Hacer memoria no es lo mismo que recordar. Hacer memoria es traer al presente la imagen muerta de un pasado que ya no es nada. Por esa razón, los sentimientos que lo acompañan son la melancolía, la añoranza y la tristeza, junto con la percepción de lo transitorio de la realidad. Recordar, sin embargo, es distinto: tiene algo de resurrección y renacimiento. Los sentimientos que lo acompañan son la alegría y la afirmación. Recordar significa dejar que el presente sea fecundado por el pasado, por sus insinuaciones, sus sugerencias, sus preguntas, sus retos, para así hacerlo nacer a un verdadero futuro, evitando la repetición perpetua de sí mismo. Lo que llamamos pasado guarda al porvenir en su seno, como el Dios Cronos guardaba en el vientre a sus hijos devorados para que no ocuparan su lugar. Pues bien, dejémosles renacer y re-cordemos, volviendo a pasar lo que fue por el corazón.
Escribe Ortega:
"El yo pasado, lo que ayer sentimos y pensamos vivo, perdura en una existencia subterránea del espíritu. Basta con que nos desentendamos de la urgente actualidad para que ascienda a flor de alma todo ese pasado nuestro y se ponga de nuevo a resonar. Con una palabra de bellos contornos etimológicos decimos que lo recordamos —esto es, que lo volvemos a pasar por el estuario de nuestro corazón—. Dante diría per il lago del cor" [José Ortega y Gasset: El espectador, II, "Azorín: primores de lo vulgar"].