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Selección natural, selección cultural

Jorge Wagensberg Director de ciencia y medio ambiente. Obra Social de La Caixa

Lo que no crea conocimiento no tiene futuro en la historia de la cultura
Todos los entes que existen en la naturaleza se pueden agrupar en tres grandes familias: inertes (átomos, piedras, galaxias...), vivos (bacterias, animales, plantas...) y culturales (mentes creadoras, creaciones mentales, poemas, teorías científicas...). Pero el número de cosas que podrían existir en la realidad es inmensamente mayor que el de las cosas que realmente existen.

Acceder a la existencia equivale a alguna clase de selección. Hay objetos que no son estables en este mundo. Por ejemplo: no existen soles ni planetas con forma de pelota de rugby. No existen bacterias de dos toneladas ni mamíferos microscópicos; criaturas así tendrían graves dificultades para mantenerse vivas. Y tampoco existen teorías científicas contradictorias con la realidad observable, ni recetas gastronómicas creadas con el ánimo de hacer vomitar a los comensales. No tendrían futuro.

Lo inerte se selecciona por su estabilidad, lo vivo por su adaptabilidad y lo culto por su capacidad para seguir construyendo conocimiento. En otras palabras: lo que no es estable no persevera, lo que no es adaptable no sigue vivo y lo que no crea conocimiento queda aparcado en la historia de la cultura. Son tres tipos de selección que corresponden a tres edades de la historia de la materia.

Desde el principio del big bang hasta el primer ente vivo rige la selección fundamental: persevera todo aquello que es compatible con las leyes fundamentales de la naturaleza. Desde el primer ser vivo hasta la primera mente capaz de producir conocimiento inteligible rige la selección natural de Darwin: persevera todo aquello capaz de hacerse compatible con la incertidumbre del entorno. Y a partir de la primera mente humana rige la selección cultural: persevera, sea ciencia, arte o revelación, todo o que permite seguir conociendo. Con ello, el mecanismo de la selección natural de Charles Darwin deja de ser un raro caso aislado en la historia de la ciencia y se convierte en uno de los tres pilares del concepto cambio. Selección fundamental, selección natural y selección cultural: he aquí las tres grandes clases de selecciones que mueven la materia inerte, la materia viva y la materia culta. En la selección natural primero es la solución y luego, no se sabe cuándo, el problema. Para ello es necesario mantener lo (de momento) innecesario durante miles o millones de años. Es el elogio de lo superfluo. En la selección cultural ocurre exactamente lo contrario, primero está el problema y luego la solución. Se inventa la noción de proyecto y se acortan los tiempos.

Londres, 18 de diciembre del 2008, 11.00 am. Llego una hora tarde al Museo de Historia Natural directamente desde el aeropuerto donde, a pesar del retraso, me esperan las doctoras Lorraine Cornish y Judith Magee. Pronto salimos del área pública y entramos en un vasto e intrincado espacio reservado a la conservación y a la investigación. Se guardan allí unos 75 millones de piezas. Llegamos a un punto donde aparece el responsable de la sección. Sin perder su amplia sonrisa, abre con gesto experto tres cajones, da un paso atrás, señala los tesoros con una reverencia elegante y exclama: ¡Darwin! Son piezas reunidas por Charles Darwin durante su viaje en el Beagle. Tomo en mis manos una gran ostra fósil sobre la que hay adherida una etiqueta escrita a mano por el mismo Darwin. La toco con la otra mano. ¿He dicho mano? Es como estrechar la mano a Darwin, tan enorme en la distancia del bicentenario de su nacimiento y en la altura de su grandeza intelectual, tan próximo en la distancia de los objetos que estimularon su pensamiento...

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