Que el lenguaje no sólo sirve para describir es algo que hemos aprendido sólo recientemente. O al menos así ha sido en filosofía del lenguaje, campo en el que la reflexión sobre el significado marcó las primeras décadas. Austin nos enseño que se puede hacer cosas con palabras: nuestra manera de hablar es una proyección de nuestra manera de vivir, cambiamos nuestro mundo o lo construirmos con nuestras palabras. De manera que no se trata de palabras mágicas: “hacemos” nuestra propia realidad a través del lenguaje. Habermas ha dado un paso más allá: si hay acciones implícitas en el uso del lenguaje: ¿por qué no pensar que estas acciones pueden incluso tener un significado moral? Si aceptamos esta idea, en el propio lenguaje habría ya requisitos morales, condiciones sin las cuales no podría existir una moral.
La tesis de Habermas es profunda y está expresada en un lenguaje especializado, pero no es difícil de comprender: si no damos por supuestas ciertas condiciones morales, jamás hablaríamos con nuestro interlocutor. Supongamo que llegamos a cualquier ciudad y preguntamos por la ubicación de una calle o un museo. Sin dar por hecho que nuestro interlocutor nos dará los consejos pertinentes ni siquiera nos tomaríamos la molestia de preguntar. De alguna manera entra en juego la honestidad de la persona con la que hablamos. Algo que no ocurre sólo con desconocidos: parte de la moralidad humana se juega en el campo del lenguaje. Es a través de las palabras como herimos o curamos, y también ellas nos muestran como personas de confianza, como personas que hacen lo que dicen, lo cual da un valor añadido (casi moral) a ese decir. Si le damos la razón a Habermas, tendremos que aceptar que no se puede hablar por hablar: más bien hay que tomar conciencia de que hablar es un asunto muy serio.
Para Habermas el lenguaje nos convierte en seres morales. En un sentido mucho más hondo del que pudiéramos pensar nos comportamos de un modo moral porque hablamos. El lenguaje estaría en la base de la moral, no sólo porque nos sirve como elemento de transmisión de la misma, sino fundamentalmente porque hablar es una forma de establecer vínculos morales. Los críticos han señalado que es una visión idealizada del lenguaje: todos sabemos que hablamos con personas simplemente de un modo instrumental. Nos importan más bien poco, sólo queremos que nos resuelvan “lo nuestro”. Más aún, la experiencia nos dice que hay personas que tratan de engañarnos, poniendo en juego fines poco éticos a los que el lenguaje termina sirviendo. Con todo la respuesta de Habermas tiene su miga: precisamente si alguien es engañado o traicionado por medio del lenguaje es porque previamente había dado por supuestas ciertas condiciones morales en su interlocutor. Hablar es confiar, es ponernos frente a otra persona en una situación de igualdad y simetría. De otra forma no hay diálogo posible. O al menos, así lo piensa Habermas. En cierta manera hablando estamos poniendo las condiciones para un mundo mejor.