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penas disuelta la URSS, Francis Fukuyama sorprendió con una discutida aseveración sobre el fin de la historia. Su nombre ha quedado asociado a aquella contestada profecía sobre la democracia liberal como ´acontecimiento final´de la humanidad. Su polémico pensamiento merece ser revisitado
La del fin de la historia quizá era la metáfora que convocaba a las elites a guiar una nueva travesía del desierto


ENRIC JULIANA - LA VANGUARDIA -16/02/2005

A Francis Fukuyama le correspone el mérito de haber popularizado una de las provocaciones que, en los últimos veinte años, más han puesto a prueba el sistema nervioso de la intelectualidad europea, aparentemente muy experimentada en el juego transgresor. Para muchos sólo fue un mero enunciado, un flash, una frase lapidaria -"la historia ha terminado"- que apuntaba a una lectura descaradamente distinta del mundo en un momento de esperanza, perplejidad y desconcierto en el tablero mundial. Ante el colapso final de la Unión Soviética, el orden de las emociones variaba según los países y las escuelas de pensamiento, pero en ningún caso se alteraba el producto: un azoramiento generalizado.

El célebre artículo sobre el fin de la historia fue recibido como una auténtica afrenta por todas las corrientes emparentadas con el marxismo. También por aquellas que veían en el derrumbe de la Unión Soviética una bendición del cielo que dejaba finalmente expedito el camino para la socialdemocracia y sus bondades equilibradoras. Tampoco gustó al catolicismo social, ya en aquellos momentos muy baqueteado por el nuevo curso del romano y polaco pontífice. Y ni siquiera emocionó a la democracia cristiana de corte más convencional, entonces entusiasmada a la entronización de la Vírgen María en el glacis ex soviético.

Tanto para los herederos de la izquierda hegeliana como para los albaceas del Concilio Vaticano II afirmar el final de la historia era un atrevimiento sólo concebible por una cabeza de huevo norteamericana. Fukuyama provocó acidez de estómago y no tardó en ser objeto de burla y sarcasmo cuando, apenas arriada la bandera roja del Kremlin, Yugoslavia comenzaba a arder en llamas: ¡toma final de la historia!

Después de la Unión Soviética vinieron las montañas rusas.Muy lejos de la balsa de aceite imaginada por la utopía marxista al formular la hipótesis de una sociedad comunista y más lejos todavía -es un suponer- de los tiempos del Juicio Final, del Acontecimiento Definitivo que nos congregará algún día a todos y a todas en el valle de Josafat, el mundo más bien se asemeja hoy aun tíovivo con los frenos rotos. Al caos que Robert Kaplan auguraba en La anarquía que viene,ensayo publicado en 1994 en The Atlantic Monthly después de que Fukuyama hubiera elaborado los quince folios de su profecía sobre la democracia liberal como remanso final de la historia.

Dado que ambos autores han sido etiquetados como neoconservadores, estaríamos ante un interesante dilema: o bien el encasillamiento no es del todo correcto o bien el movimiento neocon presenta una sugerente pluralidad interna que permite que algunos de sus intelectuales canten la cercanía de la Nueva Jerusalén liberal, mientras otros pronostican, con igual fervor, el retorno de las siete plagas de Egipto. En uno u otro caso, sijn embargo, el mito de la Tierra Prometida sigue en pie.

Quizá Kaplan y Fukuyama hablen de una misma realidad y de un mismo proyecto. El primero, con buena pluma de periodista y con excelentes informes del Pentágono sobre la mesa, oteando, realista, el horizonte; el segundo fabricando metáforas para la recarga del debate ideológico.

El mundo anárquico y con serios riesgos de desagregación estatal que hace más de diez años anticipaba Kaplan legitima la reivindicación del estado-nación como único garante de la civilización occidental, que plantean Fukuyamay de todos demás los autores de la órbita neocon.

La paradoja consiguiente es fácil. Quizá demasiado. Mientras la Unión Soviética daba sentido a sus contrafuertes europeos: la socialdemocracia y la doctrina socialcristiana, el conservadurismo norteamericano era profundamente antiestatalista. Pero muerto el perro, se acabó la rabia. Liquidada la URSS y abierto un periodo de grandes incertidumbres (y acaso de esperanzas, por qué no), el estado-nación debe rearmarsec omo garante de un orden básico amenazado por las nuevas entropías. Pero ello no quiere decir que los conservadores añoren el estado social protector, ese modelo europeo cuya viabilidad pasará una dura prueba en las próximas décadas. La cuestión no es ampliar la Seguridad Social, sino garantizar la ejecución de las leyes, precisa Fukuyama.

Ojo, por tanto, con las caricaturas fáciles. Hay un pensamiento Fukuyama, como hay, con todos sus matices y posibles contradicciones, un sólido pensamiento neoconservador que reivindica el imperio de las elites en la actual travesía del desierto: ¡Moisés, Moisés! |


 

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