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El lunes pasado tuvo lugar en Madrid un interesante debate sobre el problema de la corrupción. Lo promovió el Círculo Cívico de Opinión (del que soy miembro) con motivo de la elaboración del documento “Corrupción Política” (puede leer el documento íntegro pinchando aquí) y contó con la presencia de Victoria Camps, Catedrática de Filosofía Moral y Política, Santiago Muñoz Machado, Catedrático de Derecho Administrativo, José María Serrano Sanz, Catedrático de Economía Aplicada y Fernando Vallespín, Catedrático de Ciencia Política, moderados por Iñaki Gabilondo.
La culpa es uno de esos elementos esenciales cuya ausencia o exceso provoca graves desajustes en los seres humanos. Una culpa excesiva puede hacer que alguien busque su propia destrucción, y un sujeto sin culpa es un instrumento apto para causar la destrucción de los otros.
Hablábamos estos días del superhombre de Nietzsche y de cómo el deporte puede ser una fuente de ejemplos de personas convencidas de uno de los lemas que caracterizan al modelo de ser humano que nos presenta el alemán: “yo soy el que tiene que superarse a sí mismo”. Coincide esta explicación con la efervescencia mediática de la antigua entrenadora del equipo nacional de natación sincronizada, que lejos de esconderse tras las polémicas declaraciones de varias de las integrantes del equipo pasea por televisiones y periódicos. Preguntada por el asunto, su respuesta ha dejado bien clara su visión del deporte: se me pidió que crear un equipo campeón y lo he hecho, ya que no se puede ganar una competición como un mundial o unas olimpiadas si no eres capaz de superar tu propio umbral del dolor. Algo que no responde directamente a la pregunta sobre las hipotéticas vejaciones y humillaciones a sus pupilas, pero que deja bastante claro el asunto. Ganar. De esto es de lo que se trata en el deporte. Y habrá muchos que piensen que esto es algo indudable desde hace décadas o siglos: ganar es lo que importa. Nadie se acuerda nunca del segundo puesto, y mucho menos del cuarto. Pese a todo, no se puede ignorar lo que viene siendo el discurso “oficial” de los deportistas y del olimpismo en particular: lo importante es participar. ¿En qué quedamos entonces, cuántos “límites” es razonable superar para alcanzar la “gloria” olímpica”.
No sé si lograríamos un acuerdo en torno al dopaje. Aunque el discurso “oficial” parece rechazar esta práctica, los hechos parecen demostrar que si a los deportistas se les asegura que no van a ser detectados, están más que dispuestos a ingerir cuantos productos sean necesarios. Lo que sea con tal de ganar. Pero no es este el tema de hoy. Volvamos a las prácticas humillantes y vejatorias. La teoría, al menos la teoría, dice que el deporte es también una escuela de enseñanza moral. Cuántas veces hemos visto anuncios, reportajes o documentales que nos hablan de los valores del deporte: sacrificio, renuncia, esfuerzo, colaboración y un largo etcétera de palabras bonitas, que forman ya parte de la mercadotecnica deportiva. Luego resulta que no es así: que la competición de élite pasa, si nos fiamos de la exselecionadora, por ayudar a “superar el umbral del dolor”, lo que se concreta, siguiendo ahora a las jóvenes que competían, por insultos y vejaciones de la más diversa índole. En otras palabras: el deporte que quiere ser un modelo de humanidad esconde tras de sí prácticas inhumanas. Algo que en el campo de la psicología se conoce bien: abuso de autoridad. Son varios los experimentos que demuestran la brutalidad del ser humano a este respecto. La explicación posterior le resulta muy familiar a la que lograra la “gloria” con el equipo nacional: “me dijeron que lo hiciera así”. “Tenía la orden de hacer un equipo campeón”.
Ahí va un brindis al sol: de la misma forma que se persigue el dopaje en el deporte, deberían existir “comisiones éticas”, responsables de garantizar que los diferentes equipos entrenan respetando la integridad de las personas que compiten, y que derechos humanos fundamentales se respetan durante los entrenamientos. Dicho de otra forma: que todos aquellos que vemos competir en una olimpiada son personas, y no monstruos o animales de circo, a los que se roba la infancia y la adolescencia para que acudan a competir en busca de no se sabe muy bien qué gloria. Después de oler la visión del deporte de la antigua seleccionadora, que a buen seguro será compartida por una gran mayoría de los que se dedican al deporte de competición, dan ganas de lanzar un mensaje bien claro: es mejor no ganar ninguna medalla, que construir las victorias sobre la explotación y la exigencia irracional. Se ve que hace ya años se quedó obsoleto el viejo lema del deporte: mens sana in corpore sano. Si se asocia el deporte con ganar a toda costa, incluso maltratando a los deportistas, habría que reformularlo: mens insana in corpore sano. Probablemente, una frase empapada de ingenuidad, ya que parece presuponer que el deporte de alta competición es sano para el cuerpo. Algo está podrido en el mundo del deporte, pero quizás sea preferible mirar para otro lado mientras la gallina de los huevos de oro mutada en derechos televisivos y audiencias millonarias siga proporcionando un beneficio económico considerable.

| by Jaime Francés Durá |

ENAMORAR-SE
Taller dinamitzat per l’equip de filòsofs de Granollers format per Mariano Fernández, Joan Carles Gómez i Joan Méndez Camarasa.
Entrada lliure.
El actual proyecto de ley en torno a la transparencia es uno de los instrumentos del combate por mejorar la calidad de nuestras democracias. Tiene su origen en aquel principio ilustrado según el cual la vida democrática debería desarrollarse, en expresión de Rousseau, “bajo los ojos del público”. Desde entonces las sociedades han evolucionado mucho, y aunque se han vuelto más complejos los problemas a los que se enfrentan y los sistemas de gobierno, las exigencias de publicidad no han disminuido, sino todo lo contrario. Vivimos en una “sociedad de la observación” que consiste en la imparable irrupción de las sociedades en la escena política. Los sistemas políticos son crecientemente, desde el ámbito doméstico hasta el espacio global, lugares públicamente vigilados.
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Como persona, señala Rees, Hitler era bastante lamentable. Un tipo psíquicamente “muy dañado”, incapaz de amistades y afectos verdaderos, bañado en odio y prejuicios. “Solitario y con una visión de la vida como lucha y de los seres humanos como animales". Pero tenía carisma. "Solemos creer que el carisma es un valor positivo, pero lo pueden poseer personas despreciables", reflexiona. Rees "Lo más importante que hay que entender del carisma de Hitler es que dependía de la gente. El carisma no existe sin conexión. No se puede ser carismático en una isla desierta. Buena parte lo pone el otro". Vaya, como el amor. "Sí, la idea es que cuando sentimos una conexión especial con alguien creemos que depende de ese alguien pero en realidad depende en parte de nosotros. El carisma de Hitler procedía tanto de la gente que lo seguía como de él. Por eso ahora no lo percibimos en fotografías o películas. No nos habla a nosotros. No somos de su tiempo. Lo que ha cambiado no es él, sino la percepción que tenemos de él".

En principio, se suele contraponer el plano de los sentidos, el de la percepción, al intelecto. Por un lado la sensibilidad, por otro la cabeza. Aunque sobre esto ha habido muchas polémicas. El racionalismo, sobre todo Descartes, cree que entre sensibilidad y pensamiento no hay una diferencia irreductible, sino más bien de grado. La percepción entregaría de modo "confuso" lo que el pensamiento capta de modo "claro y distinto". El empirismo de Hume, sin embargo, piensa que los sentidos son irrebasables. Según él la percepción nos rodea por doquier, es el origen indiscutible y la prueba final de cualquier idea. Aunque cree que existe una forma a priori de la sensibilidad, Kant sigue en parte al empirismo, pensando que la sensibilidad, una percepción en la que somos básicamente pasivos, es insuperable.
La suma de pequeñas acciones cotidianas puede contribuir a reducir las agresiones medioambientales y mantener el equilibrio ecológico.
La Tierra, nuestra casa común, merece que todos los días sean su día. Las continuas agresiones a las que se ve sometida por la acción humana han alcanzado límites insospechados hasta hace pocos años. Por ello, y más allá de las acciones que emprenden (o dejan de emprender) los responsables políticos , es mucho lo que cada uno de nosotros puede hacer en beneficio del planeta.
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¿Cuánto contamina nuestro coche?
Profes.net / Alejandro Feijoo
Con motivo del Día Mundial del Libro y del Derecho de autor, que se celebra hoy, recomendamos Los pequeños platones, una colección de libros publicada en España por la editorial Errata Naturae que tiene el objetivo de acercar a los niños la vida y el pensamiento de algunos de los grandes filósofos de la historia.
Los pequeños plantones es una colección de la editorial Errata Naturae pensada para niños de entre 9 y 13 años. Se trata de historias muy visuales, en las que la ilustración juega un papel fundamental, con el propósito de hacerlos más atractivos para los niños.

En origen, Les petits platons es un proyecto editorial francés dirigido por el profesor y editor Jean Paul Mongin, que vio la luz en Francia hace tres años, con gran éxito, y se ha traducido ya a veinte lenguas. Un día loco en la vida del profesor Kant, El filósofo-perro frente al sabio Platón y El fantasma de Karl Marx son algunos de los títulos de que consta la colección.
El proyecto se inspira en las propuestas de Matthew Lipman, filósofo y pedagogo norteamericano que planteó la enseñanza de la Filosofía en la escuela. Los libros cuentan con guías didácticas que pueden ayudar a padres y educadores a orientar la lectura de los niños.
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