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| by Eduardo Estrada |
Puede que Fitcoin fracase, pero se sustenta en un principio que apunta la gran transformación que está experimentando la vida social, sometida a una conectividad permanente y a una mercantilización instantánea: lo que antes se hacía por placer o simplemente para encajar en las normas sociales, ahora lo dirige, con mano de hierro, la lógica mercantil. Las demás lógicas no desaparecen, pero, ante el incentivo monetario, se convierten en algo secundario.
La capacidad para medir a distancia todas nuestras actividades está proporcionando nuevas formas de especulación, ahora que todo el mundo –desde las grandes empresas a las aseguradoras, pasando por los Gobiernos- puede diseñar arteros sistemas de compensación para provocar el comportamiento deseado en consumidores deseosos de ganarse unas perrillas. De este modo, hasta la más prosaica actividad cotidiana puede vincularse a los mercados financieros mundiales. Al final, todos tendremos intereses en derivados que relacionarán el derecho a recibir ciertos servicios médicos con nuestro ejercicio físico. Así es como la buena forma y la salud van cayendo paulatinamente en los dominios del dinero y las finanzas.
En otros ámbitos se están produciendo transformaciones similares, muchas de ellas atizadas por la capacidad para recabar información y aprovecharla en tiempo real. Pensemos en el aparcamiento, donde una serie de aplicaciones como Haystack y Monkey Parking ha permitido a conductores solo provistos de teléfonos inteligentes subastar estacionamientos públicos a otros conductores que buscan sitio. Mediante «Make a Move», Haystack permite incluso a quienes han tenido la suerte de encontrarlo, subastarlo a su vez al mejor postor. Evidentemente, los sitios siguen siendo públicos, lo que cambia de manos es la información sobre su disponibilidad. Pero muy poco importa su teórica condición de bienes públicos, porque el mercado negro de la información arteramente los convierte en privados.
La industria de la restauración ha asistido a la explosiva proliferación de aplicaciones parecidas. En lugar de intentar reservar mesa en un restaurante de moda, ¿por qué no pujar simplemente por ella en una subasta en internet? Aquí, la lógica mercantil también sustituye a la equidad de la doctrina anterior: el principio de que la mesa es para el que primero la pide. Usuarios de aplicaciones como Shout pueden reservar mesas con nombres falsos con el único propósito de revenderlas a otras personas. Y no solo funciona en los restaurantes: también se puede vender el puesto en la cola para adquirir el último iPhone.
Está claro que el viejo sistema no era perfecto –los VIP no solían tener problemas para hacer reservas- así que hay algo de cierto en la retórica emancipadora, de exaltación democrática, que defienden los creadores de esas aplicaciones: nos conducen desde jerarquías parcialmente basadas en formas de poder no monetarias (fama, contactos, reputación) a otras cuya raíz única es el dinero. Antes, para obtener una mesa en un restaurante de moda, tenías que ser rico y famoso; ahora, ¡basta con ser rico! Pero una de las ventajas del viejo sistema era que de vez en cuando permitía hacerse con una mesa a los que no tienen ni dinero ni fama: de ahí que se considerara justo y equitativo. El nuevo sistema no hace excepciones: solo conoce las leyes de la oferta y la demanda.
Las transformaciones que están sufriendo todos esos prosaicos lugares –el gimnasio, el aparcamiento, el restaurante- ponen de manifiesto que, cuando se les añade una capa de información, pueden perder otras, sobre todo las relacionadas con un disfrute ajeno a la utilidad, puramente estético, o con la solidaridad y la equidad. Bien pudiera ser que los peores excesos del capitalismo fueran manejables, por lo menos psicológicamente, precisamente porque en ocasiones podíamos cobijarnos en diversas zonas herméticas que no se rendían a la lógica de la oferta y la demanda. Gracias a esas zonas, impermeables a los ritmos de la globalización, podíamos pensar que era factible aspirar a una autonomía personal ajena a la burbuja mercantil.
De este modo, siempre podíamos encontrar consuelo en el arte, el deporte, la comida o el urbanismo: esos dominios, nos decíamos, eran fruto de consideraciones estéticas o artesanales, o presentaban suficiente cooperación y solidaridad como para compensar la ocasional brutalidad de las relaciones mercantiles a las que no podían escapar. Después de todo, había algo que te elevaba el espíritu, algo reconfortante en el hecho de que un gestor de fondos de inversión tuviera que pasarse tanto tiempo como un conserje buscando sitio para aparcar. Hace diez años, esta supuesta igualdad entre ambos era una realidad que parecía inalterable; hoy en día, no es más que una imperfección tecnológica que podría fácilmente enmendarse con un teléfono inteligente.
Nuestra vida la han hecho llevadera esas imperfecciones de las que muchas de nuestras instituciones se han aprovechado. Los periódicos, amparándose en la bendición de no saber lo poco que interesaban algunos de sus artículos, podían correr el riesgo de colocarnos en primera página aburridos textos sobre cuestiones de relevancia pública. Ahora, cuando se mide y pronostica cualquier clic, ese riesgo no viene al caso: hasta las decisiones editoriales han de tomarse con la vista puesta en la lógica del mercado.
Tampoco los aficionados a la lectura tenían forma de comprobar si la librería en la que estaban ofrecía el mejor precio para el volumen que tenían en las manos. Con frecuencia se arriesgaban, pagaban más y contribuían al sostén del establecimiento. Ahora, cuando están armados de un smartphone siempre encendido, ese riesgo tampoco suele venir al caso: siempre tendrán a mano las herramientas de comparación de precios de Amazon. No cabe duda de que los consumidores ganan, pero a costa de una sólida y vibrante cultura literaria, basada en la existencia de librerías.
En una época en la que valores como la solidaridad, la equidad y la diversidad no dejan de verse atacados, la capacidad para incorporar más información a nuestras decisiones no hace sino acelerar su desaparición. En realidad, la ignorancia puede ser un alivio, sobre todo si lo que nos espera junto al conocimiento es la orden de ser más eficiente, competitivo y provechoso. A falta de otros proyectos radicales que cuestionen el statu quo, la ignorancia o, más bien, la fundamentada negativa a saber, puede ser un poderoso antídoto contra los constantes esfuerzos que se hacen por reducirlo todo a un conocible nivel de precio, porque su propia existencia ya formatea a los ciudadanos, que pasan a ser consumidores.
La razón de que lo que nos cuentan los emprendedores hipertecnológicos estadounidenses nos suene tan bien es que siempre presentan el conocimiento como algo apolítico, ajeno a la pugna actual entre ciudadanos y Gobiernos o entre ciudadanos y grandes empresas. En el mundo de ensueño de Silicon Valley, los ciudadanos corrientes tienen casi tanto poder como las aseguradoras, de manera que, según su razonamiento, la información sobre nuestros niveles de actividad deberá necesariamente concederles a ambos la misma un mismo margen de maniobra.
Desde esta perspectiva, las iniciativas destinadas a vincularlo todo, personas y objetos, en un mismo Internet de las Cosas («La próxima frontera para el “Internet de las Cosas”: los bebés», se lee en un reciente titular de la página web económica CNBC) solo podrá significar que los espacios de imperfección que temporalmente nos permitían relegar el triunfo de la lógica mercantil en todos los ámbitos de la vida social irán menguando todavía más. Y si la conectividad permanente es esencial para que esa lógica ejerza el control de nuestra vida, la única autonomía por la que, tanto a los individuos como a las instituciones, les merecerá la pena luchar será la que florezca en la opacidad, la ignorancia y la desconexión. El derecho a conectarse es importante, pero también el derecho a desconectarse.
Evgeny Morozov, El derecho a desconectarse, El País, 14/04/2015


Eduard Farelo, en una escena de 'La ola' en el Lliure. / ROS RIVASEl de Jones no ha sido el único experimento concebido para intentar explicar cómo ocurrió aquella catástrofe en la que se vio mezclada toda esa llamada gente corriente, incapaz de matar una mosca y llena de buenas intenciones.
harald welzer. / ELISA GONZÁLEZSeguramente el trabajo que le tocó hacer en el distrito de Lublin al Batallón 101 concentra de la manera más desnuda y desalmada la abyección a la que llegó el proyecto de Solución Final. El exterminio de judíos (y de otros) en los campos de concentración obedecía, al fin y al cabo, a un plan aséptico en el que las ejecuciones en serie se realizaban en las cámaras de gas, y existía una cierta distancia. En esa dinámica de producción de muerte industrial, cada persona funcionaba como el engranaje de una siniestra maquinaria que liquidaba a los judíos por toneladas. Pero los verdugos no se enfrentaban directamente a sus víctimas para ocuparse personalmente de ellas. A los miembros del Batallón 101, en cambio, se les enseñó a matar con la mayor pulcritud posible, no fueran a ensuciarse al tener tan próximas a sus víctimas. Lo resume uno de los testimonios que recoge Browning del juicio al que, ya mucho después del horror, fueron sometidos los que sobrevivieron a la guerra, y que se refiere al adiestramiento previo a la primera de sus misiones: “En ese momento tenía que explicarnos con precisión cómo debíamos disparar para causar la muerte instantánea de la víctima. Recuerdo exactamente que para esa demostración dibujó o perfiló el contorno de un cuerpo humano, al menos de los hombros hacia arriba, y entonces señaló el punto exacto en el que se tenía que colocar la bayoneta como una guía para apuntar”. Si se tenía buena puntería, la muerte del judío se producía inmediatamente y sin mancha alguna.Pero si no eran precisos, si no disparaban en el lugar exacto, el espectáculo era dantesco. Otro testimonio resumía lo que sucedía cuando las cosas se hacían mal: “A causa del disparo a quemarropa que de esta manera se requería, la bala golpeaba la cabeza de la víctima en una trayectoria tal que a menudo todo el cráneo o como mínimo la parte trasera quedaba destrozada y la sangre, las astillas de los huesos y los sesos se esparcían por todas partes y ensuciaban a los tiradores”.Los detalles son de una crueldad insoportable, pero a veces es necesario tenerlos delante para saber qué pasaba exactamente. Las cifras son reveladoras, pero terminan muchas veces por no decir nada. Hay un momento en que Browning hace los cálculos, después de que aquellos hombres grises, esos tipos corrientes, esas personas normales, cumplieran con uno de sus últimos cometidos, la masacre de la Fiesta de la Cosecha. “La mortífera participación del Batallón de Reserva Policial 101 en la Solución Final llegó a su fin”, escribe. “Calculando por lo bajo unos 6.500 judíos muertos en las acciones anteriores, como las de Józefow y Lomazy, unos 1.000 asesinatos durante la ‘cacería de judíos‘ y un mínimo de 30.500 ejecutados en Majdanek y Poniatowa, el batallón había participado de forma directa en la muerte a tiros de, como mínimo, 38.000 judíos. Con la deportación hacia el campo de exterminio de al menos 3.000 judíos de Miedzyrzec a principios de mayo de 1943, el número de judíos que colocaron en los trenes que iban hacia Treblinka ascendía a 45.000. Para un batallón de menos de 500 soldados, el recuento definitivo de víctimas fue de al menos 83.000 judíos”.Es una cifra enorme, pero incluso alguno podría discutir que las hay mayores. Y resulta difícil de imaginar, son demasiados los muertos. Del otro lado estuvieron esos 500 soldados. Para resumirlo en dos brochazos: el Batallón 101 estaba formado por 11 oficiales, 5 funcionarios administrativos y 486 suboficiales y soldados. Estaba dividido en tres compañías, cada una de unos 140 hombres con los efectivos al completo. Cada compañía se dividía en tres secciones; cada sección, en cuatro pelotones. Los soldados tenían carabinas, y los oficiales, metralletas. A cada compañía se le había asignado un destacamento de ametralladoras pesadas. El jefe de todo eso era el mayor Trapp (53 años), policía profesional y miembro del Partido Nazi. Los dos oficiales más radicales no llegaban a los 30 años: Wolfgang Hoffmann (SS y Partido Nazi) y Julius Wohlauf (Partido Nazi, SA, SS). Luego estaba un tal Hagen, ayudante de Trapp, y otros siete oficiales, de los que cinco eran del Partido Nazi pero ninguno de las SS.El 63% del batallón procedía de la clase trabajadora, entre los que había unos pocos trabajadores cualificados, y alrededor del 35% eran de clase media baja, casi todos empleados en alguna oficina. Había pocos artesanos y pequeños empresarios. Y gente de clase media, como profesores y farmaceúticos, sólo un 2%. Sólo el 25% del batallón estaba afiliado al Partido Nazi. Por lo demás, eran gente sin ninguna movilidad social ni geográfica. Muy pocos eran independientes económicamente. Estaban poco formados: eran pocos los que habían seguido estudiando después de dejar el colegio a los 14 o 15 años. No se sabe cuántos habían tenido simpatías socialistas, comunistas o sindicalistas antes de 1933. La mayoría procedía de Hamburgo, una de las ciudades menos nazificadas de Alemania. Browning observa: “No parecían formar estos hombres un grupo muy prometedor del cual reclutar asesinos de masas en nombre de la visión nazi de una utopía radical libre de judíos”. Ése es, pues, el asunto: ¿por qué?
Christopher Browning.No tiene sentido seguir detallando lo que vino después. Para el que quiera conocer, paso a paso, ese fulminante proceso de descomposición moral que tuvo lugar en cuantos tuvieron que ejecutar de manera tan artesanal el exterminio de sus enemigos en el Este de Europa, mirándolos directamente a los ojos, tocándolos, empujándolos, pisando después las torres de cadáveres que iban acumulándose en los márgenes de los pueblos, Browning lo detalla en Aquellos hombres grises.En la pieza teatral La ola, Ron Jones reconstruye esa atmósfera de entusiasmo que se produce cuando se tiene la sensación de formar parte de un movimiento. Los valores que sirven para aglutinar los esfuerzos iniciales de los muchachos, como la eficacia y la disciplina y la complicidad de estar involucrados en un proyecto común, que de por sí no tendrían que tener derivadas negativas, sirven sin embargo de argamasa para ir diluyendo la responsabilidad individual, para cercenar progresivamente la propia mirada e idiosincracia, el proyecto de cada cual. Poco a poco va importando cada vez más el ímpetu de formar parte de la corriente y, también, cada vez se percibe con mayor angustia la posibilidad de quedarse fuera, de ser tachado de traidor, o si se prefiere, de “acojonado” o de “pelele”. Algunos utilizan también la palabra “blando”.Lealtad, deber, disciplina. La existencia de un poder al que se otorga legitimidad y frente al que surge un fuerte sentido de obligación. La importancia del adoctrinamiento. La existencia de un enemigo exterior, real o imaginario. El vibrante frenesí de los rituales colectivos. La responsabilidad individual, cada vez más debilitada por una fuerte burocratización y especialización. O, en fin, la presión del grupo de los iguales. ¿Qué les ocurrió en ese momento concreto a aquellos soldados de un batallón de policías cuando les dijo que podían dar un paso al frente para no participar en la matanza de sus congéneres? ¿Por qué no se negaron? Nunca está de más volver sobre 




















Es una experiencia hacia el límite. No pensar en absoluto, cuando uno está despierto y en posesión de sus facultades, es algo que no se consigue, o solo durante muy poco tiempo. Por lo tanto, solo puede haber tentativas. Pero estas llegan más o menos lejos. Se acercan más o menos a lo imposible. Unas lo rozan, otras solamente lo vislumbran en el horizonte.













