

El objetivo de mi visita era pasar un rato junto a Ramon LLull, "el personaje más importante que ha nacido en Mallorca, él sólo llena toda una página de la Edad media europea", según un folleto que me entregaron en la entrada. En la capilla que guarda el hermoso sepulcro del filósofo-beato se recogen limosnas para la causa de su santificación. Eché una moneda al cepillo -por mí no quedará la cosa- y me consideré con derecho a coger a cambio una estampita, en cuyo dorso se encuentra esta plegaria:
Oh Déu,que cridàreu el beat Ramon Llull,a convertir per la vostra gràcia,a predicar la fe als pobles infeelsi a renovar l'Església;feis que l'Evangeli que ell proclamà,sigui anunciat per tot arreude paraula i d'obra.Per nostre Senyor Jesucrist.
Estaba pensando yo cómo sentaría esta plegaria a las huestes alquaedianas o, en su defecto, a las autoridades argelinas, cuando, de repente, la iglesia se inundó espectacularmente de luz. La luz del sol declinante entraba de lleno el rosetón de la fachada y se proyectaba con una consistencia casi sólida en un fajo compacto de luminosidad sobre el altar mayor, sacando de cada dorado, que unos instantes antes apenas se insinuaban en la penumbra, unos fulgores de fuego. El espectáculo duró pocos, no sé cuántos minutos, y me provocó una serie de sentimientos ambivalentes que por pudor no voy a contar aquí. Después todo volvió a sumirse en la penumbra. Abandoné la iglesia solitaria y salí al claustro donde me recibieron las voces de los niños del colegio de los franciscanos. Me dirigí al hotel. En una hora tenía que dar una conferencia sobre Platón. 