El concepto de “industria cultural” es uno de los que está en el punto de mira de la teoría crítica propuesta por la Escuela de Frankfurt. Curiosamente, los frankfurtianos recelaban de este concepto: en su opinión podía desempeñar una función predominantemente ideológica, escondiendo los conflictos reales y tratando de “entretener”, en el peor sentido de la palabra, a las sociedades. Los grandes espectáculos de masas serían el mejor ejemplo de lo que venimos hablando: grandes estadios que bailan y corean las canciones del lider de turno creado por una campaña de mercadotecnia. Todo un símbolo de la dialéctica de la Ilustración: lo que en un principio debería liberar las mentes termina transformado en uno más de los mecanismos del poder, especialmente del económico. A esta crítica se le puede dar todavía un par de vueltas a partir del impulso que la lucha contra la piratería va a recibir en los próximos meses.
Un punto de partida: no tiene que extrañarnos que el sistema político proteja de una forma u otra la industria cultural. Los frankfurtianos lo supieron ver muy bien: esta les protege, hay unas elites artísticas, culturales, intelectuales que de una forma u otra colaboran con el poder político. Buscar la manera de proteger sus derechos es devolverles el favor. Porque ha quedado muy claro que Internet no significa el fin de la música, la literatura o el cine. Pero sí significa un nuevo modelo más abierto y más libre que es incompatible con la verticalidad de la industria, que aspira al control de lo que produce. La palabra clave es monopolio: basta que en la red surja de repente un fenómeno musical para que las grandes empresas traten de llevarse al artista en cuestión a su terreno. Consideran un robo descargar un cd, pero no lo es aprovechar la capacidad de la red para explotar una nueva estrella o encontrar un buen número de seguidores-consumidores. La cuestión es que la polémica no puede durar eternamente: las grandes “empresas” culturales tienen que asumir el cambio en la gestión de la cultura que implica Internet. Si la tecnología permite nuevas formas de creación y distribución no tiene mucho sentido conservar estructuras que funcionaban hace ya algunas décadas. Puede que dentro de otras pocas haya quienes se asombren de que en el pasado se pagaban cifras considerables por acceder a un texto o por poder escuchar música, con todas las transformaciones que este cambio implica en la producción cultural.
La reflexión no tiene que dirigirse sólo hacia la industria. Los usuarios de Internet, que tanto hablamos de la libertad de expresión y la censura, nos dirigimos de una forma masiva hacia todos los productos de esa industria que criticamos. Si de verdad nos creyéramos la historia de la distribución hotizontal de contenidos, estaríamos pendientes de las novedades de editoriales que permiten publicar a todos, o pendientes de los proyectos multimedia que están grabando y publicando un buen montón de jóvenes que no ven otra forma de dedicarse al mundo audiovisual. Sin embargo, lo más descargado son las series de las grandes productoras, los libros superventas y los discos de aquellos que ocupan ya una buena minutada en los telediarios. Los internautas (colectivo curioso en cuanto a su denominación, ya que es difícil concretar quiénes y cuántos son) critican a la industria cultural cuyos productos se tragan de una forma sistemática. Algo que puede llevarnos a pensar que estamos ciertamente ante una revolución que implicará la desaparición de la industria tal como la conocemos hoy, pero que esta circunstancia no se producirá hasta que productores y consumidores no cambien su mentalidad. Los dos: productores y consumidores. Mientras tanto, el diagnóstico de Adorno y Horkheimer seguirá siendo válido: la industria cultural sigue controlando mentalidades y formas de vida.