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De la simulación

En el engaño hay una parte que destaca especialmente: la simulación. De ella es de la que más nos beneficiamos y con la que más disfrutamos. Es un grave error no hacer uso de la simulación con quienes, a su vez, suelen hacer uso de ella, y practicarla en cambio con gente inocente y con quienes, por su ingenuidad confían en nosotros. [...]

La simulación es doble, de obra y de palabra. La de obra se da cuando fingimos amar lo que odiamos, albergar esperanzas en lo que tememos, querer lo que no queremos, o al revés. La simulación de palabra se produce cuando fingimos saber lo que ignoramos o ignorar lo que sabemos.

La simulación en absolutamente necesaria, sobre todo cuando tratamos con personas muy poderosas; de ahí que resulte tan habitual en las cortes, y desde luego en el trato con gobernantes y príncipes. [...] En qualquier tratado sobre el hombre, la simulación viene a ser su argumento genuino y básico, lo mismo que la fuerza lo es en una sobre animales y la sabiduría en uno sobre dioses.

La simulación, como venimos diciendo, es de dos tipos: una lleva mezcla de embuste, es vergonzosa e infame, y resulta indigna de todo hombre, particularmente del homre de bien; la otra no trae aparejada mentira alguna. No obstante, ese primer tipo de simulación se distingue de la mentira en que se efectua con gestos, obras y palabras que no revlean un conocimiento perfecto de la situación, en tanto que el puro embuste sólo consta de parlabras que, además, encierran manifiestamente una opinión falsa.

La perversa naturaleza de los hombres les hace creer que es lícito practicar la simulación con todos sus semejantes, excepto con los amigos; la mentira, en cambio, la emplean con quienes les han causado algún daño de manera injusta. Las personas deshonestas consideran que, de algún modo, resulta también lícito practicar la mentira con los enemigos. Y sólo los que son de una malevolencia extrema piensan lo mismo respecto a la práctica del engaño con los amigos. Por mi parte, únicamente permito de buen grado el empleo de la simulación con quienes nos han causado un daño injusto; la mentira, en cambio, con nadie, por más pérfidos que sean.

En este punto se nos plantea una duda digna de consideración: ¿le sería lícito mentir a quien vive bajo potestad ajena, cuando se lo manda su patrón y aun siendo para un fin justo? Todos sabemos que se permiten muchas cosas que no merecen alabanza alguna, y que ni siguiera son lícitas: ésta es una de ellas. En principio, pues, hay que considerar quiénes son las personas cn las que resulta lícito simular, en qué circunstancias y de qué modo podemos llevarlo a efecto. Por todo ello, para convencer a uno de algo, debes dar comienzo a esa persuasión recurriendo a ciertas apariencias de tu carácter y dando versomilitud a tus palabras, a la vez que conviene apoyarse en las acciones de otros y en las costumbres de la persona en cuestión.

En lo que atañe a la apariencia del carácter, debes parecer siempre un hombre veraz, grave y prudente, y has de procurar que el otro no piense que lo has convencido para tu propio interés. Lo lograrás, por ejemplo, si eres amigo suyo cuando estás con él, pero aparentas que no lo eres cuando estás con sus enemigos y que tus tratos con ellos no redundan en su beneficio. Por el contrario, si tienes fama de hombre mentiroso, podrá decirse aquello "tuya es la ganancia", y entonces ni siguiera te creerán cuando digas la verdad. [...]

En definitiva, para conseguir el favor de los demás, has de procurar hacerlo todo con la mayor modestia: a menudo el error más nimio, la jactancia, el ímpetu, la prisa o cualquier otra cosa de este tipo terminan por descubrir tu fábula y echar abajo tu edificio -que tanto tiempo te había costado construir- así como tu laboriosa inventiva. [...]

Lo primero que debes hacer en este negocio es lograr que los demás crean que ignoras lo que sabes y que sabes lo que ignoras. Así, en relación a lo que sabes o deseas saber, has de hacer tales componendas con el rostro, la voz, las gesticulaciones y los cambios de ánimo, que los demás entiendan todo lo contrario de como es. En efecto, cuando hayan comprendido que sabes lo que pareces ignorar, ¿por qué no quieres que piensen también que sabes lo que que pareces saber (pues te consideran un hombre sincero)? Una cosa es aparentar saber algo, y otra distinta confesarlo abiertamente o, lo que es más grave, dar testimonio de ello (esto último, de hecho, no difiere nada del pecado de mentir).
[...]

Sólo debes echar mano de la simulación en asuntos importantes o peligrosos, precisamente por dos motivos: porque resulta indigna de un hombre noble, y porque, si la empleas para cosas nimias, te reportará escaso beneficio y, en la mayor parte de las veces, te impedirá el acceso a la ocasión necesaria.

Por otro lado, nunca confesarás abiertamente ignorar lo que sabes ni saber lo que ignoras, para evitar así que se descubra el engaño. Y si te interrogan con insistencia o te exigen algún juramento, les sortearás con respuestas ambiguas, siempre que esa gente no sea amiga tuya y no tengas tú necesidad alguna de su protección. [...]

Un tipo de simulación que nunca conviene despreciar es el de obrecer a alguien lo que sabes que no va a aceptar, y, sin embargo, persuadirle para que lo haga siempre sin demasiada insistencia, no sea que al final le obligues a aceptarlo o llegue a comprender por qué se lo ofreces. [...]

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