Ya estamos acostumbrados a oir de vez en cuando noticias en las que nos hablan de las diferentes terapias que utilizan el arte. Sea como actividad curativa: producir arte es una forma de terapia. Pintar no es un mero entretenimiento: libera nuestros miedos internos, demonios… nuestros dolores. No es una cuestión de pasar o matar el tiempo: la obra que cada uno crea va más allá de la expresión personal y, según se nos cuenta, contribuye a nuestra propia curación. Pero la terapia no se conforma con esto: otras artes como la música son terapéuticas, si escuchamos durante varios minutos al días las melodías adecuadas. Dependiendo del tipo de enfermedad, el arte puede sumarse a las medidas que adoptamos para luchar contra ella. Pero no es esta la única relación posible entre ambos conceptos.
Hay, en efecto, otra mucho más perversa: llegar al arte por medio de la enfermedad, del desequilibrio. A lo largo de la historia ha habido épocas en las que el consumo de drogas era un medio habitual para desatar la creatividad. Hay quien dice que las novelas de Poe jamás hubieran alcanzado esa capacidad descriptiva de no haber sido por el opio. Ha habido genios cuyas obras maestras se han gestado en largos periodos de sufrimiento y enfermedad. Depresiones y cefaleas que han asistido al alumbramiento de grandes poemas de la historia. Problemas psiquiátricos que han acompañado el origen de algunos de los cuadros más reconocidos. Seres humanos que quizás alguna vez hayan tenido que afrontar un dilema nada agradable: el genio y la creatividad frente a la salud y al bienestar personal.
Partiendo de estas relaciones entre el arte y la enfermedad, no es de extrañar que haya ocasiones en las que el arte nos hace enfermar. Quizás el caso más conocido sea el síndrome de Sthendal: en ocasiones el arte nos sorprende, nos sobrecoge del tal manera que rozamos el mareo. Nuestra capacidad de percibir belleza se satura y el cuerpo se bloquea. Es quizás la afección más leve que podemos sufrir por el arte. Porque si antes decíamos que algunas obras maestras se gestan en la enfermedad no menos cierto es que disfrutar de ellas de manera continuada puede conducirnos a ella. Lo que contaba Cervantes en el Quijote no es una invención literaria: la obsesión por ciertos autores, obras o estilos puede acentuar enfermedades psiquiátricas. Hay obras poco recomendables para quienes tienen una tendencia a desarrollar ciertas patologías. Y si reunimos todas las relaciones que hay entre el arte y la enfermedad puede aparecer una pregunta de manera inmediata: ¿Cómo compatibilizar esta conexión con la visión moderna del ser humano, dando por hecho que somos un producto más de la evolución, un agregado de materia? Un salto de la relación arte-enfermedad a la antropología. Por si alguien se atreve a darlo, y ofrecernos alguna respuesta a los demás…