La primera evaluación está a la vuelta de la esquina, y en estos días las ideas de Aristóteles circulan por las aulas, especialmente las de la ética y la política. Una de las más comentadas suele ser la de prudencia, ya que para el pensador griego era una de las virtudes más importantes. Saber elegir y realizar esa acción: en eso consiste la prudencia. Darse cuenta de la oportunidad de un momento para actuar de una determinada manera. Lograr semejante tarea un número suficientemente grande de veces nos convierte en prudentes: somos capaces de hacer el bien de una forma habitual. Cuando este tipo de ideas se discuten en clase, surge una crítica habitual: la virtud y la prudencia pueden bordear un comportamiento que probablemente no deseamos. “De bueno que eres, terminas siendo tonto”. Esta frase es una especie de condena de un tipo de comportamiento, en el que la persona hace lo que considera que es su deber, aún renunciando a su propio interés, sacrificándose en favor de los demás.
Así que tenemos la pregunta: ¿implicaría la prudencia de Aristóteles una especie de “idiotez” moral? ¿Se aprovecharía todo el mundo del “prudente”, al requerir su ayuda en los momentos de dificultad, dispuesto como está a “hacer el bien” en todo momento? Ante esta pregunta se puede adoptar una doble estrategia: o salvar los muebles aristotélicos, o reconocer que su teoría quizás se haya quedado anticuada para estos tiempos nuestros. Si se salvan los muebles aristotélicos, se puede argumentar que el prudente también lo sería para darse cuenta de que se están aprovechando de él, lo cual es una actitud moral viciosa, mala. En consecuencia, el prudente dejaría de “hacer el bien” ante aquellos que no se comportan de un modo moral. ¿Hasta qué punto es esto coherente con los textos aristotélicos? ¿No estaríamos reconvirtiendo la virtud en una especie de cálculo moral, en el que se especula sobre la posibilidad de recibir, o no, beneficios a cambio del buen comportamiento?
La otra opción: dar por muerta a la prudencia, en una época en la que la palabra parece recubierta de una rancia capa de polvo. Agachar la cabeza, y reconocer que el egoísmo y el cálculo han ganado la partida, y que la moral se juega en un marco conceptual distinto al que nos propuesto el pensador griego. Todo ello, siendo conscientes de que lo menos importante de la discusión es lo que le pueda ocurrir a Aristóteles y su teoría. La discusión de fondo ha de analizar esa frase: “de bueno que eres te pasas a tonto”. De esto se infiere que el comportamiento moral puede ser en algunos casos irracional o estúpido, lo cual no es compatible con la prudencia ni con muchas de las teorías morales que se han formulado. “Pasarse de bueno”: ¿cómo es esto posible? ¿Es compatible con conceptos tradicionales de la ética, como el de “virtud”, “altruismo” o “prudencia”? Ser “bueno” se acompaña de una cierta medida, de un calibre moral. Y parece que damos por sentado que si somos buenos “saliéndonos” de este marco, nos estamos transformando en tontos. ¿Alguien ofrece alguna solución para este galimatías?