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1. Introducción al problema.

Nos enfrentamos a un problema (aporía lo llamaban los griegos) y como toda aporía, puede presentar más de un camino a tomar, es decir, pueden manejarse varias respuestas. Ello no implica situarse en una postura ecléctica, sino comprender que cuando de ética se habla y se estudia, las formas de razonamiento nunca podrán ser demostrativas, apodícticas, que se imponen por evidencia. Habrá que razonar en forma argumentativa, es decir, con argumentos que podrán ser más o menos fuertes según el grado de persuasión o convicción que generen. Pero habrá que tener siempre claro que estas formas de razonar, los argumentos, deberían ser siempre abiertos, sujetos a revisiones, a críticas orientadas al mejoramiento de esos mismos razonamientos. Esto, insisto, no es sinónimo de relativismo, sino de apertura mental y de tolerancia, elementos básicos para que las ciencias en general progresen.

2. Lo que está en juego.

Lo que en definitiva se plantea en torno al tema de la ética es si puede hablarse de ética o de éticas.
Si cabe considerar una ética aplicable a grupos humanos diferentes o no.
Desde ahora les doy mi respuesta, y es que en los temas esenciales, que giran en torno a la convivencia pacífica y justa de los hombres, no cabe hablar de éticas en plural sino de una ética, que por otra parte, viene siendo estudiada desde hace más de dos mil años. No se trata entonces de plantearnos los temas de la ética porque ella está ahora de moda, porque suena bien, porque está en el candelero. Esto no sería ética sino etiquética; una postura pseudoética que se pone y se quita como las etiquetas, y a las que les cabría diferentes contenidos según las circunstancias, épocas y lugares. La ética a la que yo me refiero es la que ha inundado nuestra cultura occidental desde que Sócrates, Platón y Aristóteles se ocuparon de ella. En otras palabras, la ética de la que nos vamos a ocupar es la que estudia la conducta humana en cuanto a la bondad o maldad y rectitud o no de esa conducta, tanto en actos como en omisiones. Esta ética presupone una antropología. Es decir, una concepción del hombre entendido como poseedor de sentidos, razón, sentimientos y voluntad. Estos cuatro elementos lo determinan, lo constituyen de una determinada manera: es un ser racional dotado de voluntad y por ello es un ser responsablemente libre. Somos seres éticos por ser libres y responsables. No cabe hablar en el ser humano de libertad sin responsabilidad, pues ello sería un sinsentido. Todo acto libre, por otra parte, supone renuncia. Cada vez que elegimos, renunciamos a otras opciones y no por ello somos menos libres, sino que por el contrario con dichas renuncias estamos reafirmando nuestra libertad.

3. La empresa económica personal como modelo de virtudes.

Michael Novak, teólogo y director de estudios sociales y políticos en el American Enterprise Institute de Washington, afirma que la primer noción que debemos tener del término "empresa" no es la de una reunión de personas concertadas para un fin común en un espacio concreto y determinado. Antes que eso, la fundamental noción de empresa es la de libre iniciativa personal, libre emprendimiento individual. Es el individuo como tal quien al tener nuevas ideas, invenciones, creatividad, pone en marcha una empresa, un proyecto que luego sí podrá ser unipersonal o pluripersonal. Por lo tanto, para Novak, la iniciativa económica personal es un derecho humano fundamental, tan importante como muchos otros derechos llamados "humanos". Y Novak va más lejos aún; sostiene que esa empresa económica personal es una "virtud moral e intelectual, modelo de todas las otras virtudes económicas..." Por ello, cuando en un país no se fomenta o directamente se traba o se sofoca el ejercicio de esa virtud, vista como iniciativa, emprendimiento o creatividad, no sólo "se viola un derecho humano fundamental, sino que se atenta y perjudica al bien común, condenando a los individuos a vivir en economías estancadas, poco creativas y espiritualmente alienadas..."

Comparto plenamente esa visión del individuo y de la economía. Basta para reforzar el enfoque de Novak con ver lo ocurrido en tantos países en los que durante décadas se suprimió la libre iniciativa y la competitividad que apunta a la mejoría y la excelencia. Sus integrantes se olvidaron (si es que alguna vez lo habían aprendido) de trabajar para mejorar ellos y su entorno. Durante décadas se acostumbraron a la ley del mínimo esfuerzo, a nivelar hacia abajo, sin aspiraciones ni desafíos de clase alguna. ¿Acaso es posible desarrollar virtudes económicas en un régimen que no estimula la creatividad, la iniciativa o la sana competencia?

Ahora bien, ese derecho y deber de iniciativa personal, ese emprendimiento no puede realizarse de espaldas a los derechos y necesidades de los demás. No puede construirse, salvo por corto tiempo, descuidando o mejor dicho avasallando la felicidad y el bienestar de quienes nos rodean. Pues la persona que así lo hace está continuamente expuesta a que otro más fuerte o más listo (entendiéndose como más deshonesto) que él, a la corta o a la larga le pague con la misma moneda; y esto es convertir a las sociedades y a las empresas en reinos de la selva. Por ello es que muchas sociedades y empresas han comprendido que una base firme en lo ético, una defensa de principios y valores claros y objetivos, una inversión fuerte en materia de virtudes tales como la honestidad, es apostar a largo plazo para tener un retorno mucho más interesante: el retorno de la credibilidad en el mercado y del respeto al consumidor y al competidor. Estos retornos son mucho más significativos que la mera ganancia puntual y momentánea.

4. Los valores en cuestión.

Nos hemos referido a las nociones de bien y de mal. Son un valor y un disvalor respectivamente. Como lo son también las nociones de verdad y falsedad. Las sociedades en general apuntan a esos valores y tratan de evitar sus contracaras. Y aquí es donde nos sumergimos en el problema: ¿Cabe hablar de valores objetivos, o son relativos? La pregunta así planteada puede conducirnos a error o confusión. Porque los valores pueden ser a la vez objetivos y relativos y esto no es una contradicción. Pueden ser objetivos si admitimos que el bien y la verdad son valores que se descubren, que se buscan y se van develando a medida que el progreso científico y tecnológico permite quitar velos a lo que antes estaba oculto. Pero siguen siendo objetivos: están ahí, fuera del sujeto que los va descubriendo. La postura contraria es la que sostiene que la verdad y el bien son valores que se construyen, que el hombre va edificando por sí y para sí. En lo personal, considero a esta postura mucho más insegura, pues si cada individuo puede ser arquitecto de sus propias verdades y de sus propias nociones de lo que está bien o mal, ¿quién puede impedirle destruir mañana lo que hoy ha construído...? Por tanto, una cosa es decir que la verdad y el bien son la adecuación del intelecto a la realidad, y otra muy distinta es sostener que verdad y bien son la adecuación de la realidad a mi intelecto, a como yo quiero considerarlos…

Al mismo tiempo, la noción de bien es relativa, pues siempre está relacionada con algo o con alguien en particular. Una medicina puede ser buena para una persona y contraindicada para otra. Yo soy padre en relación a mis hijos y profesor en relación a mis alumnos. Siempre lo relativo es relativo a algo, a otra cosa. La clave es que el instrumento de medición de esa relación sea siempre el mismo y sea universalmente aceptado. Yo no puedo medir las distancias en centímetros y pulgadas al mismo tiempo; debo elegir y una vez que elegí debo mantenerme en el empleo del instrumento elegido. Pues bien, el instrumento para medir las acciones de los hombres conviene que sea una ética objetiva, la cual asegura que no habrá subjetividades y cambios repentinos fruto de vaivenes y vientos coyunturales. En definitiva, a lo que apunto es a no confundir lo relativo con el relativismo, que todo lo acepta y todo lo adapta a sus propios enfoques: Si lo bueno o malo depende de mis puntos de vista y allá cada uno, el desenlace no podrá ser otro que el caos y la ley del más fuerte o del más listo.

5. La universalidad como regla de objetividad.

La mejor receta para descubrir la objetividad en el bien y el mal ya la planteó Kant a fines del siglo XVIII cuando propuso medir si una conducta era buena o mala en base a si era universalizable: El mentiroso, el ladrón de información confidencial, de programas y sus desarrollos, el saboteador de sistemas de redes informáticas, el que atenta contra la intimidad y dignidad de las personas o las instituciones (familia o Estado), ¿está dispuesto a que le jueguen con esas mismas reglas? Si no lo está es que su accionar no es generalizable y por lo tanto es tramposo. En definitiva se trata de aplicar la regla - vieja como el mundo - de no hacer a los demás lo que no nos gusta que nos hagan a nosotros. La mentira, la degradación, el hurto o sabotaje de información, no pueden ni han sido jamás reglas universalizables. Es en la universalidad de las reglas a aplicar que uno puede medir si las conductas son objetivamente buenas o malas. Y es también colocándose en el punto de vista de quien padece una acción o conducta que puede evaluarse si dicha acción o conducta es buena o mala objetivamente. El que realiza espionaje informático o el invasor de la intimidad ajena, ¿acepta que se le apliquen las mismas reglas de conducta que él está aplicando...?

6. La educación de las virtudes humanas y de la conciencia.

La ética, al igual que la informática, es educable. Uno no nace sabiendo manejar un PC y sabiendo navegar por Internet de la misma forma que no nace prudente, honesto o justo. Nos vamos haciendo prudentes, templados o justos en la medida que nos acostumbramos a practicar, a vivir hábitos operativos positivos (virtudes). El problema es que al ser individuos de costumbre, también podemos acostumbrarnos a lo negativo: a desarrollar hábitos operativos negativos (vicios) tales como la imprudencia o la injusticia. La clave no está en acostumbrarse a la violencia, al robo de información, a la pornografía, al sabotaje o a la inseguridad en las comunicaciones. La clave está en descubrir si esos fenómenos son buenos en sí mismos, si atentan contra el bien común. Por bien común entiendo el conjunto de condiciones materiales y espirituales que pueden permitirle a un individuo o reunión de individuos un mayor grado de bienestar, de felicidad. Por ejemplo, la honestidad o el respeto por la dignidad de los demás son condiciones espirituales que permiten un mayor grado de felicidad en una comunidad dada. Para ir logrando esas condiciones espirituales, hay que conocer y vivir (teoría y praxis) virtudes concretas: justicia en primer lugar, prudencia, fortaleza, humildad y muchas otras. Y la manera de conocerlas y practicarlas es educando, formando a la conciencia individual. La conciencia es esa luz del intelecto que puede iluminar nuestras acciones u omisiones para decirnos si han sido, si son o si serán buenas o malas. Como cualquier otro instrumento (por ejemplo, una linterna) podemos emplearla bien o mal; la conciencia, como la linterna, puede tener sus pilas más o menos cargadas. Todo dependerá de cada uno, si quiere o no cargarlas. Incluso a veces apagamos la linterna y no la usamos, pues así nos molesta menos, no nos incomoda y actuamos engañando a nuestra conciencia para convencernos de que hicimos lo que teníamos que hacer. ("Si todos lo hacen, yo también tengo el derecho de hacerlo, y no sólo el derecho sino la obligación de realizar este fraude, esta manipulación, esta apropiación indebida…")

7. Objetivo y finalidad de la ética.

Todas las razones antes vistas reclaman un replanteo de los temas vinculados con la ética. Pienso que ese replanteo debe apuntar a dos aspectos: 1) Hacia un objetivo y 2) Hacia una finalidad.

1) El objetivo debería ser profundizar el tema de la higiene. Durante mucho tiempo - siglos - la higiene ha sido un aspecto que ha quedado muy descuidado. Me refiero a la higiene exterior, al cuidado del cuerpo, a la salubridad. El baño corporal hasta no hace mucho, era un acontecimiento excepcional, que se daba muy de vez en cuando. Ni hablar de la higiene bucal, que recién en este siglo comienza a ser tratada seriamente. ¿Y qué ocurría antes? Lo normal era que se pudrían y se caían todos los dientes... No hace tanto que se inventaron las heladeras para preservar los alimentos, o las rosetas para darse una ducha todos los días... Ahora ocurre que nos fuimos para el otro extremo. Hemos hiperdesarrollado el culto a la higiene exterior, el culto al desarrollo del físico y de la silueta tanto femenina como masculina. Me parece muy bien... ¿Pero y de la higiene interior, qué? ¿Estamos haciendo algo por cultivar esos aspectos interiores que tienen que ver con la higiene del espíritu, del fondo de las personas y no meramente de sus formas? Pues si no lo estamos haciendo, algo mucho más importante que los alimentos y los dientes les aseguro que se nos puede pudrir...
Para lograr esta higiene interior deberíamos saber plenamente si lo que hacemos está bien o está mal. Y para ello debemos formar exigentemente nuestras conciencias sin autoengaños, llamando además a las cosas por su nombre, sin utilizar juegos del lenguaje que adormecen y justifican lo injustificable.

2) La finalidad debería ser darle un sentido a la vida en general y a nuestras vidas en particular. Parece sencillo, pero no lo es tanto; pues supone buscar y encontrar el porqué de nuestra existencia y la de quienes nos rodean: ¿Cuáles son las motivaciones esenciales que nos mueven? ¿ Por qué y para qué vivimos? Darle sentido a la vida es como afirma Enrique Rojas, darle dirección, contenido y estructura a esa vida. No es sano ni prudente ir por la vida sin rumbos, sin metas prefijadas, vacío espiritualmente y sin una estructura fuerte que le dé coherencia y armonía a ese fragmento de tiempo que a cada uno le toca vivir. En este sentido, el facilismo actual nos plantea una bipolaridad que no debemos descuidar: Por lo positivo, el ahorro de tiempos y energías, la simplificación de tareas y la eficacia lograda resultan incuestionables. Por lo negativo, ese facilismo puede generar la aplicación de fórmulas sin mínimo esfuerzo, sin creatividad y aporte personal alguno. Es bueno preguntarse entonces cómo vamos a formar a esta nueva generación de estudiantes: Cuando se "baja" información, se copia, se pega y se presenta muy vistosamente ¿qué aportes personales, qué iniciativas pueden encontrarse? ¿Cómo estimular la creatividad, base del ingenio y del emprendimiento en cualquier área?

Debemos estar alertas ante el riesgo de tener por delante una generación plagiadora, no pensante, que llene su cabeza con datos e información, pero sin capacidad de procesarlos, de autocrítica, sin iniciativas y sin originalidad. El riesgo es grande, pues nunca como ahora las mayorías podrán ser manipuladas por una minoría, por una elite que estará en mejores condiciones de orientar y conducir a las masas hacia donde ella quiera....
Desde la antiguedad en Grecia siempre se ha entendido que la finalidad del hombre (el telos de la persona, una vez completado y perfeccionado su desarrollo) ha sido, es y será la felicidad. Y una felicidad verdadera no se ha construido, no se construye ni se construirá jamás a costa de la felicidad de otros. Si así lo hiciere, sería una pseudofelicidad, apoyada en la infelicidad de otros, y por tanto, no puede durar, por ser falsa e injusta. Una vez más se constata que el bien no puede realizarse de espaldas a la verdad, a la realidad.

8. Conclusión.

Luego de haber analizado lo anterior, la opción que nos queda es clara: O nos inclinamos por y ante una ética coyuntural y utilitarista que sólo mide los resultados y el éxito inmediatos, la ganancia a corto plazo. O nos inclinamos por una ética que yo llamo proyectiva y esencial, porque se debe proyectar más allá de las visiones estrechas y egoístas, de coyuntura y accidentales. El primer tipo de ética olvida (o al menos descuida) nuestro telos último, nuestra finalidad como seres humanos y nuestra condición de buscadores permanentes de la verdad y del bien objetivos, para así poderlos compartir con los demás. Aplicar éticas coyunturales o utilitaristas es dejarse llevar por el culto a lo efímero, a la inmediatez. Es transferir al plano moral el esquema de "use y tire" que se da en las sociedades de consumo: esta conducta o acción la uso mientras me sirva, y luego la cambio por otra si esta última me sirve más y mejor...
Elegir entre una u otra, es marcar la diferencia entre quienes prefieren una ética al servicio del progreso científico y tecnológico o quienes prefieren un desarrollo informático y una capacitación humana, al servicio de la ética.

Montevideo, setiembre de 2000

Nicolás Etcheverry Estrázulas

BIBLIOGRAFÍA

(1) Aristóteles. Moral a Nicómaco. Selec. Austral. Espasa-Calpe. 4ª. Ed. 1984
Cap.II pags. 57 a 95
(2) Alejandro Llano y Carlos Llano. Paradojas de la ética empresarial. Universidad de Montevideo. Revista de los Antiguos Alumnos del IEEM. Año 2 Número 1 pag.62
(3) Kant. Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Colección Carlos Vaz Ferreira. Ed. La casa del estudiante 1976. Cap.II pags.38 a 51
(4) Chaim Perelman . Tratado de la Argumentación. La nueva retórica. Logos. Presses Universitaires de France Tomo Segundo. 1958
(5) Michael Novak. Emprender. Derecho fundamental y virtud moral. Fundes. Serie Diálogo No.8 pags. 16 a 22.
(6) José Ramón Ayllón/ Aurelio Fernandez. Ética. ESO 4.
(7) Enrique Rojas. La ilusión de vivir. Temas de hoy. Planeta. 1998, pag.33

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