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Allò que ets no ho pots veure, allò que veus és la teva ombra.

El bé pot resistir derrotes; el mal no.

Com més grans som en humilitat, més a prop som de la grandesa.

Els homes són cruels, però l'home és bo.

És fàcil parlar quan no volem dir tota la veritat.

La lloança m'avergonyeix perquè la desitjo en secret.

La vida ens és donada, i ens fem mereixedors donant-la.

L'home aixeca barreres contra ell mateix.

L'home és un infant; el seu poder és el poder de créixer.

No posis el teu amor en un precipici només perquè sigui alt.

Si plores de nit perquè no hi ha sol, les llàgrimes no et deixaran veure els estels.

Si tanques la porta a tots els errors, deixaràs fora la veritat.

Per assolir el moment de la realització has de travessar el desert dels anys estèrils.

Precioso es el don de la fruta, dulce el de la flor; pero yo quisiera poder regalar el de la hoja, esa humilde amistad de su sombra.

Hazme tu cáliz, y que mi plenitud sea para ti y para lo tuyo.

¡Déjame que crea que una de esas estrellas guía mi vida por el misterio oscuro!

No porque arranques sus hojas a la flor, cojerás su hermosura.

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Un héroe japonés muy conocido es Momotaro (momo, melocotón; taro, hijo mayor), cuyo nombre es generalmente traducido al español como "meloconcito". Es conocido en las historias como un asesino de demonios, el auténtico "matagigantes".

La leyenda cuenta que cierto día un anciano leñador partió en busca de leña mientras su mujer lavaba la ropa en el río. Después de finalizar su tarea la mujer observó un gigantesco melocotón que bajaba por el río. Con ayuda de un palo largo lo llevó a casa donde, tras haberlo lavado, lo puso delante de su marido cuando regresó al hogar para cenar. No había comenzado el leñador a cortar el melocotón cuando un bebé surgió del hueso. La pareja, al no tener hijos, se pusieron muy contentos y lo tomaron como un regalo de los cielos, creyendo que les había sido enviado para consolarles y ayudarles cuando se hicieran demasiado viejos para trabajar.
Momotaro, "el hijo mayor del melocotón", como le llamaban, creció hasta convertirse en un jovencito muy fuerte y valiente que realizó hazañas de gran energía que hicieron que todos le admiraran.
Llegó un día en el que, para aflicción de sus padres adoptivos, les anunció que había decidido irse de casa para marchar a la isla de los Demonios decidido a llevarse una parte del tesoro que allí había. Esto parecía muy peligroso y la pareja de ancianos trató de disuadirle. Momotaro, sin embargo, se rió de su miedo y les dijo: "Preparadme unas tortas de mijo. Necesitaré comida para el camino."
Su madre adoptiva le preparó las tortas y le deseó todo lo mejor. Entonces Momotaro se despidió de los ancianos de una manera muy cariñosa y se puso en camino.
Aún no había recorrido un trayecto muy largo el joven héroe cuando se encontró con un perro que le ladró: "¡Guau! ¿Adónde vas, hijo del melocotón?"
Respondió el muchacho. "Voy a la isla de los Demonios en busca del tesoro."
"¡Guau! ¿Qué llevas?"
"Llevo tortas de mijo que me hizo mi madre. Nadie en Japón hace mejores tortas que ella."
"¡Guau! Dame una y te acompañaré a la isla de los Demonios."
El muchacho dio al pero una torta y éste le siguió pegado a sus talones.
No había ido Momotaro muy lejos cuando un mono que estaba en un árbol le chilló diciendo: "¡Kia!, ¡Kia! ¿Adónde vas, hijo del melocotón?"
Momotaro le respondió de la misma manera que había hecho con el perro. El mono le pidió una torta prometiéndole unirse a la expedición, y cuando la recibió se puso en marcha con el chico y el perro.
El siguiente animal que se dirigió al muchacho fue un faisán: "¡Ken! ¡Ken! ¿Adónde vas, hijo del melocotón?"
Momotaro se lo dijo y el ave, tras recibir la consabida torta, acompañó al chico, al perro, y al mono en la busca del tesoro.
Cuando llegaron a la isla de los Demonios, se dirigieron a la fortaleza en la que el rey de los Demonios residía. El faisán entró volando para ejercer de espía. Después el mono trepó por el muro y abrió la puerta de manera que Momotaro y el perro pudieran entrar sin ninguna dificultad. Los demonios, sin embargo, vieron a los intrusos e intentaron matarlos. Momotaro luchó intensamente, ayudado por los animales, y pudo matar o dispersar a los demonios. Pudieron, entonces, penetrar en el palacio real e hicieron prisionero a Akandoji, el rey de los demonios.
Este gran demonio estaba a dispuesto a blandir su terrible porra de hierro pero Momotaro, que era un experto en la lucha jiu-jitsu, atrapó al demonio y loe derribó. Con la ayuda del mono pudo atarle.
Momotaro amenazó con matar a Akandoji si éste no revelaba dónde estaba escondido el tesoro.
El rey ordenó a sus sirvientes rendir homenaje al hijo del Melocotón y que le trajeran el tesoro en el que venía incluido el gorro y el abrigo de la invisibilidad, joyas mágicas que controlaban el flujo y el reflujo del océano, gemas que brillaban en la oscuridad y proporcionaban protección contra todo mal a todos los que las llevaran puestas, caparazones de tortuga, amuletos hechos de jade y una gran cantidad de oro y de plata.
Momotaro tomó tanta cantidad del tesoro como pudo llevarse y regresó a casa siendo un hombre muy rico. Construyó una gran casa donde vivió con sus padres adoptivos y les proporcionó todo lo que desearon mientras vivieron.

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Debo confesar que nací a una edad muy temprana.

Disculpen si les llamo caballeros, pero es que no los conozco muy bien.

Me casé por el juzgado. Debería haber pedido un jurado.

La humanidad, partiendo de la nada y con su sólo esfuerzo, ha llegado a
alcanzar las más altas cotas de miseria.

No piense mal de mí, señorita. Mi interés por usted es puramente sexual.

Perdonen que no me levante. (Epitafio de Groucho)

El matrimonio es la principal causa del divorcio

Éstos son mis principios; si no le gustan, tengo otros

Inteligencia militar son dos términos contradictorios

Detrás de cada hombre hay una gran mujer. Detrás de ella, está su esposa

Conozco a centenares de maridos que serían felices de volver al hogar si
no hubiese una esposa esperándoles

Hay muchas cosas en la vida más importantes que el dinero. ¡Pero cuestan
tanto!

Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una
pequeña mansión, una pequeña fortuna…

¿Le molesta que no fume?

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