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He conocido, tratado y admirado a varias personas extraordinaria, sabias, amenas y cordiales: Yolanda García López (que se ha pasado de los visigodos a Empédocles), Enrique García-Máiquez (al que tanto me apetecía conocer), Cesáreo Bandera (El Quijote, por montera), José María Anguita (o la consolación de la filosofía), Armando Pego (anduvimos ejerciendo de peripatéticos en torno a la catedral hablando de silencios), Miguel d'Ors (que cuando mueve las manos parece que le gotean versos de entre los dedos). Ocurrió -y esto no ocurre con frecuencia- que a los diez minutos de conocernos ya parecía que llevábamos intimando media vida.
Discutimos de lo divino y de lo humano (de los nuevos columnistas de la prensa española, de antiguos poetas, de Magris...) y hasta nos dio tiempo para polemizar sobre la felicidad con dos profesores del College of William and Mary, de Williamsburg, varados junto al apóstol.
Son muchos los lugares de peregrinación en Santiago
García-Máiquez, amarrándonos al pilón de sus versos.
El hombre del faro de la isla de Ons, a quien tanto admiro. Aunque sólo hubiera sido para poder darle un abrazo, ya hubiera merecido la pena el viaje.