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A los veinte años de su muerte, Michel Foucault no deja de crecer. Murió el 2 de junio de 1984, pero ahora ya sabemos que no se puede pensar al individuo contemporáneo sin él, porque nuestra visión del mundo está ligada a su trabajo y porque muchas de sus preocupaciones de ayer nos marcan el presente. La biopolítica es una de ellas, quizás la más acuciante. Pero también la locura y la exclusión, la justicia y el castigo, la medicalización y la ética, las formas de vida y el cuidado de sí. No se trata de una vuelta a Foucault, porque nunca hemos salido de su universo, aunque sí, tal vez, valga la pena volver a leer el presente con sus ojos

Cuando murió Foucault, se le enterró deprisa; como con un consternado alivio ante ese repentino silencio

A pesar de todas sus enseñanzas, sigue sin formar parte de la cultura oficial, de la cultura establecida

MIGUEL MOREY - 19/01/2005 LA VANGUARDIA


Poco a poco nos hemos ido dando cuenta de lo curioso que es el destino del filósofo en una cultura de la velocidad de la luz como la nuestra. Cuando murió Foucault, se le enterró deprisa. Como con un consternado alivio ante ese repentino silencio. Cuando cuatro meses después François Ewald, que había sido su adjunto en el Collège de France, acudió a Barcelona con ocasión del primer encuentro dedicado a su memoria, comentaba que era impensable celebrar algo parecido en París por el momento. Salvo para cuatro íntimos, Foucault estaba muerto y enterrado. Incluso quienes habían aprendido de él comenzaban a usar su trabajo sin nombrarlo, las más de las veces en el marco del complot académico-administrativo. Pronto, el morbo (el mismo con el que la prensa rodeó sus últimos días, desde su ingreso en Sainte Anne hasta su muerte a causa del sida), el mismo morbo comenzará a promover la publicación de los primeros testimonios íntimos y biografías. El nombre de Foucault se entregaba así a un público con el que éste no contaba, un público para el cual Foucault no quería contar. La rotura del pacto de anonimato que siempre había solicitado desde sus libros, curiosamente, aun ofreciéndolo al gran público, lo enterraba más y más en el silencio.

No fue sino cuatro años más tarde cuando pudo París rendir homenaje a la memoria del filósofo, y aún lo hizo a su manera. Convocado por el procedimiento del boca a oreja, el primer congreso internacional Michel Foucault se celebró de un modo casi clandestino, una reunión de amigos y conocidos, por más que fuera una reunión memorable. Las comunicaciones y debates tuvieron un nivel y una audacia inusuales. Gilles Deleuze improvisó una clase magistral de una belleza inaudita. Georges Canguilhem y Paul Veyne, desde la mesa, y Jean-Pierre Vernant desde el público acabaron por componer un retrato del amigo de una estremecedora viveza. Tampoco Pierre Boulez faltó a la cita. Incluso Richard Rorty bendijo la entrada del discurso de Foucault en los USA, a condición de poner Dewey allí donde Foucault escribía Nietzsche. François Ewald y demás amigos del futuro Centre Foucault estaban felices, pero mucho más por la intensidad intelectual del acontecimiento que por las expectativas cara al futuro, ante las que se mostraban bastante escépticos. Era evidente que Foucault nunca formaría parte de la cultura oficial, no se trataba de eso. Sabíamos de sobra que incluso su ámbito de investigación había desaparecido institucionalmente con él. Por más hermosa que fuera, aquella sanción pública del trabajo de Foucault no hacía otra cosa sino dejarlo en disponibilidad latente, a la espera de alguna actualización dramática que lo emplazara de nuevo como interlocutor en el dominio de la opinión pública, acompasándolo a las condiciones del presente. No cabía pensar en otra forma de posteridad. Pero para ello se exigía un sentido nietzscheano de la crueldad para con uno mismo que se estaba muy poco dispuesto a asumir. En este punto, era imposible no pensar en Georges Bataille, en su arte de la transgresión como experiencia de la práctica no dialéctica del pensamiento, con sus iluminaciones y sus impasses. Era imposible no recordar el modo cómo pesaba sobre Foucault la filiación nietzscheana del filósofo como animal de conocimiento, condenado a hacer experimentos consigo mismo. Su testamento intelectual no dejaba lugar a dudas al definir el envite actual de la práctica filosófica, no tanto del lado de la legitimación de lo que ya se sabe, cuanto del trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo, en la tarea de saber cómo y hasta dónde sería posible pensar de otra manera. En realidad, este derecho fundamental de la práctica filosófica (explorar lo que puede ser cambiado en el propio pensamiento) le impone un carácter decididamente sacrificial, y en antagonismo abierto con los consensos de la opinión pública. Ésta responderá a su vez acogiendo esa voz un instante para dejar que se pierda luego en beneficio de otra cualquiera más actual, importa poco que el nuevo discurso nazca con las premisas ya refutadas por algún razonamiento anterior. Sin duda el límite puede ser transgredido, pero se recompone de inmediato a las espaldas de un transgresor cuyo gesto se pierde así en lo ilimitado.

Veinte años después, en febrero del pasado año, en el marco del primer coloquio internacional Michel Foucault, en Ciudad de México, Daniel Defert, coeditor junto a F. Ewald de los Dits et Écrits de Foucault, comentaba desolado un nuevo sarcasmo histórico a la memoria de Foucault: la compra por parte del estado de su casa natal, en Poitiers, para establecer en ella la futura sede de la dirección de establecimientos penitenciarios. No, decididamente, Foucault sigue sin formar parte de la cultura oficial, de la cultura establecida. Y lo que es peor, a pesar de todas sus enseñanzas, nuestra percepción de lo intolerable continúa tan embotada como antes de que publicara su primer libro. Sin duda estamos asistiendo en estos tiempos a una vasta y silenciosa mutación política de nuestra experiencia (un minúsculo botón de muestra tan sólo: en un abrir y cerrar de ojos y en medio de un asentimiento generalizadamente creciente, hemos visto como en la figura del fumador un ser humano era estigmatizado a causa de sus costumbres a la vez como vicioso, enfermo –actual y virtual– y malhechor. ¿Cabía imaginar tal cosa veinte años atrás?). Aunque, bien pensado, estos lodos son hijos de un polvo antiguo. Aquí mismo, en este país, hemos tenido que ver cómo se construía su autonomía al compás de una consigna que presumiblemente encarnaba la voluntad popular, la normalización. Y muchos recordarán todavía los carteles con la niña Norma sentando doctrina. Como también muchos recordarán el nombramiento como conseller d'Educació encargado de capitanear la reforma escolar de un técnico en establecimientos penitenciarios, más o menos el mismo año en el que el pensamiento de Foucault era tema para los exámenes de la selectividad…

En cierto sentido, el sarcasmo histórico importa poco. Lo importante es sin duda lo que la posteridad del filósofo en esta cultura de la velocidad de la luz revela sobre nuestro propio destino.

Miguel Morey es catedrático de Filosofía en la Universitat de Barcelona. Autor de ‘Lectura de Foucault’ (Taurus, 1983), ha traducido, prologado y editado en castellano algunos textos esenciales de Foucault, como los recogidos en el volumen ‘Entre filosofía y literatura’ (Paidós, 1999)

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