parroquia (y como si en las parroquias realmente se dialogara de algo). Tras Uclés, cuya torpe propuesta de título («la guerra que sufrimos todos») podría ser igualmente criticada por el maniqueísmo simplista de los demagogos de izquierdas, se ha largado toda una manga de personajillos temerosos del qué dirán (curiosamente, se han quedado todos los historiadores, de uno y otro signo, menos una que, razonablemente, no encontraba ya el horno para bollos dialécticos), y se ha hecho el habitual escrache por parte de la jauría de cretinos convencida de que no hay nada que pensar (o que remover, como ha dicho un portavoz de la Federación Andaluza de Memoria Democrática, copiando el argumento que emplea la derecha para no remover las cunetas). Resultado de todo ello es que las Jornadas se han suspendido.
Que en este país haya gente (mucha gente) que no solo se niega a hablar con el oponente, sino que intenta impedir que el oponente hable (cancelando o boicoteando conferencias, jornadas y eventos culturales), o que amenaza con cancelar su suscripción a un periódico por publicar un artículo que no repite lo que ya piensa (como el de Ana Iris en El País tildando de fascista al «antifascismo» de Uclés) y que, encima, exhiba todo esto como un virtuoso signo de compromiso político (en vez de como un síntoma de gregarismo dogmático) es algo sobre lo que tendríamos mucho que hablar…
A este país le sobran tontos y demagogos, y le hace falta como el comer, el tomar cañas o el compartir memes, una educación para el diálogo (ese, el diálogo, y no el pacifismo infantil e inocuo, es el cimiento de una verdadera cultura de paz). Un diálogo fundado en el libre intercambio de argumentos, en la escucha, el análisis y la verdadera empatía, que es la capacidad específicamente humana de ponerte en la piel del otro para entenderlo mejor. Uclés, Maíllo, Iglesias y parte de la izquierda española no parecen haberse enterado de que vencer es convencer, y de que para convencer hay que dialogar. Lo otro es una guerra civil, o mediática, en la que, en tanto nadie convence a nadie, perdemos efectivamente todos.
Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura y el Diario de Ibiza.
No dejo de darle vueltas: ¿Es Donald Trump un genio de la estrategia que se hace el loco, o un loco aupado a estratega por una rara «genialidad» de la historia? Últimamente tiendo a pensar lo segundo; no ya por el desvarío mental que exhibe en sus descacharrantes monólogos (difícilmente se puede simular algo así), sino por el carácter errático y contraproducente de muchas de sus decisiones.
Tomemos el ejemplo de su apoyo explícito a las «fueras patrióticas europeas», Vox entre ellas. Lo mismo las festeja, considerándolas como compinches en el viejo continente (suponemos que esperanzado en debilitar así a la Unión Europea, un referente moralmente incómodo por sus políticas regulatorias y sociales), que actúa sin tenerlas en cuenta y poniendo en un brete a sus líderes y partidarios.
Porque vale que el objetivo expreso de la estrategia trumpista sea subordinar completamente a Europa (y a todos los que se dejen) a los intereses de la élite neocón norteamericana, pero ¿no deberían avisar a sus lacayos políticos europeos antes de subir aranceles o amenazar con invadir Groenlandia? Así Abascal, Salvini, Orbán o Farage tendría tiempo para difundir algún bulo sobre inmigrantes okupas para distraer al personal, en lugar de estar ridículamente proclamando aquello del «MEGA» («Make Europe Great Again») mientras Trump se burla del valor de los soldados británicos en Afganistán o ningunea las instituciones europeas...
Lo de Vox es un caso paradigmático. ¿Qué dirían Abascal y los estrategas de Vox – hartos de ir a Washington a lamerle las botas a Trump y a recibir instrucciones de la fundación Heritage – si al presidente USA (del que su propia jefa de gabinete afirma que tiene personalidad de alcohólico) le da mañana por tomar Ceuta o las Islas Canarias (territorios autónomos del Reino de España por los mismos motivos que Groenlandia lo es de Dinamarca)? ¿A que patriotismo español invocarían entonces? ¿Aprovecharían para proponer la ampliación de la base de Rota y llamar «Golfo de Trump» (nombre muy apropiado) al Golfo de Cádiz, para asegurar así la protección americana frente a una invasión islámica?
No lo sabemos. Como tampoco la forma en que Vox piensa realizar las deportaciones masivas que promete para salvarnos del «gran reemplazo». ¿Creará una policía migratoria como el ICE trumpista para sacar a los inmigrantes a rastras de los invernaderos, de los asilos en que cuidan a los ancianos o de los edificios en construcción? ¿Disparará también a bocajarro a los ciudadanos que se interpongan en su camino, como en Minneapolis? ¿Saldrán Buxadé o Figaredo ante la prensa, con uniforme y rodeados de banderas, para defender la caza al inmigrante y a los «peligrosos terroristas» que los defienden con un móvil en la mano?
Espero que Trump, y todos los que aquí incitan irracionalmente al odio y la violencia acaben en el manicomio o la cárcel. Pero deseo, sobre todo, que las incongruencias de la ultraderecha europea, despreocupadamente desveladas por el propio Trump, provoquen una mínima reflexión en aquellos que son presos de su retórica fascista e incendiaria. No sé si es mucho desear, pero no es hora de pararse en barras (ni estrellas).
Cada año me pasa lo mismo: acabo tropezando en la misma piedra. Me prometo a mí mismo que este año sí que esponjaré mi agenda, que no estiraré más el brazo que la manga, que tomaré las cosas con calma, que mi prioridad es la Plaza de Ocata y el Petit Café. Pero a la hora de la verdad, para cuando quiero darme cuenta, ya estoy envuelto en una tupida red de compromisos. Sería hipócrita que me quejase, porque me gustan. Pero cada año el cansancio de fondo, ese que se va solidificando poco a poco como un lastre, es más difícil de controlar. Me cuesta recuperar, eso es indudable. Aún me queda una manera infalible de recargar las pilas, pero necesito la complicidad de mi familia. Se trata de trastear en la cocina. Así que aprovechando el día de San Blas, he saturado a mi mujer, hijos y nietos de roscos y rosquillas, hasta que me han dicho que basta, que ya tenían acumuladas suficientes calorías para pasar lo que queda del invierno. Y yo he vuelto a mi red de premuras.
La materialización de la promesa digital no ha sido el internet de las cosas, ni siquiera una fantasía ciberpunk, sino algo mucho más cutre y penoso: recuerda a Berlusconi y sus Mama Chicho antes que a Neuromante. Los coches Tesla parecían el precedente inmediato de los vehículos voladores de la ciencia ficción. Sus dueños descubrieron que conducían una chatarra hortera y propensa a incendiarse ideada por un millonario supremacista con delirios paranoides. Es difícil pensar en una mejor escenificación de este giro grotesco del espacio digital que la investidura presidencial de Trump. En la mitología ciberutópica los nerds de Silicon Valley eran chicos tímidos pero brillantes que no sabían bien qué hacer con sus millones y seguían vistiendo sudaderas con capucha. El progresivo acercamiento de los ciberoligarcas al estilo de vida, valores y aspecto de un proxeneta de Las Vegas les valió un puesto de privilegio en la ceremonia de toma de posesión de Trump: literalmente por delante de los ministros del Gobierno.
La crisis de la covid-19 fue el hito histórico de este giro posutópico de nuestra sensibilidad tecnológica que surgió de la aceleración digital. En apenas semanas, se exigió a las administraciones públicas y a toda clase de empresas que desarrollaran buena parte de sus actividades en la red. Facebook, Instagram y WhatsApp (de la misma compañía) reemplazaron muchos de los espacios de socialización tradicionales. Netflix y Spotify sustituyeron nuestras salas de cine y de conciertos. Las oficinas y reuniones se distribuyeron por cientos de miles de hogares conectados por una tupida red de apps privadas. Fue un experimento social ambiguo que mostró las limitaciones del proyecto de digitalización generalizada. (…) Empezamos a vivir internet cuando nos prohibieron salir de nuestras casas. Y la extrema derecha española supo capitalizar la rebelión contra esa ortopedia tecnológica insoportable: no solo mediante el negacionismo más burdo, sino a través de una apología trivial de la sociabilidad (las “terrazas” y las “cañas”).
Las versiones digitales de la educación o de distintas expresiones artísticas (…) se mostraron como simulacros pobres, a años luz de las promesas de realidad virtual aumentada. La pandemia nos enseñó la realidad tecnológica en la que ya vivíamos: para continuar con nuestra vida social y profesional, para acceder al ocio, a la cultura o a la educación era imprescindible aceptar las condiciones impuestas por grandes corporaciones tecnológicas. El núcleo de la sociedad digital existente se nos mostró sin tapujos: un entramado monopolista que permite a inmensas empresas privadas controlar infraestructuras fundamentales tanto de la actividad productiva como de nuestra vida en común, y que nos ofrece a cambio una sucesión interminable de tenebrosas videoconferencias y relaciones tóxicas en las redes sociales.
La cuestión no es solo que la derecha, sobre todo la extrema, haya ejercido un monopolio implacable —con excepciones, como la oleada feminista de 2017— sobre la capacidad de la tecnología digital para marcar la agenda política. El problema es que las redes sociales existentes se adaptan mucho mejor al programa iliberal que a un proyecto emancipador. Cuanto más disparatada sea la campaña, cuanto menos dependa de la construcción de lazos políticos sólidos, mejor es la relación entre esfuerzo invertido y resultados. Dedicando una hora al día a Twitter puedes convencer a millones de que la Tierra es plana y de que Hillary Clinton participa en una red de pedofilia satánica en una pizzería de Washington. Hacen falta vidas enteras de huelgas y asambleas para convencer a la gente de que el jefe que los explota es un explotador.
Durante la primera década del siglo XXI, el problema tecnopolítico por antonomasia era cómo aprovechar la potencia emancipadora del tipo de identidades débiles y fluidas que parecían consustanciales a internet. La neorreacción contemporánea ha cambiado las reglas del juego. Nos ha mostrado que internet es compatible con identidades políticas excesivamente fuertes, capaces de proliferar, como organismos extremófilos, en entornos sociales frágiles. Este narcisismo digital ha crecido en el caldo primigenio de la derecha radical, pero se ha expandido a los campos políticos progresistas. En cualquiera de sus versiones —neoestalinista, tránsfoba, conspiranoica, ecocolapsista…—, el trumpismo de izquierdas es un virus político agresivo que se caracteriza por un marcado sentido de agravio, una búsqueda casi patológica de liderazgos fuertes y una participación política intensa pero muy individualizada en la que, necesariamente, las redes digitales desempeñan un papel fundamental.
Tal vez lo más llamativo es lo sencillo que ha sido este proceso de transformación de la utopía en distopía tecnológica. Lo familiar y coherente que nos ha resultado esta situación de indefensión colectiva y dependencia digital extrema. La razón, en parte, es la casi completa desaparición del movimiento de la cultura libre, que ha naturalizado la percepción de la tecnología como una demoniaca caja negra económica y política. Comparados con los impenetrables dispositivos actuales o las plataformas y las redes sociales —de Amazon a TikTok, pasando por YouTube—, Microsoft o los DRM [la gestión de los derechos digitales] parecen casi expresiones amables de un capitalismo corporativo de rostro humano.
César Rendueles, La utopía tecnológica devino en distopía, El País 03/02/2026
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Si la democracia es cratos del demos, no está muy claro hasta qué punto es democrático delegar en la tecnología nuestras decisiones. Todas las tecnologías han tenido como consecuencia una cierta periferización de los humanos del ámbito de las decisiones, pero ninguna había sido tan disruptiva como la inteligencia artificial, ninguna nos había hecho tan prescindibles, tan reemplazables.
La tendencia general hacia un pilotaje automatizado de los asuntos humanos no es solo un aumento cuantitativo de los instrumentos que tenemos a nuestra disposición, sino una transformación cualitativa de nuestro ser en el mundo, un mundo en cuyo centro ya no nos encontramos. Este nuevo paisaje tecnopolítico es muy importante para el ser humano y al mismo tiempo está despoblado de humanos, lleno de lugares y procedimientos a los que les está prohibido el paso y la presencia. Sin que esto tenga una connotación necesariamente negativa, se trata de un mundo deshumanizado, como pone de manifiesto que las arquitecturas más significativas del mundo carecen de personas: las puertas automatizadas, los ascensores sin ujier, los campos agrícolas robotizados, las redes de comunicación autónomas, las estaciones orbitales extraterrestres son lugares desiertos de humanos.
El horizonte parece ser un bucle sin humanos, nuestro gran remplazamiento por las máquinas, algoritmos que deciden por nosotros. Todo esto nos libra de trabajos pesados, puramente mecánicos, pero quizás no sea más que el comienzo de un gigantesco desahucio, de un mundo que funcionaría sin nosotros, vaciado de toda voluntad humana. Con la automatización podríamos estar programando nuestra propia obsolescencia. Marvin Minsky afirmaba que deberíamos considerarnos unos afortunados si en el futuro las máquinas inteligentes nos tienen como animal de compañía. No faltan las apelaciones dramáticas a una futura obsolescencia del género humano.
Antes de pensar en los remedios ante esta amenaza, debemos saber si es real. Reclamamos que haya “humans in the loop” (como denominan los ingenieros al ciclo de acción, feedback y decisión que controla todas las decisiones del sistema en cada momento), pero tal vez los haya, más de lo que pudiera parecer. Para empezar, hay que reconocer la gran cantidad de trabajo humano inscrito en la misma automatización. El trabajo persiste: incluso los empleos que tienen un elevado riesgo de automatización tienen un conjunto importante de tareas y funciones difíciles de automatizar. Se está operando una nueva división global del trabajo digital por la que se forman cadenas de deslocalización que nos obligan a mirar la automatización de otro modo: no se sustituye a los trabajadores humanos por robots, sino por otros trabajadores humanos (ocultos, precarios y peor pagados). Frente a cierta retórica dominante, las plataformas no están animadas por usuarios benévolos, sino por proletarios del clic. Lo que tenemos es una “automatización alimentada por humanos”, unos “microtrabajadores” o “trabajadores fantasma” ocultos en las tecnologías que sostienen la inteligencia artificial y que llevan a cabo tareas digitales repetitivas. Como advierte Nick Seaver, si no puedes ver a un humano en el bucle, solo tienes que buscar un bucle más grande.
Por tanto, la cuestión no es cuántos humanos están en el loop sino cómo (Crawford). ¿Dónde y de qué modo deben estar los humanos para que haya el mejor ecosistema humanos-máquinas y se cumplan las promesas democráticas de autogobierno de los seres humanos? Debemos pensar y configurar la automatización sin reducir el asunto a “humanos versus máquinas” posibilitando que existan procedimientos de intervención humana en las diferentes fases de implementación de los procesos de automatización que, sin poner en peligro los beneficios de la automaticidad, permitan considerar este proceso como verdaderamente democrático.
Podemos pensar los procesos de automatización por analogía con el modo como hemos diseñado la democracia representativa de manera que, sin estar presentes completamente y en todos los momentos del gobierno, nos permitiera considerarnos como autores últimos de las decisiones colectivas.
Daniel Innerarity, La gente en la inteligencia artificial (I), La Vanguardia 31/01/2026
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| Sami Timini |
«No sé», dice Eleanor, de 14 años, con los brazos cruzados y un piercing en la nariz que brilla bajo la luz de la consulta. Su madre, Nicole, está desesperada: su hija se autolesiona, tiene ansiedad y sus estados de ánimo son una montaña rusa. Nicole busca una respuesta concreta: «Necesitamos saber qué le pasa. Quizá tenga una depresión o un trastorno bipolar. También me he preguntado si será autismo». Esta escena, descrita en el prólogo del libro Qué es ser normal (Debate), encapsula la crisis moderna de la salud mental: la angustiosa búsqueda de una etiqueta que explique por qué duele vivir.
En su nueva obra, el británico de origen iraquí Sami Timimi (1960), una de las voces más críticas y lúcidas de la psiquiatría actual, disecciona este fenómeno: hemos comprado la idea de que nuestra tristeza es un fallo técnico. Timimi, quien lleva décadas observando la deriva de su profesión, advierte cuando nos citamos con él para la entrevista que nuestra obsesión cultural con la normalidad nos está enfermando más.
«Lo que ha sucedido con nuestro concepto del sufrimiento es que se ha transformado», explica el doctor. Recuerda una verdad incómoda: «El sufrimiento es algo de lo que no se puede escapar, forma parte de la condición humana». Sin embargo, caímos en una trampa cultural seductora. «Como cultura, hemos desarrollado la idea de que todo sufrimiento tiene algún tipo de arreglo técnico, que existe una tecnología capaz de eliminarlo». Aunque reconoce que el progreso ha eliminado mucho dolor innecesario, advierte que la fantasía de erradicar el dolor mental «nos ha dificultado desarrollar la resiliencia natural que poseemos».
La nueva visión tecnocrática del alma humana está golpeando con especial virulencia a los adolescentes. Timimi se muestra especialmente preocupado por esta etapa vital, un periodo de metamorfosis intrínseca donde preguntas existenciales como «¿dónde encajo?» o «¿cuál es el sentido de la vida?» no tienen respuestas sencillas.
Lo que antaño se consideraba la angustia propia de crecer (la soledad, la inseguridad, la alienación) hoy se interpreta bajo una lente clínica. «Se ha convertido en algo que preocupa a la gente cuando experimenta estas emociones intensas. Lo interpretan como una señal de que hay algo mal en ellos». Con humor y empatía, Timimi confiesa lo que suele decir a sus pacientes jóvenes y a sus padres: «Espero de verdad que la reencarnación no sea cierta, porque no quiero volver a pasar por mi adolescencia». Sobrevivir a esa etapa es el logro, no curarla.
Detrás de esta reinterpretación del dolor hay algo más que un cambio filosófico; hay un mercado. Timimi no duda en afirmar que la angustia se ha mercantilizado, convirtiéndose en «una nueva fuente de extracción de beneficios». El mecanismo es perverso pero eficaz: se induce a la persona a creer que si siente malestar, el fallo está dentro de ella, no en su entorno. Y, convenientemente, el sistema ofrece una reparación en forma de diagnóstico correcto que conduzca al tratamiento adecuado.
Daniel Arjona, Carmen Casado, Sami Timini: "la angustia se ha convertido en una nueva fuente de extracción de beneficios", elmundo.es 04/02/2026
Abro un libro que me han recomendado encarecidamente y a las pocas páginas se me cae de las manos. Ni me interesa lo que dice ni me llama la atención cómo lo dice. Miro la foto del autor y lo primero que pienso -con un pelín de sadismo- es algo que es educado callar. Miro también de reojo la torre de Pisa que tengo aquí, a mi lado, de libros por leer y abandono el que me estaba okupando la atención en el montón de los libros que nunca leeré. Menos mal que de vez en cuando hago limpieza y tiro los libros de este montón al contenedor del papel, porque si los guardase, hace tiempo que no cabría en mi propia casa. Elijo Las memorias íntimas del coronel Fernando Fernández de Córdova, marqués de Mendigorría, e inmediatamente me siento en casa. Ya tengo edad para proteger, con uñas y dientes, mi espacio de bienestar literario contra cualquier tipo de intruso, por muy d emoda que esté.
| Franco "Bifo" Berardi |
Cierro las Memorias del subsuelo y me doy cuenta de que necesitaría ser un Dostoyevski para poder desgranar coherentemente el torbellino de ideas que me tiene revuelta la mente. En cualquier caso, resalto una: la libertad. Hay que ser un espíritu muy libre para poder escribir así. Y si esto es cierto, entonces solo los creadores audaces pueden aspirar, de verdad, a una libertad que merezca su nombre. La libertad sería la posibilidad del genio. Por algún sitio dice Berdiaev que hay que reconocer, con pesar -puntualiza-, que la libertad solo es apreciada en toda su intensidad por los que piensan creativamente y que apenas es necesaria para quienes no valoran el pensamiento. Entonces podríamos concluir que la creatividad es la manifestación más pura de un espíritu libre, porque solo él podría elegir el silencio. Ese era el sentido del lema de Spinoza: Tacet... La libertad de una persona no se mide por su libertad de palabra, sino por su libertad de pensamiento.
Más que memoria somos máquinas de olvidar porque a diferencia de otros animales, una característica esencial del pensamiento humano es el olvido. Lo que hacemos todo el tiempo es que seleccionamos información, la procesamos y dejamos de lado los detalles. Al hacer eso, te puedes enfocar en lo esencial y tener una capacidad de razonamiento mucho más avanzada. Hacer esa abstracción implica un olvido.
La memoria está en constante reconstrucción. Cada vez que evocas un recuerdo lo estás cambiando. Y el cambio puede ser brutal. De una memoria, tal vez recuerdas ciertas cosas específicas y las vas consolidando más y más; y otras que no las recuerdas tanto, las vas dejando en el olvido. Y eso para mí es la paradoja filosófica, porque la memoria define la identidad, yo soy mis memorias; pero lo que define mi persona es algo tan volátil...
El proceso de recordar existe, no es una ilusión, pero el recuerdo es, en gran parte, una construcción y usas sentido común. Hay un montón de cosas que son inferencias inconscientes: infieres cosas e, inconscientemente, vas armando una historia usando el sentido común, pero no necesariamente recuerdas fehacientemente todo lo que pasó.
El cerebro es la máquina del olvido: olvidamos mucho, recordamos muy poco, pero lo poco que recordamos es aquello que nos interesa, aquello a lo que le prestamos atención.
Lo que yo propongo es que la memoria del humano funciona distinto a la de otras especies. Empiezo por un argumento de sentido común: la memoria te determina el pensamiento, yo pienso en base a cómo recuerdo las cosas; y creo que la clave del pensamiento humano es que es mucho más abstracto que el de cualquier otro animal. Un mono o una rata recuerda las cosas tal cual pasaron; nosotros recordamos más conceptos, dejamos de lado detalles y eso nos permite hacer asociaciones mucho más avanzadas. El ejemplo que doy es que la gran genialidad de Newton no fue escribir un día la fórmula de la gravedad, sino darse cuenta de que la manzana que cae responde al mismo fenómeno que la luna que gira alrededor de la Tierra. Pero para hacer esa comparación necesitas realmente abstraer, no puedes estar pensando si la manzana es roja o verde. Tienes que dejar de lado un montón de detalles y ahí viene la genialidad.
El cerebro humano no es tan distinto del cerebro de un chimpancé. Es más grande, pero hay animales que tiene el cerebro más grande que el humano y no son más inteligentes. Yo creo que no es que el cerebro sea distinto, sino que funciona distinto. Y no creo que sea coincidencia que yo en humanos encuentre neuronas respondiendo a conceptos y no a detalles, mientras que en otros animales siempre encuentran neuronas respondiendo detalles y no a conceptos.
... somos nosotros los únicos que hasta ahora tenemos estas neuronas (las llamadas neuronas Jennifer Aniston) que representan conceptos, abstracciones, lo cual implica olvidos. Eso me permite una capacidad de inteligencia muy superior a la que pueda tener otro animal. Y me puedo estar equivocando, no es un consenso científico, pero lo que yo digo es que estas neuronas son exclusivas del ser humano y que son una base de nuestra inteligencia.
El cerebro humano no busca recordar, busca entender. O sea, lo que nos distingue a nosotros no es nuestra capacidad de memoria, sino nuestra capacidad de entendimiento. Un ejemplo: yo no me olvido nunca de que la batalla de Chacabuco de Argentina contra los españoles fue en 1817. Y no es porque tenga una regla nemotécnica, sino porque me acuerdo de que es un año después de la Declaración de Independencia. Lo que hago es poner una fecha en contexto y ya está, no se me va nunca más. Lo decía Aristóteles: la manera más fuerte que tienes de recordar algo es hacer asociaciones. Generas ese telar de la memoria y te queda bien firme. Si tienes hechos aislados, se te pierden.
Recordamos unas cosas más que otras porque hay cosas que las repetiste tantas veces, que te quedaron automatizadas. Y luego, por la emoción, que está muy claro que es un factor que modifica qué tan profundos son los recuerdos. En cambio, apenas recordamos nada de nuestra infancia. Se llama amnesia de la infancia. Y eso es porque el hipocampo, que es un área cerebral clave para la memoria, todavía no se ha desarrollado.
¿Qué nos separa de un animal? La capacidad de abstracción. Y eso es porque tenemos neuronas de concepto, lenguaje, entendemos... ¿Qué te separa de un ordenador? Que tiene memoria perfecta, pero no entiende; nosotros olvidamos un montón, pero entendemos.
Jessica Mouzo, entrevista a Rodrigo Quian Quiroga: "El cerebro humano no busca recordar sino entender", El País 24/01/2026
Leer a Platón después del siglo XX es hacerlo bajo sospecha. La República ya no es sólo un ejercicio filosófico sino un artefacto retrospectivamente peligroso, un texto que parece haber ensayado algunas de las coreografías mentales que más tarde adoptarían los regímenes autoritarios. No porque Platón fuera un fascista avant la lettre, sino porque pensó el orden con una radicalidad que convierte la libertad en un problema, no en un punto de partida.
La ciudad platónica no se funda en la pregunta “¿cómo vivir juntos siendo libres?”, sino en una más inquietante: “¿cómo evitar que la multitud se destruya a sí misma?”. La política nace allí como pedagogía forzada, como una inmunología social destinada a proteger a la polis de su propio caos. El resultado es conocido: una república sin ciudadanos en sentido moderno, habitada por funciones, castas del alma, especialistas del bien. El individuo no es sujeto sino síntoma.
Desde esta perspectiva, el parentesco estructural con el fascismo no está en la violencia explícita —Platón es demasiado aristocrático para eso— sino en la desconfianza radical hacia la espontaneidad. El pueblo, dejado a su suerte, degenera; la libertad, sin tutela, se corrompe en licencia; la opinión, sin guía, se vuelve ruido. El filósofo-rey aparece entonces como una figura proto-tecnocrática: alguien que sabe mejor, y por lo tanto decide mejor, incluso cuando decide contra la voluntad de los gobernados.
Pero sería un error cómodo leer la República como un simple manual autoritario. Platón no quiere dominar cuerpos sino alinear almas. Su proyecto es una psicopolítica temprana: una arquitectura del interior humano proyectada sobre el espacio urbano. En ese sentido, el fascismo moderno es menos platónico de lo que parece: allí donde Platón aspira a la armonía, el fascismo se alimenta del exceso, de la movilización permanente, del ruido emocional. Platón quiere silencio formativo; el fascismo, griterío sincronizado.
La libertad, en Platón, no desaparece: se redefine hasta volverse irreconocible. No es libertad de elegir, sino libertad de cumplir con la propia esencia. Se es libre cuando se obedece a la parte mejor de uno mismo, incluso si esa obediencia viene impuesta desde fuera. Aquí se revela el núcleo problemático: la coincidencia forzada entre verdad y poder. Cuando alguien afirma saber qué es lo mejor para todos, la libertad deja de ser un riesgo compartido y se transforma en un error que hay que corregir.
Platón inaugura una tradición de circuitos cerrados: mundos bien climatizados donde el sentido está garantizado al precio de la exclusión. El fascismo hereda esta lógica, pero la vulgariza. Donde Platón ofrecía ascenso intelectual, el fascismo ofrece identidad; donde había formación del alma, hay mitología del nosotros. Ambos comparten, sin embargo, una alergia profunda a la intemperie liberal.
Tal vez la pregunta no sea si Platón conduce al fascismo, sino qué hacemos hoy con ese deseo persistente de ser gobernados por quienes “saben”. En una época cansada de libertad —de su incertidumbre, de su ruido, de su responsabilidad— la tentación platónica reaparece con nuevos disfraces: expertos, algoritmos, sistemas que prometen orden sin conflicto. La República vuelve entonces no como libro antiguo, sino como incómodo reflejo.
La lección no es cancelar a Platón, sino leerlo como advertencia: toda política que aspire a curarnos de la libertad termina enfermándonos de obediencia.
Juan Miguel Pozo, Platón y el fascismo: República y libertad, Imbéciles 02/01/2026
| Paul von Hindenburg |
“En 1930 ya era evidente que el poder presidencial estaba en manos de un hombre que no creía en las instituciones democráticas y no tenía ninguna intención de protegerlas de sus enemigos”, escribe Richard J. Evans en el primer volumen de su famosa trilogía sobre el Tercer Reich. Habla de Paul von Hindenburg, el presidente que desmanteló la democracia parlamentaria de la República de Weimar, preparando el terreno para el régimen de 1933. Usando inadecuadamente el artículo 48 de la Constitución, estableció un estado de emergencia permanente con una serie de “gobiernos presidenciales” que mandaron por decreto, sin apoyo parlamentario, recortando derechos y salarios para complacer a los tecnoligarcas de la época. Eran gigantes del acero como Krupp, Thyssen, y Hoesch AG; de la química como IG Farben (un conglomerado que incluía a BASF, Bayer y Hoechst); eléctricas como AEG y Siemens y la cuenca minera del Ruhr. Cuando Hitler fue nombrado canciller en 1933, la democracia alemana ya estaba rota. Los asesinatos empezaron antes de que llegara al poder.
La primera víctima realmente famosa fue Konrad Pietrzuch, un minero polaco y sindicalista de Potempa, ciudad que volvió a Polonia después de la Seguna Guerra Mundial. Una noche de agosto de 1932, cinco miembros de las SA, las tropas de asalto originales del partido nazi, entraron en su casa con sus camisas pardas y lo mataron a golpes delante de su familia. Habían salido a cazar comunistas, sus archienemigos parlamentarios, “enemigos del Reich”. Los Cinco de Potempa, que fue como los llamó la prensa durante el sonado juicio, fueron sentenciados a muerte bajo una ley antiterrorista recién estrenada. Hitler los llamó camaradas y los liberó en cuanto llegó al poder, con una amnistía para todos los que habían cometido crímenes “por el bien del Reich”. En marzo de 1933, habían cometido docenas de asesinatos similares en todo el país.
Estamos ante un cambio de régimen simbólico. No se trata de mala propaganda, sino de otra lógica de poder comunicativo. Hay una diferencia entre un Estado que miente y un Estado que trolea. El primero todavía rinde homenaje a la verdad ocultándola; el segundo ha abandonado el juego por completo. Bush mintió sobre Irak, pero fabricó pruebas falsas para parecer veraz. Hoy el poder ya ni siquiera pretende decir la verdad. Esto es lo que significa que la Casa Blanca publique memes generados por IA, imágenes manipuladas, provocaciones deliberadas. No es torpeza comunicativa: es una forma de gobierno. El Estado ya no gobierna a pesar de la confusión sobre los hechos, sino gracias a ella. Gobierna produciendo saturación. La pregunta es entonces inevitable: ¿cómo se construye la densidad de lo real en un tiempo en que la irrealidad se ha convertido en técnica de gobierno? ¿Es posible resistir a esto?
Màriam Martínez-Bascuñán, Valiente Minneapolis, El País 01/02/2026
David Brooks sostiene hoy en un muy contundente artículo en el NYT que la herida cultural más grave de nuestros días ha sido la pérdida de un orden moral compartido y de ella nosotros mismos somos culpables porque llevamos décadas diciendo a los jóvenes que sean autónomos, que creen sus propios valores individuales y que elijan su forma de vida de acuerdo con sus deseos. En definitiva, le hemos propuesto la privatización de la moralidad y el resultado ha sido la desarticulación moral de la sociedad. Hemos tirado por la borda los consensos sobre lo bueno, lo bello, lo justo, lo verdadero... y hemos convertido el constructivismo en la religión laica del presente. De esta manera erosionamos la cohesión social y la confianza, que es el principal capital social de una comunidad. No compartimos la admiración por unos héroes comunes, unas referencias culturales comunes, unos ejemplos morales comunes «y cuando eso desaparece, la ansiedad, la atomización y un lento descenso hacia la barbarie son los resultados naturales».
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Tras comer con Carlos Losada en el Gran Marina, enfilé hacia Gerona. Como oscurece pronto, la ciudad me recibió en esa hora triste en que se vuelve del trabajo y de la escuela con pintas de derrotado por la reiterada mecánica vital, pero la impresión se desvaneció en cuanto volví a las calles de la ciudad antigua. Es admirable cómo resiste lo viejo y qué anodinos son los barrios nuevos. Pueden ser cómodos y funcionales, pero carecen de personalidad. Son los mismos en todas las ciudades. Lo más sorprendente es que los barrios viejos soportan muy bien la renovación constante, mientras que el futuro colectivo de los nuevos es el escombro. Me gusta pasear solo y sin rumbo claro, atendiendo a los mil detalles y destellos de las cosas humanas. A las 20:30 tenía una cita con la magnífica gente de It's time to think, para un Thinkglao en Stephouse Girona. Con estos jóvenes hay que colaborar. Sí o sí. Sus ganar de hacer cosas interesantes y su decisión valiente de llevarlas a la práctica con un rigor alegre es admirable. Les hablé de la lectura como medio de refutar el constructivismo. Si se nos dice que todo, desde el clima hasta el género, es una construcción social, leamos y comprobaremos nuestras afinidades con los grandes hombres del pasado. Si existen, es decir, si encontramos en las páginas de un autor antiguo palabras que nombran con precisión lo que nos pasa, entonces ese autor nos conoce bien. Puede ser, incluso que sepa de nosotros cosas que nuestro tiempo tiende a ocultarnos. Entonces nos conocería mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos. Si Platón o San Agustín nos informan bien de lo que somos, entonces es que hay permanencias antropológicas. Leí versos de Lope y sonetos de Quevedo y hablamos de Heidegger, Dostojevski y el Quijote. Creo que cumplí con mi papel. Salí de Gerona rápidamente porque mi mujer volvía de Pamplona en tren. Llegué a la estación de Sants con la lengua afuera, pero puntual.
Estoy releyendo Memorias del subsuelo y tengo que ir a lo ratonil, mordiendo poco a poco y masticando bien para poder ir tragando. Había leído este libro/ensayo, premonitorio del existencialismo hace ya unas cuantas décadas, pero el verano pasado, releyendo también Juan de Mairena, me di cuenta de la deuda enorme que tenía contraída Antonio Machado con Fiódor Dostoievski, y ahora estoy leyendo las Memorias tan de otra manera que es como si las leyera por primera vez. Quizás sea este el signo distintivo de un clásico: que siempre que te enfrentas a él chocas con su novedad. La diferencia entre Mairena y el narrador anónimo de Memorias del subsuelo es la que hay entre un nihilista andaluz y un nihilista ruso. Un andaluz, por mucho que lo intente, no puede ser nihilista. Hay en Andalucía demasiada luz. Podrá creer que lo es, pero su creencia no será más que un ejercicio de la voluntad, un empeñarse en dar la espalda al chisporroteo de la vida. Un nihilista casi no tiene otra manera de serlo que naciendo en Rusia, en los inviernos gélidos y eternos, a 40º bajo cero, donde la vida enmudece bajo el frío. El nihilismo es el exceso de penumbras. Esta referencia a la luz andaluza y a las penumbras rusas es, en realidad, una referencia a dos estados de ánimo opuestos y el existencialismo se toma muy en serio los estados de ánimo como el estar del ser.
Iba ayer por la mañana caminando tan ricamente de la estación de Sants al convento de los capuchinos de Sarrià, mientras por los auriculares sonaba a todo trapo La Gran Vía, del insigne Chueca, y al llegar a la Diagonal recibí un mensaje de un amigo con, entre otras, dos frases terribles: La primera, de Chejov: «Si tienes miedo a soportar la soledad, no te cases»; la segunda, (posiblemente) de mi amigo: «Cuando un matrimonio se grita, no se está gritando lo que parece, sino ¡No eres suficiente para mí!». Y me rebanó de golpe la alegría de la mañana. A partir de ese momento me pasé el día rumiando. Por la noche, mientras sobrellevaba mi reincidente condición de Rodríguez, pensaba que la soledad no depende de las distancias físicas, sino de las afectivas. Es mayor cuanto más sientes que te ignora la persona con la que intimas. No sé si habrá alguien que se sienta solo ante una persona que le resulta indiferente (aunque estos días estoy releyendo Memorias del subsuelo y me siento predispuesto a creer que nada inhumano nos es ajeno). Sí, hay momentos de soledad profunda en la cotidianeidad de un matrimonio y son mayores cuanto más te tomas en serio a ti mismo. La ironía, sin embargo, parece ser un privilegio de la experiencia. Los años de convivencia te van enseñando que la vida en pareja está plagada de saltos emotivos hacia los extremos. ¿No era Jung el que decía que ninguna teoría sobre el alma te sirve cuando te asomas al alma de alguien concreto? Con la edad descubres que la trayectoria importa más que los meandros, por grandes y retorcidos que sean estos. Respecto al «no eres suficiente para mí» que a veces insinúa nuestro narcisismo (que da por supuesto que la otra persona ha de amarte exactamente como tu crees que debieras ser amado), no me parece más doloroso que el "no soy suficiente para ti", con el que a veces nos hiere nuestro sentido de la realidad. Es esta conciencia de la propia insuficiencia la que te lleva, finalmente, a descubrir que comprender al otro es una tarea quimérica, pero que la incomprensión no importa. Quererse es mejor.
Leía recientemente esta provocadora cita de Jonah Goldberg: «El culto a la juventud representa la peor forma de política identitaria y populista». Si tenemos en cuenta el culto a la juventud promocionado por las grandes tiranías del siglo XX es difícil no darle, al menos, algo de razón. Pero ayer me encontré con una reflexión mucho más provocadora de Helen Andrews que, lo confieso, me atrevo a traer hasta aquí solo porque su autora es una mujer. En esencia, Andrews sostiene que feminización = wokización. Le cedo la palabra: «Todo lo que llamamos "woke" —empatía más que racionalidad, seguridad más que riesgo, cohesión más que competencia, inclusión más que libertad de expresión— es simplemente el resultado natural de la progresiva feminización de las instituciones desde los años 70». Recoge Andrews encuestas que parecen mostrar que «aproximadamente dos tercios de los hombres priorizan la libertad de expresión, y aproximadamente dos tercios de las mujeres priorizan una sociedad inclusiva. Los hombres se inclinan hacia la "ética de la justicia" (reglas/hechos), mientras que las mujeres lo harían hacia la "ética del cuidado" (contexto/relaciones/emociones)». Las mujeres se orientarían por las emociones y los hombres por reglas objetivas.
El 12 de julio de este año, la segunda presidencia de Donald Trump vivió uno de sus momentos de mayor debilidad. En una cumbre de estudiantes universitarios conservadores, Charlie Kirk y Steve Bannon, dos de los influencers más populares del movimiento MAGA, pidieron a los asistentes que levantaran su mano si el caso de Jeffrey Epstein era importante para ellos. Los presentes reaccionaron ipso facto elevando los brazos, algunos incluso ambos. El momento trascendió en un vídeo de YouTube que se viralizó.
Cinco días antes, la fiscal general, Pam Bondi, había anunciado que las investigaciones internas apuntaban a que Epstein sí se suicidó tras ser acusado de pedofilia y tráfico sexual y que no hay evidencias de que existiera una lista de sus clientes. Con eso, derribó una de las teorías conspirativas más populares entre los seguidores de Trump y que ha sido alimentada por él mismo: que el Estado profundo intentaba ocultar la información para proteger a varios políticos y famosos implicados. La información desató la furia de las bases MAGA, que se sintieron traicionadas.
Las redes sociales estuvieron ardiendo desde entonces. Se estima que hasta finales de julio hubo un promedio de 9 millones de interacciones sobre el tema. La primera reacción del presidente fue enviar un mensaje a través de su red social Truth pidiendo a sus seguidores que no prestaran atención al asunto. Una reacción atípica para una administración experta en desviar la atención y controlar el relato. Al ver que el foco no cambió, en sus siguientes acciones sí replicaron al dedillo las pautas acostumbradas y tuvieron más éxito. Empezaron a aplacar el asunto entre sus bases y obligaron a que los demócratas tuviesen que redoblar esfuerzos para mantener a Epstein en agenda.
Precisamente son esas técnicas de distracción las que se ponen bajo la lupa en el séptimo capítulo del Observatorio Trump. La Casa Blanca busca siempre captar la atención. Cuando otros temas que escapan de su control le disputan el protagonismo, actúan para recapturar el foco.
Esto evidencia una estrategia cuidada de campaña permanente, definida por Sidney Blumenthal como la promoción continua de un candidato o sus ideas más allá de las elecciones y utilizando el gobierno como una plataforma. Han definido un relato político y ponen toda su energía en comunicarlo. Para eso, las cortinas de humo se vuelven imprescindibles si el relato entra en riesgo.
1. Teorías de la conspiración¿Qué hacer si las acciones de tu propio gobierno han puesto fin a una teoría de la conspiración? Alimentar otra, es la repuesta de la Administración Trump. El 19 de julio, Tulsi Gabbard, la jefa del servicio secreto, dijo tener información de que el expresidente Barack Obama lideró junto a Hillary Clinton una conspiración para impedir la victoria de Trump, para lo cual habrían inventado las denuncias de manipulación y ciberataques por parte de Rusia. Aunque este tema no ha borrado por completo la conversación sobre Epstein en el mundo MAGA de redes sociales, sí la ha opacado.
2. Generar controversia en redesUna cortina de humo típica de Trump es la de publicar contenidos polémicos en redes para que se hable de él o del tema del que postea. Cuando intentaban distraer del caso Epstein, lo hizo varias veces con mensajes sobre Obama a fin de que ese asunto sumara una mayor atención entre sus seguidores y los medios de comunicación tradicionales. Se apoyó en la inteligencia artificial para generar deepfakes de vídeo e imágenes falsas. En total, hizo 15 publicaciones en Truth Social mencionando al expresidente entre el 19 de julio y el 1 de agosto, más de una por día en promedio.
3. Recurrir a la política popLa Casa Blanca conoce bien a sus audiencias y sabe cuáles asuntos pueden llamar su atención y desatar una conversación positiva. El 16 de julio, cuando el tema de Epstein continuaba en agenda, Trump anunció en Truth que había conseguido que Coca-Cola introdujera un nuevo sabor a su repertorio: la bebida endulzada con azúcar de caña real. Esa es la receta de México y por años miles de estadounidenses decían que sabía mejor. Además, el secretario de Salud, Robert Kennedy Jr. y su movimiento MAHA (Make America Helathy Again) defienden que es más saludable. A continuación, otros ejemplos de temas de cultura popular ante los que Trump ha actuado:
4. Sacar pecho
Cuando el 12 de julio Trump escribió a sus seguidores en Truth para pedirles que dejaran de prestar atención al caso Epstein, uno de sus argumentos fue que debían enfocarse en todos los logros de su Administración: “En seis meses hemos conseguido más que nadie en 100 años y todavía tenemos mucho que hacer”. Esa es otra técnica utilizada por la Casa Blanca como cortina de humo. Si hay un tema que cuestiona su efectividad o confianza, redoblan la apuesta comunicando logros y promesas cumplidas, especialmente sobre los asuntos que consideran más populares. Por ejemplo, el 25 de julio el presidente volvió a postear sobre la eliminación de la prohibición de las pajitas de plástico, a pesar de que fue una decisión tomada en febrero.
5. Pan y circoAl hilo del objetivo de mostrar los avances del país gracias a su gestión, Trump aprovecha cualquier oportunidad a su alcance, incluyendo los eventos deportivos mundiales de los que Estados Unidos es sede. Acaban de organizar el mundial de clubes, el año que viene toca el mundial de fútbol y en 2028 las olimpiadas de Los Ángeles. La Casa Blanca ha planificado impactos comunicacionales para llevarse parte del crédito por el éxito de esos eventos y comunicar que son sinónimo del resurgir de la nación. El 13 de julio y en medio del caso Epstein, por ejemplo, Trump fue a la final del mundial de clubes y protagonizó un momento viral cuando se quedó al lado de los jugadores del Chelsea hasta que levantaron la copa.
Antoni Gutiérrez-Rubí, Observatorio Trump: la máquina de la distracción, El País 18/08/2025
Donald Trump pareciera venir del futuro. De ese mañana distópico y poco alentador hacia el cual algunos nos pretenden llevar, aprovechando la creciente polarización y la prevalencia de las emociones sobre la racionalidad. De ese reino digital que se caracteriza por el auge de las redes sociales y que se hace ahora más fuerte y caótico por la explosión de la inteligencia artificial generativa.
Sobre esto conversaba recientemente en su pódcast Ezra Klein con el periodista y activista Masha Gessen. Estados Unidos ha vivido un cambio de era en el último año: «Biden era un político del pasado, que gobernaba cuidando el presente. Trump es ultramoderno […]. Es un humano convertido en espectáculo y que siempre está metido en su personaje», afirma Klein.
El actual inquilino de la Casa Blanca vive para el show, como analizamos en el Capítulo 2 de este observatorio. Pero su impacto va más allá. Ha conseguido dominar los nuevos canales y medios que definen la comunicación en el siglo XXI. No se sabe si Trump ha aprendido los códigos y estilos de la comunicación digital o es que estos se adaptan a la perfección a su forma de ser. De lo que no hay duda es de que le sirven para esparcir su mensaje como la pólvora; para mantener enganchados a su base de fieles; y para alterar la tranquilidad de sus oponentes.
A continuación ponemos la lupa en cómo domina la comunicación con una lógica digital que es visible en sus contenidos, en sus formas y en su lucha por acaparar la atención. Trump ejemplifica muchas de las palabras que se han acuñado para definir esta nueva era: rage bait, enshittification, memeification, parasocial… Muchas de las técnicas que aplica el mandatario funcionan por cómo es el mundo actualmente, pero justo el mundo es cada vez más de esta manera por la propia acción del presidente estadounidense. Es el pez que se muerde la cola. El dilema del huevo o la gallina.
Antoni Gutiérrez-Rubí, Observatorio Trump: presidente de la distopía digital, El País 27/01/2026

Hegel saludó la Declaración de los derechos del Hombre y del Ciudadano diciendo que era "la obra de la filosofía". Ahora se habla de ello como de una "ideología woke" superada por la historia, en un mundo en el que, como dijo Peter Thiel, "la democracia ya no es compatible con la libertad". En Davos se han sentado las bases para sustituir la ONU por una institución "más ágil y eficaz". Así lo dice el borrador de la Carta del Consejo de la Paz que se filtró hace una semana. Es un nuevo asesinato de Sócrates, el fin de las aspiraciones de la filosofía.
En el Preámbulo de la Carta del Consejo de la Paz, se comienza declarando que el juicio pragmático impone apartarse de "enfoques" e "instituciones" fracasadas y deja en manos de las personas "empoderadas" la responsabilidad del futuro. Ya no se trata de "ciudadanos", sino de clientes, consumidores y emprendedores. Y no se trata de una institución internacional, sino de un club del que formas parte si se te invita el Presidente. Es también una especie de fondo de inversión. Se pertenece al club durante tres años, a no ser que se paguen "mil millones de dólares en efectivo (sic)". Y hay derecho de admisión: el Presidente puede expulsarte en cualquier momento a no ser que se opongan dos tercios de los Estados miembros, a los que a su vez ha invitado el Presidente.
La ineficacia de la ONU es sustituida por la agilidad y la eficacia de la gobernanza empresarial. Todo depende de un Consejo Ejecutivo, nombrado por el Presidente y cuyas decisiones dependen de la aprobación del Presidente. Y, por supuesto, aunque se trata de un remedo de Constitución, el Presidente tiene nombre y apellidos, como ocurre en las monarquías: Donald J. Trump, que podrá seguir siendo Presidente incluso si deja de serlo en los EEUU. "El Presidente tendrá autoridad exclusiva para crear, modificar o disolver entidades subsidiarias según sea necesario". Y el Presidente designará a su sucesor. Trump quería ser rey y lo ha conseguido: el orden internacional será lo que Kant en La Paz perpetua considera el mayor peligro para la humanidad: una monarquía universal.
El Consejo Ejecutivo "será seleccionado por el Presidente y estará compuesto por líderes de talla mundial". Por ejemplo, el yerno de Trump, Jared Kushner, ha presentado unas escalofriantes diapositivas sobre la reconstrucción de Gaza, de la que se encargarán las "entidades subsidiarias" nombradas en la Carta. Estas entidades, se dice, tendrán personalidad "jurídica" internacional. Una cosa sorprendente, porque serán empresas: "tendrán la capacidad jurídica necesaria para firmar contratos, adquirir y enajenar bienes muebles e inmuebles, iniciar procedimientos judiciales, abrir cuentas bancarias, recibir y desembolsar fondos públicos y privados y emplear personal". Y como hemos visto, el Presidente será el CEO encargado de todo este tinglado económico.
A todo esto es a lo que el primer ministro de Canadá, Mark Carney, ha llamado "el fin de un mundo basado en normas". En su magnífico discurso fue muy franco: es una ruptura, como dijo Tucídides, "los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben". Carney hizo un encendido llamamiento a la unión de las potencias intermedias para que logren acumular la fuerza suficiente para que para ellas al menos siga habido leyes. Por supuesto, nadie es ingenuo: siempre fue así, los fuertes jamás se sintieron obligados por ningún imperio de la Ley. Era una ficción, pero gracias a esa ficción tuvimos algo que avanzaba hacia la civilización, en el sentido, precisamente, que decía Ferrajoli. Ahora vamos en dirección contraria.
En Davos se han reunido una pandilla de empresarios que quieren sustituir a la ONU. Como ha dicho Gorka Larrabeiti resumiendo sus impresiones: ¡constructores de todos los países, uníos! Se acabaron las normas. Lo que tenemos por delante es un negocio bárbaro. La "doctrina del shock" de la que habló Naomi Klein se ha completado. Ya no hay más que ejércitos que destruyen y constructores elegidos por el Presidente entre una élite selecta que ganan dinero reconstruyendo. Ejércitos y mercados. Esto es lo que viene a sustituir a la ONU: una gran corporación económica.
El derecho internacional era una ficción. También, si se quiere, el nacional. Pero gracias a esa ficción de civilización todavía tenemos cosas tales como la escuela o la sanidad pública, o el derecho laboral. En los tiempos que se avecinan comprobaremos el saldo de haber renunciado a esa ficción internacional de un mundo basado en normas. Comprobaremos lo que es eso que Nick Land ha llamado la "Ilustración oscura".
Carlos Fernández Liria, Pax trumpiana, publico.es 26/01/2026
Me siento como un coche atrotinado, cargado de kilómetros, que siempre está pidiendo alguna reparación y cuando lo arreglas por aquí se te rompe por allí. Ayer estuve en Can Ruti, el remoto megahospital de Badalona en el que es imposible aparcar. Tenía que someterme a una epiluminiscencia. ¡Hay que ver qué poca cosa es un hombre de mi edad en calzoncillos siendo examinado milimétricamente por médicos que parecen recién salidos de la adolescencia. Fui en tren hasta Badalona y empalmé con un autobús hasta Can Ruti. Por el camino asistimos a un atropello de una mujer en un paso de cebra por parte del conductor de una furgoneta que quiso darse a la fuga. La atención en el hospital es muy profesional. Gente amable y eficiente. Cuando a mediados de diciembre me operaron del menisco de la pierna izquierda pedí, al salir, el libro de felicitaciones. No tenían. Solo disponían del de reclamaciones. Les dije que quería dejar constancia de mi alegría por haber sido tratado como un adulto. Punto y seguido. Vuelvo a ir a Badalona. Hoy me toca examen neurológico, que es lo que me ha pedido el otorrino que lleva el caos de mi oído interno. El mundo sigue adelante y mi agenda se va llenando de citas médicas. Lo constato. No me quejo. De hecho creo que tengo una enorme suerte por mantenerme activo (a veces hiperactivo) mientras eludo a los del camión escoba. Continuo futurizando.
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| Locke/Nussbaum |

El diseño de inteligencia artificial en Estados Unidos busca la maximización del poder económico que acompaña al desarrollo de la inteligencia artificial. La fórmula china apuesta por una maximización del poder político que acompaña el desarrollo de la inteligencia artificial. En el primer caso los protagonistas del poder son las grandes corporaciones tecnológicas y en el segundo caso el protagonista del poder es el Estado, que se está convirtiendo en un Estado plataforma. Por tanto, el diseño responde a esa lógica: cómo acompañar ese proceso. Además, en el caso estadounidense –y probablemente en el chino también, desde otra perspectiva– hay una filosofía que es el transhumanismo, pensar simplemente que vamos hacia un modelo de élites jerarquizadas donde van a convivir unos pocos hombres, seres humanos, con máquinas, el resto de la humanidad es prescindible.
Ya hemos visto hacia dónde está evolucionando la inteligencia artificial y la posibilidad de construir, a través de ella, una alteridad artificial frente a la alteridad humana. En términos de poder –de potestas– esa inteligencia artificial será superior, probablemente, al ser humano. Pero eso no significa que sea superior cualitativa y creativamente al ser humano. ¿Por qué? Porque, a lo mejor, estamos trabajando en desarrollar una alteridad que esté limitada por naturaleza, porque no es capaz de entender el sentido de la trascendencia. Es decir, el ser humano ha desarrollado todas sus habilidades –entre otras incluso la científica, que ha llevado a la técnica y la técnica que ha llevado a desarrollar una herramienta tecnológica como es la inteligencia artificial– bajo la idea de que necesita suplir los déficits de necesidad que le genera la condición humana. Esos déficits forman la esencia de la condición humana y es lo que le lleva al ser humano a querer trascender su fragilidad y su limitación innata, entre otras, por su corporeidad y, vinculada a ella, su vida expuesta a la muerte, a la enfermedad, incluso a una inteligencia que no es igual en todos. Eso es lo que le lleva a proyectarse siempre hacia el futuro.
La filosofía nace de la aporía, es decir, de encontrar que no hay una salida al problema. Y para salir del problema se inventa uno la salida. El desarrollo del modelo de las inteligencias artificiales se basa en replicar el conocimiento humano registrado. Pero ese conocimiento humano registrado marca una tradición en la que está trabajando permanentemente la inteligencia artificial: nos ayuda a ser excelentemente mediocres. Pero es que la condición humana no trabaja para la memoria; utiliza la memoria para trabajar sobre la condición humana, la potencialidad creativa que nos hace “futurizos” –como diría Ortega– y es ahí donde entonces surge una palabra que la inteligencia artificial no puede entender. Y en el diseño que tiene no entenderá probablemente nunca, debido a su alteridad artificial y al ADN sintético que acompaña, una inteligencia que no es vida en el sentido consciente, orgánico y limitado de la misma, que es, básicamente, la esperanza.
Ni la democracia autoritaria ni el populismo son el verdadero riesgo. El verdadero riesgo es un autoritarismo digital en manos de corporaciones tecnológicas o de un Estado plataforma que consagre una nueva ideología totalitaria: el transhumanismo, que es la negación de la condición humana, porque lo que busca es, precisamente, erradicar la capacidad de crear esperanza en el ser humano. Ahí es donde está la esencia de un nuevo totalitarismo.
Germán Martínez Martínez, entrevista a José María Lassalle: "El transhumanismo es la nueva ideología totalitaria", Letras Libres 20/01/2026
«El pensamiento libre proclamo en alta voz y muera el que no piense igual que pienso yo». Manuel Fernandez Caballero, zarzuela «La marsellesa» (1876).
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¿Qué ocurre cuando el sueño se cumple? ¿Qué sucede cuando la maquinaria del progreso alcanza su telos último y nos libera no solo de la necesidad, sino del esfuerzo?
Para responder a estas preguntas, hay que acudir al filósofo que mejor ha cartografiado nuestros abismos futuros. Hablo de Nick Bostrom, el pensador sueco que, desde Oxford, definió el pánico de nuestra era con su seminal Superinteligencia (2014), que tanto influyó en los constructores de máquinas que piensan. Si en aquel libro nos advertía de que la IA podría aniquilarnos como a hormigas estorbando en una autopista, en su nueva obra, Deep Utopia: Life and Meaning in a Solved World (2025), se plantea un escenario quizás más inquietante: ¿y si ganamos? ¿Y si la tecnología resuelve el cambio climático, cura todas las enfermedades y nos regala la inmortalidad digital?
Bill Gates ya lo anticipó: si resolvemos el hambre y la enfermedad, “¿qué desafíos nos inspirarán?”. Elon Musk fue más allá, confesando que la idea de que una IA pueda hacer todo mejor que él le resulta “desalentadora y desmotivadora”.
No estamos hablando simplemente de una crisis de desempleo masivo, de esa profecía keynesiana de la semana laboral de 15 horas que nunca llega porque nuestra codicia siempre vence a nuestra pereza. Hablamos de algo más profundo. “El telos de la tecnología, escribe Bostrom, es permitirnos lograr más con menos esfuerzo. Si extrapolamos esta direccionalidad interna hasta su término lógico, llegamos a una condición en la que podemos lograrlo todo sin esfuerzo alguno” .
Imaginad un mundo post-instrumental. Un mundo donde estudiar medicina es absurdo porque una IA diagnostica mejor que tú y una nanobot cura instantáneamente. Un mundo donde aprender a tocar el piano es un gesto vacío porque un algoritmo compone e interpreta con una sensibilidad que humilla a Chopin. Un mundo donde ni siquiera criar a tus hijos es necesario, porque un androide con paciencia infinita y pedagogía perfecta lo haría mejor.
En este escenario, la humanidad se enfrenta a la “redundancia profunda”. No es solo que nuestro trabajo ya no sea útil económicamente; es que nuestro esfuerzo, nuestra lucha, esa fricción con la realidad que ha esculpido nuestra psique durante milenios, se vuelve obsoleta. Nos convertimos en aristócratas cósmicos, o peor, en los “hombres superfluos” de la literatura rusa del XIX: diletantes, cínicos, aburridos hasta la náusea.
Bostrom no rehúye la conclusión más oscura. Si eliminamos la necesidad, ¿eliminamos también el sentido? ¿Estamos condenados a ser blobs de carne flotando en un nirvana digital, o hay alguna forma de rescatar la dignidad humana cuando ya no somos necesarios para nada?
El libro es un viaje filosófico hacia el corazón de esa redundancia. Y justo cuando creemos que la única salida es el nihilismo o el suicidio hedonista, Bostrom abre una compuerta inesperada. Nos sugiere que, tal vez, la solución no esté en hacer cosas útiles, sino en repensar radicalmente qué significa “hacer”. Pero para entender eso, primero tenemos que atrevernos a cruzar el umbral de la Utopía Plástica.
Daniel Arjona, ¿Y si la IA sale bien? ¿Qué pasará el día en que te despiertes y no tengas nada que hacer?, El Argonauta 15/01/2026
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Hoy resulta cada vez más evidente que son los oligarcas tecnológicos –y no sus plataformas controladas por algoritmos– quienes representan el mayor peligro. Su arsenal combina tres herramientas letales: gravedad plutocrática (fortunas tan enormes que distorsionan la física básica de la realidad), autoridad oracular (sus visiones tecnológicas tratadas como profecías inevitables) y soberanía de plataformas (la propiedad de las intersecciones digitales donde se desarrolla la conversación de la sociedad). La toma de control de Twitter (ahora x) por parte de Musk, las estratégicas inversiones de Andreessen en Substack, el cortejo de Peter Thiel en Rumble, el YouTube conservador: han colonizado tanto el medio como el mensaje, el sistema y el mundo vital.
Debemos actualizar nuestras taxonomías para dar cuenta de esta nueva especie de oligarcas intelectuales. Si el intelectual público de ayer se parecía a un meticuloso arqueólogo que excavaba metódicamente artefactos culturales para exhibirlos en revistas literarias eruditas, el modelo actual es el experto en demoliciones que tiende explosivos ideológicos a través de estructuras sociales enteras y los detona desde la distancia segura que ofrecen sus cuentas offshore. No escriben sobre el futuro; lo instalan, poniendo a prueba teorías en poblaciones inconscientes en el experimento no regulado más vasto de la historia.
Lo que los distingue de las elites adineradas del pasado no es la avaricia, sino la verborragia: una producción torrencial que agotaría incluso a Balzac. Allí donde los señores de la industria financiaban think tanks para blanquear intereses convirtiéndolos en policy papers, nuestros intelectuales oligarcas han prescindido del intermediario. Olvídense de los algoritmos: los intelectuales oligarcas dirigen la conversación misma, y lo hacen con granadas de memes filosóficos. Lanzadas a las 3 a.m. en X, invariablemente se convierten en titulares internacionales para la hora del desayuno.¿Dónde deberíamos situar a personajes como estos en los debates tradicionales sobre los intelectuales? A fines de la década de 1980, Zygmunt Bauman delineó dos arquetipos intelectuales: los «legisladores», que descendían de las cimas de las montañas con los mandamientos de la sociedad grabados en piedra, y los «intérpretes», que se limitaban a traducir entre dialectos culturales sin prescribir reglas universales. Rastreó la erosión de la actitud legislativa causada por la posmodernidad. Los grandes relatos murieron. La autoridad universal languideció. Todo lo que quedó fue interpretación.
Nuestros intelectuales oligarcas comienzan como intérpretes por excelencia. Se posicionan como médiums tecnológicos, canales pasivos para futuros inevitables. ¿Su don especial? Interpretar las hojas de té del determinismo tecnológico con perfecta claridad. No prescriben; simplemente traducen el evangelio de la inevitabilidad. Esto cumple la función «intelectual» de su identidad de doble hélice.
Pero la cadena de adn oligárquica se enrosca con más fuerza. Munidos de sus visiones proféticas, exigen sacrificios específicos: del público, del gobierno y de sus empleados. Altman aborda vuelos de lujo entre capitales como un Kissinger tech, ofreciendo tratados de paz para guerras de inteligencia artificial que ni siquiera han comenzado. Musk diagrama el destino cósmico de la humanidad con la certeza de un plan quinquenal soviético. Thiel y Karp reformulan la estrategia de defensa, mientras Andreessen reinventa el dinero y Srinivasan, la gobernanza. Su talento interpretativo se transforma, como un camaleón, en mandato legislativo.
En el proceso, los intelectuales oligarcas de Silicon Valley han construido las puertas de una catedral a partir de lo que los posmodernos alguna vez redujeron a escombros: un gran relato con la palabra «tecnología» (pero también «disrupción», «innovación», «inteligencia artificial general») inscripta en cada piedra y cargado con el peso de la inevitabilidad. Hojean volúmenes como What Technology Wants [Lo que quiere la tecnología], de Kevin Kelly, no como lectores, sino como editores, anotando sus propias exigencias entre líneas. El magnate tecnológico, que antes se contentaba con predecir el futuro, ahora reclama que nos ajustemos a él.
La metamorfosis alcanza su etapa final no en manifiestos ni en hilos de tuits, sino en la colonización de los salones del poder en Washington. Obsérvenlos deslizarse de la sala de juntas a la Sala del Gabinete, con la suavidad del mercurio y el impulso de su propósito, tras haber fusionado magistralmente interpretación y legislación: primero profetizan las exigencias de la tecnología, luego diseñan políticas para satisfacer a los dioses que ellos mismos inventaron.
Mientras que los soldados de la Guerra Fría de rand susurraban en los pasillos del Pentágono, nuestros intelectuales oligarcas orquestan la sinfonía de la realidad: controlando las plataformas mediáticas, desplegando capital de riesgo como en bombardeos de saturación y perfeccionando la estrategia de «inundar la zona» de Steve Bannon al nivel de una ciencia hidráulica. Combinando poderes antes dispersos entre diversos ámbitos sociales, proponen futuros el lunes, los financian el martes y fuerzan su materialización el viernes. ¿Y quién cuestiona a los profetas cuyas revelaciones previas dieron a luz a PayPal, Tesla y Chatgpt? Su derecho divino a predecir emana de su probada divinidad.
Sus pronunciamientos enmarcan el afianzamiento y la expansión de sus propias agendas no como intereses corporativos, sino como la única posibilidad de salvación del capitalismo. El «Manifiesto tecno-optimista»–esa encíclica digital que urge a eeuu a «construir» en lugar de lamentarse– rebosa de referencias al estancamiento económico y prescribe la audacia empresarial como único antídoto contra la esclerosis sistémica. Invocando a Nietzsche y Marinetti, legisla la aceleración como virtud y condena el impulso cauteloso como herejía. «Creemos que no hay ningún problema material –entona– que no pueda resolverse con más tecnología». Esto no es solo una declaración, es un catecismo para el futuro anhelado.
Thiel, en su insistencia permanente en que Occidente ha perdido su capacidad para la innovación audaz, también evoca la imagen de un desierto tecnológico que Silicon Valley debe irrigar. Mientras tanto, Altman ejecuta un baile de dos pasos: primero declara que la ia devorará puestos de trabajo y luego postula la renta básica universal como única solución lógica, no solo con florituras retóricas, sino con dólares para investigación y con Worldcoin, su otra startup menos conocida (después de todo, ¿por qué no cobrar, ¡quizás a perpetuidad!, a cambio de permitirle a Sam Altman escanear tu iris?). Estas no son solo perogrulladas egoístas, sino imperativos existenciales: rechacemos sus propuestas y veremos cómo la civilización se desmorona.
Esta autopromoción mesiánica –oligarcas tecnológicos que se autoproclaman portavoces oficiales de la humanidad– llevaría a Antonio Gramsci a echar mano apresuradamente de sus Cuadernos de la cárcel. El marxista italiano teorizó sobre los «intelectuales orgánicos» como voces que surgen de las clases ascendentes, especialmente el proletariado, y traducen intereses particulares en imperativos universales en la batalla por la hegemonía cultural. ¿La amarga conclusión? El capital ha vencido a la izquierda en su propio juego: los intelectuales oligarcas ahora funcionan como los intelectuales orgánicos no oficiales del capital, y el capitalismo ha perfeccionado en una década lo que los socialistas no lograron en un siglo.
Entre la fría aritmética de la búsqueda de ganancias y el teatro mesiánico del salvataje de la civilización se extiende la contradicción más reveladora de los intelectuales oligarcas: deben extinguir las mismas llamas revolucionarias que sus imperios avivaron. Su campaña obsesiva contra el wokismo revela el reflejo más antiguo del poder: la contención de sus propias contradicciones.
Observemos a Musk denunciar el «virus mental woke», o a Karp atacar al wokismo acusándolo de ser «una forma de religión pagana superficial». Mientras tanto, Andreessen retrata las universidades de elite como seminarios marxistas que producen «comunistas que odian a eeuu». Joe Lonsdale, otro magnate tecnológico (y cofundador de Palantir), ha sido el impulsor de la Universidad de Austin, la universidad anti-woke que espera producir en masa «capitalistas que amen a eeuu».Rastrear los orígenes de esta ansiedad oligárquica requiere revisar las predicciones de Alvin Gouldner sobre el ascenso de la «Nueva Clase» a finales de la década de 1970. Gouldner identificó una «intelligentsia técnica» cuyo adn llevaba en sí mismo un potencial revolucionario. Si bien parecían dóciles –«solo desean disfrutar de sus obsesiones opiáceas con acertijos técnicos»–, su objetivo fundamental era «revolucionar permanentemente la tecnología», desestabilizando los cimientos culturales y la arquitectura social con su negativa a adorar a los dioses del pasado.
La alianza que Gouldner vislumbró –ingenieros racionales uniendo fuerzas con intelectuales de la cultura para desafiar al capital atrincherado– constituía su «Nueva Clase», una fuerza potencialmente revolucionaria frenada por sus propios privilegios. Como demostraron las décadas posteriores, la utopía de Gouldner nunca se materializó del todo (aunque reaccionarios como Steve Bannon y Curtis Yarvin, con su noción conspirativa de «la Catedral», podrían discrepar). Sin embargo, Silicon Valley surgió como una extraña excepción. Sus bases –si no siempre sus generales– se impregnaron de ideales contraculturales, defendiendo la diversidad y las jerarquías aplanadas. Investigadores que exploran las trincheras tecnológicas han documentado el surgimiento de una «subjetividad posneoliberal», una conciencia alérgica a la desigualdad y cada vez más hostil a la teología empresarial que demandaba entregar por completo la vida privada como ofrenda en el altar corporativo.
La evidencia no es meramente anecdótica. Un exhaustivo estudio que rastreó las donaciones a entidades políticas realizado en 2023 entre 200.000 empleados de 18 industrias reveló que los trabajadores tecnológicos se caracterizaban particularmente por su mentalidad antisistema, solo superados en su fervor liberal-progresista por los bohemios del arte y el espectáculo. La fuente de esta radicalidad reside precisamente en aquello en que Gouldner depositaba su fe: lo que llamó «cultura del discurso crítico» inherente al trabajo técnico mismo. Así, los investigadores descubrieron que los empleados no técnicos de las mismas empresas tecnológicas no mostraban esta disposición rebelde, lo que confirma que es la programación en sí, y no la mera proximidad a las mesas de ping pong, lo que contribuye a su mentalidad disidente.
Lo más revelador de ese estudio era la profunda brecha entre los trabajadores tecnológicos liberales y sus jefes de derecha: una brecha más amplia que en cualquier otra industria, excepto en dos. Esa brecha era una bomba de tiempo y estalló al comienzo del primer gobierno de Donald Trump. Motivados por sus políticas torpemente ejecutadas, pero agresivas –respecto a inmigración, raza y guerra–, los empleados de Silicon Valley pasaron de ser obedientes tecleadores a ser disidentes digitales.
Impulsados por las redes sociales y las crecientes tensiones raciales que siguieron al asesinato de George Floyd a manos de oficiales de la policía, los trabajadores tecnológicos surgieron como un desafío imprevisto. Los oligarcas se vieron emboscados desde adentro: sus legiones de tendencia progresista se negaban repentinamente a prestar su arte técnico a las máquinas de guerra del Pentágono o a la directiva de deportación del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ice). Estas revueltas –en Google, Microsoft y Amazon– amenazaron no solo los acuerdos contractuales, sino el mismísimo pacto que unía a Silicon Valley con el complejo industrial-militar.
El segundo frente de la rebelión –la conciencia climática– surgió con fervor evangélico cuando los empleados de Amazon presentaron su manifiesto verde, declarándose capaces de «ampliar las fronteras de lo posible» para la salvación del planeta. Para los oligarcas, esta doble rebelión contra el militarismo y en favor del ambientalismo –sin mencionar otros dolores de cabeza, como los criterios esg– representaba un tumor maligno que requería ser rápidamente extirpado.
Incapaces de reprogramar su fuerza laboral por medios directos, los intelectuales oligarcas de Silicon Valley adoptaron una solución más elegante: condenar la infiltración woke con la devoción de los cazadores de brujas medievales, mientras ocultaban la seguridad nacional detrás de la retórica del deber patriótico.
Karp, tras haber coronado al wokismo como el «riesgo fundamental para Palantir y eeuu», ahora exigía lealtad geopolítica a sus siervos asalariados. Deben apoyar a Israel y oponerse a China; quienes no estén de acuerdo tienen libertad de buscar empleo en otro lugar. Como dijo ante su audiencia en Davos en 2023, «queremos [empleados] que deseen estar del lado de Occidente. Pueden no estar de acuerdo con eso, benditos sean, pero no trabajen aquí». Recientemente, Andreessen incluso le confió al Times que no era raro sospechar que algunos empleados se incorporaban a empresas tecnológicas con el objetivo explícito de destruirlas desde dentro.
La estrategia detrás de todas estas declaraciones es brutalmente simple: realinear a la intelligentsia tecnológica con el poder del viejo dinero, depurando sus filas de pensamiento subversivo. El sueño de Gouldner de una alianza técnico-cultural se ha fracturado, destrozado por los telegramas de despido, las burlas contra la conciencia social como una debilidad y la paranoia patriotera por la competencia china.
Los intelectuales oligarcas han emergido como una entidad social estable y coherente, como subproducto de esta batalla por la hegemonía. Y ciertamente no se retirarán ni siquiera después de haber aplastado a sus enemigos woke y amantes de los criterios esg. Llegan a la Washington de Trump no como invitados, sino como arquitectos. Su maquinaria de distorsión de la realidad –la hidráulica del dinero, el dominio de las plataformas, las burocracias que se arrodillan para transformar la fantasía privada en políticas públicas– ejerce una fuerza sin precedentes. Carnegie y Rockefeller inspiraban respeto, pero carecían de este arsenal letal: el megáfono de las redes sociales, el aura de celebridad, la motosierra del capital de riesgo, la llave maestra del Ala Oeste de la Casa Blanca. Al reescribir las regulaciones, canalizar los subsidios y recalibrar las expectativas públicas, los intelectuales oligarcas transmutan sueños febriles –feudos de blockchain, propiedades en Marte– en futuros aparentemente plausibles.
Afortunadamente, lo que parece la fortaleza monolítica del poder tecno-oligárquico oculta fallas estructurales invisibles para los observadores devotos. Su aparente capacidad de distorsionar la realidad a su antojo se debilita a sí misma, paradójicamente, al construir cámaras de eco que asfixian el esencial espíritu crítico, al tiempo que celebran la libertad de expresión.
Divorciados del toque cáustico de los hechos sin adornos, estos pontífices de Silicon Valley pierden sus instrumentos de navegación. Y en un paisaje ya saturado de culto a los fundadores, el contacto con la verdad sin filtros se vuelve cada vez más escaso. (¡No cuenten con hagiógrafos de la corte como Walter Isaacson para que se las diga!).
Esta es una de las muchas formas en que la política no se parece en nada a los negocios. El capitalismo de riesgo estándar sigue enfrentándose al frío dictamen del mercado. Los inversores de capital de riesgo que coronaron a WeWork como el futuro del trabajo vieron cómo las realidades de la pandemia pinchaban su burbuja. El mercado, por muy defectuoso que sea, suele poner a prueba las hipótesis de inversión.
Pero el poder oligárquico ofrece una tentación aún más oscura: ¿por qué ajustar las predicciones para que coincidan con la realidad cuando se puede manipular la realidad para validarlas? Cuando Andreessen Horowitz sentencia que las criptomonedas son las inevitables sucesoras de la banca, el siguiente paso no es la adaptación, sino la activación: desplegar influencias en el gobierno de Trump para transformar la profecía en política. La colisión entre las fantasías de capital de riesgo y los hechos obstinados se vuelve evitable cuando se controlan los mecanismos para reconfigurar los propios hechos. Esta es, pues, la táctica final: los intelectuales oligarcas reconfigurando la legislación, las instituciones y las expectativas culturales hasta que la profecía y la realidad se fusionan en una sola alucinación (cortesía de Chatgpt, por supuesto). La realidad, sin embargo, mantiene sus umbrales críticos, una lección que aprendieron los burócratas soviéticos cuando sus ficciones cuidadosamente construidas se estrellaron contra las limitaciones materiales. El Partido Comunista chino, más astuto en sus métodos, construyó sistemas de recopilación de reclamos de varios niveles –foros digitales, funcionarios locales, ong autorizadas– que proporcionan inteligencia crucial sobre potenciales disturbios.
Los intelectuales oligarcas demuestran precisamente el instinto opuesto: están siguiendo el camino soviético. El aparato del doge de Musk ha buscado convertir a los empleados restantes en maniquíes que asienten, mientras su cohorte caza disidentes en plataformas digitales con eficiencia algorítmica. Al optar por negar la realidad al estilo soviético en lugar de monitorearla al estilo chino, han creado cámaras de eco que, en última instancia, acabarán resquebrajando sus grandiosos diseños.
La ironía llega hasta el hueso: estos hombres que ven comunistas acechando por todas partes están a punto de perfeccionar el pecado capital de la tecnocracia soviética, confundiendo sus elegantes modelos con la realidad indomable que pretenden domesticar.
No debería sorprendernos demasiado: cuando los intelectuales oligarcas se apoderan del aparato más poderoso de la historia, se transforman, inevitablemente, en apparatchiks, esta vez, pasando sus vacaciones en las carpas improvisadas de Burning Man en lugar de los sanatorios de lujo de Crimea. Elon Musk puede haber empezado como un Henry Ford, pero terminará como un Leonid Brézhnev.
Evgeny Morozov, Oligarcas intelectuales legisladores, Nueva Sociedad junio-julio 2025
Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en The Ideas Letter, 3/4/2025. Traducción: Carlos Díaz Rocca.
| Alfred Korzybski |
Hoy hablaré sobre la ruptura del orden mundial, el fin de una bonita historia y el comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica entre las grandes potencias no está sujeta a ningún límite.
Pero también les digo que otros países, en particular las potencias medias como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que encarne nuestros valores, como el respeto por los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.
El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad.
Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de gran rivalidad entre potencias. Que el orden basado en normas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.
Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable, como la lógica natural de las relaciones internacionales que se reafirma. Y, ante esta lógica, existe una fuerte tendencia de los países a apaciguar para llevarse bien. A adaptarse. A evitar problemas. A esperar que la docilidad les garantice la seguridad.
No será así.
Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?
En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. En él, planteaba una pregunta sencilla: ¿cómo se mantenía el sistema comunista?
Su respuesta comenzaba con un verdulero. Cada mañana, este tendero colocaba un cartel en su escaparate: ‘¡Proletarios de todos los países, uníos!’. Él no creía en ello. Nadie cree en ello. Pero coloca el cartel de todos modos, para evitar problemas, para mostrar su conformidad, para llevarse bien con los demás. Y, como todos los tenderos de todas las calles hacen lo mismo, el sistema persiste.
No solo a través de la violencia, sino también a través de la participación de la gente común en rituales que, en privado, saben que son falsos.
Havel lo llamó ‘vivir en una mentira’. El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la voluntad de todos de actuar como si fuera verdad. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: cuando incluso una sola persona deja de actuar así, cuando el verdulero quita su cartel, la ilusión comienza a resquebrajarse.
Es hora de que las empresas y los países quiten sus carteles.
Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamábamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Podíamos aplicar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.
Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor en función de la identidad del acusado o de la víctima.
Esta ficción era útil y la hegemonía estadounidense, en particular, contribuía a proporcionar bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a los marcos para la resolución de controversias.
Así que colocamos el cartel en la ventana. Participamos en los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las diferencias entre la retórica y la realidad.
Ese acuerdo ya no funciona.
Permítanme ser directo: nos encontramos en medio de una ruptura, no de una transición.
Durante las últimas dos décadas, una serie de crisis en las finanzas, la salud, la energía y la geopolítica pusieron de manifiesto los riesgos de una integración global extrema.
Más recientemente, las grandes potencias comenzaron a utilizar la integración económica como arma. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como coacción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar.
No se puede ‘vivir en la mentira’ del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación.
Las instituciones multilaterales en las que confiaban las potencias medias —la OMC [Organización Mundial del Comercio], la ONU, la COP [Conferencia de las Partes, la cumbre anual de Naciones Unidas sobre el cambio climático]—, la arquitectura de la resolución colectiva de problemas, se han visto muy mermadas.
Como resultado, muchos países están llegando a las mismas conclusiones. Deben desarrollar una mayor autonomía estratégica: en materia de energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro.
Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de combustible o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las normas ya no te protegen, debes protegerte tú mismo.
Pero seamos claros sobre adónde nos lleva esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible.
Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la apariencia de normas y valores para perseguir sin obstáculos su poder e intereses, los beneficios del ‘transaccionalismo’ serán más difíciles de replicar. Las potencias hegemónicas no pueden monetizar continuamente sus relaciones.
Los aliados se diversificarán para protegerse contra la incertidumbre. Comprarán seguros. Aumentarán sus opciones. Esto reconstruye la soberanía, una soberanía que antes se basaba en las normas, pero que cada vez se fundamentará más en la capacidad de resistir la presión.
Como ya he dicho, esta gestión clásica del riesgo tiene un precio, pero el coste de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse. Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que construir cada uno su propia fortaleza. Las normas compartidas reducen la fragmentación. Las complementariedades son sumas positivas.
La cuestión para las potencias medias, como Canadá, no es si adaptarse a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. La cuestión es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos o si podemos hacer algo más ambicioso.
Canadá fue uno de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar fundamentalmente nuestra postura estratégica.
Los canadienses saben que nuestra antigua y cómoda suposición de que nuestra geografía y nuestras alianzas nos conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida.
Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado ‘realismo basado en valores’ o, dicho de otro modo, nuestro objetivo es ser pragmáticos y guiarnos por principios.
Esos principios que nos guían son nuestro compromiso con los valores fundamentales: la soberanía y la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza, salvo cuando sea conforme con la Carta de las Naciones Unidas y el respeto de los derechos humanos.
Somos pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser gradual, que los intereses divergen y que no todos los socios comparten nuestros valores. Nos comprometemos de manera amplia y estratégica, con los ojos bien abiertos. Aceptamos activamente el mundo tal y como es, sin esperar a que sea como deseamos.
Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú.
Las grandes potencias pueden permitirse actuar por su cuenta. Tienen el tamaño del mercado, la capacidad militar y la influencia para dictar las condiciones. Las potencias medias, no. Pero cuando solo negociamos bilateralmente con una potencia hegemónica, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros para ser los más complacientes.
Esto no es soberanía. Es la representación de la soberanía al tiempo que se acepta la subordinación.
En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una opción: competir entre sí por el favor o unirse para crear una tercera vía con impacto.
No debemos permitir que el auge del poder duro nos impida ver que el poder de la legitimidad, la integridad y las normas seguirá siendo fuerte, si decidimos ejercerlo juntos.
Lo que me lleva de vuelta a Havel.
¿Qué significaría para las potencias medias ‘vivir en la verdad’?
Significa llamar a las cosas por su nombre. Dejar de invocar el ‘orden internacional basado en normas’ como si siguiera funcionando tal y como se anunciaba. Llamar al sistema por lo que es: un periodo de intensificación de la rivalidad entre las grandes potencias, en el que las más poderosas persiguen sus intereses utilizando la integración económica como arma de coacción.
Significa actuar con coherencia. Aplicar los mismos estándares a los aliados y a los rivales. Cuando las potencias medias critican la intimidación económica procedente de una dirección, pero guardan silencio cuando proviene de otra, estamos manteniendo el cartel en la ventana.
Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar a que se restablezca el antiguo orden, crear instituciones y acuerdos que funcionen tal y como se describe.
Y significa reducir la capacidad de influencia que permite la coacción. Construir una economía nacional fuerte siempre debe ser la prioridad de todo gobierno. La diversificación internacional no es solo prudencia económica, es la base material de una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a adoptar posturas basadas en principios al reducir su vulnerabilidad a las represalias.
Entendemos que esta ruptura exige algo más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal y como es.
Estamos quitando el cartel de la ventana.
El antiguo orden no va a volver. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia.
Pero, a partir de esa fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo.
Esta es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de cooperación genuina.
Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de fortalecer nuestra posición interna y de actuar juntos.
Mark Carney, Principled and pragmatic: Canada's path, January 20, 2026, Davos, Switzeeland
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La técnica ha acompañado al ser humano a lo largo de su existencia. Es más, su empleo, es uno de los elementos que nos define como humanos. «Sin la técnica el hombre no existiría ni habría existido nunca», afirmaba José Ortega y Gasset en su libro Meditación de la técnica, añadiendo que, para el hombre, la técnica es «una reacción contra su entorno, no resignarse contentándose con lo que el mundo es» (Ortega y Gasset, 1936). Para el filósofo, no se trata solamente de que el hombre utilice la tecnología para minimizar el esfuerzo necesario para satisfacer sus necesidades, sino que la utilice, sobre todo, para reformar la naturaleza, para salir de la circunstancia en la que está sumergido, centrarse en sí mismo y crear una sobrenaturaleza. Es ésta una transformación que le sirve para alcanzar su verdadero propósito vital, que es proyectarse hacia el futuro, avanzar hacia su ideal de vida, hacerse a sí mismo, autofabricarse.
Reformar la naturaleza, transformar el entorno y adaptar el medio al sujeto han sido tradicionalmente los objetivos de la técnica. Pero resulta que hoy nos encontramos ante una situación en la que la técnica sirve, además, para transformar al hombre. Es el sujeto el que puede adaptarse al medio. La posibilidad de mejorar al hombre es una nueva realidad para la que resulta difícil estar preparados. No se trata del mejoramiento biológico fruto de la evolución natural, ni de las mejoras físicas e intelectuales logradas gracias a la educación, el entrenamiento, los hábitos de vida o los avances médicos convencionales. Se trata de un proceso de mejora artificial acelerada, consecuencia directa de los rápidos avances en los campos de la biotecnología y la cibernética.
La posibilidad del mejoramiento humano ha dado lugar a corrientes como el transhumanismo y el poshumanismo. Mientras que la primera se plantea como objetivo el uso de las nuevas tecnologías para mejorar las capacidades físicas, psicológicas e intelectuales del ser humano, el poshumanismo va más allá y defiende la obligación moral de lograr el máximo grado de mejoramiento, aspirando a un futuro en el que aparezca una nueva especie (no humana), una «singularidad tecnológica», que supere las capacidades del ser humano actual y que llegue a desplazarlo o incluso a eliminarlo. En su visión más conservadora, el transhumanismo defiende el uso de la técnica para restablecer un estado salud deteriorado, aumentar la esperanza y la calidad de vida, o maximizar las posibilidades de la inteligencia artificial (IA) especial utilizada como herramienta. Las concepciones más extremas del poshumanismo nos hablan de alcanzar la inmortalidad, de prótesis biónicas, cíborgs, interfaces cerebro-máquina o de máquinas pensantes, con una inteligencia superior a la humana que pueda ser implantada o transferida entre sustratos no biológicos o híbridos.
Más allá de los debates científicos sobre el grado de factibilidad de las propuestas del mejoramiento y el transhumanismo, es imprescindible contestar algunas preguntas esenciales a las que difícilmente puede respondernos la ciencia. Son preguntas de la filosofía, transformada poco a poco en disciplina práctica que intenta dar sentido al obrar humano, la que debe plantear las preguntas esenciales sobre el mejoramiento. Sobre todo, para qué mejorar y cómo mejorar. La primera idea es que dominar la tecnología no significa dominar la vida. Existe acuerdo en la conveniencia de usar las nuevas tecnologías con fines curativos o para mejorar la calidad de vida (especialmente, para ir cerrando la actual brecha entre la esperanza de vida, que crece progresivamente y la esperanza de vida con calidad, prácticamente estancada en los países desarrollados). Pero intervenir sobre los seres humanos, modificando su biología y su inteligencia de forma artificial, tendría enormes consecuencias sobre nuestra forma de vida. Además, ¿quién decidiría qué es vivir mejor, dónde está la frontera entre curación y mejoramiento, o qué se entiende por una mejora razonable?, ¿quién establecería cuál es la esencia de la naturaleza humana o cuál es el grado óptimo de felicidad?, ¿qué consecuencias económicas y sociales supondría elevar la esperanza de vida y la inteligencia de la población?, ¿quién aseguraría que estas mejoras se distribuyen de manera justa y equitativa en la sociedad?, ¿quién y cómo se acordarían las leyes morales del mejoramiento?Uno de los elementos más distintivos del ser humano es su deseo de mejorar. Pero vivir más y ser más inteligentes no implica necesariamente vivir mejor ni ser más felices. Como nos recuerda Séneca, la vida, «ese lapso que la razón dilata, pero la naturaleza precipita» siempre es más corta de lo que nos gustaría (Séneca, 2013). Nos abandona pronto, «durante los propios preparativos de la vida», pero es bastante larga si se invierte bien, si sabemos usarla. El problema, dice, «no es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho» y que «no recibimos una vida breve, sino que la abreviamos». Lo preocupante es que «es exigua la parte de vida que vivimos» y que «el espacio restante no es vida, sino tiempo». Por tanto, comprar tiempo no es sinónimo de comprar vida. Quizás el verdadero reto es intentar vivir más vida, acumular el mayor número de esos instantes únicos, casi siempre pequeños placeres cotidianos, que nos satisfacen plenamente y resumen finalmente nuestra existencia.
Resulta tremendamente difícil definir cuál es el grado de mejoramiento razonable y cómo debería aplicarse en la práctica. Imaginemos que, mediante la selección genética o el uso de interfaces cerebro-máquina, pudieran generarse seres más sanos, más inteligentes, más sociables, mejor integrados y con mayor probabilidad de éxito en la sociedad. ¿No estaríamos contribuyendo a un proceso de homogeneización del ser humano en el que el «hombre masa» dibujado por Ortega, tan característico de nuestra época, acabaría siendo reemplazado por un «superhombre masa», un ser humano física e intelectualmente excelente, pero que habría perdido lo que verdaderamente nos define como personas, la individualidad, aquello que nos hace diferentes y únicos? Pero no conviene caer en disquisiciones sin fundamento. Con toda seguridad, el mayor problema no sería la homogenización de la especie humana, sino lo contrario: la falta de equidad en el acceso a las mejoras, que estarían sólo al alcance de unos pocos, lo que aumentaría las actuales desigualdades socioeconómicas existentes en el planeta.
También resulta ingenuo pensar que quienes hoy están liderando la carrera por las nuevas tecnologías (países y personas que no se caracterizan precisamente por su respeto a los valores democráticos y cuyo objetivo principal es conseguir más poder) tengan la intención de que se llegue a un consenso internacional que defina las leyes morales que sirvan de marco al mejoramiento, tal como desearían los expertos en bioética. Sabemos que estas personas no van a esperar a ningún consenso y es casi seguro que, si algo es factible técnicamente, terminen llevándolo a la práctica, sin tener en cuenta su impacto sobre la dignidad, la autonomía y la identidad del ser humano.
Pero volvamos a Ortega y finalicemos también con su idea de la «autofabricación» con la que arrancaba este artículo. Se trata de un concepto que, para él, no tiene nada que ver con el mejoramiento humano al que aquí nos estamos refiriendo. No habla de la autofabricación del ser humano como colectivo, sino de una automejora individual, de una transformación personal que haga avanzar a cada sujeto y le ayude a cumplir con su programa vital. A un humanista liberal como Ortega le horripilarían las ideas deshumanizadoras del transhumanismo, el ideal de buscar un mejoramiento colectivo de manera artificial o la posibilidad de que unos hombres pudieran decidir sobre el destino de otros. «Sin la técnica, el hombre no existiría», afirmó. Nuestro gran filósofo no podía imaginar hasta dónde podrían llevar al hombre los avances tecnológicos y, quizás por ello, no añadió que sólo con la técnica el hombre tampoco existiría. Porque correría el riesgo de salirse completamente de la naturaleza, convirtiéndose en un ser inadaptado, justo lo contrario del objetivo perseguido con la técnica.
Tenemos la obligación de evitar el sufrimiento, de restaurar la normalidad física y mental, de redefinir la medicina de la salud (López Otín, 2024) pero también de transformar nuestra concepción de lo que es vivir mejor, es decir, de lo que es vivir. Por ello, es preciso reconocer que, aunque la tecnología sea inseparable del hombre, un elemento esencial que nos ayuda a mejorar y a elevarnos sobre la naturaleza, la técnica sólo puede proporcionar una parte de las mejoras a las que debemos aspirar. Las máquinas son herramientas, no fines en sí mismas. Vivimos con ellas, conectados a ellas y, en muchos casos, gracias a ellas. Pero la tecnología nunca puede llegar a ser el elemento que determine nuestra felicidad. El progreso que promete el poshumanismo, la liberación de las limitaciones que nos impone la naturaleza, nos convertiría en seres puramente extranaturales. El verdadero riesgo es que el centauro que, según Ortega, somos los humanos, mitad naturaleza, mitad extranaturaleza, vaya perdiendo ese anclaje biológico que nos ata al mundo, esa realidad que es nuestro cuerpo, que es parte fundamental de nuestra esencia humana.
José Antonio Sacristán, Deus ex machina, Revista de Occidente diciembre 2025