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DARWIN nuestro de cada día

Las ideas del naturalista británico han impregnado casi todas las esferas de la vida cotidiana

JOSEP CORBELLA - Barcelona

DOBLE CONMEMORACIÓN Charles Darwin nació en 1809 y publicó su teoría de la selección natural en 1859
Si tuviera que dar un premio a la mejor idea que nadie ha tenido nunca, se la daría a Darwin, por delante de Newton y todos los demás", escribió Daniel Dennett en su libro La peligrosa idea de Darwin.Y no es para menos. La teoría de la selección natural de Darwin ha impregnado múltiples áreas de la vida cotidiana, desde la manera de recetar antibióticos hasta la protección del medio ambiente, y desde objetivos tan elevados como la búsqueda de vida extraterrestre hasta actividades tan terrenales como la manera de jugar al fútbol - si algún lector se siente escéptico, encontrará la explicación en el penúltimo párrafo; la relación entre Darwin y fútbol se llama coadaptación-.

"La idea básica de Charles Darwin es que la diversidad de formas vivas no es resultado de un diseño premeditado, sino de una adaptación", explica Jaume Bertranpetit, profesor de biología en la Universitat Pompeu Fabra (UPF), que participa en la organización de varias actividades que se celebrarán en Barcelona en el 2009 con motivo del año Darwin. Convocado por la Unión Internacional de Ciencias Biológicas, el año Darwin conmemora los 200 años del nacimiento del naturalista británico y los 150 años de la publicación de El origen de las especies,su obra más importante, en la que presentaba la teoría de la selección natural.

"Antes de Darwin, la pregunta era: ¿qué diseño hay? Después de Darwin es: ¿qué adaptación hay?", señala Bertranpetit. "Todo lo que se deriva de Darwin puede comprenderse a partir de esta idea".

Para empezar, algo tan básico como el lugar de los seres humanos en la naturaleza. "Ya no hace falta recurrir a ningún diseño premeditado para explicar la complejidad del ser humano", continúa Bertranpetit. Consecuencia: los humanos somos una especie entre muchas, una más dentro del orden de los primates, con una estrecha relación de parentesco - y por lo tanto con ancestros comunes recientes-con gorilas y chimpancés. No somos una especie separada de todas las demás, sino que, como cualquier otra, somos el resultado de la adaptación al contacto con otras especies.

Lo cual nos lleva a la medicina. Hay miles de especies, casi todas ellas microscópicas, que están en contacto permanente con la especie humana y se adaptan a nosotros. Muchas de ellas son inofensivas o incluso beneficiosas - piensen en las de su flora intestinal-.Pero en aquellos casos en que causan enfermedades, los médicos recurren a la teoría de la selección natural de Darwin para luchar contra ellas.

Tomen el ejemplo del sida. Un virus - que no es una especie, pero también evoluciona por selección natural-infecta a una persona y empieza a multiplicarse. La persona toma fármacos para contener el virus. En un principio, la infección se frena. Con el tiempo el virus se adapta al fármaco y vuelve a proliferar. Sin embargo, hoy los médicos, gracias a Darwin, pueden predecir cómo evolucionará el virus y, con la adecuada combinación de fármacos, evitar que progrese: es la teoría de la selección natural lo que ha permitido que en muchos casos el sida haya dejado de ser mortal.

Otros ejemplos son el modo de utilizar los antibióticos para combatir las infecciones causadas por bacterias. O la contención de los brotes de gripe aviar para evitar que evolucione una nueva cepa del virus y cause millones de muertes en una pandemia. O el desarrollo de tratamientos de quimioterapia adaptados a las células cancerosas para atacarlas por sus puntos vulnerables.

Pero "las ideas de Darwin han cambiado nuestra manera de pensar de una manera tan profunda que se extiende mucho más allá de la biología", destaca el arqueólogo Eudald Carbonell, codirector de las investigaciones de Atapuerca. Cita el ejemplo de "empresas que han incorporado una visión evolutiva y que se adaptan a un entorno cambiante en lugar de esperar que el entorno se adapte a ellas".

Carbonell, como la mayoría de los expertos en evolución, rechaza el darwinismo social –la ideología que propugna que la competición entre individuos o colectivos es un motor de evolución social. Pero sí recalca que pueden observarse ejemplos de adaptación al entorno en múltiples detalles de la vida cotidiana. Puede observarse en la lucha contra el cambio climático y contra la extinción de especies, que se basa en comprender cómo los seres humanos interactúan con el resto de la biosfera. Puede observarse en la búsqueda de vida extraterrestre, que se basa en las teorías del origen de la vida basadas en la selección natural.

Puede observarse, por supuesto, en la evolución de ese superorganismo en que se ha convertido internet, con iniciativas que se adaptan a un entorno cambiante (como en el caso de Google, que va camino de convertirse en el top predator del nuevo ecosistema) y otras que se extinguen (¿alguien recuerda qué fue de Compuserve?).

Y puede observarse hasta en un campo de fútbol. ¿Por qué ocurre, si no, que la manera de jugar en la era de Messi es tan distinta de la época en que jugaba Cruyff? "Este es un ejemplo de lo que llamamos coadaptación", explica Bertranpetit: la manera de jugar de los equipos se adapta a la manera de jugar de los rivales - y a otros factores como las técnicas de entrenamiento o la calidad de los materiales-,con lo cual el juego de todos los equipos evoluciona de manera paralela.

Pero "la teoría de la evolución es más que todo esto", sostiene Eudald Carbonell. "Para mí, es la gran esperanza de la humanidad. Nuestro futuro depende de ella porque comprender que nosotros y nuestro entorno estamos evolucionando es lo único que nos puede ayudar a pensar más allá del futuro inmediato, a comprender hacia dónde va la humanidad y a evitar que acabemos llevando a nuestra especie a una catástrofe". sar de una manera tan profunda que se extiende mucho más allá de la biología", destaca el arqueólogo Eudald Carbonell, codirector de las investigaciones de Atapuerca. Cita el ejemplo de "empresas que han incorporado una visión evolutiva y que se adaptan a un entorno cambiante en lugar de esperar que el entorno se adapte a ellas".

Carbonell, como la mayoría de los expertos en evolución, rechaza el darwinismo social - la ideología que propugna que la competición entre individuos o colectivos es un motor de evolución social-.Pero sí recalca que pueden observarse ejemplos de adaptación al entorno en múltiples detalles.


LAS ÚLTIMAS PRUEBAS DE LA SELECCIÓN NATURAL

Ante los argumentos de colectivos que cuestionan la teoría de la evolución de Darwin, la revista científica Nature ha seleccionado quince descubrimientos de la última década que confirman las predicciones de la teoría de la selección natural. Algunos de los más destacados son:

BALLENAS. ¿Cómo pueden las ballenas ser mamíferos si viven en el mar? Científicos de EE. UU. anunciaron en el 2007 el descubrimiento de un eslabón perdido entre los ungulados terrestres (como vacas, ovejas, cerdos e hipopótamos) y los cetáceos. Se trata de Indohyus,un mamífero del tamaño de un mapache que pasaba la mayor parte del día en el agua.

CARRERA DE ARMAS. Estudiando los sedimentos del fondo de un lago en los que se habían acumulado restos de seres vivos a lo largo de varios años, científicos de la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) han demostrado que las pulgas de agua y los parásitos que las infestan evolucionan de manera paralela: a medida que las pulgas desarrollan estrategias para eludir los parásitos, estos desarrollan técnicas más sofisticadas para infestarlas. El descubrimiento confirma la idea de coadaptación de Darwin.

VENENOS. Científicos de la Escuela de Medicina de Stanford (EE. UU.) han descubierto una especie de salamandra que ha desarrollado un veneno en su piel para protegerse de las serpientes que la cazan.


Selección natural, selección cultural

Jorge Wagensberg Director de ciencia y medio ambiente. Obra Social de La Caixa

Lo que no crea conocimiento no tiene futuro en la historia de la cultura
Todos los entes que existen en la naturaleza se pueden agrupar en tres grandes familias: inertes (átomos, piedras, galaxias...), vivos (bacterias, animales, plantas...) y culturales (mentes creadoras, creaciones mentales, poemas, teorías científicas...). Pero el número de cosas que podrían existir en la realidad es inmensamente mayor que el de las cosas que realmente existen.

Acceder a la existencia equivale a alguna clase de selección. Hay objetos que no son estables en este mundo. Por ejemplo: no existen soles ni planetas con forma de pelota de rugby. No existen bacterias de dos toneladas ni mamíferos microscópicos; criaturas así tendrían graves dificultades para mantenerse vivas. Y tampoco existen teorías científicas contradictorias con la realidad observable, ni recetas gastronómicas creadas con el ánimo de hacer vomitar a los comensales. No tendrían futuro.

Lo inerte se selecciona por su estabilidad, lo vivo por su adaptabilidad y lo culto por su capacidad para seguir construyendo conocimiento. En otras palabras: lo que no es estable no persevera, lo que no es adaptable no sigue vivo y lo que no crea conocimiento queda aparcado en la historia de la cultura. Son tres tipos de selección que corresponden a tres edades de la historia de la materia.

Desde el principio del big bang hasta el primer ente vivo rige la selección fundamental: persevera todo aquello que es compatible con las leyes fundamentales de la naturaleza. Desde el primer ser vivo hasta la primera mente capaz de producir conocimiento inteligible rige la selección natural de Darwin: persevera todo aquello capaz de hacerse compatible con la incertidumbre del entorno. Y a partir de la primera mente humana rige la selección cultural: persevera, sea ciencia, arte o revelación, todo o que permite seguir conociendo. Con ello, el mecanismo de la selección natural de Charles Darwin deja de ser un raro caso aislado en la historia de la ciencia y se convierte en uno de los tres pilares del concepto cambio. Selección fundamental, selección natural y selección cultural: he aquí las tres grandes clases de selecciones que mueven la materia inerte, la materia viva y la materia culta. En la selección natural primero es la solución y luego, no se sabe cuándo, el problema. Para ello es necesario mantener lo (de momento) innecesario durante miles o millones de años. Es el elogio de lo superfluo. En la selección cultural ocurre exactamente lo contrario, primero está el problema y luego la solución. Se inventa la noción de proyecto y se acortan los tiempos.

Londres, 18 de diciembre del 2008, 11.00 am. Llego una hora tarde al Museo de Historia Natural directamente desde el aeropuerto donde, a pesar del retraso, me esperan las doctoras Lorraine Cornish y Judith Magee. Pronto salimos del área pública y entramos en un vasto e intrincado espacio reservado a la conservación y a la investigación. Se guardan allí unos 75 millones de piezas. Llegamos a un punto donde aparece el responsable de la sección. Sin perder su amplia sonrisa, abre con gesto experto tres cajones, da un paso atrás, señala los tesoros con una reverencia elegante y exclama: ¡Darwin! Son piezas reunidas por Charles Darwin durante su viaje en el Beagle. Tomo en mis manos una gran ostra fósil sobre la que hay adherida una etiqueta escrita a mano por el mismo Darwin. La toco con la otra mano. ¿He dicho mano? Es como estrechar la mano a Darwin, tan enorme en la distancia del bicentenario de su nacimiento y en la altura de su grandeza intelectual, tan próximo en la distancia de los objetos que estimularon su pensamiento...


Darwin contra viento y marea

La teoría de la evolución resiste las envestidas creacionistas

Rafael Ramos - Londres. Corresponsal

Hoy se cumplen 200 años del nacimiento del científico

El debate intelectual se produce en las universidades de Gran Bretaña

Doscientos años después de su nacimiento, la teoría de Charles Darwin sobre la evolución de las especies para explicar el origen de la vida goza de más respeto que nunca entre científicos e intelectuales, y soporta las embestidas periódicas de grupos religiosos –sobre todo en Estados Unidos– empeñados en desprestigiarla para justificar sus creencias y aumentar su base electoral e influencia política.

En una cuestión tan intrínseca a la naturaleza humana, es inevitable que exista un intenso debate que tradicionalmente ha enfrentado creacionismo y evolucionismo, pero al que se ha incorporado de modo reciente –en una hábil maniobra de organizaciones interesadas en difundir una explicación religiosa o pseudorreligiosa del origen de la vida– la llamada teoría del diseño inteligente.

Esta teoría no habla estrictamente de un dios, sino de un ser superior con capacidad para concebir y configurar el mundo tal y como lo conocemos. Aunque la primera línea de fuego en esa guerra entre evolucionistas y antievolucionistas está en los estados del Medio Oeste y el cinturón industrial de EE.UU. (como Ohio, donde el voto cristiano fue decisivo en las dos victorias electorales de George Bush), el principal escenario del debate filosófico e intelectual son las universidades y centros de estudios científicos y teológicos de Inglaterra, una sociedad mucho más laica que la norteamericana y donde el enfrentamiento no es ni mucho menos tan venenoso.

"Podría decirse que lo que en Kansas o Pensilvania es casi un combate sucio para que se enseñe el creacionismo en los colegios públicos a pesar del amplísimo apoyo académico a las teorías de Darwin, en el Reino Unido es un pulso entre caballeros de acuerdo a las más estrictas normas del fair play donde ni una parte ni la otra pierde los papeles", dice el profesor de teología Leo Bentley. Un ejemplo es que la campaña humanista con anuncios en el metro de Londres y autobuses de todo el país, bajo el eslogan Dios probablemente no existe, así que no te preocupes y disfruta, se ha desarrollado sin tan siquiera una décima parte de la polémica suscitada en Barcelona. Ello no quiere decir que no existan opiniones contrarias, como demuestra una encuesta encargada por el think tank religioso Theos con ocasión del 200.º aniversario del nacimiento de Charles Darwin en Shrewsbury, que se celebra hoy, y 150.º aniversario de la publicación de su obra maestra El origen de las especies, efectuada por la firma de sondeos ComRes entre poco más de 2.000 ciudadanos británicos. Los resultados son difíciles de interpretar, por la manera en que se formularon las preguntas y el hecho de que mucha gente diera credibilidad tanto al creacionismocomo a la teoría del diseño inteligente, en vez de escoger entre una y otra.

A lapregunta de "¿a qué atribuye usted el origen y desarrollo de la vida?", un 48% de los encuestados respalda la teoría darwiniana de la evolución, un 22% el creacionismo, un 17% la teoría del diseño inteligente, y el resto dice que no sabe. En cuanto a la pregunta de cuáles de estas explicaciones deberían formar parte del expediente académico de los colegios públicos de Gran Bretaña (con la posibilidad de optar por varias), un 69% dice que el evolucionismo, un 44% que el creacionismo, y un 41% que el diseño inteligente.

Además, un 51% está de acuerdo con la afirmación de que "la evolución por sí misma no es suficiente para explicar las complejas estructuras de algunos seres vivos, y por tanto debe haber sido necesaria la intervención de un diseñador". El problema es que la separación constitucional entre Iglesia y Estado constituye un obstáculo para la difusión de cualquier fe o precepto religioso en las escuelas estatales, y la creación por Dios del mundo en siete días, y de Eva a partir de una costilla de Adán, es uno de los pilares del cristianismo. "Tenemos suerte de que, comparados con EE.UU. y otros países, aquí no existe ningún grupo religioso o cultural de peso que se oponga a la enseñanza de la teoría de la evolución", señala lord Martin Rees, presidente de la Royal Society.

La cuestión en Gran Bretaña no es –como en algunos lugares de EE.UU. bajo presión de la derecha religiosa que contribuyó a auparaBush al poder– si el evolucionismo debería de dejarse de enseñar en los colegios públicos, sino si debería acaso ir acompañado del creacionismo o/y el diseño inteligente. A lo cual dos tercios de los maestros responde que no, y un tercio que sí.

La difusión por 60 escuelas británicas de un DVD creacionista procedente de Estados Unidos ha sembrado la alarma en el gobierno del Labour, que ha exigido su retirada porque ni el creacionismo ni el diseño inteligente son teorías científicas admitidas, y –en palabras del diputado Graham Stringer-"bajo ninguna circunstancia deben ser enseñados a la misma altura que la teoría de la evolución". "La atribución del desarrollo de la vida a una inteligencia superior es un sucedáneo religioso, una manera de envolver de una manera más neutra el concepto básico de que el mundo es obra de Dios", señala el teólogo Alfred Borthwick.

La Iglesia de Inglaterra es la primera que se aleja de las denuncias al darwinismo y quiere aprovechar el aniversario para difundir la noción (igual que el Vaticano) de que evolucionismo y creacionismo no son antagónicos sino complementarios, y la teoría del origen y evolución de las especies es perfectamente compatible con la intervención de Dios. "Dos siglos después de tu nacimiento, te debemos disculpas por haberte malinterpretado y animado a otros aque te malinterpreten", dice un mensaje póstumo a Darwin colocado en la web de la Iglesia anglicana.

La ausencia de un movimiento antievolucionista en Gran Bretaña se explica en el carácter cada vez más laico de la sociedad de este país, donde nueve millones de habitantes (un 15% de la población) son ateos o agnósticos, el grupo más importan después de los cristianos (un 71,8%, pero la gran mayoría de tipo social, es decir, que se definen como tales por tradición o pertenencia a un grupo cultural, pero sin compartir necesariamente los principios de la fe o tener una participación activa en la religión).

Todas las encuestas sobre religiosidad están llenas de contradicciones. Aunque un 75% de los habitantes del Reino Unido se consideran cristianos, musulmanes, judíos, budistas o sijs, al mismo tiempo un 66% afirma "no tener ninguna conexión práctica con la religión o la Iglesia", y menos de la mitad dice creer en Dios. Un sondeo realizado entre niños de nueve y diez años del condado de Cornualles, el más pobre de Inglaterra, concluye que sólo el 19% se ve a sí mismo como "religioso". Desde 1980 hasta ahora, las Iglesias anglicana y católica han sufrido un declive del 27% en asistencia a misa, y la única iglesia institucional que ha registrado un aumento de fieles es la ortodoxa griega y rusa, debido a la inmigración.

Para celebrar el 200. º aniversario del nacimiento de Darwin, mañana se abre al público como museo la casa de Orpington (Kent) donde el científico realizó sus experimentos y elaboró sus teorías, con una detalla explicación de su vida, trabajo y familia. El Museo de Historia Natural le dedica una exposición con el relato del viaje del Beagle,sus escritos personales y la ambientación de los invernaderos donde cultivaba sus orquídeas, y se han organizado congresos en Cambridge, Shrewsbury y otras ciudades.


El enigma del darwinismo social

Salvador Giner - 08/02/2009 La Vanguardia

El mayor tributo a Darwin está en la aparición de un neoevolucionismo sociológico más cauto y riguroso, menos grandioso

Durante este 2009 se celebrarán los doscientos años del nacimiento de Charles Darwin y el 150. º aniversario de la publicación de la obra más importante del biólogo británico, El origen de las especies ,una de las mayores revoluciones en las ciencias de la vida como son la biología, la ecología o la paleontología. Es, pues, un buen momento para reflexionar sobre su legado

El mundo del saber no habría de ser ya igual a partir del año 1859. Hasta quienes más les place hacer hincapié en la dimensión anónima y colectiva del avance científico se ven obligados a aceptar la fulminante aportación de una sola y sencilla teoría, la expuesta por Charles Darwin en El origen de las especies,de 1859. A pesar de lo radicalmente nuevo de su hipótesis, ni siquiera el mismo Darwin escapó al influjo de las ideas de otros sabios.

Así, El origen es deudor directo de la ciencia social, y en especial de la obra de Malthus, con su noción central de lucha por la vida opor la existencia. Más tarde, en su segunda gran obra, La ascendencia del hombre,de 1871, las ideas de su admirado amigo el sociólogo Herbert Spencer pesaron con igual fuerza. Por su parte, el evolucionismo moderno hunde sus raíces en un filósofo como Spinoza, del siglo XVII.

La deuda con la ciencia social de la deslumbrante idea de Darwin fue saldada inmediatamente por su vasta repercusión en las ciencias humanas. Estudiosos de todos los ámbitos quisieron incorporar el descubrimiento del naturalista inglés a sus propias teorías. La admiración de Karl Marx por Darwin fue inmensa. En todas las ciencias sociales, desde la etnología hasta la politología, desde la sociología hasta la historia, surgió un afán por incorporar un evolucionismo ajustado a nociones como las de selección natural, lucha por la vida y supervivencia de los mejor dotados, a las interpretaciones más científicas de la sociedad humana.

Retrospectivamente contemplamos hoy la aportación de toda esa compleja corriente con suave escepticismo. Pero el mayor tributo que le rendimos no se halla en su rechazo, sino en la aparición de un neoevolucionismo sociológico mucho más cauto, más riguroso y menos grandioso en sus ambiciones, que está produciendo aportaciones interesantes.

La visión de la sociedad humana como espacio esencialmente conflictivo es muy antigua. Las teorías sociológicas más interesantes sobre la dinámica social hacen hincapié, desde mucho antes de Charles Darwin, en la lucha por los recursos escasos, el dominio de unos hombres sobre otros, la consolidación de élites, la subordinación de ciertas clases a otras, la marginación o exclusión sociales y, naturalmente, la guerra, la concurrencia económica - despiadada a veces-y la liza que caracterizan nuestra historia desde siempre. La hipótesis y las explicaciones de Darwin vinieron a reforzar esa vieja tradición "conflictivista" de análisis de los asuntos humanos. La enriquecieron notablemente, aunque, en algunos casos, introdujeron algunas simplificaciones de estilo sociobiológico que la investigación posterior se ha encargado de corregir, matizar y superar.

Por otra parte, lo malo de aportaciones del calibre de la de Darwin - o la de Marx, a la de Freud-es la de su fácil, inevitable tal vez, transformación y degeneración vulgar en mera ideología. Si el mensaje del Evangelio de San Mateo nunca impidió el horror de la Santa Inquisición, tampoco el de Darwin - que no es un mensaje moral-impidió que fuera tergiversado por tirios y troyanos. No pocos tirios - capitanes de industria, depredadores capitalistas de tierras vírgenes, fabricantes privados de armamento-consideraron su riqueza y preeminencia resultado de su superioridad natural en la lucha por la vida, y apelaron al nombre de Charles Darwin para justificarse.

Tampoco la izquierda socialista se salvó del desastre: sabemos que los abusos de la eugenesia en Escandinavia, influidos por un entendimiento erróneo de que la selección natural debía ser complementada por la artificial, produjeron estragos de los que lo mejor es acordarse, en lugar de olvidarse.

El darwinismo social no es cosa del pasado. Así, durante la larga fase neoliberal y neoconservadora que ha conducido a la presente recesión económica, vivíamos en un neodarwinismo social vulgar, larvado e inconfesable, en el que, casi siempre privadamente, gentes responsables aceptaban las disfunciones - es decir, los daños, los descalabros-de la dinámica económica y en gran medida política con la resignación de que era un proceso presuntamente natural del que saldríamos todos ganando con el triunfo de los más competitivos, mejor dotados, más potentes, más eficaces.

Todo ello sin corregir, por imperativo moral, y aunque fuera de modo reformista y pacífico, las injusticias del mundo y la desigualdad brutal de oportunidades que sufre la mayor parte de la raza humana.

Hora es ya de desvelar el enigma que se esconde en ese haz complicado, e inmensamente influyente, de ideas que cubre el darwinismo social. Es hora de señalar cuáles de entre ellas son perniciosas, acientíficas o enteramente falsas. Y cuáles, sin duda alguna, responden a una agradable aproximación a la siempre inalcanzable verdad.

S. GINER, presidente del Institut d´EstudisCatalans


Darwin, sin censura

La autobiografía de Charles Darwin, publicada en 1877, fue mutilada por su esposa porque estaba escrita "con demasiada libertad". El autor de El origen de las especies, del que ahora se cumplen 200 años de su nacimiento, exponía, por ejemplo, que el cristianismo le parecía "una doctrina detestable". Este libro, según la editorial Laetoli, recupera los párrafos censurados (en negrita)

CHARLES DARWIN
DOMINGO - 08-02-2009 El País

Durante aquellos dos años me vi inducido a pensar mucho en la religión. Mientras me hallaba a bordo del Beagle fui completamente ortodoxo, y recuerdo que varios oficiales (a pesar de que también lo eran) se reían con ganas de mí por citar la Biblia como autoridad indiscutible sobre algunos puntos de moralidad. Supongo que lo que los divertía era lo novedoso de la argumentación. Pero, por aquel entonces, fui dándome cuenta poco a poco de que el Antiguo Testamento, debido a su versión manifiestamente falsa de la historia del mundo, con su Torre de Babel, el arco iris como signo, etcétera y al hecho de atribuir a Dios los sentimientos de un tirano vengativo, no era más de fiar que los libros sagrados de los hindúes o las creencias de cualquier bárbaro. En aquel tiempo se me planteaba continuamente la siguiente cuestión, de la que era incapaz de desentenderme: ¿resulta creíble que Dios, si se dispusiera a revelarse ahora a los hindúes, fuese a permitir que se le vinculara a la creencia en Vishnú, Shiva, etcétera, de la misma manera que el cristianismo está ligado al Antiguo Testamento? Semejante proposición me parecía absolutamente imposible de creer. (...)
El hecho de que muchas religiones falsas se hayan difundido por extensas partes de la Tierra como un fuego sin control tuvo cierto peso sobre mí. Por más hermosa que sea la moralidad del Nuevo Testamento, apenas puede negarse que su perfección depende en parte de la interpretación que hacemos ahora de sus metáforas y alegorías. No obstante, era muy reacio a abandonar mis creencias. Y estoy seguro de ello porque puedo recordar muy bien que no dejaba de inventar una y otra vez sueños en estado de vigilia sobre antiguas cartas cruzadas entre romanos distinguidos y sobre el descubrimiento de manuscritos, en Pompeya o en cualquier otro lugar, que confirmaran de la manera más llamativa todo cuanto aparecía escrito en los Evangelios. Pero, a pesar de dar rienda suelta a mi imaginación, cada vez me resultaba más difícil inventar pruebas capaces de convencerme. Así, la incredulidad se fue introduciendo subrepticiamente en mí a un ritmo muy lento, pero, al final, acabó siendo total. El ritmo era tan lento que no sentí ninguna angustia, y desde entonces no dudé nunca ni un solo segundo de que mi conclusión era correcta. De hecho, me resulta difícil comprender que alguien deba desear que el cristianismo sea verdad, pues, de ser así, el lenguaje liso y llano de la Biblia parece mostrar que las personas que no creen -y entre ellas se incluiría a mi padre, mi hermano y casi todos mis mejores amigos- recibirán un castigo eterno.

Y ésa es una doctrina detestable.

Aunque no pensé mucho en la existencia de un Dios personal hasta un periodo de mi vida bastante tardío, quiero ofrecer aquí las vagas conclusiones a las que he llegado. El antiguo argumento del diseño en la naturaleza, tal como lo expone Paley y que anteriormente me parecía tan concluyente, falla tras el descubrimiento de la ley de la selección natural. Ya no podemos sostener, por ejemplo, que el hermoso gozne de una concha bivalva deba haber sido producido por un ser inteligente, como la bisagra de una puerta por un ser humano. En la variabilidad de los seres orgánicos y en los efectos de la selección natural no parece haber más designio que en la dirección en que sopla el viento. Todo cuanto existe en la naturaleza es resultado de leyes fijas. Pero éste es un tema que ya he debatido al final de mi libro sobre La variación en animales y plantas domésticos, y, hasta donde yo sé, los argumentos propuestos allí no han sido refutados nunca.

Pero, más allá de las adaptaciones infinitamente bellas con que nos topamos por todas partes, podríamos preguntarnos cómo se puede explicar la disposición generalmente beneficiosa del mundo. Algunos autores se sienten realmente tan impresionados por la cantidad de sufrimiento existente en él, que dudan -al contemplar a todos los seres sensibles- de si es mayor la desgracia o la felicidad, de si el mundo en conjunto es bueno o malo. Según mi criterio, la felicidad prevalece de manera clara, aunque se trata de algo muy difícil de demostrar. Si admitimos la verdad de esta conclusión, reconoceremos que armoniza bien con los efectos que podemos esperar de la selección natural. Si todos los individuos de cualquier especie hubiesen de sufrir hasta un grado extremo, dejarían de propagarse; pero no tenemos razones para creer que esto haya ocurrido siempre, y ni siquiera a menudo. Además, otras consideraciones nos llevan a creer que, en general, todos los seres sensibles han sido formados para gozar de la felicidad.

Cualquiera que crea, como creo yo, que todos los órganos corporales o mentales de todos los seres (excepto los que no suponen ni una ventaja ni una desventaja para su poseedor) se han desarrollado por selección natural o supervivencia del más apto, junto con el uso o el hábito, admitirá que dichos órganos han sido formados para que quien los posee pueda competir con éxito con otros seres y crecer así en número. (...)

Nadie discute que en el mundo hay mucho sufrimiento. Por lo que respecta al ser humano, algunos han intentado explicar esta circunstancia imaginando que contribuye a su perfeccionamiento moral. Pero el número de personas en el mundo no es nada comparado con el de los demás seres sensibles, que sufren a menudo considerablemente sin experimentar ninguna mejora moral. Para nuestra mente, un ser tan poderoso y tan lleno de conocimiento como un Dios que fue capaz de haber creado el universo es omnipotente y omnisciente, y suponer que su benevolencia no es ilimitada repugna a nuestra comprensión, pues, ¿qué ventaja podría haber en los sufrimientos de millones de animales inferiores durante un tiempo casi infinito? Este antiquísimo argumento contra la existencia de una causa primera inteligente, derivado de la existencia del sufrimiento, me parece sólido; mientras que, como acabo de señalar, la presencia de una gran cantidad de sufrimiento concuerda bien con la opinión de que todos los seres orgánicos han evolucionado mediante variación y selección natural.

Actualmente, el argumento más común en favor de la existencia de un Dios inteligente deriva de la honda convicción interior y de los profundos sentimientos experimentados por la mayoría de la gente. Pero no se puede dudar de que los hindúes, los mahometanos y otros más podrían razonar de la misma manera y con igual fuerza en favor de la existencia de un Dios, de muchos dioses, o de ninguno, como hacen los budistas. También hay muchas tribus bárbaras de las que no se puede decir con verdad que crean en lo que nosotros llamamos Dios: creen, desde luego, en espíritus o espectros, y es posible explicar, como lo han demostrado Tylor y Herbert Spencer, de qué modo pudo haber surgido esa creencia.

Anteriormente me sentí impulsado por sensaciones como las que acabo de mencionar (aunque no creo que el sentimiento religioso estuviera nunca fuertemente desarrollado en mí) a sentirme plenamente convencido de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. En mi diario escribí que, en medio de la grandiosidad de una selva brasileña, "no es posible transmitir una idea adecuada de los altos sentimientos de asombro, admiración y devoción que llenan y elevan la mente". Recuerdo bien mi convicción de que en el ser humano hay algo más que la mera respiración de su cuerpo. Pero, ahora, las escenas más grandiosas no conseguirían hacer surgir en mi pensamiento ninguna de esas convicciones y sentimientos. Se podría decir acertadamente que soy como un hombre afectado de daltonismo, y que la creencia universal de la gente en la existencia del color rojo hace que mi actual pérdida de percepción no posea la menor validez como prueba. Este argumento sería válido si todas las personas de todas las razas tuvieran la misma convicción profunda sobre la existencia de un solo Dios; pero sabemos que no es así, ni mucho menos. Por tanto, no consigo ver que tales convicciones y sentimientos íntimos posean ningún peso como prueba de lo que realmente existe. El estado mental provocado en mí en el pasado por las escenas grandiosas difiere de manera esencial de lo que suele calificarse de sentimiento de sublimidad; y por más difícil que sea explicar la génesis de ese sentimiento, apenas sirve como argumento en favor de la existencia de Dios, como tampoco sirven los sentimientos similares, poderosos pero imprecisos, suscitados por la música.

Respecto a la inmortalidad, nada me demuestra tanto lo fuerte y casi instintiva que es esa creencia como la consideración del punto de vista mantenido ahora por la mayoría de los físicos de que el Sol, junto con todos los planetas, acabará enfriándose demasiado como para sustentar la vida, a menos que algún cuerpo de gran magnitud se precipite sobre él y le proporcione vida nueva. Para quien crea, como yo, que el ser humano será en un futuro distante una criatura más perfecta de lo que lo es en la actualidad, resulta una idea insoportable que él y todos los seres sensibles estén condenados a una aniquilación total tras un progreso tan lento y prolongado. La destrucción de nuestro mundo no será tan temible para quienes admiten plenamente la inmortalidad del alma.

Para convencerse de la existencia de Dios hay otro motivo vinculado a la razón y no a los sentimientos y que tiene para mí mucho más peso. Deriva de la extrema dificultad, o más bien imposibilidad, de concebir este universo inmenso y maravilloso -incluido el ser humano con su capacidad para dirigir su mirada hacia un pasado y un futuro distantes- como resultado de la casualidad o la necesidad ciegas. Al reflexionar así, me siento impulsado a buscar una Primera Causa que posea una mente inteligente análoga en algún grado a la de las personas; y merezco que se me califique de teísta.

Hasta donde puedo recordar, esta conclusión se hallaba sólidamente instalada en mi mente en el momento en que escribí El origen de las especies; desde entonces se ha ido debilitando gradualmente, con muchas fluctuaciones. Pero luego surge una nueva duda: ¿se puede confiar en la mente humana, que, según creo con absoluta convicción, se ha desarrollado a partir de otra tan baja como la que posee el animal más inferior, cuando extrae conclusiones tan grandiosas? ¿No serán, quizá, éstas el resultado de una conexión entre causa y efecto, que, aunque nos da la impresión de ser necesaria, depende probablemente de una experiencia heredada? No debemos pasar por alto la probabilidad de que la introducción constante de la creencia en Dios en las mentes de los niños produzca ese efecto tan fuerte y, tal vez, heredado en su cerebro cuando todavía no está plenamente desarrollado, de modo que deshacerse de su creencia en Dios les resultaría tan difícil como para un mono desprenderse de su temor y odio instintivos a las serpientes.

No pretendo proyectar la menor luz sobre problemas tan abstrusos. El misterio del comienzo de todas las cosas nos resulta insoluble; en cuanto a mí, deberé contentarme con seguir siendo un agnóstico.

La persona que no crea de manera segura y constante en la existencia de un Dios personal o en una existencia futura con castigos y recompensas puede tener como regla de vida, hasta donde a mí se me ocurre, la norma de seguir únicamente sus impulsos e instintos más fuertes o los que le parezcan los mejores. Así es como actúan los perros, pero lo hacen a ciegas. El ser humano, en cambio, mira al futuro y al pasado y compara sus diversos sentimientos, deseos y recuerdos. Luego, de acuerdo con el veredicto de las personas más sabias, halla su suprema satisfacción en seguir unos impulsos determinados, a saber, los instintos sociales. Si actúa por el bien de los demás, recibirá la aprobación de sus prójimos y conseguirá el amor de aquellos con quienes convive; este último beneficio es, sin duda, el placer supremo en esta Tierra. Poco a poco le resultará insoportable obedecer a sus pasiones sensuales y no a sus impulsos más elevados, que cuando se hacen habituales pueden calificarse casi de instintos. Su razón podrá decirle en algún momento que actúe en contra de la opinión de los demás, en cuyo caso no recibirá su aprobación; pero, aun así, tendrá la sólida satisfacción de saber que ha seguido su guía más íntima o conciencia. En cuanto a mí, creo que he actuado de forma correcta al marchar constantemente tras la ciencia y dedicarle mi vida. No siento el remordimiento de haber cometido ningún gran pecado, aunque he lamentado a menudo no haber hecho el bien más directamente a las demás criaturas. Mi única y pobre excusa es mi frecuente mala salud y mi constitución mental, que hace que me resulte extremadamente difícil pasar de un asunto u ocupación a otros. Puedo imaginar con gran satisfacción que dedico a la filantropía todo mi tiempo, pero no una parte del mismo, aunque habría sido mucho mejor haberme comportado de ese modo. Nada hay más importante que la difusión del escepticismo o el racionalismo durante la segunda mitad de mi vida. Antes de prometerme en matrimonio, mi padre me aconsejó que ocultara cuidadosamente mis dudas, pues, según me dijo, sabía que provocaban un sufrimiento extremo entre la gente casada. Las cosas marchaban bastante bien hasta que la mujer o el marido perdían la salud, momento en el cual ellas sufrían atrozmente al dudar de la salvación de sus esposos, haciéndoles así sufrir a éstos igualmente. Mi padre añadió que, durante su larga vida, sólo había conocido a tres mujeres escépticas; y debemos recordar que conocía bien a una multitud de personas y poseía una extraordinaria capacidad para ganarse su confianza. Cuando le pregunté quiénes eran aquellas tres mujeres, tuvo que admitir que, respecto a una de ellas, su cuñada Kitty Wedgwood, sólo tenía indicios sumamente vagos, sustentados por la convicción de que una mujer tan lúcida no podía ser creyente. En la actualidad, con mi reducido número de relaciones, sé (o he sabido) de varias señoras casadas que creen un poco menos que sus maridos. Mi padre solía citar un argumento irrebatible con el que una vieja dama como la señora Barlow, que abrigaba sospechas acerca de su heterodoxia, esperaba convertirlo: "Doctor, sé que el azúcar me resulta dulce en la boca, y sé que mi Redentor vive". -


El físico y teólogo anglicano John Polkinghorne abona el diálogo entre fe y ciencia en el bicentenario de Darwin
"Creación y evolución, compatibles"
ORIOL DOMINGO - Barcelona - 08/02/2009 La Vanguardia

Uno de los grandes referentes mundiales en el diálogo entre ciencia y religión, sobre todo desde la perspectiva de la física teórica y la biología, ha participado en el seminario Teología de la creación,organizado por la Facultat de Teologia de Catalunya. Es John Polkinghorne (Somerset, Inglaterra, 1930), físico, teólogo y pastor de la Iglesia anglicana, premio Templeton 2002 por el conjunto de su obra científica y teológica. Este seminario ha coincidido prácticamente con el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin, el 12 de febrero, y el 150. º aniversario de su obra El origen de las especies.

"Fe y ciencia buscan la verdad". Un sonriente y amable John Polkinghorne cuenta a La Vanguardia que se toma muy en serio lo que dicen la ciencia y la fe. "Fe y ciencia - afirma-son amigas, no enemigas. Ambas buscan la verdad. La verdad es tan importante para la ciencia como para la fe. La ciencia pregunta cómo son las cosas. La fe pregunta por su porqué. Las religiones explican que este mundo tiene un sentido y una finalidad. No podemos disociar las preguntas del cómo y del porqué".

"Hemos de dar razones de por quése cree". El científico y creyente Polkinghorne explica lo que hay que entender por fe. "La fe - confiesa-es un compromiso con una creencia motivada correctamente. La fe tiene implicaciones en la vida diaria. La física no implica un compromiso en la vida. Yo no puedo creer en la física ni en los grandes físicos. Yo puedo creer en Jesucristo. Puedo creer en Dios tal como se ha revelado en Jesucristo. No se trata de una fe ciega, sino de una fe iluminada por la razón. Hemos de dar razones de por qué se cree. Intento dar estas razones como científico y como creyente".

"Ciencia y fe tienen limitaciones". Ahora bien, ¿tiene límites la fe? ¿Y la ciencia? Polkinghorne contesta: "Ciencia y fe miran el mundo desde perspectivas diferentes. Ambas tienen limitaciones. Si se pregunta cómo es el mundo, cómo funciona…, los creyentes han de acudir a la ciencia. La ciencia no nos da toda la verdad, pero nos da verdades. Y los creyentes que buscan a Dios se alegran de las verdades que les proporciona la ciencia. La ciencia tiene una limitación más grande que la fe. Si se pregunta a un científico qué es la música, podrá decir, por ejemplo, que es una serie de unas cuantas vibraciones en el aire. Pero la música es mucho más, posee un sentido más grande y afecta a la persona en su totalidad. Muchos científicos son conscientes de la limitación que tiene la ciencia".

"Diría a Hawking que la ciencia no puede responder todas las preguntas". Pero, según Polkinghorne, otros científicos no son conscientes de la limitación de la ciencia, como Stephen Hawking, "que piensa que la ciencia puede explicarlo todo". ¿Qué les diría a estos científicos como Hawking?

"Les diría - contesta-que la ciencia no puede responder todas las preguntas. Y que no todo lo que podemos hacer debemos hacerlo. Las decisiones científicas han de estar articuladas con las decisiones éticas. No todo lo que podemos hacer desde el punto de vista científico debemos llevarlo a cabo desde el punto de vista ético. Ejemplo, la investigación sobre los embriones".

"Vivimos un mundo en evolución". Y sobre las aportaciones de Charles Darwin, Polkinghorne comenta: "Vivimos un mundo en evolución. Estoy totalmente de acuerdo con este punto central de Darwin. La fe en la creación es compatible con la teoría de la evolución de Darwin. Desde el primer momento hubo creyentes que aceptaron con mucha satisfacción las propuestas de Darwin. Una de las personas que más lo hicieron fue Charles Kingsley, quien dijo que gracias a Darwin sabemos que Dios no ha hecho un mundo de manera instantánea o de golpe (a world ready made).El mundo está lleno de potencialidades en su interior que son efectos de la acción divina de manera que las criaturas pueden hacerse a sí mismas. Esta es la forma teológica de entender la evolución".

" La ciencia - prosigue Polkinghorne-explica que hay momentos en el mundo en que aparecen realidades completamente nuevas. Aparece la vida cuando antes sólo había materia inanimada. En sucesivos momentos aparece la vida animal, la conciencia, la autoconciencia, la conciencia de Dios. Son procesos de gran fecundidad. Teológicamente, estos pasos son expresión del mundo que Dios ha creado. La acción divina en el mundo es verosímil, pero ¿cómo comprobarlo? Dios actúa a través de la naturaleza más que a través de cualquier otra vía como, por ejemplo, los milagros. Hay milagros, aunque son muy pocos. El más grande es la resurrección de Cristo. El milagro no es, por decirlo así, resultado de una operación mágica celestial a través de la cual Dios se exhibe. El milagro es un signo de que Dios hace algo radicalmente nuevo. Dios y Jesús se encuentran en una relación única, y en la historia esto se concreta en la resurrección de Jesús, que es el signo de lo que Dios hará para todos más allá de la historia".

Vida dedicada a la física y a la teología

John Polkinghorne cuenta que dedicó la primera parte de su vida, en la Universidad de Cambridge, a la física teórica y a la física de partículas. También matemático, fue miembro del departamento de Matemáticas y Física Teórica al que también pertenecía el físico Stephen Hawking. Pero Polkinghorne, para quien la fe cristiana es sustancial en su vida, consideró al cabo de 25 años que tenía que reorientar su actividad investigadora, ante la sorpresa de muchos de sus colegas científicos. Comenzó a estudiar teología. Volvió a la universidad. Llegó a ser presidente del Queen´s College de Cambridge. Se ordenó pastor anglicano. Estuvo cinco años realizando labor pastoral en Bristol y en una parroquia próxima a Canterbury. Y confirmó que su vocación científica y teológica era y es la de dedicarse a pensar cómo razón y fe, mundo y Dios son compatibles.

Es su principal labor desde hace 25 años.


El darwinismo no está en crisis

España se suma a los actos conmemorativos del bicentenario del nacimiento de Charles Darwin

ELPAÍS.com / AGENCIAS - Madrid
ELPAIS.com - Sociedad - 12-02-2009

Este año coinciden dos aniversarios alrededor del naturalista inglés Charles Robert Darwin: su nacimiento un 12 de febrero de hace 200 años y la publicación, hace 150, del libro El origen de las especies. España ha querido sumarse con diversas iniciativas a los numerosos actos conmemorativos en todo el mundo con motivo del doble aniversario, que demuestran que el darwinismo no está precisamente en crisis. El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha lanzado hoy una página web divulgativa -www.darwin2009.csic.es- para repasar la vida y obra del célebre científico.
El nuevo portal consta de doce apartados en los que se cuenta, entre otras cuestiones, quién era Darwin y cuáles fueron sus teorías y proyectos de investigación, ha señalado la responsable del proyecto e investigadora del área de Cultura Científica del CSIC, Sandra Rebok. Además, otros de los objetivos de la web es dar a conocer las celebraciones del año de Darwin y visibilizar las investigaciones del CSIC alrededor del naturalista y de su Teoría de la Evolución. "La idea es que todo este material pueda utilizarse en colegios e institutos para hacer una exposición, o en sitios que tengan pocos recursos. Principalmente hay artículos divulgativos que cuentan la vida y obra del científico", ha explicado Rebok, al tiempo que ha precisado que la página no estará del todo completa hasta finales de febrero.

Darwin no fue el primer evolucionista, pero sí el primero en proponer un mecanismo plausible que podía hacer funcionar el cambio evolutivo, la selección natural, ha dicho Juan Moreno, del Departamento de Ecología Evolutiva del Museo Nacional de Ciencias Naturales, perteneciente al CSIC. Para Darwin, todos los seres vivos tienen una ascendencia común y tanto la diversificación de especies como sus adaptaciones son el resultado de la acción de la selección natural; es decir, los efectos ambientales favorecen algunas variantes en las poblaciones de organismos, ha indicado Moreno. Según ha demostrado la genética, las propiedades relacionadas con la eficacia en la utilización de recursos se heredan de padres a hijos, por lo que los cambios en las propiedades de los organismos acumuladas a lo largo de muchísimas generaciones producirán el cambio evolutivo. "Darwin proponía algo inaudito en su época, que los seres vivos, también los humanos, se habían modificado a lo largo de millones de años por un proceso material sin fin ni objetivo alguno", ha remachado Moreno.

La ecología evolutiva ha detectado la actuación "incesante" de la selección natural en la naturaleza, según Moreno, quien ha puntualizado que quien diga que la propuesta de Darwin no se ha confirmado científicamente, "no se ha documentado lo suficiente". Sin embargo, no se ha librado de numerosas y feroces críticas.

Francisco Pelayo, del Instituto de Historia del Centro de Ciencias Humanas y Sociales, del CSIC, considera que las críticas contra la selección natural proceden básicamente del "fundamentalismo cristiano y de los sectores más conservadores del catolicismo". Entre 1936 y 1947 se alcanzó un consenso entre los biólogos norteamericanos sobre la teoría sintética de la evolución que recuperó el paradigma darwinista. En España, durante la posguerra se truncó su asimilación y es en los 60 cuando los biólogos españoles la empezaron a asumir lentamente.

Darwin, casado con su prima Emma Wedgwood, de profundas creencias religiosas y a la que nunca intentó convencer, fue una persona con una enorme curiosidad, metódica y prudente, según Moreno y Pelayo, para quienes científicamente ha habido pocos hombres como él en la historia de la Humanidad.

De sus libros -estos días proliferan en las librerías- y de sus detractores se va a hablar en los numerosos actos que se van a organizar en 2009 en distintas ciudades españolas. Madrid va a acoger, al menos, dos exposiciones, una organizada por Cosmo Caixa -¡Viva la diferencia!- y otra por el CSIC en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Asimismo, habrá jornadas dedicadas al naturalista y conferencias. Y en Internet, www.darwin2009.csic.es.

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