En el otoño de 1940, cuando Francia yacía en tierra, vencida, tuve un coloquio con un yugoslavo, el poeta serbio Ivo Andric, al que aprecio extraordinariamente. Estábamos unidos en el conocimiento y la admiración común a Léon Bloy. El serbio me contó la siguiente historia, tomada de un mito de su pueblo: Durante todo el día, Marko Kraljevic, el héroe de la leyenda serbia, luchó con un poderoso turco y, tras duro combate, consiguió derribarlo. Después de haber dado muerte al enemigo vencido, se despertó una serpiente que dormía en el corazón del muerto, y habló así a Marko: "Tuviste suerte de que yo estuviera dormida mientras duró vuestra lucha". Entonces exclamó el héroe: "¡Ay de mí! ¡He matado a un hombre que era más fuerte que yo!".
Conté la historia a algunos conocidos y amigos, entre ellos a Ernst Jünger, que estaba en París como oficial del ejército de ocupación. A todos nos impresionó profundamente. Pero todos veíamos también claramente que los vencedores de hoy no se dejan impresionar por semejantes leyendas medievales.
Carl Schmitt