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| Immanuel Kant |
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| Immanuel Kant |
En la cuarta parte de la Ética Spinoza define la virtud en los términos siguientes:Así, la definición identifica virtud y potencia puesto que ambos son inherentes a la esencia o naturaleza del hombre. Si la virtud no es otra cosa que actuar a partir de las leyes de nuestra naturaleza y el conatus es la ley básica de nuestra naturaleza, se sigue de aquí que el esfuerzo del hombre por perseverar en su ser es el fundamento de la virtud.Por virtud y potencia entiendo lo mismo; esto es, (por la proposición 7 de la parte III), la virtud, en cuanto se refiere al hombre, es la esencia misma o la naturaleza del hombre, en cuanto tiene la potencia de hacer ciertas que pueden entenderse por las solas leyes de la naturaleza. (E4def8)
En una proposición de la Ética, que recuerda los primeros razonamientos de la Ética Nicomaquea de Aristóteles, Spinozaafirma que la virtud en tanto fin último es deseada por su propio bien.…la virtud no es nada más que el obrar según las leyes de la propia naturaleza y que nadie se esfuerza por conservar su ser sino según las leyes de su propia naturaleza. (E4p18e)
Por otra parte, la estrecha relación entre acción e idea adecuada en Spinoza nos lleva a la conclusión que uno sólo puede obrar por virtud si estamos determinados por ideas adecuadas, así nuestro autor sostiene una equivalencia entre virtud y razón --si bien bajo una característica spinoziana al identificar razón con nuestro propio interés o utilidad. En la medida en que el hombre vive en conformidad con la razón, vive en conformidad con su naturaleza.Obrar absolutamente por virtud no es en nosotros nada más que obrar, vivir y conservar su ser (estos tres términos significan lo mismo) bajo la guía de la razón, teniendo por fundamento la búsqueda de la propia utilidad. (E4p24)
Si El factor humà de John Carlin feia un bon resum històric dels principals esdeveniments polítics a la Sudàfrica del final de l'apartheid; aquesta novel·la, The Madonna of Excelsior de Zakes Mda, ens n'ofereix una suggerent i evocadora visió des del punt de vista de la gent del carrer. De fet, el punt de vista és el d'una petita localitat rural de pagesos afrikaners, Excelsior, amb el seu suburbi negre, Mahlatswetsa. L'autor utilitza un recurs, al meu parer, força impactant, per explicar una història que ens resulta familiar a nivell macro però de la qual en desconeixem el rerefons més humà: la situació narrativa parteix d'una mena d'edat de la innocència (entenc que és un mecanisme narratiu) en què la població negra amb prou feines s'atreveix a categoritzar la seva situació d'explotació com a tal, i en què la població blanca justifica el present statu quo amb arguments basats en la seva superioritat moral i cultural. Ara bé, en el si d'aquesta comunitat conservadora es comet un terrible pecat, generalment conegut com a miscegenació, i durament penalitzat per la Llei contra la Immoralitat (que prohibia a Sudàfrica les relacions sexuals entre blancs i negres). Tanmateix, a les bases d'aquest fenomen rau l'explotació sexual de dones negres a mans de ciutadans blancs i benestants; i quan l'escàndol esquitxa la petita comunitat, el cas s'acaba tancant per falta de testimonis. Tot i així, la narració encara té un tercer acte; perquè la segona generació de personatges engega la revolució amb un esforç clandestí i continuat, fins que finalment aquest pecat acabi donant els seus fruits en la reconstrucció de la població a mans de les noves institucions post-apartheid. Tanmateix, l'estructura no és la d'un conte de fades, ja que les dificultats que afrontaran els components del nou ajuntament democràtic ocuparan gran part del llibre, sobre tot cap a la segona meitat. En tot aquest procés, les tensions polítiques i ideològiques que s'estableixen entre els diferents personatges, molt més complexes del que pot semblar en un principi, es van revelant al mateix ritme que els protagonistes evolucionen internament, en un accidentat camí per tal d'acceptar-se i perdonar-se a si mateixos. El paisatge africà queda subtilment dibuixat per la reinterpretació que Mda fa de la pintura del missioner i sacerdot catòlic Frans Claerhout (1919-2006), que emmarca cada capítol, i que també juga un petit paper en la construcció de la personalitat de la protagonista.
Si no hay alternativa, podemos y debemos matar al hombre que está a punto de detonar una bomba. Ninguna persona razonable lo discutirá. Pero nunca podemos sacrificar a un inocente para asegurar nuestra propia supervivencia, no podemos ponderar una vida con otra; ni siquiera cuando la otra vida “solo” es la de un delgado grumete moribundo, o cuando “solo” se trata de ciento sesenta y cuatro pasajeros en un avión. El juez del caso la Corona contra Dudley y Stephens dio en el clavo: “Qué terrible tentación, qué horrible el sufrimiento [de los marineros]… Pero ¿cómo puede compararse el valor de las vidas?”. Y continúa: “¿Debería ser la fuerza, el intelecto u otra cosa?… En este caso se escogió la vida más débil, la más joven, la que menos resistencia oponía. ¿Fue más correcto matarlo a él que a uno de los adultos? La respuesta debe ser ¡no!”. Hace mucho tiempo que los Gobiernos han comenzado a cuestionar estos principios. Hoy se intenta eludir el claro principio de la igualdad de las personas con construcciones cada vez más complicadas. Existen innumerables ejemplos: poco después de asumir el cargo, Barack Obama declaró que Estados Unidos proseguiría con la lucha contra la violencia y el terrorismo, pero de una manera que “respete nuestros valores e ideales”. Dijo que cerraría la prisión de Guantánamo y recibió el Premio Nobel de la Paz. Por fin parecía que Estados Unidos, el país que tanto había brillado en este último siglo, el garante mundial de la libertad, la justicia y la decencia, recordaba sus ideales. Fue un momento feliz. Hace cuatro años de la declaración del presidente. No obstante, hoy en día en Guantánamo se sigue reteniendo, humillando y torturando a personas sin derechos.
Saltaba a los medios hace unos días la noticia de la próxima regulación de los medicamentos homeopáticos. Desde entonces, se han sucedido en diversos medios de comunicación los artículos de opinión, a favor y en contra de la medida. Los críticos señalan que esta medida abre el campo a la implantación de la homeopatía y su reconocimiento como una más de las terapias a seguir en caso de enfermedad. Algo que es muy grave, nos advierten, pues sitúa al ciudadano en un total indefensión: carentes de formación sanitaria, pobres ignorantes de nosotros, compraremos la homeopatía como borregos, mientras la medicina convencional ve cómo algunas teorías rivales van ocupando su sitio. La réplica viene de los especialistas en homeopatía, algunos de ellos titulados en medicina y con años de experiencia a sus espaldas: tratan de explicar los principios fundamentales de la misma, y esgrimen estudios que demostrarían su eficacia frente a varias enfermedades. Surge, de nuevo, el viejo debate entre ciencia y pseudociencia: ¿Tiene razones la medicina “convencional” para despreciar la homeopatía como una más de las pseudociencias?
La crítica más escuchada estos días califica a los medicamentos homeopáticos de placebo: es poco más que agua con azúcar. La réplica, sin embargo, se agarra como a un clavo ardiendo a ese “poco más”: Todo medicamento homeopático lleva una serie de componentes, extraídos con frecuencia de plantas, en unas proporciones pequeñísimas, pero capaces de actuar sobre el sistema inmunológico en el largo plazo. Llevan el argumento un poco más lejos y aluden a las vacunas de la medicina “oficial”: igual que una vacuna previene la enfermedad, proporcionar pequeñas dosis de lo que la causa puede favorecer su curación. Sin embargo, también reciben su contrarréplica: no es lo mismo “prevenir” que “curar” y además no se puede decir que los medicamentos homeopáticos contengan “virus” en cantidades minúsculas. Por no hablar de que en muchos algunos de ellos incluyen principios activos “alopáticos”, es decir, que siguen los principios de la medicina tradicional: la enfermedad se cura con lo “no semejante”. Este es, en lineas generales, el argumentario que más se ha escuchado en estos días.
Si el binomio ciencia-pseudociencia ya de por sí da que hablar, su aplicación en el campo de la medicina es especialmente interesante. Principalmente porque hay una cosa de la que, a juzgar por el dogmatismo y el tono de desprecio de algunas manifestaciones de los últimos días, la medicina parece no percatarse todavía: el enorme campo de insatisfacción que genera la disciplina “oficial”. De otra forma, debería al menos bajar el tono, pues a la sombra de la medicina habita no solo la homeopatía, sino también otras muchas disciplinas “paramédicas”: medicina natural, acupuntura, fitoterapia… y tantas otras ramas. Algo que no devalúa a la medicina tradicional, que sirve para un porcentaje mayoritario de la población. Después, cuando alguien se cansa de ir de especialista en especialista sin recibir el tratamiento deseado, es comprensible que desee acudir a una alternativa que a otras personas les haya funcionado. Y no termino de comprender por qué los partidarios de la medicina convencional han de descalificar o menospreciara quienes deciden probar con la homeopatía. Sencillamente por una razón fundamental: la sombra de la medicina es muy alargada y está aún muy lejos de dar una solución adecuada a las dolencias del ser humano. Allá cada cual con las medicinas que abrace: sean convencionales o alternativas, las consecuencias las sufrirá la propia persona.
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| Robert Ezra Park |
«Dulce et decorum est pro patria mori» escribió Horacio en sus Odas, aludiendo a la guerra contra los Partos. Una frase que se convertiría en un lugar común no solo en la antigua Roma, sino en las épocas y sociedades que la sucedieron, adornando toda clase de monumentos, emblemas y, por supuesto, lápidas. Se diría que la muerte es el sacrificio favorito de las patrias, que devoran vidas humanas como el periodista canapés en el evento al que inviten. Pero lo más desconcertante es el eco que recibe esa llamada, la facilidad con que millones de personas han estado siempre dispuestas a autoinmolarse en nombre de dicho ideal. ¿Por qué? La magnífica serie producida por Spielberg sobre la Segunda Guerra Mundial lo llevaba en el propio título: Band of Brothers. Pero también están los hermanos de armas, los hermanos de sangre, la Hermandad Aria, los Hermanos Musulmanes, los hermanos templarios… y no solo ante una guerra. Como se ha señalado en más de una ocasión, la similitud étnica que existía en los países nórdicos habría favorecido el asentamiento del sistema de redistribución de la riqueza del que han gozado durante las últimas décadas. Un sistema que empieza a ser cuestionado por los contribuyentes con la llegada de inmigrantes: ellos con su diferente color y sus costumbres ajenas ya no serían «de la familia» y el sacrificio vía impuestos que exige el sistema dejaría de compensar. La solución no es sencilla, pero al menos ser conscientes de tal sesgo nepotista/racista puede ser de ayuda.Yo contra mi hermano; yo y mi hermano contra mis primos; yo, mi hermano y mis primos contra los demás; yo, mi hermano, mis primos y mis amigos contra los enemigos de la aldea; y todos nosotros y la aldea entera contra la aldea más próxima.
En conclusión, las estructuras políticas, la cultura y la sociedad pueden haberse vuelto enormemente sofisticadas en los últimos siglos, pero para lograr conectar con los individuos tienen que saber tocar ciertas teclas del alma, apelar a unos intereses fundamentales que apenas han variado ¿Significa todo esto que nadie nunca debería sacrificarse por su país ni por nada? Pues quién sabe. Es una retórica que afortunadamente va quedando atrás, aunque en ocasiones siguen dándose causas justas. Lamentablemente no tengo la fórmula mágica para distinguir cuáles y en qué contexto, aunque hay una adaptación del lema inicial que sí podemos seguir como una infalible brújula moral sin miedo a equivocarnos: «Dulce et decorum est pro patria mori, sed dulcius pro patria vivere, et dulcissimum pro patria bibere. Ergo, bibamus pro salute patriae». «Dulce y honorable es morir por la patria, pero es mucho más dulce vivir por ella y más aún beber por ella. Por lo tanto, brindemos a la salud de la patria».Habéis mostrado al mundo que sois infinitamente superiores a esos enemigos inhumanos contra los que luchamos. Vuestros enemigos son de una raza muy curiosa, un cruce entre un ser humano y un simio. Y como los simios, cuando se ven acorralados, saben cómo morir. Pero son inferiores a nosotros, y lo sabemos, y este conocimiento os ayudará a vencer (…) Sabéis que tenemos que exterminar a esas alimañas si queremos vivir nosotros y que vivan nuestras familias. Tenemos que ir hasta el final si deseamos que sobreviva la civilización. Debemos exterminar a esos japoneses.
Comentábamos en la introducción de esta serie que hay mucho profesor y, en general personas interesadas por la ciencia, que mantienen posiciones que son filosóficas, aunque ellos piensen que son “la posición”, en el sentido de la única descripción fiel de la realidad, de una inocencia conmovedora. Una de esas posiciones es la creencia en que existe una cosa llamada “el método científico” en el que se asume un falsacionismo naíf. Si se les pregunta en qué consiste dicho método la respuesta no viene a diferir mucho de lo siguiente (muy esquemáticamente):Esta es la base del método hipotético-deductivo (MHD) que muchos, como decíamos, confunden con “el” método científico. Tenemos que hacer notar que el punto 4 habitualmente no se formula así, sino que se plantea como “verificación de la hipótesis”; en estas situaciones estamos solamente ante un caso más de falta de reflexión sobre lo que se está describiendo. El método hipotético-deductivo y el falsacionismo naíf van de la mano necesariamente.Dado un fenómeno y con objeto de explicarlo…
1 Usa tus conocimientos y experiencia. Considera los distintos aspectos del problema, reune datos suficientes y, con lo que sabes, intenta explicarlo. Si lo consigues, problema resuelto. Si los conocimientos existentes ya desarrollados no son suficientes para encontrar una explicación satisfactoria, el fenómeno lo consideraremos un problema nuevo; pasa al punto 2.
2 Con las observaciones y mediciones disponibles y los conocimientos teóricos existentes crea una conjetura, a la que llamaremos hipótesis.
3 A partir de la hipótesis deduce predicciones
4 Diseña experimentos que prueben que la hipótesis creada en el paso 2 es falsa.
5 Si es falsa, vuelve al punto 2. Si no lo es, problema explicado.
Por tanto, con las limitaciones que indicábamos más arriba, y teniendo en cuenta el factor psicosocial de la creencia en el MHD por parte de muchos científicos, podemos decir que el MHD es, a lo sumo, uno de los métodos de la ciencia.La idea de que la ciencia sigue un método y que éste consiste en generar predicciones a partir de hipótesis, y que después estas hipótesis se aceptan o rechazan dependiendo de que la observación se observe o no, es demasiado simplista como para describir con un mínimo de aproximación lo que realmente sucede en ciencia.
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| Erwin Schrödinger |

| Max Weber |

Aunque la extensión de una educación pública y gratuita sea un fenómeno relativamente reciente en nuestra historia, no lo es tanto la existencia de la enseñanza. Se suele explicar en los temas de antropología que la educación, entendida como transmisión del conocimiento, ha de aparecer necesariamente de la mano de la técnica. De otra forma, nos hubiera sido imposible conservar el fuego, seguir fabricando ruedas o comprender el por qué y el significado de tantas y tantas producciones artísticas y culturales. De manera que una de las relaciones humanas más antiguas es la que hoy llamamos de alumnos-profesor, pero que desde que el hombre es hombre se viene estableciendo entre quienes enseñan y aprenden, independientemente de cómo queramos interpretar este binomio conceptual en el flujo que implica toda experiencia de aprendizaje o de enseñanza. Esto no implica que dicha relación haya ido evolucionando a lo largo del tiempo, hasta lo que es en nuestros días. Sin afán de exagerar: después de la familia y las amistades, y quizás los compañeros de trabajo en algunos casos, una de las relaciones sociales más significativas de la vida de todo ser humano. No en vano pasamos algo menos de un tercio de nuestra vida, aproximadamente, inmersos en nuestra formación personal.
De partida, el tópico más extendido es el de la confrontación. Si nos dejamos llevar por esta concepción del asunto, no hay personaje más odiado durante la adolescencia y juventud que el profesor de turno. Sentimiento que en muchos casos es mutuo: hay profesores que no sienten simpatía alguna hacia sus alumnos. Aquello de la “manía” que suelen esgrimir algunos alumnos encuentra un contrapeso en la balanza, cuando los profesores hablan, por su parte, de que “fulanito me odia, va a reventar mis clases”. Todo tópico genera también su opuesto: nos encontramos con profesores que prácticamente creen ser “amigos” de sus alumnos, y en plan colega están dispuestos a salir de cañas (o lo que se tercie), a intercambiar mensajes por el móvil o incluso a encubrir a los chavales delante de sus padres. Los alumnos, por su parte, tratan de estar a la altura de este “profe que más mola”, aunque alguna vez también le puedan poner en alguna situación comprometida. El profe-ogro y el colega: dos extremos de los que, afortunadamente, no abundan en educación, sino que más bien se tiende al término medio. La dialéctica entre alumnos y profesores se reproduce hoy como hace siglos, con la salvedad de que está ya en vías de universalizarse, si es que algún día se logra que la educación esté garantizada en todos los países del mundo. Por ello, tiene sentido proponer esa vía intermedia, esa superación del ogro y del colega, y sugerir algunas características.
Tres posibles condiciones: ser consciente de los límites, comprensión y respeto hacia la vida que crece. Lo primero de todo: saber hasta dónde podemos llegar. La relación dentro de aula no es personal, pero tampoco distante o anónima. Los profesores tienen nombre y cara para los alumnos y así sucede también con todos y cada uno de ellos para el profesor. Sin embargo, eso no implica que no existan límites: tanto en el fondo como en las formas. Saber determinar cuándo se han rebasado esas fronteras es una de las tareas docentes más importantes, que requieren de varios años de experiencia. Lo mismo que ocurre con la segunda característica: la comprensión de las circunstancias de cada cual. Ni todos los alumnos son iguales, ni se les puede tratar a todos de la misma forma. Las diferencias se notan de alumno a alumno y de grupo a grupo. Y una de las virtudes del profesor tiene que ser, si no la empatía, sí al menos la comprensión hacia los alumnos, de los cuales cabe esperar una actitud similar, dando por hecho que no les van a gustar todos los profesores, y que no cabe el mismo comportamiento con unos que con otros. Llegamos entonces al tercer rasgo que apuntábamos: el respeto hacia la vida que crece. Todo profesor tiene que asumir que jamás volverá a tener quince años, que no volverá a ocupar una silla en un aula de bachillerato. Asumir que las generaciones de alumnos han de pasar por su clase sin que él pertenezca a ellas. Algo que parece de sentido común, pero que, sorprendemente, no siempre se da en las aulas.
Supongo que la mayoría de las personas se sentirían mal en el caso de una absolución. (vegeu [pitxaunlio.blogspot.com.es] ) Pero considere otras cifras. ¿Qué ocurriría si la muerte del muchacho no hubiera salvado a tres, sino a trescientas personas? ¿Cambiaría algo si se tratara de treinta mil o trescientos mil? ¿Es efectivamente una cuestión cuantitativa? No se trata de un problema teórico, sino de plena actualidad: imagine que un avión despega del aeropuerto de Colonia/Bonn. Un hombre logra acceder a la cabina y mata al piloto y al copiloto. El hombre explica por radio que volará con el avión lleno de combustible hacia Berlín y lo estrellará contra Potsdamer Platz. Cuatro cazas interceptores del Ejército alemán despegan. Vuelan muy cerca del avión secuestrado. Se ha evacuado a la canciller. Si el Gobierno autoriza disparar contra el avión, salvará a miles de personas inocentes. La canciller ha pedido la lista de pasajeros. Ciento sesenta y cuatro viajeros, hombres de negocios de camino a Berlín, dos mujeres embarazadas, seis niños, un perro. El Gobierno debe decidir: ¿qué son ciento sesenta y cuatro a cambio de miles? Y si el avión se estrella, de todas formas a los pasajeros solo les quedan unos minutos hasta una muerte segura. ¿Qué haría usted?
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| Salvador Pániker |
| Gabriel Tarde |

Me impresionan las imágenes en la televisión de tantas personas por las calles de Soweto, Pretoria y otras ciudades sudafricanas, bailando y cantando en homenaje a la vida de Madiba, Nelson Mandela. Son estas personas desconocidas, y no tanto las conocidas y sus previsibles mensajes de condolencia, las que nos descubren el verdadero sentido de su fallecimiento. La vida de Mandela ha llegado a su fin, pero no por eso se despeña en la nada, ni se aniquila cuanto hizo y fue. Al contrario, su fallecimiento no es el final de cuanto ha sido, sino el repliegue de una vida singular en el seno de la Memoria (popular, colectiva, Mnemosyne), desde la cual puede ser evocado, celebrado, recreado. Desde esa Memoria insiste el misterio de este hombre asombroso, conocedor del secreto del perdón, la generosidad y la reconciliación. Los hombres y mujeres que cantan en Soweto o Pretoria por el fallecimiento de Mandela son sabios: lloran su muerte celebrando su vida.
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| by Yue Minjun |
Con la nueva sociedad se produce, en lo que de la instancia económica depende, un fuerte impulso hacia una brutal simplificación, hacia una reducción de la densidad de motivaciones que podían regir la psique y conducta a la única que puede imperar, “el frío interés”, el “simple valor de cambio”, todo lo demás ha de sometérsele, todo lo demás, si algo se mantiene, aparecerá desde ahora desleído por el “cálculo egoísta”, y en tal medida como falso. En este sentido, hay una incitación a una reducción de complejidad en el plano psíquico, de la conducta individual, parejo a la simplificación que se produce en el abigarrado mundo de las relaciones sociales, de la diversidad de estratos, privilegios, formas, distinciones, etcétera[3]. Decimos incitación, porque la realidad de la subjetividad será otra, pues la pervivencia de lo anterior entra en conflicto con esas nueva pautas por lo que las tensiones y nuevos pliegues no dejarán que se dé un acomodo perfecto, sin contar con el factor multiplicador de pliegues de la adquisición de la individualidad, forma propiamente moderna. La novela no ha dejado de contarnos esa transición en la conformación individual, a la que ese género puede decirse le es consustancial o co-originario.“Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas; ha desgarrado sin piedad las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus ‘superiores naturales’, para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel ‘pago al contado’ ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta; ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio”[2].
“Llegó por fin un tiempo en el cual todo lo que los hombres habían considerado inalienable llegó a ser objeto de cambio, de trafico y podía enajenarse. Es el tiempo en el cual las mismas cosas que hasta entonces se transmitían, nunca, sin embargo, se cambiaban; se daban, pero no se vendían; se adquirían, pero no se compraban: virtud, amor, opinión, ciencia, conciencia, etc., todo, en fin, pasó al comercio. Es el tiempo de la corrupción general, de la venalidad universal, o, hablando en términos de economía política, el tiempo en el cual toda cosa, moral o física, al convertirse en valor venal, se lleva al mercado para apreciarla en su más justo valor”.[4]
“En una palabra, en lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha establecido una explotación abierta, descarada, directa y brutal. La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto (…).
La burguesía ha desgarrado el velo de emocionante sentimentalismo que encubría las relaciones familiares, y las ha reducido a simples relaciones de dinero”.[13]
Y en La ideología alemana se nos dice: La gran industria “destruyó donde le fue posible la ideología, la religión, la moral, etc., y donde no pudo hacerlo, la convirtió en una mentira palpable”[14].
Si necesitábamos una condición, que llamaremos cognitiva, o si se nos permite, óntico-cognitiva, esto es con un carácter empírico al mismo tiempo que relativo al conocimiento, para que el cinismo se posibilitase como conducta generalizada, es decir, necesitábamos que se pudiera aprender fácilmente qué es lo que mueve realmente a las gentes, cual es la inconfesable naturaleza de esta sociedad, esa condición nos viene dada por la propia configuración de la nueva sociedad, por ese desvelamiento que el capitalismo ha traído consigo.“Todo lo estamental y estancado se esfuma, todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”[17].
“La sociedad burguesa es la más compleja y desarrollada organización histórica de la producción. Las categorías que expresan sus condiciones y la comprensión de su organización permiten al mismo tiempo comprender la organización y las relaciones de producción de todas las formas de sociedad pasadas, sobre cuyas ruinas y elementos ella fue edificada y cuyos vestigios, aún no superados, continúa arrastrando, a la vez que meros indicios previos han desarrollado en ella su significación plena, etc. La anatomía del hombre es una clave para la anatomía del mono. Por el contrario, los indicios de las formas superiores de las especies animales inferiores pueden ser comprendidos sólo cuando se conoce la forma superior. La economía burguesa suministra así la clave de la economía antigua, etc.”[20]
“Si esa Economía Política comienza, pues, con un reconocimiento aparente del hombre, de su independencia, de su libre actividad, etc, al trasladar a la esencia misma del hombre la propiedad privada, no puede ya ser condicionada por las determinaciones locales, nacionales, etc, de la propiedad privada como un ser que exista fuera de ella, es decir si esa Economía Política desarrolla una energía cosmopolita, general, que derriba todo límite y toda atadura, para situarse a sí misma en su lugar como la única política, la única generalidad, el límite único, la única atadura, así también ha de arrojar ella en su posterior desarrollo esta hipocresía y ha de aparecer en su total cinismo”.[22]
“No solo aumenta el cinismo de la Economía Política relativamente a partir de Smith, pasando por Say hasta Ricardo, Mill, etc, en la medida en que a estos últimos se les ponen ante los ojos, de manera más desarrollada y llena de contradicciones, las consecuencias de la Industria; también positivamente van conscientemente cada vez más lejos que sus predecesores en el extrañamiento respecto del hombre, y esto únicamente porque su ciencia se desarrolla de forma más verdadera y consecuente”[25].
“Por eso, la concepción antigua según la cual el hombre (…) aparece siempre igualmente, como objetivo de la producción, parece muy excelsa frente al mundo moderno donde la producción aparece como objetivo del hombre y la riqueza como objetivo de la producción. Pero, in fact, si se despoja a la riqueza de su limitada forma burguesa, ¿qué es la riqueza sino la universalidad de las necesidades, capacidades, goces, fuerzas productivas, etc de los individuos, creada en el intercambio universal?¿[qué sino] el desarrollo pleno del dominio humano sobre las fuerzas naturales, tanto sobre las de la así llamada naturaleza como sobre su propia naturaleza? (…) En la economía burguesa –y en la época de la producción que a ella corresponde– esta elaboración plena de lo interno, aparece como vaciamiento pleno, esta objetivación universal, como enajenación total, y la destrucción de todos los objetivos unilaterales determinados, como sacrificio del objetivo propio frente a un objetivo completamente externo”[40].

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| Michael J. Sandel |