24462 temas (24270 sin leer) en 44 canales
(7 sin leer)

Hannah Arendt, en su excelente obra Los orígenes del Totalitarismo advierte cómo los totalitarismos alcanzan su cometido: el primer paso para conseguir la dominación total es matar a la persona jurídica, lo que se logra colocando a ciertos individuos fuera del resguardo legal, así con la desnacionalización se obliga a la sociedad no totalitaria a reconocer su ilegalidad. Destruida la persona jurídica, se asesina a la persona moral y se procede a acabar con la individualidad.Eso es lo que, en resumidas cuentas, el nazismo hizo con los judíos: quitarle su calidad de ciudadanos, apartarlos en guetos y luego, exterminarlos. Todo se efectuó bajo un marco legal que avalaba prácticas de segregación; así se dictaron leyes que les prohibieron ejercer determinados oficios, realizar ciertas actividades, desplazarse por algunos lugares. De a poco se fue naturalizando su exclusión, se les fue apartando, individualizándolos con un distintivo que los hacía visibles, encerrándolos en ciertos espacios, obligándolos a trabajar y, por último, matándolos.Nadie lo quiso ver en su momento, siempre resultó más cómodo no darse por enterado, sin embargo, como señala , “la población se hallaba notablemente bien informada sobre los llamados secretos –las matanzas de judíos”, no obstante, seguían apoyando a Hitler. Ello, en gran medida, pues el nazismo había logrado matar cualquier solidaridad humana, salvo la lealtad que pudiera existir entre sus compatriotas. El totalitarismo había triunfado, convirtiendo a la población en masa inerme, había transformado a los hombres en superfluos, destruyendo lo que implica el respeto de la dignidad humana, es decir, el reconocimiento de los otros.Actualmente la figura del inmigrante, en tanto conlleva una mirada racializada del Otro, se instituye como el nuevo enemigo imaginario de la patria. Ciertos extranjeros son las nuevas “amenazas”, individuos que desafían el razonamiento identitario y las costumbres de la nación, de manera que los discursos relativos a los desplazamientos no permiten más que subrayar las diferencias entre los “autóctonos” y los foráneos e impulsar políticas de exclusión. Si bien ahora los Estados, para “proteger” su seguridad, implementan otras modalidades de justificación, se mantiene la idea central de restringirle garantías al inmigrante al identificarlo con el enemigo. Lo cual no deja de ser peligroso, porque este tipo de estrategia ha servido para llevar a cabo una de las mayores aberraciones contra la humanidad como lo fue el Holocausto.Martina Cociña Cholasky, Arendt, el reconocimiento del Otro y la inmigración: el peligro de naturalizar la exclusión, the clinic 16/10/2018 [www.theclinic.cl]

Durante la reciente conmemoración del fin de la Gran Guerra, que congregó en París a líderes de todo el mundo, no faltó quien recordase ‒en la consabida pieza periodística sobre las películas dedicadas al conflicto‒ el retrato de la guerra de trincheras que hiciese Stanley Kubrick en Senderos de gloria (1957): un título lleno de ironía, pues esos caminos sólo conducían a la muerte de unos soldados que combatían sin esperanza. Menos citada es Rey y patria (1964), de Joseph Losey, que se ocupa, no obstante, del mismo problema cuando relata el juicio por alta traición contra un soldado que ha desertado de su regimiento. En ambos casos se plantean preguntas incómodas sobre el patriotismo y su relación con el nacionalismo: ¿es un buen patriota quien entrega su vida a la nación al margen de las circunstancias o, por el contrario, lo será quien sepa elevarse por encima de esas circunstancias para exigir a su patria lealtad a los ideales democráticos o el más elemental respeto a la dignidad humana?Se trata de preguntas que hasta hace bien poco pasaban por excéntricas, tan ajenos nos parecían esos apegos feroces e inmediatos. Nos habíamos acostumbrado a razonar sobre los valores democráticos o la naturaleza de la justicia distributiva en términos universalistas con objeto de alcanzar así la máxima imparcialidad posible. Acaso el ejemplo más depurado de esta técnica racionalista sea el célebre «velo de ignorancia» ideado por John Rawls para neutralizar el efecto que nuestras características personales habrían de tener sobre la negociación del contrato social. Pero ya no es el caso: la crisis económica ha modificado bruscamente el estado de ánimo de las sociedades occidentales y han regresado con fuerza las vinculaciones nacionales. Hasta cierto punto, es una sorpresa; creíamos haber aprendido algo del intenso siglo XX. Pero quizá no habíamos aprendido lo más importante, a saber: que los conflictos causados por el sentimiento de pertenencia no desaparecerán jamás.De ahí, pues, el resurgimiento de un nacionalismo al que se oponen dos alternativas. Por un lado, el cosmopolitismo que no quiere saber nada de contingencias y se aferra al universalismo moral. Y por otro, un «buen» patriotismo que se orienta hacia el amor constructivo por lo nuestro sin por ello levantar el pie del acelerador ilustrado. Pero que la distinción entre patriotismo y nacionalismo es difícil de trazar quedó demostrado tras los festejos parisienses, cuando el presidente francés y el norteamericano se enzarzaron en un intercambio de reproches. Macron había dicho durante su discurso oficial que el patriotismo se opone al nacionalismo, que éste es la traición de aquél, por cuanto anteponer los intereses propios ‒America First‒ supone «borrar lo que una nación tiene de más precioso [...] sus valores morales». Ni corto ni perezoso, Trump le replicó en Twitter que su problema es la falta de popularidad y que su idea de un ejército europeo no es más que un intento por cambiar de tema, añadiendo: «Por cierto, no hay un país más nacionalista que Francia, gente muy orgullosa ¡y hacen bien! ¡HAGAMOS A FRANCIA GRANDE DE NUEVO!». Tal como señalaba Marc Bassets en un artículo sobre la trifulca, Macron se apoyaba en una frase conocida en Francia, debida al novelista Romain Gary, según el cual patriotismo es amor de los propios y nacionalismo el odio a los demás. Pero no hace falta votar a Donald Trump para comprender que el amor a lo propio puede desembocar fácilmente en el odio a los demás. Sin embargo, de alguna manera habrá que canalizar el hecho de que la mayoría de los ciudadanos experimentan un vínculo especialmente fuerte hacia su país, que replica, a otra escala, el que mantienen con su familia o sus amigos: su destino nos importa más que el de los desconocidos. ¿Qué hacemos con esto?Manuel Arias Maldonado, Radiografía del patriota, Revista de Libros 28/11/2018 [https:]]